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La mercantilización de todo

In document Breve Historia Del Neoliberalismo Final (página 158-164)

Presumir que los mercados y las señales del mercado son el mejor modo de determinar todas las decisiones relativas a la distribución es presumir que en principio todo puede ser tratado como una mercancía. La mercantilización presume la existencia de derechos de propiedad sobre procesos, cosas y relaciones sociales, que puede ponerse un precio a los mismos y que pueden ser objeto de comercio sujeto a un contrato legal. Se presume que el mercado funciona como una guía apropiada -una ética- para todas las facetas de la acción humana. En la práctica, naturalmente, cada sociedad establece ciertos límites sobre dónde empieza y acaba la mercantilización. Dónde residen estos límites es objeto de controversia. Ciertas drogas son consideradas ilegales. La compraventa de servicios sexuales está prohibida en la mayoría de los Estados de Estados Unidos, si bien es posible que en otros lugares esté legalizada, no haya sido criminalizada o, incluso, haya sido objeto de regulación estatal como una industria más. Por regla general, en el sistema legal estadounidense la pornografía se encuentra amparada como una forma de libertad de expresión aunque también aquí hay ciertas modalidades (principalmente en. lo que respecta a la infancia) que son consideradas inaceptables. En Estados Unidos, la conciencia y el honor al parecer no se venden, y existe una curiosa inclinación a perseguir la «corrupción» como si fuera fácilmente distinguible de las prácticas corrientes de tráfico de influencias y de hacer negocios que se dan en el mercado. La mercantilización de la sexualidad, de la cultura, de la historia y del patrimonio público, así como de la naturaleza como espectáculo o como cura de reposo, y la extracción de rentas en régimen de monopolio de la originalidad, de la autenticidad y de la unicidad (de la obras de arte, por ejemplo) suponen, en todos los casos, poner un precio a cosas que en realidad nunca fueron producidas como mercancías233. A menudo hay desacuerdo respecto a la conveniencia de la mercantilización (de los símbolos y de los acontecimientos religiosos, por ejemplo) o respecto a quién debería ejercer los derechos de propiedad y obtener las rentas derivadas de los mismos (en el acceso a las ruinas aztecas o en la comercialización del arte aborigen, por ejemplo).

No cabe duda de que la neoliberalización ha hecho retroceder los límites de lo no mercantilizable y ha extendido de manera notable el ámbito de la contratación legal. De modo característico (al igual que una parte considerable de la teoría posmoderna), celebra lo efímero y la contratación a corto plazo; el matrimonio, por ejemplo, es considerado como un acuerdo contractual temporal y no como un vínculo sagrado o inquebrantable. La división existente entre los neoliberales y los neoconservadores es en 232 Holloway y E. Pelaez, Zapatista. Reinventing Revolution, Londres, Pluto, 1988; J. Stedile, «Brazil's Landless

Battalions», en T. Mertes (ed.), A Movement of Movements, Londres, Verso, 2004.

233 D. Harvey, «The Art of Rent. Globalization, Monopoly and the Commodification of Culture», Socialist Register,

parte un reflejo de las diferencias que les separan respecto al lugar en el que deben trazarse esas líneas. Los neoconservadores suelen culpar a los «liberales», a «Holywood», o incluso a los «posmodernos» de lo que consideran la desintegración y la inmoralidad del orden social, y no a los empresarios capitalistas (como Rupert Murdoch) que son los responsables de causar el mayor daño haciendo tragar al resto del mundo todo tipo de material cargado de sexualidad, cuando no salaz, y que en su incansable búsqueda del beneficio no dejan de hacer alarde de su absoluta preferencia por los compromisos a corto plazo.

Pero esto suscita cuestiones mucho más serias que el mero intento de mantener a salvo del cálculo monetario y de la contratación a corto plazo algún objeto preciado, un ritual concreto o un rincón escogido de la vida social. En el centro de la teoría liberal y neoliberal descansa la necesidad de articular mercados coherentes para la tierra, la fuerza de trabajo y el dinero pero, tal y como Karl Polanyi señaló, todo ello, «obviamente, no son mercancías [...]. La descripción como mercancía del trabajo, de la tierra, y del dinero es enteramente ficticia». Aunque el capitalismo no puede funcionar sin estas ficciones, el daño que causa si deja de reconocer las complejas realidades que le subyacen es incalculable. Polanyi, en uno de sus pasajes más célebres, lo expresa del siguiente modo:

Permitir que el mecanismo del mercado dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. A1 disponer de la fuerza de trabajo de un hombre, el sistema pretende disponer de la entidad física, psicológica y moral «humana» que está ligada a esta fuerza. Desprovistos de la protectora cobertura de las instituciones culturales, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda, serían eliminados por el vicio, la perversión, el crimen y la inanición. La naturaleza se vería reducida a sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, la seguridad militar comprometida, el poder de producir alimentos y materias primas, destruido. Y, para terminar, la administración del poder adquisitivo por el mercado sometería a las empresas comerciales a liquidaciones periódicas, pues la alternancia de la penuria y de la superabundancia de dinero se mostraría tan desastrosa para el comercio como lo fueron las inundaciones y los períodos de sequía para la sociedad primitiva234.

El daño infligido a través de las «inundaciones y las sequías» del capital ficticio dentro del sistema de crédito global, ya sea en Indonesia, en Argentina, en México, o incluso en Estados Unidos, es un testimonio perfecto de la última conclusión de Polanyi. Pero su tesis sobre la fuerza de trabajo y la tierra merecen una mayor elaboración.

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Los individuos se integran en el mercado de trabajo como sujetos con personalidad, como individuos insertos en redes de relaciones sociales que han experimentado diferentes procesos de socialización, como seres físicos identificables por ciertas características (como el fenotipo y el género), como individuos que han acumulado diversas destrezas y gustos (a los que en ocasiones se alude respectivamente como «capital htunano» y «capital cultural»), y como seres vivos dotados de sueños, de deseos, de ambiciones, de esperanzas, de dudas y de miedos. Sin embargo, para los capitalistas estos individuos son meros factores de producción, aunque no indiferenciados puesto que los empleadores exigen a los trabajadores poseer ciertas cualidades, como fuerza física, habilidades, flexibilidad, docilidad, etc., adecuadas para ciertas tareas. Los trabajadores son reclutados mediante la celebración de un contrato y en el orden de cosas neoliberal se prefieren los contratos a corto plazo, con el fin de maximizar la flexibilidad. A lo largo de la historia, los empleadores han utilizado sistemas de diferenciación dentro de la masa que constituye la fuerza de trabajo para dividirla y gobernarla. Emerge, entonces, la segmentación del mercado de trabajo y a menudo las diferencias de raza, de etnia, de género, y de religión son utilizadas de manera abierta o sutil de forma que redundan en una ventaja para los empleadores. Por regla general, tratan de monopolizar las herramientas, y a través de la acción colectiva y de la creación de instituciones apropiadas aspiran a regular el mercado de trabajo para proteger sus intereses. De este modo, no hacen más que construir la «capa protectora de las instituciones culturales» de las que habla Polanyi.

La neoliberalización aspira a despojar la capa protectora que el liberalismo embridado aceptó y en ocasiones alimentó. El asalto general contra la fuerza de trabajo ha utilizado un arma de doble filo. En primer lugar, el poder de los sindicatos así como el de otras instituciones obreras que puedan existir es domeñado o desmantelado en el marco de un Estado concreto (si es necesario, mediante el uso de la violencia). Se establecen mercados laborales flexibles. El abandono por parte del Estado de las medidas de protección social cubiertas por el sistema de bienestar y los cambios inducidos por la tecnología en la estructura del empleo que tornan redundantes a segmentos significativos de la fuerza de trabajo, culminan el proceso de erigir el dominio del capital sobre la fuerza de trabajo en el mercado. El trabajador individualizado y relativamente impotente se enfrenta, por lo tanto, a un mercado laboral en el que únicamente se le ofrecen contratos de corta duración y en términos personalizados. La seguridad que brindaba la permanencia indefinida se ha convertido en algo del pasado (por ejemplo, Thatcher la abolió en las universidades). El sistema de protección social (las pensiones, la atención sanitaria, la protección ante enfermedades o accidentes) que antes era responsabilidad de los empleadores y del Estado, ha sido sustituido por «un sistema de responsabilidad personal» (¡Qué adecuado era el lenguaje utilizado por Deng!). Los individuos compran sus productos en un mercado que vende protección social. Así pues, la seguridad individual es una cuestión de opción personal en función de la asequibilidad de unos productos financieros integrados en mercados financieros de riesgo.

En segundo lugar, el ataque atañe a las transformaciones en las coordenadas espaciales y temporales producidas en el mercado de trabajo. Aunque sin duda puede efectuarse un análisis más profundo de la «carrera hacia la máxima reducción de los límites normativos››235 para encontrar las remesas más baratas y más dóciles de mano de obra, la movilidad geográfica del capital permite dominar una fuerza de trabajo global cuya propia movilidad geográfica se encuentra constreñida. La gran abundancia de mano de obra cautiva obedece al hecho de que la inmigración se encuentra restringida. El único modo de eludir esas barreras es bien mediante la inmigración ilegal (que crea una fuerza laboral fácilmente explotable) o bien a través de formulas contractuales de duración determinada que permiten, por ejemplo, que trabajadores mexicanos presten servicios en California en el sector de la agroindustria para acabar siendo obscenamente devueltos a México cuando contraen enfermedades, o incluso mueren, a causa de los pesticidas a los que han sido expuestos.

Al amparo de la neoliberalización, la figura del «trabajador desechable» emerge como prototipo de las relaciones laborales a escala mundial236. Asimismo, son muchos los informes que dan cuenta de las terribles y despóticas condiciones laborales que experimentan los trabajadores en los talleres de trabajo esclavo que se hallan distribuidos por el planeta. En China, las condiciones en que trabajan las mujeres jóvenes inmigrantes que provienen de las áreas rurales son espantosas: «jornadas insoportablemente largas, una alimentación insuficiente, dormitorios muy reducidos, jefes sádicos que las golpean y abusan sexualmente de ellas, y salarios abonados con meses de retraso o que en ocasiones ni siquiera son abonados»237. En Indonesia, dos jóvenes mujeres relataban su experiencia trabajando para una empresa con sede en Singapur, subcontratada por Levi-Strauss, en los términos siguientes:

Se nos insulta de manera constante, como algo que se da por hecho. Cuando el jefe se enfada, a las mujeres las llama perras, cerdas o putas y tenemos que aguantar todo eso con paciencia y sin reaccionar. Oficialmente trabajamos de siete de la mañana a tres de la tarde (el salario no llega a 2 dólares al día), pero a menudo tenemos que hacer horas extraordinarias obligatorias y, a veces -especialmente si hay un pedido urgente que entregar- trabajamos hasta las nueve. Por muy cansadas que estemos, no se nos deja ir a casa. Puede que nos paguen 200 rupias extras (10 céntimos de dólar) [...] Vamos andando a la fábrica desde donde vivimos. Dentro hace mucho calor. El edificio tiene el tejado de metal y no hay espacio suficiente para las trabajadoras. Está muy abarrotado. Hay cerca de 200 personas trabajando

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La expresión inglesa «race to the bottom», que hemos traducido como «carrera hacia la máxima reducción de los límites normativos», se emplea en referencia al tipo de relación que se genera entre los ordenamientos jurídicos nacionales que buscan ser atractivos para las empresas, por un lado, y la competencia entre éstas por ubicarse en los países con una legislación más laxa en su afán por reducir al mínimo los costes mediante una feroz precarización de las condiciones laborales que sería inaceptable en su país de origen. En definitiva, esta competencia entre las empresas se ve reflejada en una competencia entre los Estados que conduce a la progresiva degradación de las normas laborales o medioambientales en términos globales. [N. de la T]

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K. Bales, Disposable People. New Slavery in the Global Economy, Berkley, University of California Press, 2000; M. Wright, «The Dialectics of Still Life. Murder, Women and the Maquiladoras», Public Culture 11, 1999, pp. 453-474.

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allí, la mayoría mujeres, pero sólo hay un cuarto de baño para toda la fábrica [...]. Cuando volvemos a casa del trabajo, no nos quedan energías para hacer nada salvo comer y dormir [...]238.

En las maquilas mexicanas podemos escuchar historias similares, así como en las plantas de producción de manufacturas dirigidas por empresas taiwanesas o coreanas ubicadas en Honduras, África del Sur, Malasia, y Tailandia. El riesgo para la salud, la exposición a una extensa gama de sustancias tóxicas y los accidentes laborales mortales, son hechos que se producen sin ser objeto de regulación y sin despertar ninguna reacción. En Shangai, un hombre de negocios taiwanés que estaba a cargo de un almacén textil «en el que 61 trabajadores encerrados en un edificio murieron en un incendio», recibió una «indulgente» condena a dos años de prisión, que quedó suspendida porque había «mostrado arrepentimiento» y «había cooperado en los momentos posteriores al incendio»239.

Las mujeres, y en ocasiones los niños, soportan habitualmente la parte más dura de este tipo de faenas degradantes, extenuantes y peligrosas240. Las consecuencias sociales de la neoliberalización son en efecto extremas. La acumulación por desposesión socava de manera sistemática todo el poder que las mujeres puedan haber tenido en el seno de los sistemas domésticos de producción/comercio y de las estructuras sociales tradicionales, y reubica todo en mercados de crédito y de mercancías dominados por los hombres. La liberación de las mujeres de los controles patriarcales tradicionales en los países en vías de desarrollo, sólo tiene dos caminos, o bien el trabajo degradante en las fábricas, o bien la comercialización de su sexualidad, que comprende desde el respetable trabajo como chica de alterne o camarera, hasta el tráfico sexual (una de las industrias contemporáneas más lucrativas en la que la esclavitud ocupa un lugar muy importante). La pérdida de medidas de protección social en los países del capitalismo avanzado ha tenido efectos particularmente negativos en las mujeres de las clases más bajas, y en muchos de los países ex comunistas del bloque soviético la pérdida de derechos por las mujeres a través de la neoliberalización ha sido realmente catastrófica.

¿Cómo sobreviven, entonces, los trabajadores desechables -en particular las mujeres- tanto en el plano social como en el afectivo, en un mundo de mercados laborales flexibles y de contratos de corta duración, de inseguridad laboral crónica, de pérdida de las protecciones sociales, y con frecuencia sufriendo un trabajo extenuante, en medio de los escombros de las instituciones colectivas que una vez les dieron un mínimo de dignidad y de apoyo? En opinión de algunos, el aumento de la flexibilidad de los mercados laborales supone un gran avance y, aunque no conlleve ganancias materiales, el simple derecho a cambiar de trabajo con relativa facilidad y la liberación de los 238

J.Seabrook, In the Cities of the South. Scenes from a Developing World, Londres, Verso, 1996, p. 103.

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J. Sommer, «A Dragon Let Loose on the Land. And Shanghai is at the Epicenter of China's Economic Boom», Japan

Times, 26 de octubre de 1994, p. 3.

240 C. K. Lee, Gender and the South China Miracle, Berkeley, University of California Press, 1998; C. Cartier,

constreñimientos sociales tradicionales impuestos por el patriarcado y por la familia posee beneficios intangibles. Las personas que negocian en términos satisfactorios en el mercado de trabajo piensan, en apariencia, que existen abundantes recompensas en el mundo de la cultura de consumo capitalista. Por desgracia, esta cultura, por más espectacular, glamorosa, y sugerente que pueda parecer, juega perpetuamente con los deseos sin brindar jamás otras satisfacciones que no sean la limitada sensación de identidad experimentada en los grandes centros comerciales y de ocio, y la avidez por alcanzar un determinado estatus a través de la belleza (en el caso de las mujeres) o de las posesiones materiales. La máxima «compro, luego existo» sumada al individualismo posesivo, cimienta un mundo de pseudosatisfacciones, excitante en lo superficial pero hueco en su interior.

Sin embargo, para las personas que han perdido su trabajo o que nunca han conseguido salir de la amplia economía informal, que actualmente brinda un deplorable refugio a la mayoría de los trabajadores desechables del mundo, la historia es completamente distinta. Sin olvidar que cerca de 2.000 millones de personas están condenadas a vivir con menos de 2 dólares al día, el insultante mundo de la cultura de consumo capitalista, las suculentas comisiones ganadas por los servicios financieros, y las peroratas de autofelicitación acerca del potencial emancipador de la neoliberalización, de la privatización y de la responsabilidad personal, deben parecer una cruel tomadura de pelo. Desde la empobrecida China rural al opulento Estados Unidos, la pérdida del derecho a la protección de la salud y la creciente imposición de todo tipo de tasas a los usuarios de los servicios, añade un gran peso las cargas financieras de los pobres241. La neoliberalización ha transformado la situación de la fuerza de trabajo, de las mujeres y de los grupos indígenas en el orden social al hacer hincapié en que la fuerza de trabajo es una mercancía como cualquier otra. Despojada de la capa protectora que le conferían unas instituciones democráticas saludables, y amenazada por todo tipo de dislocaciones sociales, la mano de obra desechable se orienta de manera ineludible hacia otras formas de institucionalidad que le permitan construir vínculos de solidaridad social y expresar una voluntad colectiva. Proliferan, pues, desde bandas y carteles criminales, a redes de narcotráfico, minimafias y jefes de las favelas, pasando por organizaciones comunitarias de base y no gubernamentales, hasta cultos seculares y sectas religiosas. Éstas son las formas sociales alternativas que colman el vacío que se deja atrás cuando los poderes estatales, los partidos políticos y otras formas institucionales, son activamente desmantelados o simplemente se marchitan como centros de esfuerzo colectivo y de vinculación social. La acusada tendencia hacia la religión resulta un aspecto interesante a este respecto. Los estudios sobre la repentina aparición y proliferación de sectas religiosas en las abandonadas regiones rurales de China, por no mencionar la emergencia de Falun Gong, son ilustrativos de esta tendencia242. El avance vertiginoso 241

Los impactos globales son discutidos en detalle en V Navarro (ed.), The Political Economy of Social Inequalities.

Consequences for Health and the Quality of Life, cit.; V Navarro y C. Muntaner, Political and Economic Determinants oƒ Population Healt and Well-Being, Amityville, Nueva York, Bay-Wood, 2004, pp. 91-114.

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J. Khan, «Violence Taints Religion's Solace for China's Poor», The New York Times, 25 de noviembre de 2004, A1 y A24.

del proselitismo evangélico en las caóticas economías informales que han crecido bajo la neoliberalización en América Latina, así como la revitalización, y en algunos casos

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