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Migraciones y cultura, terri torio e identidad

In document Estudios Culturales Libro (página 162-166)

Migración: Transformación de identidades y paisaje local.

1. Migraciones y cultura, terri torio e identidad

Cuando se trata el tema de la migración es imposible dejar de abordar los aspec- tos culturales y de identidad asociados. En tal virtud, resulta conveniente esta- blecer los conceptos de cultura, identidad y territorio que se adoptan al efecto. Denys Cuche (2002) señala que no hay nada natural en el hombre, ni siquiera necesidades fisiológicas tales como el hambre, el sueño o el deseo sexual es- capan al proceso de hominización, por el cual se transitó de la adaptación ge- nética al medio ambiente natural a una adaptación cultural, que propició que poblaciones humanas con la misma herencia genética formularon diferen- tes opciones culturales. La cultura, en- tonces, hace referencia a la coherencia simbólica, nunca absoluta, del conjun- to de las prácticas sociales, económi- cas, políticas y religiosos de un grupo

particular, cuyo carácter dinámico hace posible el cambio cultural.

Desde la perspectiva antropológica, Geertz (1992) definió a la cultura como el repertorio de pautas de significados, que en términos descriptivos Giménez (2001, p. 11) amplía: “la cultura sería el conjunto complejo de signos, símbolos, normas, modelos, actitudes, valores y mentalidades a partir de los cuales los actores sociales confieren sentido a su entorno y construyen, entre otras cosas, su identidad colectiva”.

A partir de esta definición, Giménez (2001, 2002) recupera la distinción de Bourdieu (1985) entre dos estados de la cultura: 1) el objetivado, en forma de “bienes culturales” (patrimonio artístico- monumental, pinturas, libros, etcétera), instituciones y prácticas directamente observables, y 2) el subjetivado o inte- riorizado, en forma de representaciones sociales y habitus 1 distintivos e identifi-

1 Bourdieu provee una noción de habitus en términos de los “sistemas de disposiciones duraderas y transmisibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes” que caracterizan a una clase o grupo social al que corresponde un estilo de vida.

cadores que sirven como esquemas de percepción de la realidad y como guías de orientación de la acción. Esta distin- ción tiene una implicación importante: no es posible disociar a la cultura de los sujetos sociales que la producen, la em- plean o la consumen, de forma tal que todas las manifestaciones culturales tie- nen que referirse siempre a un espacio de identidad (Giménez, 2002, p. 27) . El territorio por sí mismo constituye “un ‘espacio de inscripción´ de la cultura y, por lo tanto, equivale a una de sus for- mas de objetivización” (Giménez, 1996, p. 14) en tanto dichas formas pueden encarnarse directamente en el paisa- je regional, natural o antropizado, con- virtiéndolo en un geosímbolo, sin dejar de considerar que el territorio o región constituye también el área de distribu- ción de instituciones y prácticas cultu- rales específicas y distintivas a partir de un centro. Así, como forma objetivada de cultura, el territorio comprende, por una parte, los geosímbolos, los bienes ambientales (paisajes urbanos, rurales y pueblerinos), las peculiaridades del

hábitat, los monumentos, los puentes y caminos y cualquier elemento de la naturaleza antropizado; y por otra, las pautas distintivas de comportamiento, los trajes regionales, las fiestas y ritua- les, las formas lingüísticas o cualquier otro rasgo de tipo etnográfico que tenga verificativo en él.

Como forma interiorizada de la cultura es susceptible de ser apropiado subje- tivamente por individuos y colectivida- des como objeto de representación y apego afectivo y, principalmente, como símbolo de identidad socioterritorial, in- tegrándolo a su propio sistema cultural (Giménez, 1996, 2001). En tal virtud, señala el autor, “se puede abandonar físicamente un territorio, sin perder la referencia simbólica y subjetiva al mis- mo a través de la comunicación a dis- tancia, la memoria, el recuerdo y la nostalgia. Cuando se emigra a tierras lejanas, frecuentemente se lleva ̀la pa- tria adentro ́” (1996, p. 15).

García Damián (2002) señala que la identidad comunitaria, esto es, en un

territorio menor, “puede entender- se como un proceso de contraste con otros que implica a su vez un proceso de identificación y reconocimiento, „la identidad de un grupo se teje en la vida cotidiana, en su quehacer diario, en to- das las prácticas individuales cuyo sen- tido social se actualiza cíclicamente”. Apoyada en Bourdieu, la autora refiere que se teje en esos pequeños mundos donde se generan cambios en la signifi- cación de las acciones, pero siempre en movimiento, de forma tal que fenóme- nos como la tradición, debe entenderse como aspectos de la cultura vivos y no como expresiones muertas. Ello condu- ce a comprender por qué no es sólo la decisión del migrante como individuo, ni de su comunidad de origen, el man- tener ciertas características culturales y de identidad comunitaria. Muchas son descartadas por no tener significación para la cultura hegemónica, a partir de ciertas estrategias adaptativas y crea- tivas para continuar “siendo el mismo” o los mismos, generando también pro- cesos de resistencia, pero al final “sólo

se seleccionarán aquellas tradiciones que cumplen con alguna función en la reproducción del orden social contem- poráneo” (García Damián, 2002).

Al respecto, Roncken y Forsberg (2007) refieren que aunque cada persona vive la experiencia transnacional a su mane- ra, el migrante por función se convierte en un puente entre “dos o más mundos distintos”, y que dicho rol conlleva opor- tunidades y desafíos para sí mismo y para “los que se quedan”. Éstos últimos, desde la experiencia y vivencia local, recrean las identidades y los territorios, sus vínculos con los estados (ejercicio de la ciudadanía) y el mundo.

Estos autores alertan sobre las tram- pas en este proceso de re-construcción de identidades. Primero, el tema de la información resulta crucial, porque la emigración es antecedida y acompaña- da por un anhelo de escapar, que lle- van al individuo a aferrarse a ilusiones, tanto propias como ajenas. “Es así que encuentran tierra fértil imágenes co- lectivas de desinformación como la del

̀migrante triunfador ́, o la del ̀boliviano subdesarrollado e incapaz ́” (Roncken y Forsberg, 2007, p. 33). Estas imá- genes del boliviano tienen su análogo en México, que en mucho se asocia al cambio en la situación patrimonial y económica del migrante mismo y su familia. Los autores destacan que una muy baja autoestima conduce al emi- grante a aceptar retos y humillaciones nunca pensadas.

Una segunda trampa en la transforma- ción de identidades individuales viene dada por la negación de ciertos rasgos de la identidad de origen y la pérdi- da de autoestima nacional, como con- trapartida de la adquisición de estatus social en el país de origen, por la con- dición de ser migrante. Hay cambios en la vestimenta, en costumbres ali- menticias, consumo y producción de música, en formas de comunicación o cambios culturales específicos de la región receptora.

Del lado de las oportunidades, se iden- tifican las transformaciones de algu-

nos usos y costumbres con una nue- va construcción de territorialidad que afecta al ámbito productivo. El territo- rio no se restringe ya a los límites geo- gráficos, ya que las identidades com- prenden imaginarios territoriales más amplios. Ejemplo de ello es el cambio provocado por la migración en la ar- quitectura de las casas, que muestran cómo va cambiando la narrativa arqui- tectónica, según quién es el que ha mi- grado, quien envía las remesas y para quién es la construcción de una casa (Quillaguaman, 2006, citado por Ronc- ken y Forsberg, 2007).

A partir de ello, se produce un cambio en el paisaje, que no es sino una cons- trucción, “el resultado de una práctica ejercida sobre el mundo físico, que va desde el simple retoque hasta la confi- guración integral. Podríamos definirlo sumariamente como „un punto de vista de conjunto sobre un territorio, a esca- la predominantemente local y, algunas veces regional” (Giménez, 2001: 9). En este caso, los efectos de la migración ocurren sobre el paisaje imaginario, el

real y el artístico, generando un impacto cultural en la medida en que la función principal del paisaje es señalar la dife- renciación y el contraste entre los terri- torios en diferentes niveles de la escala geográfica, enfatizando la supuesta per- sonalidad o tipicidad de los mismos. En el ámbito político y de la vida comu- nitaria, la experiencia migratoria facili- ta el acceso a nuevas pautas de “hacer política” y de organización, por lo que lo público también se recrea a través de la construcción de nuevas formas políti- cas, relacionadas con los cambios en la convivencia social.

Como se advierte de los párrafos pre- cedentes, el fenómeno migratorio tiene efectos en diversos ámbitos de la vida social de las poblaciones de emigran- tes. La investigación propuesta tiene como objetivos analizarlos en los cuatro municipios de la Sierra de Santa Marta, e identificar las particularidades que los definen en el momento actual.

2. El fenómeno migratorio en

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