EL OCASO DE UN CICLO ESTATAL ?
NEOLIBERALISMO: EL RELATO DE UNA ILUSIÓN
En la historia de las naciones hay momentos históricos en los que las sociedades logran en corto tiempo conocerse en sus fuerzas más vitales y darse sus propios fines, como por ejemplo, en los años previos e inmediatamente posteriores a la revolución de 1952. Pero también hay períodos en los que las colectividades se extravían, en que son arrastradas a desaciertos que estancan o le hacen retroceder en su capacidad de producir horizonte de acción autónoma. Este es el caso de la época marcada por el régimen neoliberal, por los ajustes y reformas estructurales.
. Si uno se pone a revisar con atención cada una de las ofertas que acompañaron a este sistema de organizar la economía y el estado, no resulta difícil comprobar que lo prometido no se logró, sino que además incluso en varios aspectos el país ha sufrido efectos retrógrados respecto a lo que había acumulado hasta entonces. Veamos.
El espejismo de la modernidad
Uno de los ejes discursivos que legitimó la ascensión del neoliberalismo en Bolivia, fue el del acceso a la modernidad, entendida como la generalización de la economía de mercado, la renovación tecnológica y la interiorización de la racionalidad tecnocrática marcada por la eficiencia y la meritocracia.
Sin embargo, de modo estricto se puede afirmar que hoy día, en términos de la expansión de la economía de mercado, Bolivia es menos moderna que hace 20 años atrás. En el área rural, el número de trabajadores asalariados se ha reducido de 73.000 personas a 64.000, en tanto que el número de unidades domésticas que trabajan por cuenta propia, esto es, bajo formas predominantes de autoconsumo, ha pasado de 43.000 a 447.000, en todo el país. En las ciudades, el llamado sector informal compuesto por unidades laborales familiares, artesanales, semiempresariales donde la lógica del mercado esta aprisionada por fidelidades parentales y relaciones desasalariadas, ha crecido del 60 al 68% del total de la población ocupada. Esto significa que el número de personas que mantienen relaciones contractuales y mercantiles reales se ha reducido del 40 al 32% del total de la población trabajadora urbana.
En términos tecnológicos este crecimiento abrumador de la informalidad en todas las áreas productivas ha llevado a que más partes de la gente que trabaja en el país lo haga utilizando tecnologías arcaicas, (dos millones y medio de campesinos-indígenas tienen como principal instrumento de trabajo el arado egipcio de hace 3000 años), artesanales, y, en el mejor de los casos pre-industriales, en tanto que sólo una tercera parte está en capacidad de acceder a tecnologías semi-industriales. El empleo de tecnologías de punta, computarizada y de escala sólo se utiliza en la extracción de petróleo, gas, telecomunicaciones, banca y en el 10% de la extracción minera y producción industrial.
En cuanto a la ansiada ética mercantil que debiera haber sustituido los hábitos tradicionales, las interminables estafas bancadas con sus créditos vinculados, el uso patrimonial del estado, como aquello de que de 90 familiares de Banzer 50 tenían cargos públicos, y cada ex presidente siente como un deber dejar a sus retoños la continuidad de la función pública como quien deja un patrimonio familiar, muestran hasta que punto las viejas practicas señoriales y las fidelidades de sangre siguen gobernando absolutamente todos los comportamientos de empresarios, políticos y uniformados.
Resulta así que la proclamada modernidad se reduce a los cafés-internet, a los autos de lujo y los bienes suntuarios con la que una frivola élite adinerada dilapida el escaso excedente social. "Exportar o morir": el fetiche de la globalización y mercado mundial
Otra de las apuestas del neoliberalismo fue el vincularnos al mercado mundial y a los vientos de la globalización. En cuanto a esta última palabra, ninguno de los ideólogos que la enarbola como fatalismo que lo explica todo, sabe en verdad de que se trata. Lo cierto es que Bolivia ha estado vinculada al mercado mundial desde su nacimiento como república. Primero fue la plata, la goma, la castaña, luego el estaño, el wolfram, la coca y ahora el gas, la soya, el oro, etc. Sin neoliberalismo igual los sistemas técnico-productivos de procesamiento del mineral en el siglo XIX provenían de Alemania e Inglaterra, las máquinas perforadoras y las herramientas textiles del siglo XX llegaban de Estados Unidos
y hasta los trajes y las escasas ideas de las élites eran copias de Ib que se producía en Buenos Aires, París y Madrid. El vínculo con el mercado mundial y la dependencia hacia los flujos monetarios mundiales, hacia las técnicas laborales, los conocimientos y estilos de vida están presentes desde hace 5 siglos, variando únicamente la forma y la intensidad de esas relaciones. Hoy, el neoliberalismo si bien ha incrementado la inversión extranjera del 4 al 45% del total de la inversión anual, ha hecho retroceder la importancia de nuestras exportaciones económicas de 10,1% del total del comercio mundial al 0,07%, en tanto que el valor de esas nuestras exportaciones apenas alcanzan a lo que lográbamos vender en 1980. Lo peor es que este supuesto privilegio de capital extranjero no ha traído ningún beneficio colectivo a la sociedad. Como hace 15 años, el ingreso promedio de los bolivianos tiene como tope los 900 dólares anuales, monto similar al de las repúblicas africanas, por si fuera poco, el 95% de las personas que viven en el campo y el 60% de las «ciudades tienen un ingreso inferior a dos dólares por día, ubicándose en la categoría de los pobres e indigentes planetarios.
En medio de este panorama social no deja de ser dramáticamente paradójico que aquellos que sí hicieron del libre mercado y de la exportación una forma de vida no fueron precisamente los empresarios que se atrincheraron en el saqueo improductivo de los exiguos recursos del estado (reprogramación de deudas, quiebras bancarias subsidiadas por el erario público, rebaja de fletes del transporte), sino un bloque social, los cocaleros que son los que cotidianamente tienen que pagar con la muerte y la cárcel la osadía de haber convertido el libre comercio en una empresa popular.
La inversión extranjera, invocada para crear 500.000 empleos, para elevar los ingresos y arrojarnos a la modernidad, allá donde se ha implantado, al tiempo de promover una economía de enclave de tipo colonial, ha generado miles de despidos, encarecimiento de servicios (tenemos las tarifas de telefonía extranjera más caras de América Latina), supresión de servicios (ferrocarriles), bancarrota empresarial (LAB), y pérdida de la renta económica más importante de los últimos 100 años (Jos más de 74.000 millones de dólares del gas de la cual sólo podrá quedar para beneficio público el 18%) Tal es en síntesis el virtuosismo de una forma servil-colonial de articulación con los mercados mundiales de capital y productos llamada neoliberalismo.