Es bastante intrigante el problema de qué aportaron los sucesivos viajes itálicos al mundo espiritual y literario de Esquilo. Testimonios como los de Macrobio (Saturn. V 19, 17: Aeschylus tragicus, uir utique Siculus) y un esco lio a La Paz de Aristófanes («en cierto modo un nativo») indican cierto arraigo del dramaturgo en su nueva tierra; y nada de sorprendente tiene que. aluda varias veces a he chos itálicos, como los mencionados Palíeos o los grandes escarabajos del Etna, con uno de los cuales se compara al pobre Sísifo, empujando su piedra, en el fr. 233 R.; o el campanio lago Averno, que se mencionará, de Los Psicagogos.
En cuanto a lengua, Ag. 161 y Suppl. 118 y 914 muestran un enigmático vocablo kárbanos o karbán «bárbaro» que puede tener origen semítico y haber sido llevado a Sicilia por mercade res fenicios; el fr. 261 R., de Las Fórcides, emplea la palabra italiota aschéddros para referirse a un jabalí (y a A t e n e o , 402 by no le sorprendería un contagio lingüístico contraído en la es tancia); a la misma tetralogía, como se mostrará, corresponde el drama satírico Los Dictiulcos (Haladores de la red) cuyos tex tos abundan en dorismos (lo cual se explicaría si Esquilo se hu biera dejado influir por la comedia, quizá similar en lo que atañe a argumento, pero de la que no tenemos más que el título en Pap. Ox. 2659, fr. 81, 17 A u s t . , Las Redes, de E p ic a r m o , de
quien recogimos una objeción léxica); también el fr. 54 R., de Los Eleusinios, contiene el futuro de un verbo dórico al parecer; y se citarán fenómenos afines quizá de Las Etneas.
Más y menos probativos, a la vez, serían los indicios de occidentalidad extraídos de la esfera de las ideas. Se ha exagerado bastante al establecer un contraste entre Los Persas y Los Siete, más enraizados en un cosmos estable donde culpa y castigo siguen sus caminos irrevocables, y Las Suplicantes, la Orestea, la trilogía de Prometeo, en que brillan la inseguridad del poeta ante la naturaleza y las consecuencias del bien y el mal y el hermoso principio, que antes indicábamos, de la conciliación universal. Pero nuestra cronología, en que sólo Los Persas precede al contacto con Italia y sólo las obras sobre Prometeo pare cen resultar posteriores al segundo viaje, excluye por com pleto esta presunta evolución que hallaría en tierras occi dentales sus fuentes. Esto no excluye, sin embargo, que sea factible atribuir al denso ambiente ideológico de los países itálicos manifestaciones como el fr. 70 R., de Las Heliades («Zeus es el éter, la tierra, el cielo», piénsese en el «Zeus quienquiera que seas» de A g . 160 ss.), que, sin
embargo, a lo que en cierto modo recuerda es al fr. B 32 D. de Heraclito; y respecto a Las Suplicantes tendremos ocasión de comentar los versos 85 ss., que ciertamente no dejan de ofrecer similitudes con los bellos fragmentos de un emigrado jónico en Italia, los B 24-26 D. de Jenófa nes de Colofón («la divinidad toda ella ve, toda ella pien sa, toda ella escucha.,, pero sin trabajo, con la sola fuerza de la mente, hace vibrar todo... permanece siempre en el mismo lugar, sin moverse...»); en los textos esquíleos y jenofáneos parece como si Zeus, desprendiéndose en parte de su antropomorfismo, tendiera a convertirse en la inteli gencia suprema, la posterior divinidad de los filósofos.
Pero no sólo al padre de ios dioses afectan estas hete rodoxas desviaciones: sincretismos peculiares se leerían en el fr. 341 R. («Apolo el de la yedra, el adivino báquico», con una especie de puente entre lo apolíneo y lo dionisía- co), el fr. 333 R. 19, Suppl. 676 (Ártemis como equivalente de Hécate; pero veremos también cómo se estableció la misma equivalencia con Ifigenia, tan conexa con la hija de Zeus). No son, sin embargo, privativas de Esquilo estas audacias: también Eurípides dice en el fr, 9Í2 N. «llámese Zeus o Hades» y en el fr. 37, col. III, transmitido por la Vida de Sátiro, «Zeus, sea necesidad de la naturaleza, sea pensamiento de los mortales».
No está, pues, claro que tales concepciones provengan precisamente de Occidente; pero sí son más típicas de toda esta región las creencias órfico-pitagóricas. Pitágoras se es tableció en Crotón hacia el 530 y sus doctrinas adquirieron
19 He r ó d o t o, II 156, 6, y algo parecido se halla en Pa u s a n ia s, VIII 37, 6, dice duramente que Esquilo «robó» a los egipcios la idea de que Ártemis, es decir, Bubastis, no es hija de Leto, sino de Deméter, esto es, Isis; nada de ello debió de gustar mucho en Eleusis.
gran auge en Italia continental y Sicilia. Píndaro, hay que suponer que con sinceridad, dejó un inmortal manifiesto de estas creencias en su Olímpica II, dedicada a Terón, partidario, por lo visto, de tal ideología, a lo que hay que añadir los trenos hoy perdidos de que proceden los frs. 129-130, 131 a y 133 Sn.; y aun parece que mucho después pudo Platón (Phaedr. 249 a, M en. 81 b, etc.) captar algo de unas doctrinas todavía florecientes: lo mismo es posible que haya ocurrido con Esquilo.
Distan mucho de estar claros los motivos por los cuales Cicerón (Tuse. II 23), antes de traducir un largo trozo del Prometeo libertado (fr. 193 R.), carente, por cierto, de ele mentos de dicha ideología, dice de Esquilo que es non poe ta solum, sed etiam Pythagoreus (sic enim accepimus); pe ro el más claro vestigio de estas ideas se suele encontrar en Prometeo, con la afirmación (459 s.), puesta en boca del héroe, de que él ha dado a los mortales el número, sobresaliente entre todas las invenciones, lo cual no puede menos de recordar la sentencia pitagórica (fr. sch. Pyth. C 2 D., de Eliano, Var. Hist. IV 17) «de todas las cosas lo más sabio es el número».
En fin, algo debe de haber al respecto cuando Aristófa nes (Ran. 1032 s.) hace a Esquilo considerar a OrfeQ, y Museo como grandes maestros de la Humanidad; y, aun que más arriba se ha desechado provisionalmente la idea de que la consagración de la obra esquílea al Tiempo con tenga implicaciones filosóficas, no hay que descartar la po sibilidad de que el citado fr. 70 R. pueda proceder, por ejemplo, de un himno órfico. Los Edonos, cuyo argumen to describiremos pronto, debieron.de ofrecer un talante mís tico precursor de Las Bacantes euripídeas en la muerte de Penteo a manos de las Ménades tebanas (por de pronto, Bacch. 434 ss., interrogatorio del monarca al misterioso
extranjero, parecen un eco del fr. 6í R., recogido por Aris- tóf., Thesm. 134 ss., y en Bacch. 726 s., con los temblores báquicos del edificio, hay afinidades respecto al fr. 58 R., que a Pseudo-Longino, De subi. XV 6, le gustaba menos); pero, en cambio, la pieza siguiente de la trilogía licúrgica, Las Basaras o Basárides (en definitiva, Las Bacantes), tra taba de otra dilaceración tracia (el monte Pangeo es citado en el fr. 23 a R . ) no muy órfica, la del propio Orfeo vícti ma de las mujeres incitadas por Dioniso a castigarle ante la postergación de lo báquico y la preferencia hacia Helio y Apolo por parte del gran músico.
Si a esto añadimos que en el fr. 228 R., del Sísifo fu gi tivo, se menciona a Zagreo, paralelo órfico de Dioniso (pe ro probablemente sin referencia dionisíaca, porque de quien Sísifo parece que se está burlando es de Zagreo, hijo de Plutón; en efecto, el fr. 5 R., de Los Egipcios, es pro bable que atribuya tal nombre a Hades mismo, mientras que un lugar difícil de Las Suplicantes, de la misma trilo gía, el verso 156, admitiría una cita de Zagreo aplicada también al dios de ultratumba, al que llaman las Danaides «Zeus de los muertos»); que en Ag. 1628 ss. Egisto alude en forma irónica al encanto de la voz de Orfeo; que, y esto es más importante, las menciones de castigos aplica dos en el Hades pululan en Suppl. 228 ss. (con otro Zeus que juzga), 416, Eum. 274 ss., 338 s.; y que en Ch. 312 se habla de un «mito tres veces antiguo» que impone el sufrir a quien haya pecado, ahí tiene el lector un buen cú mulo de datos que le permitan reflexionar sobre hasta qué punto se dejó influir Esquilo por estas creencias, en gene ral de cuño itálico.
Y algo parecido cabe decir en cuanto a otros ecos del pensamiento de aquellas tierras. El famoso fr. 44 R., de Las Danaides, que volverá a ser citado y en que las bodas
de Cielo y Tierra son para las hijas de Dánao una muestra de la eterna ley de fecundidad universal, puede estar rela cionado con Empédocles; y el discutido alegato de Apolo {Eum. 658 ss.) en favor de Orestes fue objeto 20 de un vivo debate en que parece haber intervenido Anaxágoras (fr. A 107 D.), pero también pensadores itálicos como Hi- pón de Metaponte, Alcmeón de Crotón, Parménides y el propio Empédocles.
Los pormenores cronológicos sobre el fin de Esquilo están bastante claros: la Vida, con la usual corruptela nu mérica, dice que vivió 63 años, lo cual hay que enmendar en 69; el Marmor habla ya de esta última cifra y localiza _ su muerte en Gela y en el año 456/455; el Suda, una vez salvada la equivocación de los números, anotaría 68 años; un escolio a Los Acám eos de Aristófanes, también con error numeral, nos informa de que el poeta murió treinta antes del estreno de dicha comedia el 425.
Hemos comentado varias veces el lugar común de la historio grafía, sobre todo peripatética, que se esfuerza en discurrir géne ros insólitos de muerte para los escritores: el P s . - S ó t a d e s (fr. 15, 12 ss. P o w . ) nos cuenta que a Diógenes le mató el comer pulpo crudo, a Sófocles el grano de uva que se le atragantó (o la fatiga causada, afirman otros textos, por haber leído en voz alta la entera Antigona), a Eurípides los perros que le devoraron, a Homero el hambre; y aun pudo haber añadido, procedentes de otras fuentes, el suicidio por amor de Safo, otro desenlace similar al de Sófocles y lógico en el gran bebedor Anacreonte,
20 El tercero de los trágicos, cuando el matador de Clitemestra expo