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Militancia, prácticas e identidad política

In document Tensiones en la democracia argentina: (página 106-109)

En este apartado, se abordarán algunas consideraciones teóricas acerca de la militancia, sus prácticas, la relación de estas con la identidad política de un espacio y sus efectos sobre la construcción de la relación líder-militante. Martucelli y Svampa señalan que

la militancia es una figura que se halla en el cruce de conductas observables, de representa- ciones colectivas, de ideologías políticas, de modelos sociológicos. Figura que nos permite dar cuenta del vínculo que los sujetos establecen con lo político. El militante político es una manera sui generis de articular una práctica política y una dimensión personal (Irusta, 2015).

En este vincularse con lo político, aparecen subjetividades propias y prácticas políticas tendientes a llevar adelante actividades en terrenos de disputa determinados o acordes a for- talecer la identidad política y los lazos de representación del espacio político del que forman parte. La intención de este artículo es comparar lo que entienden o perciben como militancia los jóvenes del FPV y del PRO y cuáles son las prácticas políticas o actividades que desarrollan en ese marco. Cabe aclarar que entendemos que el modo que adquiere esa militancia está siempre en relación a la identidad política que cada uno de esos espacios construye y por ende al modo de entender lo político.

Aboy Carlés define a la identidad política como:

El conjunto de prácticas sedimentadas, configuradoras de sentido, que establecen, a través de un mismo proceso de diferenciación externa y homogeneización interna, solidaridades estables capaces de definir, a través de unidades de nominación, orientaciones gregarias de la acción en relación a la definición de asuntos públicos. Toda identidad se constituye y transforma en el marco de la doble dimensión de una competencia entre alteridades que

componen el sistema y de la tensión con la tradición de la propia unidad de referencia (Aboy Carlés, 2001: 54).

Se puede afirmar entonces que toda identidad política se constituye en base a un anta- gonismo. Tal como sostiene Mouffe (2007), “la condición de existencia de toda identidad es la afirmación de una diferencia”. En este sentido, la presencia de un “otro” que amenaza la propia identidad es lo que permite diferenciar y por lo tanto adquirir una identidad colectiva. En el plano, entonces, de lo simbólico, este “otro”, este exterior constitutivo, implica una amenaza porque pone en jaque la fantasía de la posibilidad de una identidad homogénea.

Según Mouffe, justamente en la manera en cómo se configura la especificidad del “no- sotros-ellos” es donde se encuentra la especificidad de lo político y por ende de la democracia. Dicho de otra manera, la creación de la identidad política siempre implica la existencia y es- tablecimiento de una diferencia, en este sentido se entiende que toda identidad es entonces relacional. Los sujetos necesitan entonces identificarse con algo como consecuencia de la im- posibilidad de una identidad homogénea, de esta forma el líder se convierte en un articulador y productor de símbolos. La constitución identitaria implica entonces un proceso de repre- sentación. El sujeto es ‘sujeto de una falta’, un sujeto que necesita de otro para poder consti- tuirse como tal, la representación actúa como suplemento de esa falta permitiendo su constitución (Aboy Carlés, 2001: 42-43; Laclau, 1994).

La identidad no es entonces fija ni inmutable. Lo político constituye para Mouffe (2007) el momento del antagonismo. Ahora bien, en esa construcción del “nosotros” que resalta la autora ¿qué es lo que determina la identificación del militante partidario? La respuesta reside en la dimensión de las pasiones: “las fuerzas colectivas que están en el origen de las formas colectivas de identificación” (Mouffe, 2007: 31). Para la autora, los sujetos, en nuestro caso los miembros del partido, necesitan identificarse con una identidad colectiva. En esta línea, el discurso político debe ofrecer identidades que puedan ayudar a dar sentido a lo que los su- jetos están experimentando (Mouffe, 2007).

Otro de los ejes a abordar en este artículo, tiene que ver con la manera en que se construye la relación entre los líderes y militantes del espacio. Lo que se sostendrá es que la identidad

política del espacio favorece diferentes formas de construcción de este vínculo. La lógica de representación –como se mencionó en el apartado anterior– está signada por la identidad del espacio. Teniendo en cuenta los debates actuales en torno al liderazgo partidario, muchos au- tores contemporáneos han discutido, resignificado y reconceptualizado la interpretación de los liderazgos políticos actuales desde vertientes teóricas diferentes. En muchas de esas inter- pretaciones aparece la tensión populismo y neopopulismo, populismo y democracia.

Isidoro Cheresky, por ejemplo, establece una diferenciación entre los liderazgos populistas tradicionales y los neo populistas a los que denomina “de popularidad”. El autor realiza esta diferenciación entre liderazgos tradicionales y liderazgos actuales, sosteniendo la identificación ideológica colectiva que establecen los líderes tradicionales a diferencia de la temporalidad de los actuales y la fragmentación ideológica o desideologización de las masas argumentando:

El líder populista tradicional gozaba de lazos identificatorios más permanentes y su sustento era de otra naturaleza: las corporaciones populares y la relación líder-masa con el presupuesto de un pueblo unificado que, a diferencia de la ciudadanía contemporánea se suponía cohe- sionado en un posicionamiento político ideológico (Cheresky, 2008: 19).

Según su interpretación, la personalización de los liderazgos actuales y su desideologiza- ción devienen en la debilidad de los partidos políticos para constituirse en canales de expresión y representación. Los partidos políticos son considerados entonces desde esta visión, maqui- narias en las que no existe diferenciación ideológica. Al vislumbrarse un modelo partidario más parecido al catch all party, los votantes “fieles” disminuirían. No se encuentra presente en su interpretación una idea de sujeto político, de militante sino de votante: “Los líderes de popularidad no se apoyan ya en una masa homogeneizada sino más bien en una ciudadanía de expresión múltiple y por eso mismo no cuentan con seguidores imbuidos de la entrega hacia el líder carismático” (Cheresky, 2008: 35).

Si bien existe un vínculo directo con el líder, en el liderazgo de popularidad tal vínculo se da más por la mediatización del mismo que por identificación ideológica. Para el autor, el líder de popularidad tiene sustento en la opinión pública:

El líder de popularidad es visto con frecuencia como el “defensor del pueblo” ante los pode- rosos, los corruptos y las corporaciones (…) A veces el líder expresa un reclamo postergado, o un rechazo, o más vagamente, un malestar social, y está llamado a suplir una vacancia en la representación (Cheresky, 2008: 38).

Desde una perspectiva teórico-epistemologíca diferente, Ernesto Laclau (2004) pone el acento en la interpretación del liderazgo como resultado del proceso de representación, en la conformación de la identidad política. El líder se convierte así en un productor de símbolos y su actividad ya no concebida como actuar para sus electores comienza a identificarse con un liderazgo efectivo. Para Laclau, la identidad es resultado del proceso de representación, la relación con el líder depende del grado de distancia entre el yo y el yo ideal (Laclau, 2004). En este sentido interesa en el presente artículo abordar el tipo de liderazgo y específica- mente de relación líder-militantes que se configura en los espacios políticos seleccionados. Se sostendrá que la identidad política construida tendrá incidencia tanto en las prácticas de la militancia como en el tipo de liderazgo que se configura en el espacio político. A conti- nuación nos detendremos a analizar los ejes mencionados en páginas anteriores de manera comparativa entre el FPV y el PRO en la provincia de Córdoba.

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