Admitiremos como punto de partida que el amor es siempre una relación mutua de personas, que se funda a su vez en la actitud individual y común de ambas respecto del bien. Todo amor comprende estos dos elementos: relación personal y actitud frente al bien. El amor del hombre y de la mujer no es más que un caso particular del amor, y posee todos sus rasgos.
El presente análisis general del amor se ha denominado metafísico ya que apunta a saber qué es el amor, y la consideración del qué de algo es propio de la metafísica. En concreto, nos ocuparemos de conocer qué es el amor que se da entre hombre y mujer.
El análisis metafísico abrirá el camino para el análisis psicológico. Este análisis es necesario ya que el amor de la mujer y el hombre se forma en el psiquismo profundo de las personas y queda vinculado con la vitalidad sexual del ser humano. El análisis psicológico será materia del segundo gran punto del presente capítulo.
Finalmente, el amor del hombre y la mujer es una relación entre personas, por lo que posee un carácter personal. A esto se refiere su profundo sentido ético, que será materia de análisis en el último gran punto del presente capítulo. En éste, examinaremos el amor concebido como la más grande de las virtudes, aquélla que contiene todas las demás, las eleva a su nivel y las marca con su huella.
32 1.2. Amor como atracción
El primer elemento que surge del análisis metafísico del amor es la atracción. Hemos dicho que el amor significa una relación mutua de dos personas —mujer y hombre— fundado en una actitud respecto del bien. Dicha actitud tiene su origen en la atracción. Gustar significa
aproximadamente presentarse como un bien. La mujer puede fácilmente parecerle un bien al hombre y viceversa. Esta facilidad con la que nace la atracción recíproca es fruto del impulso sexual.
La atracción parte de la impresión — conocimiento—, pero ésta no basta para generarla. En efecto, antes de sentirme atraído por un bien debo conocerlo. Pero ni el conocimiento de la persona dada ni el hecho de pensar en ella se identifican con la atracción. La atracción no es puramente cognoscitiva. Requiere además que la persona que conoce se sienta especialmente vinculada hacia otra. En ello entra en juego la voluntad (Ej. los afectos). Así, en el agradar está ya un elemento del querer, aunque de manera aún muy indirecta, lo cual hace que el carácter cognoscitivo se lleve la mayor parte.
Toda persona es un bien extremadamente complejo y casi heterogéneo. Ello ya que el hombre y la mujer son, por su naturaleza, bienes a la vez materiales y espirituales. La percepción de los diversos valores de la otra persona es requerida para la atracción. La atracción surge cuando alguien es particularmente sensible a
33 determinados valores de otra persona.
Por más que el objeto de la atracción sea siempre una persona, la atracción será diversa según el valor que la suscite. No será igual una atracción causada por los valores físicos o espirituales de una persona.
La reacción emotivo-afectiva se basa en gran medida en la atracción. Si bien los sentimientos no conocen, sí pueden orientar y dirigir los actos de conocimiento, lo cual aparece con mayor claridad en la atracción. Los sentimientos nacen de manera espontánea (por eso, la atracción a veces surge de manera inesperada), y son una reacción, en el fondo,
ciega. Esto puede traer una dificultad interior en
la vida sexual de las personas. Esta dificultad reside en la relación entre lo vivido y la verdad.
La acción natural de los sentimientos no tiende a percibir la verdad de su objeto: de la verdad se ocupa la inteligencia. Sin embargo, las reacciones emotivo-afectivas pueden tanto ayudar cuanto impedir la atracción hacia un bien verdadero. Así, muchas veces los sentimientos contribuyen a deformar o falsear la atracción cuando gracias a ellos se cree percibir en la persona valores que en la realidad no se poseen. Y esto puede ser muy peligroso para el amor. En efecto, una vez pasada la reacción emotiva, el sujeto que había fundado en ella —y no en la verdad— toda su actitud respecto de la otra persona se encuentra en el vacío. Se ve así privada del bien que creía haber encontrado. De este vacío —y decepción que lo acompaña— nace una reacción emotiva de signo contrario: el
34 amor puramente afectivo se transforma en odio.
Por este motivo, es fundamental que la atracción se dirija hacia la verdad: hacia la verdadera persona. Sin embargo, la tendencia nacida del dinamismo de la vida afectiva tiende a desatender esta verdad, es decir, a la persona tal como es en sí misma. En cambio, este dinamismo se dirige hacia sí mismo, es decir, hacia los sentimientos que experimenta el propio sujeto. Llegado a este punto, el sujeto no se preocupa de saber si el objeto posee realmente los valores que le atraen. En cambio, sí se pregunta si los sentimientos que él mismo experimenta son verdaderos.
De ahí que es importante sentir atracción hacia la persona, es decir, englobar en este acto no sólo los diversos valores ligados a ella, sino los valores de la persona misma. Esto ya que la persona es un valor por sí misma, y merece ser objeto de atracción por ella misma, y no por tales o cuales valores que se le injertan. La atracción suscitada por el valor mismo de la persona viene a tener el carácter de verdad integral: el bien hacia el cual se tiende no es una cosa, sino la persona. La atracción se presenta así como un aspecto del amor.
El ser humano es bello, y puede, gracias a la belleza que le es propia, atraer la mirada del otro congénere. Cabe recordar que el ser humano es una persona, cuya naturaleza está determinada por su interioridad. Por ello, además de su belleza exterior es preciso saber descubrir su belleza interior, e incluso, complacerse preferentemente en ella. La atracción en que se funda el amor de
35 dos personas no puede nacer de la belleza física y visible, sino de la belleza integral de la persona.