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Modos de pensar al Estado Discusiones y paradigmas de indagación

Estado-nación, industrias culturales y construcción de relatos.

6.2 Modos de pensar al Estado Discusiones y paradigmas de indagación

La concepción marxista del Estado lo entiende como un órgano de dominación de clase, surgido a partir de contradicciones irreconciliables entre las mismas. En definitiva, el Estado es pensado como un aparato de opresión de una clase por otra. De esta forma, el poder político pasa a ser entendido como la violencia organizada de una clase para oprimir a otra.

Desde la teoría marxista, por su carácter dominante, el Estado se situaría por encima de la sociedad, es decir que se divorcia de ésta. Marx afirma que por Estado se entiende, en realidad, la máquina de gobierno, en cuanto por efecto de la división de trabajo forma un organismo propio, separado de la sociedad. De esta forma el Estado pasa a convertirse en ficción.

Desde la mirada marxista, Kautsky (1978) sostiene que “el Estado nació de la necesidad de tener a raya los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de estas clases, el Estado lo es, por regla general, de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que con ayuda de él se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo así medios para la depresión y explotación de la clase oprimida”.

Esta concepción considera al poder desde una mirada instrumentalista, es decir como un objeto que debe ser tomado, donde el Estado es el espacio materializado del poder. Por ende, se entiende que aquellos que no pertenecen al Estado, carecen de poder, y el medio para conseguirlo sería la toma del mismo. Por lo tanto, la liberación de la clase oprimida se lograría por medio de una revolución violenta contra ese poder estatal que separa a la sociedad, donde el poder sería tomado a partir de arrebatárselo a la clase dominante.

Se puede deducir que toda concepción de Estado está ligada a una determinada idea del poder y viceversa. La manera de entender al poder, cómo se consigue, cómo se consolida y demás estará determinando la mirada sobre el Estado y la forma de llegar al mismo; aquí pueden comenzar a pensarse las críticas que Foucault le realiza a la mirada Marxista.

Michel Foucault introduce, al igual que Gramsci, un quiebre en la teoría marxista del poder, ya que intenta desligar a este término de la asociación a un sistema general de dominación ejercida por un grupo sobre otro, como un conjunto de instituciones o aparatos que garantizan la sujeción. Su planteo sostiene que el poder debe dejar de pensarse situado en un foco único, en un punto central, del cual desciende, sino que debe comprenderse desde la multiplicidad de las relaciones de fuerza.

“El poder está en todas partes; no es que lo englobe todo, sino que viene de todas partes: y el poder, en lo que tiene de permanente, de repetitivo, de inerte, de autorreproductor, no es más que el efecto de conjunto que se dibuja de todas esas

movilidades, el encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata de fijarlas” (Foucault, 1996:112).

Los quiebres con respecto a la teoría marxista son diversos, en lugar de pensarse el poder como un objeto, se sostiene que éste se encuentra en el complejo tejido de relaciones sociales. El poder no se encuentra en la negación sino en la producción, es decir que más allá de actuar represivamente, crea normas, actitudes, comportamientos, etc.

Por otra parte, el poder no debe ser entendido desde un dualismo que separe tajantemente entre dominantes y dominados, siendo estos últimos el “reflejo” de la voluntad de los primeros, sino que existe una mediación dentro de una red de relaciones que van constituyendo el poder. Esto no quiere decir que el dominio sea emergente, sino que es construido, aunque no responda a una causalidad. En otras palabras, el dominio no nace por una relación causa efecto, sino que se dirime y consolida en el seno de las relaciones.

Esta forma de mirar al poder por parte de Foucault le da un mayor protagonismo a la subjetividad, a partir de considerarla parte de esas relaciones, y ya no el simple efecto de un estímulo externo. De esta manera el sujeto representa uno de los puntos de resistencia movibles y transitorios que están presentes en todas partes de las redes del poder. “Es sin duda la codificación estratégica de esos puntos de resistencia lo que torna posible una revolución, un poco como el Estado reposa en la integración institucional de relaciones de poder”.

Aquí es posible ver otra diferencia con la concepción marxista, ya que ésta consideraba que la revolución llegaría de la mano del partido, entendido como un grupo de iluminados que comandaría la acción. Foucault, por su parte, rescata la potencia de resistencia que se encuentra diseminada en la red de relaciones de la cual forman parte los sujetos.

Foucault (1979:143) sostiene, “no considerar el poder como un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, de un grupo sobre los otros, de una clase sobre las otras, sino tener bien presente que el poder, si no se lo contempla desde demasiado lejos, no es algo dividido entre los que lo poseen, los que lo detentan exclusivamente y los que no lo tienen y lo soportan. El poder tiene que ser analizado como algo que circula, como algo que no funciona sino en cadena. No está nunca localizado aquí y allí, no está nunca en las manos de algunos, no es un atributo como la riqueza o un bien. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes no solo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o de ejercitar ese poder, no son nunca el blanco inerte o consintiente del poder, ni son siempre los elementos de conexión. En otros términos, el poder transita transversalmente, no está quieto en los individuos”.

Esta manera de abordar la cuestión del poder crea una matriz diferente a través de la cual se observará al Estado. Marx, al sostener una visión instrumentalista del poder, entendía al Estado como un aparato de dominio de la sociedad situado externamente a ella. Mientras que Foucault, a partir de su mirada del poder desvinculada de esa centralidad, pensará al Estado de una manera diferente. Se abandona la percepción del Estado como un órgano externo a la sociedad, para pasar a comprender que éste se encuentra en disputa dentro de la sociedad, en las múltiples relaciones sociales que se negocian, establecen y construyen.

La indagación sobre el Estado deberá realizarse también por fuera del edificio jurídico, es decir que hay que estudiar el poder desde fuera del campo de la soberanía jurídica, ya que el Estado no se ve acotado sólo a esos aparatos institucionales. El poder se encuentra en el interior de los entramados sociales, disputándose y reconvirtiéndose en cada una de sus instituciones (escuelas, clubes, medios de comunicación, familia, barrios, etc.), en cada una de las prácticas cotidianas.

La ruptura con la mirada estructuralista está dada a partir de la concepción de una construcción social del poder, ya no de una imposición como lo planteará cierta lectura de Marx. Es decir, que el poder no sólo será ejercido negando a partir de las restricciones, sino por medio de la construcción de sentidos que den lugar a ese “nuevo orden interior”, generando un tipo de control social, lejos ya de la mera coerción. Se concibe al poder desde sus características productivas, desde lo que éste crea.

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