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EL MECANISMO EN LA PSICOSIS

In document Salud Mental Comunitaria (página 172-175)

EL PENSAMIENTO EN BION

2. EL MECANISMO EN LA PSICOSIS

Jacques Lacan aisló un mecanismo preciso que operaba en la psicosis al que denominó forclusión. Este término lo había utilizado Freud (1972b) en el

comentario de uno de sus casos y Lacan (1984) lo rescata para explicarse qué puede hacer que una psicosis se desencadene, que condiciones han tenido que darse para que en un momento determinado de la vida de un sujeto la psicosis irrumpa trastocando su mundo. El concepto de forclusión es complejo, se enmar- ca dentro de cierta concepción del lenguaje y su relación con el inconsciente y el sujeto, es deudor de la importancia dada al lenguaje en la constitución misma del individuo, no obstante vamos a intentar abordarlo aunque corramos el riesgo de perder cierto rigor en su exposición, cierta precisión en los términos. En una primera aproximación será suficiente si conseguimos hacernos una idea de lo que supone este concepto, si nos ayuda a comprender mejor esta aproximación a la psicosis.

Para ello retornaremos por un momento a Freud (1972c) y a su concepto de represión. La represión fue el mecanismo que Freud distinguió para la neurosis, el mecanismo que explicaba la formación de los síntomas neuróticos. Enten - demos por síntoma neurótico un síntoma de origen psíquico que señala que algo no funciona como debería, algo que perturba y hace obstáculo en la vida del suje- to. Como ejemplos más claros tenemos los síntomas obsesivos o fóbicos que son como zancadillas en el deambular del neurótico, traspiés constantes en su activi- dad cotidiana. Tras esta disfunción, que da forma a la queja neurótica, Freud entrevió otro aspecto del síntoma que comprometía al propio neurótico; el sín- toma era a su vez portador de una verdad reprimida por el sujeto, el síntoma ocultaría una verdad, inadmisible para la conciencia, que podría ser desvelada a través de la interpretación analítica. Pero la represión no es un mecanismo per- fecto, la represión no logra mantener en el olvido las ideas intolerables, ya que como observó Freud lo que se reprime es la idea pero no el afecto concomitan- te, se reprimen las palabras asociadas a un afecto o a la pulsión, pero no el afecto o la pulsión misma. Lo reprimido en el inconsciente quiere encontrar sus vías de salida, empuja de una u otra manera por aflorar a la conciencia, quiere encontrar su manifestación, su retorno y lo alcanza a través de las formaciones del incons- ciente; sueños, actos fallidos, síntomas, testimonian de este retorno de lo repri- mido, son distintas formas de acceso al inconsciente. Retengamos esta idea del síntoma como retorno de lo reprimido.

A diferencia de la represión, la forclusión transmite la idea de rechazo, aquí no hablamos de un significante que fue apartado de la conciencia, sino de un sig- nificante que no estuvo. A este significante que tenía que haber estado y no estu- vo Lacan lo denominó Nombre del Padre, que lejos de connotaciones religiosas,

hace referencia, para entendernos, a la función paterna. Tiene su interés, y tam- bién su dificultad, pensarlo como significante, ya que la operatividad del mismo no depende necesariamente del padre real. Tomemos como ejemplo a la madre soltera o la madre que con su hijo son abandonados a muy temprana edad, son casos en los que no hay presencia paterna pero esta ausencia no implica que haya forclusión, por el contrario familias constituidas por el padre, la madre y los hijos no garantizan que esta forclusión no se produzca. Muy sucintamente el cometi- do de la función paterna es instaurar una barrera, un corte, una ley que haga obs- táculo a la completud imaginaria entre madre e hijo, que el hijo no colme por completo el deseo de la madre, que no se constituya en su objeto de satisfacción, poner un límite al goce incluido en esa relación, permitiendo que el niño acce- da al deseo, que alcance el estatuto de sujeto deseante. Como señalé anterior- mente la teoría de la forclusión es muy compleja y exige un conocimiento previo de la obra de Jacques Lacan para captar toda su relevancia. Lo importante de esta teoría, lo que pretendo que conserven hoy de la misma es sin embargo más sim- ple; tanto el mecanismo de la represión como el de la forclusión remiten a la cau- salidad psíquica como origen de estas patologías, despejando a la psicosis de la rémora deficitaria.

La perspectiva psicoanalítica no concibe la psicosis en términos de déficit; los delirios paranoicos no impidieron a Rousseau desarrollar uno de los pensamien- tos más influyentes de la modernidad, ni la esquizofrenia al matemático John Nash recibir el Premio Nobel de Economía o la psicosis maníaco-depresiva a Cantor formalizar la noción de infinito. Se me puede objetar que he elegido casos excepcionales, no es así, la elección no está motivada por la excepción sino por ser casos por todos conocidos, en la clínica diaria nos encontramos con pacientes a los que su trastorno psicótico no ha impedido desarrollar una vida laboral o cur- sar sus estudios. Y ustedes me pueden replicar que a otros este mismo trastorno sí les obstaculizó, les truncó su vida académica o laboral, y tienen razón. Lo que está por dilucidar es la razón de este obstáculo y los psicoanalistas pensamos que no es del orden cognitivo o intelectivo, que no es un déficit cognitivo o inte- lectivo, ni ningún tipo de lesión orgánica o funcional lo que se alza como obstá- culo. Se trata de ver en cada caso cuáles son las razones y encontrar con el pacien- te la mejor forma de sortearlas, de encontrar con cada uno la mejor solución para su psicosis, una solución que ha de ser singular pues singular es cada paciente que recibimos y tratamos. Detrás de cada paranoia o cada esquizofrenia hay una per- sona distinta, debemos tener especial cuidado en que el diagnóstico no borre estas diferencias, una misma sintomatología no hace iguales a los individuos, pues cada

uno se relacionará y responderá a sus síntomas de diferente manera. Esta consta- tación clínica torna imposible una concepción estandarizada del tratamiento, contemplamos, obviamente, una estrategia en la forma de dirigir un tratamiento, una serie de normas y unos objetivos clínicos que lejos de conformar un están- dar pretenden rescatar la particularidad de cada caso, encontrar con el psicótico un modo de vivir con su psicosis con el menor sufrimiento posible, intentar que su vínculo con los otros sea menos dramático, reducir o eliminar si es posible la terrible vivencia de los fenómenos elementales.

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