Moral económica
En siglos pasados la moral tuvo que ver mucho con la economía y la economía con la moral, pero esa dependencia se rompió con la llave del capitalismo. Podemos decir que hasta el capitalismo siempre se dio por supuesto que la moral tenía que respetar unas exigencias éticas y esto, no solamente en el cristianismo sino antes. Aristóteles desarrolla una moral económica.
Los moralistas, es lógico, que recuerden con cierta nostalgia aquellos tiempos en que se tenían en cuenta sus opiniones, por parte de los hombres de negocios; lo recuerdan como la edad de oro de la economía y, concretamente, en el siglo XVI fue un siglo en que la moral económica alcanzó una cima que nunca se ha vuelto a repetir ya. En parte, porque estaban estimulada por el interés de la gente y los moralistas tenían una motivación importante para estudiar de forma empírica sobre los nuevos fenómenos que se iban produciendo en el campo de la economía, estudiarlos atentamente desde la fe cristiana, etc. Sin embargo, a partir de la llegada del capitalismo se empezó a afirmar que la economía tiene unas leyes fijas, inmutables, que se equipararon a las leyes naturales y de la misma forma que no tiene sentido preguntarse si es moral o inmoral que los cuerpos caigan por la acción gravitatoria, tampoco hay por qué preguntarse si son éticas o no las leyes de la oferta y la demanda, los salarios que fijan esas leyes de oferta y demanda, etc.
La aparición del capitalismo supuso una ruptura entre economía y ética.
La economía empezó a guiarse por los criterios de la eficacia o ineficacia y no por los criterios de lo ético o de lo inmoral y se confiaban en que esa eficacia acabaría trayendo, también, justicia social, interacción, etc. Esta es la famosa teoría de Adam Smith sobre la mano invisible.
Adam Smith, economista escocés, del s. XVIII, se puede considerar como el clásico del capitalismo, u
libro acerca de La riqueza de las naciones, es así como una Biblia para el capitalismo, y el él incluye el concepto de la “mano invisible”. Dice que nadie tiene por qué preocuparse del bien común a la hora de tomar decisiones económicas, que cada cual actúe, exclusivamente, por sus intereses, porque una mano invisible hará confluir los infinitos intereses contrapuestos en el bien común. Esta afirmación se analizará más adelante pero baste, por ahora, aceptar que con ese criterio no hace falta ninguna ética económica, ninguna moral, que cada cual se preocupe de sus intereses y ello basta.
Los moralistas se han quejado de esta actitud del capitalismo que les ha invadido el terreno pero, a su vez, los economistas se han quejado de los moralistas, porque, en su opinión, intervienen en cosas de las que no entienden y si sus consejos se llevaran a cabo aparecería el caos en el mundo de la economía.
Dos periodistas franceses publicaron un libro “Estadios contra la economía. Carta abierta a Juan Pablo II”. En ese libro se dice: “Para que la Sollicitudo rei socialis sirva al bien común, debe fundamentarse en una sapiencia rei economicae que en la actualidad le falta a Juan Pablo II”. Para que la preocupación por las cosas sociales, que es el título de la Encíclica, de verdad, funcione haría falta que el Papa tuviera una sapientia rei economicae, una sabiduría en cuestiones económicas, que le falta, y, por lo tanto, está hablando de cosas de las que no
entiende y haría mejor en callar.
A muchos economistas, el empeño de los moralistas, de introducir criterios éticos en el mundo de la economía les parece algo absolutamente superfluo y, desde luego, inútil, como predicar a un manzano para que se convierta en un naranjo. Las cosas son como son, y no tiene razón de ser intentar que sean de otra manera.
Esta es la problemática.
Es necesario clarificar cuáles son las competencias respectivas de la economía y de la ética, dado que sus relaciones no parecen, precisamente, fluidas; para tratar de que todo lo que se diga en adelante, sobre moral económica, sea, justamente, lo que se deba decir; sin meternos en campos ajenos pero sin renunciar a lo específico de la moral económica. La moral, solamente, tiene razón de ser cuando hay que hacer elecciones. En un mundo en el que solamente hubiera un camino (El ejemplo anterior: los cuerpos caen en el vacío con un movimiento acelerado. Si caen así y no caen de otra forma) no tiene nada que decir la moral. Cuando interviene la libertad humana y las cosas pueden ser de una forma o de otra, es precisamente, cuando tiene cabida la moral. En economía, eso es, justamente, lo que ocurre, que hay decisiones que deben tomarse libremente, entre diferentes alternativas, entre otras cosas, debido a que la economía se caracteriza, precisamente, por la escasez.
La actividad económica se lleva a cabo, no en ese mítico país de Jauja en que de los árboles cuelgan longanizas. No se pueden satisfacer todos los deseos que tenemos, a la vez, hay que hacer el elecciones. Además, cuanto más avanza la técnica y las posibilidades humanas, más aumentan las elecciones.
Ejemplos:
Queremos aeropuertos cerca de la ciudad para acortar distancias tendremos que soportar ambiente ruidoso, o preferimos que estén lejos, donde las situaciones se invierten.
Preferimos que las carreteras atraviesen las ciudades porque es menos costoso o preferimos cinturones de circunvalación.
Bosques o industrias madereras…
Educación que equilibre diferencias económicas o elitista con menores costes.
En el mundo de la economía hay que tomar decisiones, no sólo decisiones en lo relativo a los fines (los puestos en los ejemplos) sino, también, en lo relativo a los medios.
Desde el momento en que hay que hacer elecciones tiene algo que decir la ética. Entonces, vamos a preguntarnos cuales son las competencias respectivas
de economía y ética.
Hay tres preguntas que debemos hacernos y cada una de ellas supone unas competencias distintas. La primera se refiere a los fines de la actividad económica, qué fines debe perseguir. Esta es una cuestión, exclusivamente, ética. Aquí, los economistas no tienen nada que decir. Tendrán que ser los moralistas los que discutan los fines de la economía.
Una vez definidos los fines, hay una segunda pregunta que se refiere a los medios eficaces para conseguir esos fines. Esta es una pregunta que deben contestar los economistas, aquí, no tienen nada que decir los moralistas, no es competencia suya, ni entienden de ello, y, en el caso de que entendieran no es su tarea pronunciarse sobre los medios eficaces. Sin embargo, un principio fundamental en la moral cristiana, y en muchas otras, es que el fin no justifica los medios, es decir, aún cuando los fines sean buenos, porque hay sido determinados por la ética, no cualquier medio que sea eficaz para conseguir esos fines se puede legitimar.
Hace falta una tercera pregunta sobre los medios legítimos. Vuelve a ser competencia de los moralistas, de la ética.
Así es como se reparten las competencias. Esta es la teoría. En la práctica, los economistas, que como hemos visto, tiene que hablar en el centro, antes tienen que hablar los moralistas y después tienen que volver a hablar los moralistas; frecuentemente, los economistas han acaparado competencias y han hablado en la primera parte y en la última, y la justificación, para esas intromisiones, ha sido
determinados y que no hay nada más que unos medios eficaces para alcanzarlos.18
Lo mismo ocurre hacia abajo, con cierta frecuencia, los economistas, solamente, señalan unos medios eficaces para conseguir los fines que sean, con lo cual, lógicamente, sobra la última pregunta, ¿de todos los medios eficaces que hay, cuáles son legítimos y cuáles no? Resulta que sólo hay un medio, qué remedio nos queda. Tendremos que utilizar ese medio si es el único que hay.
Se ha oído mucho, desde 1973, que sólo hay una política económica posible que es liberalización,
flexibilización, liberalización de los tipos de interés, flexibilización de las medidas de contratación y de despido, etc. Si esa es la única política económica, si no hay otra, ya no se puede preguntar qué medios son legítimos y cuáles no? Una vez más, vuelve a ocurrir lo mismo. Ahora se ha invadido el campo hacia abajo.
Todo esto, hablando como moralista, expresando las quejas de los moralistas frente a los economistas. 18 En 1987, cuando apareció la Sollicitudo reis
sociallis, Cáritas Española convocó unas jornadas de trabajo interdisciplinar, entre economistas y moralistas para estudiar la Encíclica y como se veía claramente que no estaba demasiado definido para unos las competencias de los otros, se propuso un esquema de trabajo: el que tenemos aquí. De acuerdo en las competencias legítimas, en cuanto a teoría, porque en la práctica se veían las cosas más complejas y habrá que reconocer a los economistas el derecho a decir “no podemos”. Moralistas estaban de acuerdo siempre y cuando, realmente, no fuera posible, el problema está en que los economistas digan no es posible a aquello que es no deseado. El argumento está en que con estrategia técnica se acabe en el campo de los fines. Los fines que señalan los moralistas, éstos, no es posible; estos otros, tampoco y por fin acepten únicamente uno. Aparentemente ha sido un argumento técnico pero, en realidad, se ha entrado en el campo de los fines.
El ejemplo más práctico. En un momento en Cáritas Española se detectó que quien, de verdad, mandaba era el administrador y no los directivos, porque cuando se aprobaba un programa, de donde fuera, si la filosofía que había detrás del programa no le gustaba al administrador, decía: “no tenemos divisas ahora”; al día siguiente se aprobaba otro y para ese sí había divisas; al encararlo con la situación, manifestaba: “nos acaban de abonar una cantidad en una cuenta de NY y ahora tenemos. Como esto se repetía con relativa frecuencia, se llegó a la conclusión de que era el administrador el que con argumentos técnicos: tenemos o no tenemos divisas, estaba entrando en un campo que no era su competencia, en el campo de los fines, que era competencia de directivos. Eso lo hacen frecuentemente los economistas. En la práctica, todo el mundo da por supuesto que la economía no tiene más fin que aumentar el PIB del país, igual que otro fin, por muy social que sea, etc., si disminuye el PIB se desestima como “no posible”, técnicamente no es posible. Sin salir del campo de los medios se ha entrado en el de los fines.
Las quejas de los economistas hacia los moralistas es que entran en cuestiones en las que no tendrían que entrar porque las exigencias éticas desde el punto de vista económico son suicidas, etc.
En teoría se está de acuerdo en las competencias pero en la práctica no se limitan a su campo.
Supongamos que todos estamos convencidos del esquema, sabemos ya que la ética tiene algo que decir en la economía, tanto a la hora de determinar los fines, como a la hora de discernir entre los medios posibles. ¿Podemos suponer que todo queda solucionado y que la sociedad puede funcionar maravillosamente? No podemos suponerlo porque debemos afrontar un problema que los griegos llamaban akrasía o debilidad de la voluntad, aquello de que “el espíritu está pronto pero la carne es débil”. Muchas veces aún sabiendo lo que debemos hacer y aún queriendo hacerlo, la experiencia pone de manifiesto que, muchas veces, no lo hacemos, debido a esa debilidad de a voluntad, debido a la división interna del hombre caído. Ese es el problema que debemos abordar ahora.
Cuando uno es consciente de esa debilidad de la voluntad debe aceptar, libremente, una cierta coacción externa. Aquí está la paradoja. Aceptar libremente una coacción externa. Pero, en los momentos de lucidez, como somos conscientes de que vendrán otros momentos de tensión, de debilidad, aceptamos que se nos imponga una cierta coacción para no sucumbir. P.e., Ulises era consciente de que, aún teniendo muy buena voluntad, si todos los que habían pasado cerca de la isla de las sirenas habían sucumbido a sus encantos, él no iba a ser distinto, y, en consecuencia, mandó que le ataran al mástil del barco, tapó con cera los oídos de sus hombres para que no pudieran oír el canto de las sirenas. En un momento de lucidez, cuando, todavía, no estaba afectado por ese canto de las sirenas tomó medidas, aceptó una cierta coacción, el estar atado al mástil, etc., para poder atravesar felizmente ante la isla de las sirenas. Esto, sin metáforas, aplicado al campo de la economía, quiere decir que la supeditación de la economía a la ética se hace, en parte, a través de la política, esos fines que deben alcanzarse, ese
discernimiento entre medios legítimos e ilegítimos, no se limitan a ser predicados desde los púlpitos por los moralistas o desde los libros por los profesores de ética, laicos, sino que la sociedad debe imponer esas exigencias a través de la política, a través de la legislación, a través de las medidas sociales, etc. Analicemos lo que supone el sistema tributario. En el pasado tenía una finalidad recaudatoria para financiar obras públicas, etc., hoy, tiene, también, una finalidad redistributiva: Se cobran más impuestos a los más ricos para poder financiar una serie de servicios que favorecen especialmente a los más necesitados: de asistencia sanitaria, educación,
etc.19 Es un ejemplo de lo que quiere decir esa frase
de: la subordinación de la economía a la moral se realiza a través de la política.
Resulta un poco duro eso de que necesitemos cierta coacción para ser solidarios y que hasta deseemos la coacción y que la defendamos puede parecer peligroso porque se nos puede ir la imaginación a la
experiencia de los países colectivistas del Este de Europa, donde institucionalizaron tanto la solidaridad que acabó produciéndose: por una parte, un fracaso económico y, por otra, un totalitarismo político. Como es lógico, no se está defendiendo eso. Hay unas cautelas, podríamos dejarlas en tres, que debemos respetar cuando se habla de subordinar la economía a la moral a través de la política:
1. Hablamos de una política democrática, damos por supuesto que los poderes públicos que van a llevar a cabo esa tarea han sido elegidos por el pueblo, están sometidos al control de las instituciones públicas del parlamento, de los medios de comunicación, del mismo pueblo que cada cuatro años debe renovarles la confianza o retirarles el poder, que en casos extremos, existen procedimientos de urgencia para no esperar a ese cuarto año, como es la moción de censura, etc. Esta es una diferencia importante en relación al Este de Europa.
2. Los poderes públicos no deben institucionalizar todas las exigencias éticas de la solidaridad sino tener en cuenta eso de que la política es el arte y la ciencia de lo posible y por lo tanto, de forma prudente, calcular hasta donde puede llegar esa “coacción” de la que estábamos hablando y qué umbral no es conveniente sobrepasar para evitar males mayores.20 La política es el arte y la ciencia de lo posible y no todas las exigencias éticas son posibles aquí y ahora. Es necesario ser
19 . ¿Qué es lo que se hace, en definitiva? Sustituir
las limosnas de ayer (en el pasado se trataba de que cada uno en conciencia creía que tenía que ayudar a las personas necesitadas, y lo hacía cuando creía y cuando
no, no lo hacía, de modo que era algo inseguro. Ahora se ha institucionalizado políticamente la solidaridad.
Incluso aquellos que espontáneamente no tendrían demasiado deseo de ayudar a los necesitados, se encuentran que a través del sistema tributario les están ayudando.
20 Es evidente que si la redistribución de la renta
fuera tan grande tan grande que todos quedáramos igualados después de actuar el sistema tributario, los que ganaron muchísimo con los que no ganaron o ganaron poco, se produciría una catástrofe económica porque la
mayoría de las personas quedarían desincentivadas para trabajar, los que más riqueza crean dirían ¿para qué me voy a molestar en crear riqueza si luego me quitan lo que he producido para dárselo a los demás? Prefiero esperar a que la creen los demás y esperar a que me toque la redistribución, con lo cual, es probable, que se acabara redistribuyendo pobreza en vez de riqueza
consciente de cómo en política, a veces, hay que transigir con males determinados, son bienes sólo a medias porque ir más allá puede tener efectos perjudiciales, lo cual no quita que luego, cada uno, sepa que, en conciencia, tiene que hacer más que lo que le exigen las leyes. Las leyes, frecuentemente, tendrán que contentarse con unos mínimos para evitar los males mayores.
3. Planificación de la economía para que responda a las exigencias éticas debe hacerse en diálogo con los interlocutores sociales, no solamente deben ser los políticos los que tomen las decisiones, sino contar, también, con el parecer de las instituciones cívicas, sindicatos, asociaciones patronales etc. Con estas tres cautelas es perfectamente defendible esa fórmula, que así a primera vista podía sonar dura, de la subordinación de la economía a la moral se realiza a través de la política y supone un cierto grado de coacción. Todos la necesitamos para ser solidarios. 21Todos vemos que es necesario el sistema
tributario, pero, cuando llega el momento nos cuesta.22
Cómo debe ser una economía que esté al servicio del hombre.
La ciencia económica debe resolver tres problemas fundamentales:23
1. ¿Qué producir? ¿qué bienes producir? 2. ¿Cómo producirlos?
3. ¿Para quién producirlos?
Esos son los tres problemas que debe resolver la economía, qué bienes y en qué cantidades, con qué medios, con qué técnicas, 2º cómo producirlos, con qué organización del sistema productivo, y 3º para quién producirlos, cómo se va a distribuir entre los distintos sectores e individuos.
Vamos a dar nuestro juicio ético a cada una de esas preguntas:
21 Todos sabemos las tentaciones que debemos
vencer cuando llega la declaración de la renta para declarar todo lo que tenemos que declarar.
22 Julián Marías decía en su libro sobre La
Felicidad que pocas cosas nos hacen menos felices que rellenar la Declaración sobre la Renta, que es uno de los momentos más amenazadores para la felicidad de la persona.
23 Siguiendo la metodología indicada a principio
de curso tendremos que informarnos bien de la situación, por ello tendremos que preguntar a los teóricos de la economía qué problemas debe resolver la ciencia económica y después dar el juicio ético sobre la información que nos han facilitado. Si consultamos el libro más famoso de la economía, de Samversol, que suele utilizarse en todas las facultades de económicas en