3. MARCO CONCEPTUAL 14
3.3 MODO DE EXISTENCIA DE LA POBLACIÓN CIVIL CON LOS GRUPOS ARMADOS 18
En un artículo publicado en Análisis político 42 de enero a abril de 2001, el profesor Carlos Miguel Ortiz se basa en una monografía de grado de un estudiante
de Sociología4 -en la que distingue tres maneras en las que los habitantes de un
municipio dado interactúan con una organización guerrillera- para deducir cuatro formas en las que una población rural se relaciona con un grupo guerrillero (69). Como bien lo advierte el Profesor Ortiz, este análisis también puede extenderse a la organización paramilitar.
Así pues, el estudio en el que se basa, distingue tres tipos de actor, el actor condescendiente, el reticente y el vacilante (Pallares, citado en Ortiz, 2001: 69, de enero a abril). En cada uno de ellos existen unas características singulares, aunque en los tres se combinan el temor con la adhesión, elemento que permite distinguir para las zonas rurales cuatro tipos de formas de relacionarse con las guerrillas -o los paramilitares-
La primera corresponde a la “del adherente político por razones más o menos programáticas, ligadas con intereses colectivos y con las identidades” (Ortiz, 2001: 69, de enero a abril), que se manifiesta precisamente en zonas en donde antes de la instauración de la guerrilla ha existido simultáneamente un trabajo político o de un movimiento o un partido proclive a esta organización.
4 Al respecto, el profesor Ortiz toma la Monografía de grado de Carlos Pallares “violencia y vida cotidiana en un municipio colombiano”, dirigida por el Prof. Fernando Cubidez, Bogotá Univesidad Nacional, 2000
La segunda corresponde a la “del adherente político por razones no programáticas sino de conveniencia o utilidad, ligadas más con las estrategias individuales que, como en la forma anterior, con las estrategias colectivas” (Ortiz, 2001: 69, de enero a abril). Es decir, con fines puramente pragmáticos, en el sentido que pueden beneficiarse de las operaciones en la zona, como por ejemplo los cultivadores de coca con las llamadas “marchas campesinas” del Caquetá, que estaban evidentemente relacionadas con las FARC. (Ortiz, 2001: 70, de enero a abril)
La tercera corresponde a una fase intermedia entre la adhesión programática y la de conveniencia, que tiene tres manifestaciones. La primera, la manera en que se apoyan acciones colectivas recibiendo a cambio contrapartidas; la segunda la adhesión de conveniencia o utilidad individual pero no económica sino política -apoyo a campañas electorales, en seguridad o en mayoría de votos-, y la tercera “la proclividad de los adolescentes y jóvenes a enrolarse en las filas de los grupos armados, guerrillas o paramilitares, presentes en sus veredas.” (Ortiz, 2001: 70, de enero a abril).
De esta última manifestación, es importante destacar las causas por las que se presenta esta forma de relacionamiento. “el muchacho encuentra en esta institución un medio de promoverse, de movilidad social, y la oportunidad de manejar un arma, con todas las connotaciones que tiene tanto en el imaginario
tradicionalen el imaginario tradicional transmitido depadres a hijos como en el
consumo cultural de hoy, a través de la televisión.” (Ortiz, 2001: 70 y 71 de enero a abril). Lo que supone una adhesión por las aspiraciones de poder que implica el relacionamiento con el grupo armado, diferente a lo que se produce con la adhesión a las pandillas a nivel urbano:
(…) en la guerrilla o los paramilitares el organigrama es contundentemente jerárquico, está sometido a los adultos y con una actitud que (…) es sumisa y extremadamente filial hacia los comandantes, mientras al insertarse el joven en una banda o en una milicia, conserva una autonomía generacional sin sumisión a los mayores, y los esquemas organizativos son distintos y las jerarquías no son rígidas ni patriarcales. (Ortiz, 2001: 71, de enero a abril)
Por último, la cuarta forma de relacionarse supone la adhesión predominantemente por el temor, “alguien también puede invocar ese miedo para, en virtud simplemente del halo de temor que crea la presencia del actor armado, obtener la imposición de su capricho o de un interés particular así no sea efectivamente alguien de influencia ante la organización.” (Ortiz, 2001: 71, de enero a abril), lo que implica que los habitantes de esa área comienzan a aceptar como hecho la autoridad fundada únicamente en el uso y la intimidación del arma, originando al mismo tiempo un proceso de des-autorización de los poderes institucionales a nivel local (Ortiz, 2001: 71, de enero a abril). Sin embargo, aclara Ortiz, este proceso no debe ser confundido como legitimización de la violencia, sino como “actitud de pasividad que nace espontáneamente de un cálculo implícito de los habitantes sobre la correlación de fuerza desfavorable como estrategia de sobrevivencia, y no una adhesión surgida de intereses comunes coincidentes con los armados” (Ortiz, 2001: 71, de enero a abril). Lo único que se les reconoce es la sustitución de funciones estatales en lo que se refiere a la administración de justicia, sobre todo penal, en contra de delincuentes como ladrones y abigeos (Ortiz, 2001: 71, de enero a abril). Esta actitud, es semejante a la que tienen los habitantes urbanos hacia las milicias o bandas juveniles, en el sentido de la forma en que detentan el poder mediante el uso de las armas y cómo esto genera administración de justicia penal frente a la delincuencia.
Teniendo en cuenta ambas posturas, las de kalyvas y Ortiz, se puede hacer una comparación entre el comportamiento desde los actores armados y el de la población que convive con ellos, para posteriormente evidenciar las implicaciones que tiene la violencia en el modelo que se pretende construir.
3.4. RELACIÓN ENTRE KALYVAS Y ORTIZ, CON LOS PLANTEAMIENTOS SOBRE LA VIOLENCIA