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Neurofilosofía de las emociones y la moral

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Parte 1: Por qué las emo-

ciones van más allá de los hallazgos neurocientíficos Enero 2014

Parte 2: Ética experimen-

tal, una nueva rama de la filosofía de la moral Marzo 2014

Parte 3:Lo que quedó de la culpa y la respon­ sabilidad

¿MALOS CONTRA NUESTRA VOLUNTAD?

De manera intuitiva, consi- deramos responsables a los demás de sus acciones. Pero ¿qué sucede si su compor- tamiento se debe solo a los

TO D A S L A S I LU ST R A C IO N ES D E E ST E A RT ÍC U LO: N EU FF ER -D ESI G N

SERIE – NEUROFILOSOFÍA DE L AS EMOCIONES Y L A MOR AL

rías puramente neurocientíficas. Tampoco existe un experimento que demuestre que la responsa­ bilidad es pura ilusión. Los neurocientíficos pue­ den recopilar indicios de cuándo no se cumplen ciertas condiciones que, por lo común, se conside­ ran esenciales. Sin embargo, de qué requisitos se trata, no constituye una cuestión neurocientífica.

Un problema usual en la investigación puede arrojar luz al asunto. En el siglo xix, una de las cuestiones más discutidas versaba sobre si el ce­ rebro, como otros tejidos del cuerpo, se componía de células individuales o, en cambio, constituía una red continua y sin límites entre las células. Se dieron argumentos plausibles a favor de ambos supuestos, pero los métodos disponibles en aquel entonces no permitían determinar la solución del enigma. Con todo, pudieron investigarse de forma experimental ambas teorías, lo que llevó a una decisión a favor de la primera hipótesis.

Sin embargo, no puede formularse como una cuestión puramente neurocientífica si se es res­ ponsable de las propias acciones o no, como si se tratase de un fenómeno que puede responderse por medio de experimentos ingeniosos. No está nada claro qué se debería entender por responsa­ bilidad desde un punto de vista neurocientífico.

2. Los investigadores pueden demostrar si una persona cumple los requisitos para actuar con responsabilidad.

Sin mucha dificultad indicamos las condiciones que determinan si una persona se encuentra ca­ pacitada para actuar con responsabilidad. Damos por supuesto que, en ese caso, debe disponerse de al menos una acción alternativa. Difícilmente podríamos recriminar a una persona que no sabe nadar que se niegue tirarse al río para rescatar a un niño que se está ahogando. Aparte de que su ayuda de poco serviría para salvar al pequeño, él mismo se pondría en peligro. Tampoco se le podría echar nada en cara a quien, en legítima defensa, hiere al atacante, siempre y cuando no disponga de otra manera de defenderse.

La idea básica que subyace a estos dilemas puede expresarse mediante una fórmula sencilla: deber exige poder. ¿Podría esta persona haberse comportado de otro modo? Si la respuesta es nega­ tiva, tampoco tiene culpa de ello. Los experimen­ tos pueden aclarar los casos en que los acusados no pudieron evitar sus acciones. El análisis de los procesos biológicos, por ejemplo, en la droga­

dicción o en enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, cambia nuestra percepción de los afectados. De este modo, la investigación neurocientífica influye en que responsabilicemos a otras personas de sus actos.

3. Los investigadores pueden demostrar que nadie cumple los supuestos para una acción responsable.

Si los conocimientos de la neurociencia pueden probar que un individuo (o un grupo) no es res­ ponsable de algún acto, parece lógico pensar que esa máxima valga para todos. Sin embargo, la su­ posición es errónea. En nuestro día a día estamos muy familiarizados con la cuestión de si una per­ sona determinada es responsable de una acción concreta, pregunta muy distinta a plantearse si el ser humano está libre de responsabilidades en sus actos. ¿Podemos pensar siquiera que sea así? ¿Podemos imaginar una sociedad que descono­ ce la responsabilidad o que la conciba como una ilusión útil?

Con frecuencia, la ciencia pone en tela de juicio viejas convicciones. Los descubrimientos de que la Tierra no es el centro del universo o que los humanos y los simios compartimos ancestros comunes sacudieron en su día visiones del mun­ do aceptadas durante largo tiempo. En ambos casos, las consecuencias de esa nueva realidad parecían claras: la posición nuclear de la Tierra en el cosmos y de los humanos en la naturaleza corría peligro. Sin embargo, las consecuencias de que ninguno de nosotros seamos responsable de nuestros actos son una incógnita.

El concepto de responsabilidad parece dema­ siado vinculado a la convivencia en sociedad. ¿A qué certeza nos llevaría el hecho de abandonar ese valor humano? Es más probable que podamos prescindir de la neurociencia que de la idea de que somos responsables de nuestras acciones.

4. Se ha demostrado que llevamos a cabo acciones sin decidirlas a voluntad.

Numerosos experimentos de laboratorio pueden interpretarse en este sentido. Pero ¿sorprende el hallazgo? ¿Acaso debería inquietarnos? Al fin y al cabo, en nuestro día a día ejecutamos muchas ac­ tividades sin que hayamos decidido desarrollarlas de forma voluntaria.

Si un conductor, cuando llega a un cruce, gira a la izquierda, la maniobra no sucede por un des­

EN SÍNTESIS

¿Imprescindibles?

1

Algunos neurocientíficos sostienen que el libre albedrío no existe, puesto que el cerebro prepara las acciones antes de que poda- mos decidirlas.

2

Sin embargo, para la convivencia humana dependemos de las ideas de culpa y responsabilidad.

3

A menudo, los resul- tados de los estudios neurocientíficos se exageran de cara al gran público.

piste del piloto, pues antes ha conectado el inter­ mitente y ha observado si se acercaban vehículos o ciclistas por ambos lados. Sin embargo, no ha decidido cambiar el rumbo del automóvil de ma­ nera consciente, es decir, no ha reflexionado sobre ello. Quizás antes de salir de casa haya decidido, de manera consciente, tomar esa ruta concreta para trasladarse al trabajo o, simplemente, ha gi­ rado por costumbre.

Cuando los investigadores describen los proce­ sos neurofisiológicos que preceden al movimiento de un dedo o a la predilección por una imagen, pongamos por caso, abarcan operaciones menos complejas en comparación con cambiar de direc­ ción mientras se conduce [véase «Libre albedrío y libre censura», por S. S. Obhi y P. Haggard; Mente y cerebro n.o 11, 2005]. Si tuviéramos que decidir

de forma consciente cada mínimo movimiento necesario para llevar a cabo dicha acción, tendría­ mos infinidad de cosas en la cabeza. Los patrones de acción complejos implican una variedad de costumbres y hábitos para los que se necesita re­ flexionar poco o nada. Por ello no sorprende que se preparen y coordinen en el cerebro.

¿Debería inquietarnos, en caso de que pudiera demostrarse, que las decisiones trascendentales se inicien en el cerebro? ¿No sería más angustioso que nuestro órgano pensante no contribuyese a

esta tarea? ¿Qué ocurriría si se lograra predecir el resultado de los procesos de decisión?

Sería impresionante, ahora bien, solo si se logra­ se por métodos neurocientíficos. Nos sorprende menos, en cambio, que un buen amigo prevea nuestras decisiones. Estas no caen del cielo, aun­ que a veces nos lo parezca; se basan en deseos, metas y convicciones que nos son propias y que fi­ jan el espacio de opciones para la acción en el que nos movemos. Solo por eso, es nuestra decisión. Aun cuando un buen amigo o un neurobiólogo pronostiquen nuestra decisión, somos nosotros los que la determinamos.

Podemos abandonar deseos u objetivos concre­ tos y revisar algunas convicciones. Pero, dado que no cambiamos todos los deseos, ni metas ni con­ vicciones de manera simultánea, nuestro margen de maniobra queda limitado. Ello nos hace prede­ cibles. En el caso extremo, puede incluso provocar que no consideremos seriamente la posibilidad de acciones alternativas; también favorece que las personas que nos conocen bien puedan predecir con facilidad nuestra determinación.

Eso no quiere decir, sin embargo, que no to­ memos ninguna decisión o que no seamos res­ ponsables de ellas. Al contrario. Puede que Lute­ ro, después de clavar sus tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, dijese en su defensa: «Aquí

Ningún

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