Como efecto inmediato de los cambios en la es- tratificación se generó un proceso generalizado de ascenso social, que puede considerarse entre los más elevados, incluso en comparación con países de más alto desarrollo económico. Pue- de estimarse que, para el período entre 1870 y 1920, la movilidad estructural únicamente (es decir la movilidad generada por la ampliación de las posiciones ocupacionales medias), fue
no menor de un quinto en las clases inferiores.
La proporción de ascenso real en las zonas sig- nificativas del país, es decir en el Litoral y las áreas urbanas, debe haber sido sin embargo mucho mayor aun. Esto por dos motivos: en primer lugar esa proporción del 20/22 por cien- to corresponde a promedios nacionales mien- tras que el proceso afectó solamente la zona central, con unos dos tercios de la población. En segundo lugar, a la movilidad estructural,
hay que agregar la movilidad producida por factores demográficos (menor tasa de repro- ducción en los estratos medios), y sobre todo, la movilidad de intercambio o reemplazo, es decir la movilidad generada por el descenso de individuos y familias desde los estratos medios y altos a los inferiores. Esta movilidad en época posterior y según investigaciones especiales, fue bastante alta.7
Un resultado inmediato del proceso de mo- vilidad es la heterogeneidad en cuanto origen social de la población de los varios estratos. Por ejemplo durante la tercera etapa se puede estimar que entre dos terceras y tres cuartas partes de los individuos y las familias pertene- cientes a los estratos medios tenía origen de clase obrera, ya sea dentro de la misma carrera individual del individuo, ya sea con relación a la situación ocupacional del padre. Por lo que puede desprenderse del ritmo de crecimiento de los estratos medios en el estadio posterior, y sobre la base de las observaciones conducidas con encuestas especiales en el área de Buenos Aires, esta situación se prolongó durante la época sucesiva, y continuó hasta el presente. Así en 1960-1961 en la zona metropolitana de
7 Para este dato, y todos los posteriores sobre movili- dad, ver Germani, 1962.
cuada”) tendía a elevarse con la mayor incon- gruencia en cuanto a indicadores objetivos de una persona, tanto más esta persona tiende a desviarse de la autoafiliación más frecuente (y “adecuada”) en su nivel económico social. También se vio que la desviación tendía a no ser arbitraria en estos casos de incongruencia, sino que había una propensión a afiliarse en el Nivel Económico Social del padre.
La investigación que he utilizado preceden- temente se basaba sobre las respuestas a un estímulo verbal de tipo “multiple choice”: elec-
ción de la autoafiliación a clase seleccionando el término preferido entre una serie de térmi- nos de clases sugeridos para la respuesta. En otra investigación, también en Buenos Aires, se utilizó un estímulo no verbal, un test de tipo proyectivo, tendiente a determinar la saliencia (“salience”) de la clase social al interpretar una situación personal conflictiva (Germani, 1965: 431-434). Los resultados de este trabajo confir- maron la correlación entre el grupo ocupacio- nal, y la percepción de clase. Dicha correlación, por lo demás, ha quedado indirectamente con-
Cuadro 6. Buenos Aires. Porcentaje de jefes de familia según su Nivel Económico Social, y su
auto afiliación a clase (1961) (Germani, 1963)
Nivel Económico Social (NEX) (Objetivo) (Percentiles)
Auto afiliación (subjetiva)
Alta Media Media Baja Baja N
000-10 (bajo NES) 3 8 14 75 36 11-20 - 12 26 62 166 21-30 - 14 28 58 296 31-40 - 16 32 52 256 41-50 - 37 33 30 305 51-60 - 42 31 27 220 61-70 1 50 29 20 240 71-80 2 70 20 8 224 81-90 6 76 11 7 153 91-100 (alto NES) 21 74 4 1 113
rante la primera fase de industrialización, y una burguesía “nueva” surgida en la segunda fase, después de 1930. La primera se hallaba –también en razón del tipo de actividad– más plenamente vinculada y aceptada por el sec- tor agropecuario de la elite, mientras que la segunda halló diferentes dificultades para su aceptación. Esto se repercutió en su posición política, con relación al régimen surgido en 1945, el peronismo, en tanto este grupo em- presarial fue bastante favorable al nuevo ré- gimen, mientras la “antigua” clase industrial tendió a alinearse en su contra, es decir en alianza con la oligarquía de origen agropecua- rio. Entre las clases populares se repitió un proceso semejante. Además aquí difirió sus- tancialmente el origen étnico de las dos ca- pas de “clase obrera”. La “nueva” clase obrera estaba formada en buena parte (no por cierto en su totalidad, pero quizás en mayoría) por personas descendientes en más alta propor- ción del antiguo sector criollo, o de todos modos, se trataba de argentinos de dos o más generaciones, en lugar de la composición pre- dominantemente extranjera, o de hijos de ex- tranjeros que constituyó la primera capa del proletariado urbano. Este hecho tuvo ciertas repercusiones sociales con la aparición –por suerte pasajera– de algunos atisbos de discri-
minación (los “cabecitas negras”) y aunque en medida muy tenue, dentro del estrato obrero y popular, de distinciones políticas.
En general, puede decirse que la alta tasa de movilidad que caracterizó a la sociedad argen- tina desde la segunda mitad del siglo pasado in- fluyó poderosamente sobre la mentalidad de la población, sus expectativas, sus aspiraciones, su manera de encarar el futuro, y sus orienta- ciones políticas. Solamente aquellos que no conocen el clima social y moral que acompaña las sociedades verdaderamente cerradas, como la mayoría de los países europeos –por lo me- nos hasta la segunda postguerra–, o muchos de los demás países latinoamericanos, pueden llegar a desconocer la fuerza de este impac- to. La Argentina que emergió del proceso de inmigración masiva, y de movilidad social no menos masiva, es una sociedad esencialmente igualitaria, cualesquiera que sean las diferen- cias en el orden de los ingresos, la educación, y otras dimensiones de la estratificación. Una sociedad en que las actitudes están fuertemen- te influidas por una experiencia, cristalizada en muchas décadas, de que “todo es posible” y que el camino del éxito está abierto para cualquiera. Los últimos tiempos por cierto han abierto una nueva fase, en que estas expec- tativas de éxito fácil se han visto bloqueadas Buenos Aires (un tercio del país), el 36,5% de
los hijos de padres de ocupación obrera había ascendido a los estratos medios y altos (31.8% a los estratos medios, y 4.7% a los estratos al- tos). Estas proporciones eran mucho más altas entre los individuos nacidos en esa misma zona urbana, pues alcanzaba a casi el 50% de ascenso (alrededor del 48 por ciento, de los cuales un 6 por ciento a los niveles altos). El grupo menos favorecido por la movilidad –es decir los recién inmigrados del interior desde las zonas más atrasadas– alcanzaba algo menos que una cuar- ta parte (el 23.3 por ciento). Pero debe tenerse en cuenta que para este sector el desplazamien- to a la ciudad ya representaba una forma de ascenso y que, además, se registraba un fuerte ascenso dentro del estrato manual mismo. De este modo, desde el estrato más bajo obreros no calificados no menos del 77 por ciento había ascendido ya sea al nivel obrero calificado, ya sea a niveles medios (estas proporciones eran respectivamente del 80 por ciento para los na- cidos en la zona, y del 75 por ciento para los inmigrados desde el interior).
La heterogeneidad de los orígenes sociales en todos los estratos, como consecuencia de estas altas tasas de movilidad (tanto interge- neracional como intrageneracional, pues al- rededor de un 30 por ciento o más pasó la
línea manual-no-manual durante su propia carrera ocupacional), es, como, puede su- ponerse, muy elevada. Por ejemplo en 1960 dentro de la clase obrera, se contaba con un 34.7% de individuos “estables”, otro 28% cir- ca, de móviles (en su mayoría en ascenso) dentro de los mismos estratos manuales, y un 37% de personas que habían experimen- tado movilidad descendiente, y cuyo origen era de nivel medio o incluso alto. La hete- rogeneidad en los demás estratos medios y altos era aun mayor.
El canal de ascenso (y de descenso) más fre- cuente y más efectivo, fue y es la educación. Para cada nivel socio-ocupacional dado (en el padre), la probabilidad de ascender, de perma- necer estable o de descender, está altamente correlacionada con el nivel educativo alcan- zado. El nivel necesario para mantenerse en el nivel del padre, o ascender, crece obviamente con la posición inicial (es decir, la correspon- diente al padre). Este proceso es efectivo en todos los estratos.
Como se indicó en las consideraciones preliminares, en la Argentina se dio con par- ticular intensidad el hecho de la discontinui- dad en la formación de los distintos estratos. Así en la clase alta, hallamos una burguesía industrial más “antigua”, establecida du-
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Sautu, Ruth 1969 “Economic Development and Stratification in Argentina: 1869- 1955”, Tesis doctoral, University of London, The London School of Economics and Political Science. por dificultades cada vez más crecientes. De
allí el desencanto, el escepticismo y la crisis de pesimismo que gravita sobre la gran mayo- ría de la población del país. Este pesimismo no se justifica en relación a la situación efectiva de otros países –incluso más desarrollados– ni con relación a las potencialidades futuras del país, sino que halla su explicación en la larga experiencia por la que pasaron tres o cuatro generaciones de argentinos, en una sociedad en continua expansión. El descubrimiento de que la base de esa expansión no era durade- ra y de que había que reconstruir una nueva base sobre principios distintos y más sólidos, produjo un impacto muy profundo en los ar- gentinos de hoy. Para muchos se llego a una especie de inversión de la imagen que tenían del país: desde la imagen de un país progresis- ta, avanzando y lleno de futuro –tal como se lo vio hasta los primeros años de la década del cincuenta– hasta la visión pesimista de un país “subdesarrollado” o incluso en decadencia, es- tancado y vencido. Ninguna de las dos visiones es exacta. Y la recuperación que el país pue- de lograr, si tenemos en cuenta sus inmensos recursos materiales y humanos, solo podrá producirse en la medida en que surja una clara conciencia de este proceso, y de las causas que lo han generado.
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enseñanza más intensiva (por lo tanto con mayor número relativo de personal docente), sino también el riesgo de abandonos es mu- cho menor (y por lo tanto el rendimiento de la inversión en términos de menor costo por graduado es mucho mayor);
correlativamente hay pérdidas materiales y b.
psicológicas que afectan sobre el plano in- dividual a las personas que invierten cierta cantidad de tiempo y de esfuerzos a una ta- rea que luego no llegan a cumplir y de la que no extraen beneficio alguno.
No falta quien afirma que el paso por la Univer- sidad implicaría de todos modos cierto apro- vechamiento incluso si se trata de unos pocos cursos, y por lo tanto la deserción universitaria no supondría una pérdida total del tiempo y los recursos invertidos. Pero esta opinión se basa sobre un optimismo injustificado. El estudian- te que abandona la Universidad puede haber rendido algunos exámenes y asistido a algunos
cursos, pero lo hizo desordenadamente sin que su estudio se ajustara a propósitos definidos, sin un plan que –incluso con menores ambi- ciones que una carrera completa– apuntara a darle un nivel definido de formación. En mu- chos casos, además, se limita a cursar materias sin rendir los exámenes correspondientes. Por último no debe olvidarse la frustración que im- plica el abandono del cumplimiento de ciertas aspiraciones.
Parece muy difícil poner en duda las con- siderables pérdidas de eficiencia en el plano colectivo y en el individual, originados en los dos problemas –íntimamente conexos– de la deserción y la irregularidad. Por cierto no son estos los únicos problemas de la Universidad: bastaría recordar dentro del mismo orden de cuestiones, la irracional distribución de los estudiantes y de los egresados entre las varias carreras (distribución que no corresponde en absoluto a las necesidades del país). Pero son lo suficientemente importantes como para re-
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diantes universitarios (Buenos Aires: Instituto de So-
ciología, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Trabajo e Investigaciones del Instituto de Sociología. Colección Estructura; 3/4) pp. 9-26.
Consideraciones preliminares
I
Uno de los problemas más serios que debe en- frentar la Universidad en la Argentina es el de la elevada proporción de abandonos y de estu- diantes que no cumplen con regularidad sus es- tudios, y que emplean para terminarlos –cuan- do los terminan– períodos mucho más largos que el previsto en los respectivos planes de es- tudio. Por supuesto no se trata de un problema peculiar o exclusivo de nuestro país, pero, aun- que no se han hecho estudios comparativos, se tiene la impresión de que la tasa de abandonos
y el porcentaje de “irregulares” es extremada- mente elevado en relación con lo que ocurre en otras partes.
No cabe duda que tanto la deserción como la irregularidad ejercen efectos negativos. En síntesis tales repercusiones –todavía no inves- tigadas concretamente– pueden clasificarse en dos categorías:
efectos negativos con relación a la eficiencia a.
de la enseñanza universitaria. Los estudiantes que siguen uno o dos años y luego abandonan sus estudios han originado gastos que –en promedio– no producen rendimiento alguno en términos de mejoramiento de recursos hu- manos. Al mismo tiempo excesiva concentra- ción de estudiantes en los primeros años (de- bido a la irregularidad), obliga a concentrar en estos años los escasos recursos materiales y humanos de que dispone la Universidad, restándolos a los de los años superiores, en donde sin embargo no solo se necesitaría una
Investigaciones Económicas (Inst. Di Tella), un estudio inédito1 del Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras sobre estadís- ticas universitarias. Todo esto es insuficiente y es de esperar que en breve se cuente con una información más completa sobre este campo tan necesario para la organización de los estu- dios superiores en la Argentina.