Una novela puede pertenecer a uno u otro género sin perjuicio de su propia especificidad literaria; puede girar alrededor de un crimen, pero dar cuenta de un hecho histórico; puede aludir a un ambiente generalizado de violencia y desarrollarse en una ciudad determinada; o, finalmente, puede dar cuenta de una perspectiva urbana, interiorizada en un personaje, y desarrollar un conflicto a la vez histórico y criminal –para el caso, anómico Gustavo Forero Quintero51. Paralelo a los matices que los estudios literarios pueden arrogar a las denominaciones del género de novela que aborda el crimen en su trama, afrontando tópicos en relación al ambiente, al desarrollo del crimen, al criminal mismo, a los escenarios, a las pistas y los hechos, entre otros aspectos; las etiquetas que van desde la novela negra, novela policiaca,
novela de suspenso, novela de enigma etc., han hecho notorio testimonios de las formas narrativas que dan cuenta los desarrollos del género y en extensión de testimonios de las diferentes contextos.
En efecto, en función de las características sociales se desarrolla el género negro y en extensión la denominación que sujeta a las leyes de la literatura permite definir la novela de crímenes para Colombia52. Esto a partir de la constatación de una notoria ausencia o caducidad de un orden establecido, lo que se ajusta, en oposición, a características modernas del imperio de la ley, por lo cual se puede establecer su fracaso en nuestra geografía nacional;
51 Gustavo Forero Quintero, La anomia en la novela de crímenes en Colombia, p.123.
pero que también se puede interpretar como un matiz más cuyas representaciones son desarrolladas por nuestros escritores y escritoras hoy. En este orden, narraciones que abordan el síntoma negativo del crimen, pueden interpretarse también como perspectivas de los problemas mismos de la realidad nacional, que son tratados en las ficciones y a las cuales se les debe un origen contextual, que debe ser descifrado como el sustrato de las novelas que abordan las dinámicas intrínsecas de la sociedad colombiana en la contemporaneidad.
En este sentido, y situando el debate, para el escritor colombiano Gonzalo España el género negro se divorcia del policiaco clásico en que pasa del qué, y del cómo, al por qué.
Este autor establece un punto de inflexión en esta caracterización con la obra del editor Joseph T. Shaw53, quien buscaba publicaciones con características distintas a lo establecido con Allan Poe.Estas distinciones se basaban en lo limitante que resultaba el rasgo de que en la obra policiaca clásica se separa al crimen de su motivación social, lo que lleva a que el delito sea tratado como un problema matemático con operaciones y resultado, lo que de manera tajante invisibiliza las formas y relaciones sociales; pero sobre todo muestra el crimen como algo fortuito con la idea de afianzar una idea de enigma y misterio.
De acuerdo con España (2012), las novelas que respondieron el llamado de Shaw pudieron desplazar el mito del enigma y misterio, abordando situaciones desde posiciones hasta ese momento distintas, que narraban lo que excluye y censura la novela policiaca clásica54. Este movimiento dio posibilidad a que el crimen sea tratado desde una perspectiva donde el examen de las relaciones sociales se vuelve fundamental; esto permite esencialmente establecer un señalamiento muy diciente que indica: “El crimen es un espejo de la sociedad, la sociedad es vista desde el crimen” (España, 2012, p95).
En este camino, citando a Raymond Chandler, España mostrará una casualidad con la experiencia colombiana, que al mismo tiempo dará cuenta de este giro. En “El simple arte de matar” de Chandler, todo se muestra corrompido y la sociedad en su ámbito privilegiado,
que es la ciudad, tiene unas regulaciones que parecen ser las de una jungla, para Chandler:
53 Joseph T. Shaw director de Black Mask, un pulp magazine.
54 Le respondieron Dashiell Hammett (autor de Cosecha roja, novela que dedico al mismo Shaw); Horace
McCoy, ¿Acaso no matan los caballos?; Raymond Chandler, El largo adiós; James M. Cain, El cartero llama dos veces, etc. Establecen estas el nacimiento de la denominación thriller.
“el autor realista de novelas policiacas habla de un mundo en que los gánsters pueden dirigir países: un mundo en que un juez que tiene una bodega clandestina llena de alcohol puede enviar a la cárcel a un hombre apresado con una botella de whisky encima. Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en que usted vive”55.
Esto le permitirá a este autor fijar, para nuestra literatura y en alusión al crimen, una disertación sobre la dinámica de la novela negra, que consiste en que el género ha consentido reeditar imaginarios y cosmovisiones que han estado siempre presentes, pero cuyas representaciones varían o se han encubierto. Es decir, establecer que, si bien el paso del género policiaco clásico al género negro hizo evidentes manifestaciones criminales con mayor profundidad; este giro no descubre el crimen, pues “…el crimen siguió siendo el crimen y sus motivaciones las mismas: la codicia de poder, la injusticia, la venganza, la abyección, la soberbia” (España, 2012, p.96).
Para España existen varios imaginarios que se han reeditado, pero fundamentalmente existen tres56: El mito del rey del bosque, haciendo alusión a la imagen del capo que domina
un territorio a sangre y fuego; El imaginario de la no justicia, dejando entrever los fallos de la justicia formal y de allí el nacimiento de la venganza como forma que busca desde la informalidad el castigo y El imaginario del lugar prohibido, que son esos lugares que aunque accesibles, la estadía puede estar sujeta a inminentes peligros57. En este sentido, en los trabajos donde los escritores nacionales proyectan sus narrativas, pueden encontrarse rasgos de estos imaginarios reeditados a la contemporaneidad sobre la presencia establecida del crimen.
De otro lado, otro imaginario que puede encontrase junto con los señalados por España y que tiene unos alcances de orden psicológico, puede estar en lo que el literato Mario
55 Chandler, Raymond. “El simple arte de matar”. La escritura del cuento. Teorías del cuento II. Ed. Lauro
Zabala. México: Universidad Autonoma de Mexico, 1997. Edición distinta a la citada en propiedad en este texto, en el apartado: La novela urbana como hecho social.
56 El ejercicio de contrastar pasado y presente es evidente en esta caracterización de imaginarios. No obstante,
para el tratamiento se señala características contemporáneas. Sin embargo, es necesario señalar que los antecedentes de los imaginarios a los que España hace alusión vienen desde las representaciones medievales del crimen, que como se ha dicho, se mantienen bajo otras representaciones.
57 Sobre El imaginario del lugar prohibido, España se servirá de hacer alusión directa a ciudades como Ciudad
Mendoza (2012) abstraerá sobre la presencia de la banalización del mal en el ser humano. Haciendo referencia a unas fotos que mostraban la dinámica de fusilamiento de los nazis a los judíos, Mendoza pasa a indagar el lenguaje subrepticio de esas imágenes, que es encubierto y a veces no lo es tanto, donde actores y testigos, casi con una complicidad tacita en la tragedia, que no pasa por absolutamente nada, da como resultado la muestra de una aceptación de acciones que parecen ser del orden natural y que pasan y siguen pasando.
Mendoza, resaltando investigaciones académicas que cuestionan la actitud de la sociedad europea ante estos hechos, se pregunta sobre el motivo de las personas a no inmutarse ante este tipo de acontecimientos inhumanos en la Segunda Guerra Mundial58. Esta actitud permitió que la vida de varios criminales de guerra se desarrollara sin más ni más en Sur América, donde huyendo de la justicia ante sus atrocidades, se instalaron en ambientes que les permitieron camuflarse. Lo que es increíble para este autor, se encuentra en que cuando las victimas tienen la posibilidad de examinar a uno de sus victimarios Adolf Eichmann, se dan cuenta que era un individuo normal, un individuo que lejos de ser un psicópata era más bien un funcionario. De ahí estudios del psicólogo social Stanley Milgram59 y la conclusión de Hannah Arendt quien acuña el término: la banalidad del mal, lo que llevara a cuestionar la posibilidad de que en todos nosotros exista una persona que lejos de responsabilizarse por sus actos, no le importaría causarle sufrimiento al otro. La banalización del mal se trata de un mal banal, sin mayor hondura, y quizás por eso mismo el horror se agiganta y nos incrimina.
Cualquiera de nosotros es capaz de ajustarse a situaciones malsanas y de actuar no contra la corriente sino a favor de ella. Los torturadores y los genocidas no son gente especial: pueden ser nuestros vecinos, gente con la que nos tropezamos en la peluquería o en el supermercado, antiguos compañeros de clase, nosotros mismos. He ahí el espanto60.
58 En esta observación Mendoza resalta con sorpresa que, en la secuencia de un fusilamiento, a diferencia de
unas personas que permanecieron inexpresivas, un perro huyendo asustado, mostro más humanidad que los humanos mismos.
59 Stanley Milgram, psicólogo social quien diseño un experimento en el que una especie de maestro-director
tenía bajo su control un discípulo-subalterno, roles controlados por un experimentador, que se hacía responsable por las orientaciones que hacía seguir a estos. Este experimento arrojo resultados inquietantes sobre circunstancias en donde los individuos anteponen la obediencia a preceptos de índole moral.
Sin duda lo que hay que señalar es que la maldad también puede convertirse en un imaginario que se hereda y cuya realización específica se le debe a una época; pero sobre todo que verificar estos imaginarios se encuentra en la lectura de las obras suscritas a rescatar posiciones sociales entorno al crimen.
En esta dirección y paralelo a Mendoza, el escritor Sergio Álvarez (2012), aludiendo en parte a su propia realidad, señalara que: “Para una buena parte de Colombia, la infancia suele estar llena de recuerdos violentos. Raponazos, atracos, hombres atropellados, apuñalados, baleados o muertos en medio de la calle son imágenes normales de la niñez” (Álvarez, 2012, p.27). Esta conclusión es llevada, debido a su experiencia viviendo en un inquilinato, donde desde su perspectiva como niño que jugaba en la calle, el mundo de los mayores estaba en un constante fracaso y si no se participaba en los vejámenes, como niño solo queda ser espectador de las realidades que se vuelven recuerdos que terminan definiendo el significado de sociedad en la juventud.
Las infancias colombianas son idénticas al país: están llenas de atrocidad y, sin embargo, uno siempre tiene la sensación de estar viviendo en el paraíso. Es como si los hechos terribles que ocurren a diario perdieran valor al ser comparados con los pequeños momentos de éxtasis que gozamos, o como si las alusiones de pobre que cultivamos en cada instante tuvieran la capacidad de hacernos ignorar la atrocidad del presente61.
La perspectiva de Álvarez deja entrever que en la medida en que se expande la vida, así mismo lo hace la violencia y que a las violencias personales se suman las violencias sociales. Las particularidades que componen la narrativa se van encontrando en la novela negra y esto permite preguntarse no solo por el hecho punible, sino ir más allá y tal vez encontrarse con la voz del delincuente. Álvarez indica: “En la novela negra está el mundo que uno antes sufría, ya sin tanto miedo ni tantas etiquetas. Estamos todos, puestos de maneras distintas, mirándonos de frente y dándoles un respiro a nuestras dudas y a nuestra soledad” (Álvarez, 2012, p.34). La novela negra es ciertamente una forma de entender el mundo que nos rodea.
Por otra parte, retomando el curso inicial, para el novelista Santiago Gamboa (2012), la novela negra latinoamericana, parte de un fastidio vital que proviene de la novela de este género producida en Estados Unidos. Tal vez de ahí nace un rasgo diferenciador, pues para este literato en Latinoamérica a este tipo de novela se le suma algo nuevo: el compromiso político, el compromiso con la realidad.
Y es que en América Latina, con los años la novela negra presenta una característica insólita: que deja de ser un subgénero y se confunde con la novela a secas. Es el tema, la negra realidad de ciertas naciones, lo que le da el color predominante a la novela, el sombreado, los grises de fondo y el violeta, que puede ser también el de la sangre62.
Para Gamboa, un rasgo distintivo de la novela negra producida en nuestras latitudes es la ausencia de sanción, la anomalía. En sus palabras: “Todos, de algún modo, son asesinos, y tal vez por eso nunca hay justicia. Aun si se esclarece el crimen, no se condena a nadie” (Gamboa, 2012, p.86-87). Esto a diferencia de los rasgos característicos que la novela negra producida en Estados Unidos tiene, donde la ética protestante y sus preceptos, que deben cumplirse, principian el restablecimiento del orden y por supuesto la ley; por otra parte, en nuestros dominios, con nuestros antecedentes, en oposición, con contrarreforma el hombre que reta a Dios puede ser perdonado. Dado esto, en América Latina, el formato de novela negra estadounidense se invierte, pues representar el presupuesto afín a la ley es muy poco realista y como señala el mismo Gamboa (2012) en referencia al papel de la novela negra: “Esta es la negra realidad. Es ella, con su crueldad, la que pinta el color de las novelas” (Gamboa, 2012, p.85),
Esto refleja consideraciones del autor para quien la novela negra debe ser ante todo creíble, en procura de llevar al lector a comprender mejor al mundo y la vida, lo que en extensión gestiona el deseo del lector para que la realidad se manifieste a través de las palabras. Por supuesto, esto ha sido la consigna para la consolidación de una narrativa diferenciadora y que se ajusta a las realidades, cuyas inquietudes en los escritores, como se ha mostrado, manifiestan una misión debeladora de la narrativa entorno al crimen como síntoma.
Así, las representaciones simbólicas permiten que una lectura de la narrativa y los subgéneros de la novela colombiana contemporánea se circunscriba a la metodología sociológica de la anomia, pues encontraría muchos rasgos de este concepto aun a pesar de las denominaciones que estas ficciones puedan tener; asimismo, no son ajenas a las caracterizaciones que pueden ir desde la novela de ciudad, novela histórica, novela de la violencia o incluso la novela urbana, como últimamente se he denominado a la novela producida en las grandes urbes.
Es un hecho que desde el punto de vista de la anomia los referentes mundiales, de épocas diferentes y de estilos diferentes, resultan problemáticos: exigen sobrepasar la simple progresión histórica o geográfica que determina precursores y recepción de una tradición épica, o hablar de concurrencia de subgéneros o perspectivas de movimientos literarios distintos bajo esta óptica común de la anomia63.
Estas novelas se encuentran concretizadas en una dinámica donde la ausencia de normas o sus interpretaciones pueden ser un rasgo común que independientemente de su clasificación, logran encontrarse en el terreno de la novela de crímenes, por dar cuenta de sucesos donde la anomia le otorga rumbo a la trama, pero sobre todo la anomia sujeta a los escenarios, pues es donde puede encontrarse un desarrollo fundamental y sobre todo característico de la transgresión de la norma o la ausencia de la misma sujeta a los lugares. El carácter espaciotemporal termina siendo determinante en la anomia.
LA NOVELA DE CRÍMENES EN COLOMBIA: PISTAS HACIA LA