Monogamia e indisolubilidad están tan
estrechamente ligadas que no se entiende una sin la otra. Tampoco es posible pensar en un matrimonio que no tenga esas características. La norma personalista —"La persona es un bien
respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y válida — está en el
fundamento y origen de ambas.
En efecto, una persona nunca puede ser para otra objeto de gozo sino más bien co-sujeto de amor. De ahí que la unión del hombre y la mujer necesita un encuadramiento adecuado en el cual las relaciones sexuales estén plenamente realizadas, pero de manera tal que al mismo tiempo garanticen una unión duradera de las personas. Esta unión se llama matrimonio.
El matrimonio disoluble no es más que una institución que permite la realización del gozo sexual del hombre y de la mujer. No se condice con una unión verdadera de las personas basada en la afirmación recíproca de su valor.
El matrimonio no es sólo una unión espiritual de las personas, sino también material y terrestre. De ahí que el matrimonio está estrechamente ligado a la existencia material y terrestre del ser humano. Así es como se explica su disolución natural por la muerte de uno de los cónyuges. Pero, aunque tras la muerte de uno de ellos las nuevas nupcias están justificadas, el guardar la viudez es digno de los mayores
120 elogios. Ello ya que expresa mucho mejor la unión con la persona desaparecida. El valor de la persona no es algo efímero, y la unión espiritual puede y debería perdurar incluso cuando ha cesado la de los cuerpos.
En toda la enseñanza de Cristo, el problema de la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio se resuelve de manera categórica y definitiva. Si bien en el antiguo testamento permanece vivo el recuerdo de la poligamia de los patriarcas, Cristo se opuso categóricamente a estas tradiciones. En efecto, recordó cuál era la primitiva idea del creador cuando instituyó el matrimonio: "(...) pero al principio no fue así." (Mt. 19, 8). En efecto, la idea del matrimonio monogámico, nacida en la mente y en la voluntad de Dios, había sido alterada también por el pueblo elegido.
Al respecto, es importante notar que las Sagradas Escrituras suministran numerosas pruebas de que la poligamia da al hombre la ocasión de considerar a la mujer como un objeto de gozo. Esto resulta en una degradación de la mujer y un rebajamiento del nivel moral del hombre. Basta recordar la historia del rey Salomón.
La supresión de la poligamia y el restablecimiento de la monogamia —que implica indisolubilidad— están estrechamente ligados al mandamiento del amor. En efecto, si un hombre abandona a una mujer —Ej. caso del matrimonio legal— para unirse con otra, demuestra que su esposa no representaba para él más que valores sexuales.
121 Ahora bien, hay que admitir que hay circunstancias de la vida común de los cónyuges en las que se hace verdaderamente imposible la vida en común (especialmente, por infidelidad). En estos casos sólo queda la separación, la cual no rompe el matrimonio en sí mismo, que es para toda la vida. Será un mal necesario. No obstante, este mal no conlleva una transgresión de la norma personalista, pues ninguna de las personas es usada como objeto por parte de la otra. Pero sí lo estaría siendo si la persona que ha pertenecido conyugalmente a otra pudiese abandonarla para unirse maritalmente a una tercera.
En lo referente a la duración del matrimonio, no es posible aceptar que el mismo esté sujeto al tiempo que la pareja desee permanecer unida. Ello contraría la norma personalista, basada en el concepto de la persona en cuanto ser. Desde este punto de vista, el hombre y la mujer que han tenido relaciones conyugales dentro de un matrimonio válidamente contraído están ligados objetivamente por un vínculo que sólo se disuelve ante la muerte.
El hecho de que con el tiempo uno de los cónyuges —o ambos— cesen de querer esa unión no anula el hecho estar objetivamente unidos como marido y mujer. Puede que los esposos ya no encuentren la base subjetiva de su unión —Ej. afectos—. Puede ocurrir incluso que la base subjetiva sea contraria a la unión desde el punto de vista psicológico o psicofisiológico. Semejante estado justifica la separación de cuerpos, pero no puede anular el hecho de que ambos permanezcan objetivamente unidos en cuanto esposos.
122 El amor en el que se fundamenta la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio es el amor-virtud situado al nivel del valor integral de la persona. La dificultad que hallamos a la hora de explicar el principio de la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio procede de que muchas veces el amor no se entiende así. Según hemos mencionado anteriormente, el principio de la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio implica integración. Sin ésta, el amor se convierte en una aventura peligrosamente arriesgada.
El hombre y la mujer cuyo amor no ha madurado profundamente ni ha adquirido el carácter de una unión real de personas no deberían casarse. Esto ya que no están preparados para afrontar la prueba del matrimonio. Por otra parte, lo que importa no es que su amor esté plenamente maduro en el momento de casarse, sino que sea capaz de florecer y fructificar más allá del marco del matrimonio y gracias a él.