S) Ciclo de Ixión, rey de los Tésalos: Las Perrébides (1) son mujeres de la Perrebia, región de ese país en cuya capital Gir-
50 Pero siguen vigentes otras dos hipótesis, que la admonición proce de del buen sentido de las sirvientes defensoras de la ley eterna del amor
y que ahí el coro se divide en semicoros, uno de ellos compuesto por Danaides disconformes con la tesis general que quizá iban a desempeñar algún papel en las tragedias sucesivas.
Esta cifra parece confirmada por las citadas doce pare jas de trímetros de los viejos de Agamenón: sabemos por la Vida de los códices de Sófocles que fue otra buena ini ciativa suya la de aumentar el número de cantores a quin ce, pero también nos informa el Suda, como se dijo, de que el innovador hubo de defender su postura sobre el co ro ante las anteriores de Tespis y Quérilo: nada impide, pues, suponer que Esquilo no tenía noticias de la propues ta de aumento al estrenar la Orestea o que la innovación de Sófocles es posterior al 458 o que, sencillamente, el pri mero no quiso seguir al segundo como lo había hecho res pecto al tercer actor.
Vimos en su momento que Frínico en Las Fenicias y probablemente Prátinas sacaron al escenario coros dobles: lo cual no nos extraña en el caso del primero, pues Temís- tocles como corego no andaría escaso de recursos. Tam bién a Esquilo sus coregos, cuyos nombres nos son desco nocidos salvo los de Pericles en Los Persas y Jenocles de Afidne en la Orestea, debieron de guardarle consideracio nes a la hora de incurrir en gastos «paracoregemáticos»: así se explica que en Eum. 1032, frente al coro principal, aparezcan (recuérdese la tragedia así intitulada) unas pro- p om po í (que un sistema consecuente de transcripción de nominaría en castellano «propompas») o miembros femeni nos del cortejo triunfal: algo semejante ocurrió más tarde en ciertas piezas de Eurípides, Hipólito, Las Suplicantes, las perdidas Alejandro y Antiope. Rasgo menos digno de atención es, én cambio, que, excluidas Antigona e Ismene, el coro de Los Siete se parta en dos a la hora de lamentar se (el final apócrifo, por su parte, ofrece dos facciones corales enfrentadas respectivamente a favor y en contra de Polinices y también los ancianos de Agamenón discre pan); reparto en semicoros nos exhiben también Ayante,
Las Traquinias y varias piezas de Eurípides (El Ciclope, Hécabe, Orestes, Las Troyanas).
Una de las actividades en que más se esforzó nuestro escritor fue la coreografía de sus obras: sabemos por Ate neo que discurrió muchas figuras de danza y que, sin nece sidad de coreógrafos ajenos, hacía él mismo los esquemas, o incluso las partituras si hemos de creer a un escolio de Las Ranas, que le atribuye, tal vez en las monodias de Casandra o lo, un nomo (o modo musical) ortio (de tonos agudos) y tenso: contamos con dos fragmentos interesan tes de Aristófanes al respecto, uno (el fr. 696, 1 K.-A.) en que confirma el propio dramaturgo eleusinio haber tra bajado en guiones musicales y otro (fr. 692, 2 ss. K.-A.) en que alguien dice que, viendo Los Friges, ha admirado las figuras de quienes iban en busca del cadáver de Héctor.
Y no sólo en ese aspecto tenía que formar, aleccionar y dignificar Esquilo a su tropa farandulesca. La Vida ha bla de cómo se esforzaba en «infundir gravedad en los ros tros» guardando un término medio entre las anticuadas pompas y heroicidades y las actitudes picaras y sutiles en que iba a incurrir luego la tragedia; pero también advierte que, como señalaba Aristófanes (N u b . 911 ss.), pudo ha ber excesos en ese grave decoro, por ejemplo, en los aquí varias veces mencionados y antiguamente muy criticados silencios de los protagonistas que desconcertaban al audi torio. Esquilo —dice Dionisio— fue más inventivo que sus dos eminentes seguidores en la creación de tipos dramáti cos, pero no descuidó nunca lo adecuado y decente en los actos y personajes presentados, reflejado todo ello —agrega la Vida— en caracteres «grandes y dignos». Esto de la gran deza es un verdadero estribillo de los comentaristas: ense ñó a los actores —dice Horacio— a magnum... loqui (y
es evidente que no se trata de hablar con voz fuerte, pues las condiciones acústicas de los teatros, como se sabe, eran buenas); Aristófanes (Ran. 1004 s.) le presenta «alzando vocablos solemnes como torres»; un escolio ensalza su me- galophyía o «grandeza natural»; Dión Crisóstomo, en su comparación de los tres Filoctetes, su megalophrosynë «grandeza anímica» unida a la sencillez, el noble arcaís mo y la tenacidad de propósito; Focio le llama el más me- galóphonos (algo así como «el que más eleva la voz») de los poetas, mientras que Elio Aristides le considera inca paz de desbarrar y desvariar y el último lugar citado de Aristófanes ve en él al debelador de la charlatanería trági ca; Himerio y S. Basilio alaban la megalophdnia de Esqui lo, Teodoreto su megalegoría, Dionisio de Halicarnaso la megaloprépeia a que se remonta; y a todo ello subyace un complejo difícilmente traducible en que no se sabe si dar primacía a la magnanimidad, la magnificencia o la gran dilocuencia. En definitiva, una gran altura espiritual que ningún oyente o lector podría dejar de captar aunque lle gara, a veces, mezclada con defectos: cierta rudeza verbal rayana en lo cacofónico (Psello, Catrares); dureza «seme jante a la del morrillo de un toro» (Aristófanes, fr. 663 K.-A,); desigualdades estilísticas (Ps.-Long., De subi. XV 5) que hacen alternar trozos fantásticamente heroicos, del tipo de Sept. 42 ss., con ideaciones deficientemente elabo radas, crudas como lana que se ha cardado mal; desprecio por el cincel frente a los arranques torrenciales (Dioscóri- des en el epigrama que mencionó nuestra biografía) o ten dencia (según Fidípides, partidario de Eurípides en Aristó fanes, Nub. 1364 ss., hablando con su padre, añorador de la buena literatura de sus tiempos juveniles) a mostrarse «lleno de ruido, incoherente, pomposo, gran creador de abismos». De abismos verbales, se entiende, a los que el
espectador de cultura media, llevado por el poeta, como dice su Vida, a «monstruosas estupefacciones», no podía asomarse sin vértigo.
No debía, pues, de ser fácil para los actores seguir en sus textos y matices interpretativos a los libretos esquíleos.
Pero de mejor gana aceptarían probablemente los bien logrados esfuerzos del autor en aras de la dignificación de la profesión dramática. Muchos testimonios coinciden en que, a costa otra, vez de llamar al corazón y a la bolsa de los coregos, Esquilo mejoró los hasta entonces pobres atuendos de actores y cantantes hasta el punto, según en su biografía apuntábamos, de que sus modas vestimentales empezaron a ser imitadas aun por los rituales religiosos.
No cabe duda, aunque un gramático desconocido (Anecd. Par. I 19) de quien proceden muchos de estos términos, el mismo al que en parte recurriremos para lo escenográfico, vacile entre Só focles y su predecesor, de que proceden de éste la mayoría de las mejoras que daban decencia (honesta en Horacio) o, según Ateneo, euprépeia «buena presencia» y semnótes «respetabilidad» a las gentes teatrales, de siempre propicias al andrajo y la destro- zona. Nuestros textos nos hablan, al respecto, de calzados espe ciales, como el famoso coturno de suela gruesa (kóthornos, em bates, okríbas; en latín cothurnus o coturnus) que, en expresión de Filóstrato y la Vida, elevaba a los actores, de mediana estatu ra en ocasiones, no sólo materialmente, de modo que fueran vis tos mejor por el público (pues, a diferencia de lo que acabamos de notar sobre las condiciones acústicas, la visibilidad en los tea tros griegos era mala; nuestra introducción a Sófocles calcula que en el teatro de Dioniso, posterior a Esquilo en la estructura hoy visible, las últimas filas se encontraban a más de noventa metros del escenario, lo cual significa que un actor muy alto, de 1,80 m., lo verían los espectadores de delante como una pequeña figura
de 9 cm. y los de detrás como un minúsculo muñeco de menos