Para analizar el m ito de Perseo —que relata có m o un héroe, con ayuda de los dioses, osó enfrentar la mirada mortal de la Medusa, c ó m o venció al terror decapitando al m onstruo y luego escapó de las dos Gorgonas sobrevivientes— es necesario referirse a las distintas versiones, de H esíodo y Perécides hasta N onnos y O vidio, para compararlas. A q u í sólo se seña larán algunos puntos salientes, referidos a lo esencial de la leyenda. En primer lugar, la leyenda presenta la trama tradicional, con el nacim iento del héroe, al cual, en su adolescencia, se le im pone una prueba en el transcurso de un banquete festivo donde se cruzan bravatas y desafíos. Reseñem os rápidamente la trama. Acrisio, rey de Argos, tiene una hija, Danaé. El orácu lo dice que si pare a un varón, el nieto matará a su abuelo. Acrisio encierra a Danaé en una cámara sub terránea con muros de bronce. Zeus visita a la joven con la form a de una lluvia dorada. Nace el vástago, llamado Perseo, y su llanto es escuchado p or Acrisio quien, para escapar al destino anunciado, encierra a Danaé y el niño en un cofre de madera y lo arroja al mar. Las olas llevan el cofre, sin hundirlo, hasta la is la de Serifos, donde el pescador Dictis lo recoge en
su red, alberga a Danaé y cría a Perseo hasta la adoles cencia. El tirano Polidectes, que reina en Serifos, co r teja a Danaé, pero Perseo vela por su madre. Polidec tes invita a la juventud de la isla a un festín, un éra
nos, donde cada uno debe hacer alarde de generosi
dad. Llegado su turno, Perseo quiere superar a tod os y, en lugar del caballo que se le pide, ofrece a su anfi trión la cabeza de la Gorgona. Polidectes le toma, la palabra. Perseo debe cumplir.
Nacim iento sobrenatural, expulsión del m undo humano, abandono del niño en ese terreno del más allá que es la inmensidad del mar, supervivencia y re torn o al m undo de los hombres tras sufrir una prueba cuya conclusión normal debería ser la muerte: nada le falta a la biografía de Perseo en sus primeros años de vida para darle su dimensión “ heroica” , incluso an tes de que el joven inicie la carrera de sus hazañas.
La historia prosigue. Perseo se pone en marcha, guiado por Atenea y Hermes. Para matar a Medusa ne cesita obtener de las Ninfas los instrumentos de la vic toria sobre el m onstruo de mirada mortal, principal m ente el casco de Hades, la kun ée, y las sandalias ala das. Y para hallar a las Ninfas debe obligar a las Gra yas a revelarle el cam ino. Las Grayas hermanas de las Gorgonas, sólo poseen un o jo y un diente entre las tres, pero n o por ello dejan de ser temibles. Constan temente alertas, una de ellas siempre mantiene el o jo abierto y el diente preparado mientras duermen las otras dos. Perseo las enfrenta y las vence c o m o en el ju ego de la sortija: les roba el o jo y el diente en el pre ciso m om ento que pasan de la m ano de una a la de o- tra, cuando ninguna los puede utilizar.
En esta concatenación de episodios hay un tema que cumple un rol central: es el o jo , la mirada, la re
ciprocidad de ver y ser vi$to. Aparece en el episodio de las tres Grayas, c o n su diente y o jo únicos que se pa san una o otra para que el trío jamás quede indefenso, sin diente para com er u o jo para mirar (el diente úni c o es a la vez el de los m onstruos devoradores y de las viejas desdentadas, el o jo único es el de seres siem pre vigilantes pero que pueden ser sorprendidos por una jugada audaz).131
Reaparece en la k un é¿, instrumento m ágico in- visibilidad que,oculta a quien se cubre la cabeza con ella de todas las miradas; en el detalle de Medusa, quien en el m om en to de morir vuelve sus o jo s hacia Perseo; el héroe, tanto en el m om ento de decapitar al m onstruo c o m o más adelante, cuando alza la cabeza para petrificar a sus enemigos, aparta su mirada pru dentemente. Adquiere toda su dimensión en las ver siones posteriores al siglo V , que subrayan el recurso del espejo en el cual el joven mira el reflejo de G orgo sin cruzarse con su mirada petrificadora. También se destacan el rol y el significado de los objetos mágicos: n o son meras herramientas sino talismanes que apare cen co m o los verdaderos autores de la hazaña. Está el gorro de la invisibilidad que, al colocar sobre el rostro del héroe vivo la máscara de un m uerto, lo resguarda de las Potencias de la Muerte; la hárpé y la kibisis, la h oz y las alforjas, herramientas del cazador de fieras;
*·’ 1 Las viejas Grayas se vieron obligadas a revelar el secre to de las Ninfas a fin de recuperar su o jo y su d ien te. Las jó v e nes divinidades agrestes entregaron a P erseo el g o rro de la in v i sibilidad , las sandalias m ágicas para desplazarse de un lugar a o t r o y , la kibisis o a lforja d o n d e guardó la ca b eza de M edusa para ocu ltarla de las m iradas. A esta p a n oplia Herm es agregó la
h arpé, la corva h o z q u e h a b ía u tiliza d o C ro n os para castrar a
U ran o.
las sandalias aladas que colocan a Perseo en una situa ción análoga a la de las Gorgonas al permitirle reco rrer el espacio en todas las direcciones, tanto el cielo com o el m undo subterráneo, cruzar las márgenes del O céano hasta el país de los Hiperbóreos. Conviene re saltar, por últim o, algunos- detalles significativos: la hostilidad de Perseo hacia Diónisos, sus sátiros y sus ménades. En Argos, al cabo de su periplo, el héroe los com bate y los persigue, co m o si la tropa frenética ex presara en su delirio un elemento gorgoneano. Obsér vense también el juego de la belleza y la fealdad en el personaje de Medusa;132 el énfasis puesto en el tema del espejo y el reflejo por un autor tardío co m o Ovi d io ,133 y su tratamiento en las representaciones figu rativas. En las imágenes que ilustran el episodio del héroe decapitando a la Gorgona, a veces Perseo apare ce de frente, la mirada dirigida a los ojos del especta dor, Medusa de pie a su lado; en otras representacio nes vuelve la cabeza hacia el lado opuesto; en otras, en fin, mira la cara del monstruo reflejada en un espe jo , en la superficie bruñida de un escudo o sobre el
agua.
132 A ce rca de la ley en d a según la cual Medusa era una b e lla jo v e n que deseaba rivalizar c o n las diosas en ese terren o, véanse A p o lo d o r o , II, 4 , 3 ; O v id io : M eta m o rfo sis, IV , 795 y sigs.
133 En cu a n to al h o rro ro so ro stro de Medusa y su o jo pe- trifica d or, Perseo se ingenió para n o ver sin o su re fle jo p á lid o. O vid io reitera y de alguna manera d esd ob la este tem a en el ep i s o d io de la salvación de A n d róm ed a , a quien el h éroe salvó cu a n d o regresaba a su hogar. El m o n stru o m arino qu e ataca a P erseo, en su estu p id ez, n o se arroja sobre el jo v en sin o sobre su som b ra ; sus garras arañan vanam ente el re fle jo del héroe s o bre la superficie calm a del mar.
Al término de este estudio conviene desarrollar algunas conclusiones transitorias. A diferencia de las figuras divinas y los rostros humanos, la mascara de G orgo, com o cabeza aislada, incluye en la com posi ción de sus rasgos varios aspectos de carácter insólito y extraordinario. Las pautas normales, las clasifica ciones usuales, aparecen embrolladas y trastrocadas. L o masculino y lo fem enino, lo joven y lo viejo, lo be llo y lo feo, lo humano y lo bestial, lo celestial y lo infernal, lo alto y lo bajo (G orgo da a luz a sus reto ños a través del cuello a la manera de las comadrejas que, al parir por la boca, invierten las funciones bucal y vaginal), lo interior y lo exterior (la lengua no per manece oculta dentro de la boca sino que se proyecta co m o un sexo viril, desplazado, erecto, amenazante), en fin, todas las categorías se trastruecan, funden y c o n funden en ese rostro. De ahí que esa figura se sitúa de entrada en una zona de lo sobrenatural que de al guna manera, cuestiona la rigurosa diferenciación en tre dioses, hombres y animales, co m o entre los nive les y los elementos cosm icos. Se produce una mezcla m uy inquietante, análoga a la que realiza Dióniso, mediante la alegría y la liberación, hacia la com unión con una edad de oro; pero con G orgo ese desorden se produce, por el horror y el espanto, en la confusión de la noche.
El choque frontal de elementos normalmente se parados, la deform ación estilizada de los rasgos, la eclosión del rostro en mueca, expresan esto que hemos denom inado la categoría de lo monstruoso en toda su ambivalencia, suspendido entre lo terrorífico y lo gro tesco y oscilando entre uno y otro.
Es en esté con texto que corresponde estudiar la frontalidad. L o monstruoso, tal com o se lo define
1
aquí, tiene la característica de'que sólo se lo puede vi sualizar de frente, en un enfrentamiento directo con esa Potencia que exige, para ser vista, que se penetre en el cam po de su fascinación, corriendo el riesgo de que dar atrapado allí. Ver a la Gorgona es mirarla a los ojos y, con ese cruce de miradas, dejar de ser uno mismo, un ser vivo, para volverse, co m o ella,. Po
tencia de muerte. Mirar fijamente a la Gorgona signifi ca perder la vista, transformarse en piedra ciega y opaca.
Cara a cara con la frontalidad, el hom bre se c o lo ca en posición de simetría con respecto al dios; se ubi ca en su mismo eje; esta reciprocidad implica a la vez dualidad —el hom bre y el dios que se enfrentan— e in separabilidad, incluso identificación: la fascinación significa que el hombre no puede desviar su mirada, apartar su rostro de la mirada de la Potencia; su o jo se pierde en el de la Potencia que lo mira, com o él la es tá mirando, hasta que él mismo es proyectado a ese m undo presidido por ella.
En la cara de Gorgo se produce una especie de desdoblamiento. Por efecto de la fascinación el espec tador es arrancado de sí mismo despojado de su mi rada, cercado e invadido por la cara que lo enfrenta y que, al suscitar el terror con su mirada y sus* rasgos, se apodera de él y lo posee.
La posesión: cuando te pones una máscara, dejas de ser Tú mismo para encarnar, mientras dura la mas carada, la Potencia del más allá que se ha apoderado de ti y a la cual tú remedas con la cara, el gesto y la voz. El desdoblamiento del rostro en máscara, la su perposición de ésta en aquél para volverlo irreconoci ble, suponen una alienación del sí mismo, una entrega al dios que te pone freno y riendas, te m onta y te
arrastra en su galope. Por consiguiente, entre el hom bre y el dios se establece una contigüidad, un inter cam bio de situación que puede llegar a la confusión de identidades, pero en la propia proximidad se esta blece el despojamiento del sí mismo, la proyección hacia una alteridad radical, el distanciamiento mayor, el desarraigo total, tod o en el marco de la intimidad y el cbntacto.
La cara de G orgo es una máscara; pero en lugar de colocársela para remedar al dios, basta que la figu ra te mire a los ojos para producir el efecto de másca ra, C om o si la máscara sólo se hubiera caído de tu ca ra, sólo se hubiera separado para colocarse frente a ti, co m o til sombra o reflejo, sin que puedas hacer nada para apartarte. Es tu mirada la que ha quedado atra pada en la máscara. La cara de Gorgo es el Otro, tu p ropio doble, el Forastero, la recíproca de tu cara c o m o una imagen en el espejo (ese espejo en el cual los griegos sólo podían mirarse de frente y con la forma de una mera caoeza), pero una imagen que es a la vez más y menos que tú, simple reflejo y realidad del más allá, una imagen que te atrapa porque, en lugar de de volverte la apariencia de tu propio rostro, de refractar tu mirada, representa en su mueca el espantoso terror de una alteridad radical con la cual te identificarás al convertirte en piedra.
Mirar a G orgo a los ojos es encontrarse frente a frente con el más allá en su dimensión aterradora, cru zar la mirada con el o jo que no se aparta, es la nega ción de la mirada, es recibir una luz cuyo resplandor enceguecedor, es el de la noche. Cuando miras fija mente a Gorgo es eíia quien, al transformarte en pie dra, te convierte en el espejo donde se refleja su rostro terrible; ella se reconoce en el doble, en el es-
pec tro que eres desde que enfrentaste su ojo. Para ex presar en otros términos esta reciprocidad, esta simetr ía tan extrañamente desigual del hom bre y el dios, lo que te muestra la máscara de G orgo cuando quedas fascinado por ella es tú mismo, tú mismo en el más allá, esta cabeza vestida de noche, esta cara enmasca rada de invisibilidad que, en el ojo de G orgo, demues tra ser la verdad de tu propia cara. Es la misma mueca que aparece en tu rostro para imponerle su máscara cuando tu alma se hunde en el delirio y bailas la baca nal de Hades al son de la flauta.