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Capítulo I. El comercio agropecuario a nivel mundial, regional y nacional

I.4. El sector agroexportador en Argentina

I.4.1. Los modelos económicos en Argentina y la relevancia del sector a lo largo

34 Habiendo delineado las características más relevantes del comercio agropecuario a nivel mundial y regional, se aborda el sector agroexportador argentino en su dimensión histórica, teniendo en cuenta su relevancia a lo largo de los distintos modelos de desarrollo que enmarcaron la historia económica del país.

La revolución de la independencia, ocurrida en 1810 en el territorio que luego sería Argentina, dio inicio a un período caracterizado por la fragmentación política, el conflicto entre las elites y las guerras civiles. A lo largo del mismo, la economía estuvo centrada en el Litoral y Buenos Aires, y se caracterizó por la especialización productiva en cueros y carnes saladas para su exportación, de manera que el crecimiento a lo largo de estos años fue impulsado principalmente por las exportaciones ganaderas (Belini y Korol, 2012). A mediados de siglo, luego de la derrota de Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires, inició el proceso de construcción y consolidación del Estado nacional, mediante la elaboración de una constitución federal y la elección de un gobierno central.

Este proceso culminó hacia 1880, con la instauración de un Estado oligárquico, liberal y antidemocrático, en un contexto de fuerte expansión del comercio internacional (Rapoport y Spiguel, 2005). Desde entonces, la Argentina experimentó un período de gran crecimiento económico, basado en la fertilidad de la región pampeana, la llegada de inmigrantes europeos y el ingreso de capitales extranjeros, dando inicio a lo que se denominó como modelo agroexportador. El país se consolidó, así, como un importante productor y exportador mundial de carnes, lanas y cereales para los mercados europeos, privilegiando el vínculo con Gran Bretaña (principal socio comercial y origen de la mayor parte de las inversiones extranjeras) (Belini y Korol, 2012).

Un rasgo particular de este período fue la relevancia adquirida por las exportaciones agrícolas. Entre 1880 y 1914 éstas crecieron aceleradamente, ampliándose los tres principales cultivos de exportación (maíz, trigo y lino), y hacia fines del período ya habían igualado a las de la industria de ganado en pie. Esta expansión novedosa (en tanto el crecimiento de las exportaciones agrícolas durante las dos décadas anteriores había sido insignificante) permitió que Argentina se consolidara como uno de los principales proveedores de granos a nivel mundial (Cortés Conde, 1998).

35 En el lapso de solo cinco décadas, el valor de las exportaciones argentinas creció más de diez veces, impulsado por la expansión de los productos agrícolas. Por su parte, las exportaciones ganaderas también aumentaron hasta consagrarse, después de 1900, entre las más competitivas del mundo en lana y en carnes refrigeradas (Hora, 2012). De esta manera, la canasta exportadora del país viró desde los productos tradicionales que requerían escasa mano de obra, como cueros y carne seca, a lana, granos y, posteriormente, carne vacuna y ovina (Cortés Conde, 1998).

El modelo agroexportador se basó, de este modo, en la exportación de los productos provenientes de las pampas, la cual se vio facilitada por el desarrollo de nuevos sistemas de transporte terrestre y marítimo, la tecnología del frío y la introducción generalizada de maquinaria agrícola, que permitió explotar las particulares condiciones del suelo fértil pampeano. A su vez, la denominada “Conquista del Desierto” de 1879-1880 posibilitó la ampliación de la frontera productiva hacia la Patagonia (a costa de los pueblos indígenas que la habitaban), confirmando el poder político y social de los terratenientes, así como el patrón latifundista de apropiación de la tierra. De este modo, y ante el fracaso de los proyectos de organización nacional con núcleo en el interior, en esta etapa “la consolidación de un mercado interno nacional unificado se produjo de modo subordinado al interés agrario exportador y al mercado externo” (Rapoport y Spiguel, 2005: 14).

El estallido de la Primera Guerra Mundial mostró los indicios del agotamiento del modelo agroexportador. La inestabilidad del período de posguerra estuvo acompañada por la culminación del proceso de expansión del comercio mundial y de incorporación de las economías nacionales al mercado mundial sobre la base de la división internacional del trabajo, situaciones que tuvieron su punto álgido con la crisis de 1929. A su vez, la hegemonía británica fue cediendo lugar progresivamente a la de Estados Unidos, proceso que culminó con el ascenso indiscutido de esta potencia luego de la Segunda Guerra Mundial (Belini y Korol, 2012).

Ante este contexto desfavorable, en Argentina se hicieron notorias las vulnerabilidades generadas por la dependencia del mercado externo y la especialización agroexportadora, a lo que se sumó la incapacidad de seguir incrementando la producción a partir de la incorporación de nuevas tierras. En los treinta años posteriores

36 a la Gran Depresión, el sector exportador experimentó un sostenido retroceso, que contrastó con el dinamismo del medio siglo previo. La producción exportable se contrajo abruptamente, proceso que no logró ser revertido mediante la expansión de nuevos cultivos. La ganadería entró en una etapa de crecimiento lento, y su producción fue demandada en proporciones cada vez mayores por el consumo interno (Hora, 2012).

La respuesta a estos limitantes por parte del gobierno peronista que asumió en 1946 se basó en el estímulo a la industria y en la diversificación de la producción, proceso que fue conocido como Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). La ISI implicó la reorientación de la economía hacia el mercado doméstico, iniciativa que estuvo liderada por la industria textil algodonera, la metalmecánica y la de maquinaria y aparatos eléctricos. A su vez, el Estado desempeñó un rol fundamental en la estrategia de industrialización, a través de la transferencia de ingresos desde sector primario exportador hacia el sector industrial (Belini y Korol, 2012).

Sin embargo, el proceso de reformas no logró alterar la estructura dependiente y latifundista de la economía argentina. Los limitados logros obtenidos en las industrias básicas, en conjunto con los acuciantes problemas de la balanza de pagos, evidenciaron la vulnerabilidad de un modelo que dependía en gran parte de las importaciones de bienes de capital y materias primas industriales, así como de los ingresos provistos por las exportaciones agropecuarias. Esta situación, sumada a la debilidad de los sectores empresarios nacionales, posibilitó el derrocamiento del gobierno peronista y el inicio de un período de inestabilidad institucional y fragmentación política. Éste se prolongó hasta 1976, y se caracterizó por la lucha entre los actores políticos y económicos en torno a los recursos del Estado, expresada en la alternancia de gobiernos de facto, promotores de políticas liberales, y gobiernos democráticos débiles sujetos a las presiones militares, impulsores de políticas desarrollistas (Rapoport y Spiguel, 2005).

El golpe de Estado de 1976 inauguró la última dictadura cívico-militar del país, la cual tomó el poder con un proyecto político y económico que se propuso favorecer “a las elites agrarias y los grandes grupos económicos locales e intermediarios de capitales externos, cercenando la industria nacional y el mercado interno”, en un intento por retornar a la Argentina agroexportadora y “abierta al mundo” característica de los años 1880-1930 (Rapoport y Spiguel, 2005: 52).

37 Esto fue en consonancia con la mayor vitalidad exhibida por la economía rural pampeana desde los años 1960, en el contexto de la “Revolución Verde”, la cual dotó al sector agropecuario de un renovado dinamismo gracias a la incorporación de nuevos cultivos, como las oleaginosas, y al notable incremento de la productividad. De esta manera, se fue consolidando una estructura productiva especializada en actividades intensivas en recursos naturales, que benefició a los grandes grupos económicos nacionales y a las empresas transnacionales. Paralelamente, se profundizaron procesos como la concentración y la extranjerización de la estructura productiva y del comercio exterior, a la vez que se desplazó a la industria como eje dinámico del sistema productivo (De Angelis, 2018).

Se dio inicio, así, a un modelo rentístico-financiero que, en el marco de la crisis de 1973 y la disponibilidad de capitales extranjeros, permitió “la valorización financiera de la renta agropecuaria y la obtención de grandes beneficios por parte de un pequeño puñado de corporaciones empresarias con vínculos orgánicos con el aparato estatal”, al mismo tiempo que estimuló a la especulación financiera por sobre la actividad productiva (Rapoport y Spiguel, 2005: 53). Al mismo tiempo, la apertura comercial dio origen a un inminente proceso de reprimarización, lo que trajo aparejado el fortalecimiento del sector agroexportador dentro de las elites dominantes.

A partir del retorno a la democracia, en 1983, se intentó reorientar la política económica hacia mayores márgenes de autonomía, pero la presión por la crisis de la deuda externa implicó la continuidad con los lineamientos principales del modelo, en un contexto caracterizado por la hegemonía del “Consenso de Washington” y la crisis del Estado de Bienestar.

Con la llegada de Menem al poder, en 1989, el modelo rentístico-financiero terminó de consolidarse, a través de la aplicación plena de las políticas neoliberales: reforma del Estado, apertura indiscriminada del sector externo, privatizaciones de servicios y empresas públicas y desregulación de la economía. A su vez, se privilegiaron las relaciones políticas y económicas con Estados Unidos, principal promotor del orden neoliberal luego del fin de la bipolaridad y de la reunificación del mercado mundial (Rapoport y Spiguel, 2005).

38 Las políticas neoliberales tuvieron como consecuencia “una balanza comercial negativa y un déficit fiscal crónico que debieron ser solventados con endeudamiento externo” (Colombo, 2005: 136), lo que generó, en la práctica, la restricción de la política económica frente a los organismos multilaterales de crédito. A su vez, se agudizó la concentración productiva y de la propiedad de la tierra, la extranjerización económica, y la recomposición de la hegemonía a favor de los socios de la banca acreedora, los sectores agroexportadores y los grandes grupos locales e intermediarios de capitales extranjeros.

En la década de 1990 tuvo lugar la introducción, en Argentina, del paquete tecnológico sojero, el cual domina hasta la actualidad la producción agrícola, las exportaciones y la industria asociada (Vitelli, 2012). La transformación productiva ocurrida en este período se manifestó en la especialización en industrias basadas en recursos naturales y commodities industriales de bajo y medio contenido tecnológico, así como en el auge de la industria automotriz transnacionalizada. De manera complementaria, se promovió la modernización en infraestructura, energía y telecomunicaciones (De Angelis, 2018).

La contracara de este proceso fue la notable profundización de la desigualdad y el agravamiento de la negativa situación social, alcanzando el país niveles inéditos de desocupación y pobreza a finales de la década de 1990. Una combinación de debilidad e ineptitud política, el fracaso de la política económica y el rechazo por parte de la población a la clase gobernante, ocasionaron la caída del gobierno y la aguda crisis económica, social y política que tuvo lugar en Argentina a fines de 2001 (Colombo, 2005).

El período iniciado en 2002, cuyas características políticas y económicas se analizarán en los capítulos siguientes, se caracterizó por la fuerte expansión del cultivo de soja, cuyo auge permitió un aumento exponencial de las ventas externas de productos agropecuarios (generó en 2005-2010 más del 50% del volumen agrícola exportado por el país) y un incremento del 40% en la participación argentina en el comercio internacional de estos productos. Además, la frontera agrícola, que desde 1930 se había estabilizado, comenzó a expandirse nuevamente, en gran parte debido a la incorporación generalizada de la siembra directa y de semillas transgénicas. De esta manera, la

39 superficie sembrada con cereales y oleaginosas (principalmente el cultivo doble de trigo y soja) se amplió a costa de tierras ganaderas por dentro de la región pampeana, pero también hacia zonas periféricas (Hora, 2012).

Otra característica que acompañó a este proceso fue la importancia adquirida por los actores extranjeros, especialmente en la fase de comercialización internacional de la producción agropecuaria. En este sentido, y a pesar de que el sector rural continuó gozando de un núcleo empresarial local poderoso, empresas multinacionales como Monsanto, Bayer, Syngenta y Cargill, entre otras, consolidaron su predominancia en el sector gracias a su dominio de la biotecnología y de la oferta de insumos claves para la producción, en ocasiones aliándose con grandes empresas químicas y farmacéuticas (Hora, 2012).

De esta manera, se comprueba que el sector agroexportador ha gozado de un papel destacado en la economía nacional, observable desde los inicios del proceso independentista, pasando por la consolidación del Estado nacional y los diversos modelos de desarrollo implementados desde entonces. En particular, fue el modelo agroexportador el que apuntaló a este sector como la principal actividad generadora de riqueza, en un momento de inusitada competitividad de los productos pampeanos a nivel mundial. Durante la ISI, a pesar de la reorientación de la economía hacia el mercado doméstico, las exportaciones agropecuarias continuaron desempeñando un rol fundamental, en tanto contribuyeron con las divisas necesarias para sostener a la actividad industrial. Finalmente, el sector agroexportador recobró plenamente su centralidad desde la instauración del modelo rentístico-financiero y adquirió, especialmente desde la década de 1990, un nuevo dinamismo dado por la implementación plena de las políticas neoliberales y la creciente expansión del cultivo de soja.

I.4.2. Relevancia del sector en la economía nacional y en el comercio