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1. Zacatecas y su región minera

2.3 Los marginados y los disidentes

La necesidad constante de mano de obra sobre todo para el trabajo en las minas, propició la llegada de gran cantidad de individuos de todas razas y estratos sociales (algunos arribaban por decisión propia, otros en calidad de esclavitud), haciendo de estos sitios centros en los cuales convergían diversas culturas y costumbres y donde, además, se dio de manera rápida el mestizaje.

En las repúblicas municipales tempranas de sur y occidente de la Nueva Galicia un importante número de indios que ahí residían eran, por lo general, elementos incidentales en la vida cotidiana y política de las villas. Sujetos a las cargas impuestas por los sistemas de explotación de su trabajo. […] En cambio, en las poblaciones norteñas tardías la diversidad poblacional, ocasionada por la demanda de mano de obra para la extracción y beneficio de la plata, generó la aparición de sectores marginales de la población con gran movilidad migratoria que pudiera considerarse de lejana procedencia.111

La llegada de estos grupos que en su mayoría eran de trabajadores o de gente sin oficio y vagabundos, hacía más difícil a las autoridades mantener el registro de los habitantes y por lo tanto el control social, sobre todo porque el aumento de población podía llevar consigo una escasez de empleo, de alimentos e insumos, razón por la cual el fenómeno de la vagancia, el alcoholismo y los hurtos (que incluso eran famélicos), en su conjunto derivaba en un serio problema para la Corona quien quería tener sus centros mineros como lugares productivos, en donde no tenían cabida personajes que no desempeñaran labor alguna.

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Por otra parte, para la Iglesia tampoco resultaba conveniente el descontrol de la población, pues los excesos – como el alcoholismo – no correspondían a la forma de vida que debía llevar un buen cristiano, además de que la vagancia y los tan comunes juegos de azar tampoco eran aceptados por esta institución y asimismo por la Corona; estas conductas debían ser paliadas y erradicadas, aunque no se evitaron por completo, situación que era similar a la de otros delitos. La ley se acataba, pero no se cumplía al pie de la letra, dado que muchas veces las circunstancias no lo permitían o se la evadía.

Del fenómeno de la población flotante se desprendían varios dilemas, algunos de ellos provocados por el problema de la vagancia, los cuáles podemos clasificar como económicos y morales. En el aspecto económico, la falta de “oficio”, es decir, el problema que resultaba tener a un importante sector poblacional sin ocupación y que por lo tanto no encajaba dentro de una sociedad trabajadora, resultó dañino para los ingresos fiscales de la Corona, además de no ser bien visto pues se consideraba un mal ejemplo para las personas fructíferas, así como también lo era en el segundo aspecto: el moral, porque los vagos, ebrios y jugadores representaban una mala influencia para el resto.

En este sentido, varias de estas conductas resultaban desfavorecedoras, sobre todo el alcoholismo, ya que consideramos coadyuvaban a la realización de otros delitos y/o pecados como la simple fornicación, la violencia en general y la intrafamiliar o, por ejemplo, la contratación de los servicios de alguna prostituta. Aunque con esto no estamos diciendo que el alcoholismo y la vagancia fueran las únicas razones de tales conductas, pero sí afirmamos que el ambiente creado bajo estas circunstancias era propicio para un mayor grado de laxitud y de desviaciones de las normas sociales.

La mano de obra libre, conformada por quienes emigraban a los grandes centros mineros cubría la escasez de trabajadores, dio lugar a las categorías de vagos, aventureros y forasteros, como se calificaba a indios, negros y mulatos que no tenían residencia fija y que iban y venían de un centro de trabajo a otro. No pagaban tributo porque en los reales de minas de Zacatecas no se les exigía.112

Este grupo social es de especial interés para nuestro objeto de estudio, porque principalmente entre ellos se ubica la hipótesis general de la tesis. Si bien es cierto que en todos los estratos sociales había amores y sexualidad prohibidos, también lo es que esta población flotante

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resultaba ser más problemática debido a su naturaleza errante, poco cuantificable y poco estable; esto propiciaba que ciertas conductas se pudieran desarrollar entre ellos, siendo difícil detectarlos cuando iban de un lugar a otro en busca de trabajo o de sustento (aunque no imposible, porque para prueba de ello están los procesos inquisitoriales); fenómeno que, sumado a la lejanía con respecto a la ciudad de México, escapaba en muchas ocasiones a la capacidad de control de la Corona. “[…] la represión de la delincuencia y de la vagancia que, en términos generales, representaron en conjunto elementos distintivos en los reales de minas del septentrión novohispano.”113 Es así como el fenómeno de los vagos se convirtió en un

“embarazo” que preocupaba a las autoridades y ante el cual se procuró tomar medidas, porque de él se desprendían otros comportamientos indeseables para una sociedad productiva y religiosa.

A lo anterior sumaríamos otro tipo de desviaciones entre las que sobresalían la bigamia (o casados dos o más veces), el amancebamiento (que podía ser consecuencia de ya estar casado en otro lugar y mantener, al mismo tiempo, una relación más o menos estable con otra pareja, fueran hombres o mujeres) y la simple fornicación, pues estos pecados y delitos en parte se favorecían por las circunstancias propias de la falta de control y registro de la población en los reales mineros.

[…] es evidente la necesidad que sintieron las autoridades de la Audiencia de la Nueva Galicia por establecer un control lo más estrechamente posible sobre los flujos de trabajadores migratorios que llegaban a Zacatecas atraídos por el auge de la producción de la plata y que, en un momento dado, podían escapar a la esfera de su poder.114

La gran cantidad de pobladores que iban y venían era hasta cierto punto incontrolable, o, mejor dicho, tales movimientos no podían ser reprimidos del todo.

Imaginémonos tan sólo la cantidad de gente que requería de servicios y los pocos servidores públicos con que contaban; es imprescindible hacer hincapié en que se necesitaba más apoyo en el ámbito judicial, ya que el tipo de trabajador de las minas al buscar descanso y distracción de su pesado trabajo, era normal que armara uno que otro pleito en las cantinas.115

113 Enciso Contreras, Zacatecas en el siglo XVI: derecho y sociedad colonial…, p. 20. 114 Ibid., p. 401.

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Por añadidura, la población económicamente activa también sufría los embates de una economía precapitalista en la cual los trabajadores eran los menos privilegiados, si bien en estas minas el trabajo era remunerado incluso por encima de lo que se pagaba en otros lugares, también los precios de los productos eran sumamente altos, y entre los empleados predominaba una idea y una forma de ver la vida que impedía la previsión, por lo cual, aunado a que los sueldos no alcanzaban para mucho, el despilfarro de los días de paga era común, al menos entre los que medianamente podían hacerlo y a veces también entre aquellos que no.

Sin importar jerarquías ni grado de calificación, la población minera vivía en la miseria; aferrados a los placeres y distracciones, sin voluntad, incapaces de un sacrificio, aunque manifestando su descontento en formas muy peculiares que nos pintan su vida como una sucesión de anécdotas y pasajes llenos de colorido y alegría, pero una alegría muy peculiar que en la mayoría de los casos iba contra su bienestar y tranquilidad.116

Quizá sea un poco arriesgado hacer generalizaciones al respecto, no es prudente afirmar que todos los mineros y barreteros eran ebrios empedernidos, jugadores, desordenados y que no tenían capacidad de previsión que les garantizara cierto grado de seguridad en el futuro; sin embargo, es cierto que las condiciones de vida y la mentalidad de la época determinaban en gran medida la forma de actuar de estos sujetos, cuyo trabajo era duro y las circunstancias los podrían llevar a perder la vida a temprana edad; lo que consta es que su seguridad de sustento no estaba garantizada en caso de alguna contingencia excepcional. Las anteriores son razones suficientes para que estos hombres vivieran su vida un día a la vez, disfrutando de los pequeños placeres que tenían a su alcance: el día de paga, un día de fiesta, una buena comida y tal vez la compañía de una mujer que con sus encantos les hicieran olvidar todo lo difícil de su labor. Dicha femenina no necesariamente tenía que ser su cónyuge, aquí se englobaba una amplia categorización que incluía esposas, prometidas, novias, concubinas o incluso prostitutas.

La situación de la población flotante, para las autoridades representó un problema en materia moral, económica y social. Tanto la Corona como la Iglesia trataron de paliar las consecuencias que ello acarreaba, pero sin demasiado éxito, por tal motivo siguieron siendo un lastre que evitaba formar la sociedad ideal novohispana, que se preveía a imagen de la española, pero sin los defectos de la misma, lo que obviamente no se logró. Por otro lado,

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esta falta de control quizá no propició las conductas sexuales desordenadas, pero se convirtió en un aliciente para su realización.

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CAPÍTULO II. REGULACIÓN DE LAS PRÁCTICAS SEXUALES

Detente, sombra de mi amor esquivo, imagen del hechizo que más quiero, bella ilusión por quien alegra muero, dulce ficción por quien penosa vivo.

Sor Juana Inés de la Cruz

En el presente capítulo se pretende dar a conocer la normatividad, es decir, lo establecido en lo legal escrito (tanto laico como religioso), además de las reglas morales que formaban parte de la mentalidad de la sociedad, las cuales eran lo que se le denomina aquí como norma, en otras palabras, lo que se esperaba en la sociedad novohispana de los individuos que la integraban.