5.4 El sistema político suizo
5.4.3 Neutralidad y contexto exterior
La neutralidad respecto a los países que la rodean, que algunos calificarían de vocación de aislamiento, es una de las características que describen a Suiza. Por ejemplo, Benjamin Barber considera a la neutralidad suiza como uno de los tres principales factores -junto a la democracia directa y el federalismo- que han permitido el desarrollo de su particular sistema democrático (1988, p. 34).
A excepción de sus relaciones comerciales, Suiza siempre ha buscado estar al margen de los organismos políticos y las alianzas militares que se han establecido a su alrededor a lo largo de la historia. Esta neutralidad respecto a los acontecimientos que han tenido lugar en Europa tenía y sigue teniendo por objeto preservar las formas de vida y las instituciones tradicionales del país. Para gran parte de los suizos, ser neutrales equivale a mantener su independencia. A su vez, la defensa de la independencia como país es un reflejo de una idéntica vocación de independencia (de nuevo, “aislamiento” para algunos) de los cantones y comunas que conforman la federación. La neutralidad no es únicamente una variable de su política exterior, sino que forma parte de la naturaleza del país y de las comunidades políticas que lo integran. Al mismo tiempo, las instituciones que se desea preservar de posibles interferencias externas -federalismo, democracia directa- son precisamente las que permiten sostener una posición de neutralidad frente al exterior, puesto que permiten a una minoría de votantes y de cantones bloquear las reformas aperturistas que desean parte de las élites políticas y una mayoría de la población. En ausencia de tales instituciones, el excepcionalismo suizo, caracterizado por unas intensas relaciones comerciales combinadas con relaciones políticas selectivas, sería difícil de mantener.
Si bien la postura tradicional es la del aislamiento, a partir de la década de 1980 los diversos gobiernos federales comienzan a ver en la aproximación a las instituciones europeas una defensa más efectiva de los intereses suizos. La
coincidencia gobierno-ciudadanía respecto a las relaciones exteriores se va a resquebrajar a partir de entonces, dado que una parte de la población (dividida, a su vez, entre entusiastas y “dudosos”) va a seguir al gobierno y otra parte va a mantener su oposición a una mayor implicación del país en los asuntos externos. Si bien la parte favorable a la apertura es mayoritaria, los suizos que temen los riesgos -reales o imaginados- que tal apertura traería para el modo de vida suizo defienden su posición de forma más intensa y organizada (Church, 2003, p. 9).
Las razones para la oposición a una mayor vinculación de Suiza con Europa (y, en general, con el mundo) son variadas. Por un lado, existe la creencia de que Suiza es un país privilegiado que cuenta con 350 años de independencia y que desde la postguerra hasta la actualidad ha disfrutado de una prosperidad económica y una paz social que estarían en peligro si desaparecieran las instituciones que, según esta postura, han sido artífices de esta situación privilegiada. Para muchos, la armonización de la política económica con la de la Unión Europea cambiaría por completo los fundamentos del sistema suizo. La integración en la UE afectaría a la democracia directa porque la legislación comunitaria, de obligada trasposición para todos los Estados-miembro, no contempla que las leyes puedan ser derogadas por medio de referendos e iniciativas.42 Además, según este punto de vista, alteraría el
equilibrio de poder entre federación, cantones y comunas al transferir la capacidad de decisión a Bruselas, como durante décadas el gobierno se ha encargado de recordar a los ciudadanos. Cualquier escenario de acercamiento a la UE pasa por un giro radical del gobierno, previo a la preparación de la opinión pública a medio plazo (Gstöhl, 2002, p. 541; Dupont y Sciarini, 2001, p. 228). Los peligros que acechan al tejido social son otra de las razones esgrimidas por los defensores de la neutralidad exterior. No sólo la vida cotidiana de las pequeñas comunidades, las pequeñas empresas familiares radicadas en ellas y el medioambiente se verían afectados por la Política Agrícola Común -ésta es una preocupación compartida por
los aislacionistas de izquierdas y derechas-, sino que existe la creencia de que el país perdería su capacidad de control de los flujos de inmigración, de que no se podría evitar su incremento, y de que ello afectaría negativamente tanto al mercado de trabajo como a la cohesión social, como recuerda con insistencia el aislacionismo de derechas congregado alrededor del Partido Popular Suizo (SVP).43 El miedo de
las pequeñas comunidades protestantes de habla alemana a que su poder se diluya en una unión de mayor tamaño es otro factor importante de oposición. Finalmente, y ésta es una postura también defendida esencialmente por el SVP, la UE en sí misma, como institución, constituye un problema, puesto que no sería más que una amalgama de países sin una historia común que tiende al autoritarismo -al imponer las decisiones desde el centro-, a la fractura y a las divisiones internas (Church, 2003, pp. 15-17, 30; Rohr, 1987, pp. 432-433).
Si estos son los principales motivos que esgrimen los que se oponen a una mayor integración europea, los mecanismos que les han permitido hacerlos valer para bloquearla frente a unas élites políticas y empresariales y a una mayoría de la población que está a favor de la misma son los precisamente aquellos que caracterizan al sistema político: la democracia directa y el federalismo. En Suiza, para toda modificación constitucional y para la adopción de ciertos tratados internacionales se exige la llamada doble mayoría, esto es, una mayoría de votos entre la población y una mayoría de cantones. Este procedimiento de doble mayoría otorga una capacidad de decisión a los pequeños cantones que no se corresponde con el número de sus habitantes, y es motivo de que en numerosas ocasiones un proyecto obtenga una mayoría favorable de votos entre la población pero no sea
43Tal como muestran los análisis de la negociación con la UE que culminó con la aceptación
por parte de los ciudadanos suizos de los tratados que permiten la libre circulación de personas entre Suiza y la UE, la armonización de la política migratoria no debiera ser uno de los aspectos más difíciles de una posible integración de Suiza en la Unión (véase Fischer et al., 2002). En cualquier caso, este tipo de análisis debiera dar entrada a un factor entonces no tan relevante como es el auge del SVP y del sentimiento contrario a la integración y a la inmigración que representa.
aprobado al no obtener una mayoría entre los cantones (Papadopoulos, 1997, p. 160). De esta forma, como resume Alkuin Kölliker,
[…] la democracia directa en Suiza ha ralentizado considerablemente el ritmo al que los actores que fijan la agenda en el gobierno, el parlamento y los grupos de interés han intentado integrar a los ciudadanos de origen extranjero en Suiza, por una parte, y a Suiza en la comunidad internacional, por otra (2007, p. 50).