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Nietzsche: el desorden y el hombre

CAPÍTULO VI: DE LA VIOLENCIA A LA BUSQUEDA DE UNA

3. Nietzsche: el desorden y el hombre

Partiremos de un cita de Nietzsche: “Los pensadores para quienes todos los astros se mueven de forma cíclica, no son los más profundos; aquel que mira dentro de sí, como en el interior de un inmenso universo, y lleva vías lácteas en él sabe también qué irregulares son todas las vías lácteas, que los transportan al fondo del caos y del laberinto de la existencia” (2012). Con esta sentencia, Nietzsche abre la vía a una nueva concepción del hombre en su mundo.

3.1. Cuando el mundo pierde sentido

Para Romero Cuevas (2001: 125), Nietzsche plantea el problema de la cuestión de lo real como de “la falta de lo real” o del “vaciamiento del sentido del mundo” a partir de dos problemáticas. La primera se plantea desde la conceptualización de lo real propia de la ciencia. La segunda se planteará a partir de la constatación de “la muerte de Dios” en la cultura occidental.

La primera problemática retoma la tesis acerca de la objetividad constituida como una ciencia y configurada a través del ejercicio de cálculo. Lo que verdaderamente reprocha Nietzsche a la ciencia es su concepción cuantificable del mundo considerado como mecánico y más allá, que la ciencia haya establecido su perspectiva de lo real (un real cuantificable y mecánico) como la única perspectiva posible.

“Desde la perspectiva de Nietzsche, lo cósico, las regularidades, las identidades, todo lo abarcable bajo la categoría de lo cuantificable, es proyectado por el ser humano. La constitución de la experiencia y de la objetividad por la ciencia se sustenta en esta proyección de sentido que es funcional, desde un punto de vista estrictamente práctico, al desarrollo y crecimiento de la especie.” (2001: 126)

Lo que verdaderamente plantea un problema aquí para Nietzsche son las limitaciones de sentido que propone la ciencia, en formas de objetividades pero, sin embargo, demasiado limitantes considerando las posibilidades de sentidos consustanciales al ser humano más amplias y más ricas. O en otras palabras, lo real u objetivo planteado por una ciencia

71 mecanicista presenta un mundo como una realidad cuantificable y útil para acoger la permanencia de lo humano considerado como especie.

La segunda problemática acerca de la cuestión de lo real se ha de entender a partir de “la muerte de Dios” o, según Espinosa y Cabrera (2008), “derribando a martillazos los ídolos del laberinto de la modernidad”. En realidad, Nietzsche da cuenta de las limitaciones de toda una filosofía de la existencia desde la remota Grecia con Sócrates hasta el fortalecimiento de la perspectiva judeo-cristiana y su crisis, tematizado por Nietzsche como “la muerte de Dios”, hecho definitorio y culminante de la época moderna. Tal y como lo comenta Ricardo Espinosa, derribar a Dios significa dar muerte a la idea de lo “uno”, de lo “mismo” y de la “verdad” puesto que fue a través de Dios que se erigieron los ideales occidentales y la tradición filosófica occidental: “una filosofía enferma, una filosofía idealista, buscona de verdad y sentido”. Para Romero Cuevas (2001: 127), la muerte de Dios conduce a una puesta en crisis de la interpretación moral del mundo que conduce necesariamente al nihilismo, en tanto que crisis general del sentido y los valores. Y como lo preguntan Espinosa y Cabrera:

“¿Qué puede hacer sin dios el hombre europeo? Ese “Yo” enfermo y debilitado queda ahora en la desolación más escabrosa. Ya no hay la escapatoria de la vida celestial, el hombre ha quedado huérfano. La existencia personal se ha desencadenado y queda totalmente sola. ¿De qué le servirá la culpa si dios no está para regalarle a cambio una muerte segura, un más allá del sí mismo sufriente que sólo la venida de dios podría salvar de su absoluta destrucción?” (2008)

La crisis que deriva de la muerte de Dios encamina la cultura y/o el significado o sentido hacia el nihilismo absoluto. Y revela a su vez dos aspectos.

En primer lugar, la moral occidental carece de sentido existencial puesto que la interpretación cristiano-moral de lo real es una interpretación que devalúa lo inmanente a favor de un trascendente que fija el sentido y los valores de un mundo ideal y único verdadero. Si muere lo trascendente, se derrumban los valores que daban sentido a la vida y el hombre no está preparado para aprehender lo inmanente, es decir, su existencia, su vida o su propia felicidad. Se siente sólo, con miedo a morir y a su vez a vivir.

72 “Pero durante el período más largo de la humanidad no hubo cosa más terrible que sentirse aislado. Estar solo, sentir de una manera aislada, ni obedecer ni dominar, significar un individuo, no era entonces un placer, sino un castigo; se sentía condenado a ser un individuo.” (Nietzsche, 2012)

Si el nihilismo revela una crisis, una enfermedad moral y es el reflejo de una cultura enferma, también es necesario y representa esta nada a partir de la cuál puede resurgir una nueva filosofía o un nuevo filósofo.

Y en segundo lugar, esta crisis que deriva de la muerte de Dios, también revela la existencia de una nueva humanidad. Para Nietzsche, esta constatación supone una fase de superación para la generación de un nuevo tipo de humanidad.

3.2. Una nueva humanidad

Como lo afirma Romero Cuevas (2001: 129) y según Nietzsche, el hombre no es capaz de vivir en una realidad vivenciada en su pleno sinsentido. El hombre necesita sentido. La creación de una nueva filosofía supondrá por lo tanto “la tarea no de buscar el sentido en las cosas, sino introducirlo”. Se trata de dotar por lo tanto, lo inmanente de sentido, de rehabilitar lo subjetivo y de reavivar lo múltiple. Según Espinosa y Cabrera (2008), acercarse a Nietzsche es pensar lo que es el hombre desde el cuerpo y la multiplicidad. Significa también pensarlo desde un horizonte otro, puesto que desde el de la Modernidad, “los hombres son esencialmente entendidos desde un carácter no danzarín: las cosas desde leyes, el hombre desde deberes.” De hecho, Romero Cuevas afirma:

“El sentido y el valor de lo real se constituyen a partir de interpretaciones realizadas desde una determinada perspectiva que proyecta en tales interpretaciones las condiciones de su crecimiento y desarrollo.” (2001:131)

Desde una postura perspectivista, Nietzsche pone la cuestión del sentido en el centro de la elaboración de una nueva filosofía que buscará mediante su proyección, dotarse y a su vez dotar el valor de lo real de un carácter puramente inmanente.

73 Para Nietzsche, el sentido es el depositario de un cúmulo de intereses que dota la vida de una perspectiva, de un horizonte, de un fin. El carácter perspectívico de la vida tematiza ese poder constituyente de mundo que ésta posee, un mundo configurado a partir de proyecciones ficticias según las necesidades de la vida.

“La perspectividad del mundo llega tan a fondo como alcanza hoy nuestra ‘comprensión’ del mundo […] el número es una forma perspectivista: igual que el tiempo y el espacio […], sujeto-objeto, activo-pasivo, causa-efecto, medio-fin siempre son solamente formas perspectivistas.” (2001: 131)

El carácter perspectívico de la vida valida como real, proyecciones e interpretaciones, es decir, ficciones, apariencias, falsedades. Y a la vez se valida como una perspectiva común a un conjunto de individuos porque va vinculado al fin que consiste en la conservación de la especie y/o cultura. La propuesta de Nietzsche, en busca del sentido que necesita el hombre para su supervivencia o felicidad consiste en considerar como fin común, no la conservación de la especie, sino su superación.

De esta manera, Nietzsche hace estallar la perspectiva de la totalidad de la especie cómo la única válida. Nietzsche, al reorientar el fin hacia esta superación de la especie, sitúa el centro de fuerza en el seno mismo del individuo, pues cada individuo generará su particular interpretación de lo real tomando como criterios sus propias condiciones de conservación y crecimiento. Tal y cómo lo apunta Romero Cuevas:

“El perspectivismo en este sentido radicalizado apunta a la posibilidad de un sinnúmero de interpretaciones posibles de lo real”. (2001: 131)

Esto es por qué Espinosa y Cabrera hablan de una filosofía de lo múltiple en Nietszche, y afirman:

“La concepción de lo múltiple es puesta en Nietzsche en contra de los ideales de la cultura occidental y atenta con el más preciado ‘don’ de la metafísica: el sentido.” (2008)

Y Romero Cuevas habla de una concepción “pluralista” del individuo en Nietzsche. Más allá de esta concepción pluralista del individuo, menciona también que, dado que cada

74 individuo “posee una determinada constitución psicofísica diferencial” (2001: 131), cada individuo posee una perspectiva definida, distinguible de la de los demás. Además de poseer cada individuo su perspectiva diferencial, actúa según dicha perspectiva particular que opera como un centro de poder que construye desde sí, “la totalidad del resto del mundo”(2001: 131).

Estamos por lo tanto ante una concepción de la individualidad considerada desde la más absoluta diversidad. Y en palabra del propio Nietzsche, este perspectivismo aplicado al sentido revela la naturaleza compleja (por plural, múltiple o diversa) de la vida y de lo humano.

3.3. Objetividad, conocimiento y nihilismo

Este perspectivismo llama, asimismo, a una reordenación del concepto de objetividad. En un mundo que no puede ser observado por ningún observador neutral, el conocimiento sólo puede ser interpretación. Puede por lo tanto haber varias interpretaciones diferenciables de un mismo hecho. Nietzsche, de esta manera, atenta contra los preceptos de la razón ilustrada al considerar que el conocimiento sólo es una interpretación y que la interpretación siempre queda fuertemente influenciada o condicionada por los “afectos” de las perspectivas individuales.

Esta forma de individualidad ejerce como un centro de poder. A la vez que rehabilita al cuerpo y lo vuelve central en la adquisición de un conocimiento. Es desde el hombre, su posición, su yo psíquico y físico que se proyecta un sentido en base a sus intereses particulares –y por tanto afectivos- para la consecución de su crecimiento y desarrollo (la voluntad de poder).

¿Cómo entender lo real objetivo según Nietzsche? Volvemos a la noción de pluralidad, diversidad y pluralidad cuando afirma que:

“Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un ‘conocer perspectivista’; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para

75 ver una misma cosa, tanto más completo será nuestro ‘concepto’ de ella, tanto más completa será nuestra ‘objetividad’.” (Nietzsche, 2011a)

Sin embargo, es duro, es difícil, es doloroso prescindir de un mundo que lo fija todo, que lo establece todo, que fija las verdaderas y las referencias de lo real, por otro que hace estallar en mil pedazos la idea de lo Uno. Para ello, es necesario concebir la idea de un ser humano capaz de afrontar un mundo sin Verdad, o verdades desnudas, que sea capaz de aceptar la realidad “tal como ella es”: el superhombre. Sería un hombre capaz de concebir “lo real tal como es, en su pura no-significatividad, y se sostendría en esa percepción de lo real como sinsentido” (Romero Cuevas, 2001: 139)

Volviendo un poco hacia atrás en nuestro análisis, Romero Cueva plantea una pregunta (2001: 55) ¿En qué consiste este conocimiento? Y Nietsche pregunta ¿Qué sabe el hombre de sí mismo?

“[La naturaleza] Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudieses mirar hacia fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrarse entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre!” (Nietzsche, 1996: 19-20)

La idea que trasparece es que la naturaleza del hombre, presuntamente estable y racional o racionalizada, se asienta frágilmente sobre un fondo de irracionalidad esencial y peligrosa para su existencia. Esto es lo que tiene el trasfondo del nihilismo y su avance:

“La ascensión del nihilismo se impone por todas partes; su paso es inexorable y violento como el avance de un desierto. El destino del hombre estará de aquí en adelante ligado al desarrollo mismo del nihilismo; a la evolución del nihilismo desértico. Europa se vuelve en sí misma la historia del nihilismo. ¿Cómo salir de la nihilidad?” (Espinosa y Cabrera, 2008)

Salir de ello, del nihilismo, es según Nietzsche, aprehender la realidad desde lo inmanente y aceptar en primer lugar, el tempo feroce, hacerle frente. Este tempo feroce lo empuja todo hacia delante con inquietante tensión y está vinculado a un pathos trágico. Para

76 superar sus miedos a lo inmanente, el hombre necesita un “decir Si” vitalista, una afirmación segura de sí mismo.

3.4. El “Si” como afirmación vitalista

El hombre sólo podrá sobreponer sus emociones a esta violenta tensión del tempo

feroce gracias a la figura de Dionisos. El dios griego Dionisos representa la afirmación

de lo múltiple: “Dionisos afirma todo lo que aparece, incluso el más áspero sufrimiento, y aparece en todo lo que se afirma” (Deleuze, 2006: 10). Según afirman Espinosa y Cabrera (2008), “Dionisos, [es] el dios trágico que muestra entre sus múltiples máscaras las más diáfanas y a la vez más tenebrosas manifestaciones del dolor, el éxtasis y la destrucción.” Dionisos encarna, en un cierto sentido, el instinto de lucha del hombre como manifestación de su “voluntad de poder”. Porque, tal y cómo afirman Suances Marcos y Villar Escura (2004: 15) los griegos prehoméricos asumían la discordia, la crueldad y el engaño. Vivían en pequeños pueblos en constante lucha y rivalidad y la envidia era una rivalidad honrosa que movía a superarse, la lucha era un estimulante para el crecimiento personal y de la polis griega. A través de Homero, se conocen los mitos del Olimpo, un mundo divino libre de piedad, santidad, moralidad o ascetismo y la vida se muestra exuberante y gozosa: se diviniza tanto lo bueno como lo malo. Según ellos, “el hombre griego sentía necesidad de dejar correr toda la pasión de su ira” (2004: 14).

Para Nietzsche, este genio helénico se levanta sobre la afirmación de esta naturaleza humana, cruel, violenta e irracional y usa de dos elementos estructuradores: lo apolíneo que tratará de mermar este instinto de lucha y lo dionisíaco que le dará un sesgo vitalista. O, en palabras de Suances Marcos y Villar Ezcurra (2004:14), el mundo de la belleza apolínea es el mundo de la apariencia y el ensueño que oculta el eterno dolor del mundo y de la existencia. Es una belleza plasmada en los individuos. Apolo es la imagen divinizada del principio de individualización: del caos informe saca bellas imágenes o representaciones e interpretaciones ¿Pero es suficiente para dar sentido? Para ello, necesita el elemento caótico sobre el que configurarse: lo dionisíaco. Con ambos complementándose, se alcanza un equilibrio vitalista. Si por un lado, Apolo representa el orden y lo divino, también se adoraba a Dionisio, dios del vino, por hombres

77 entregados a la orgía, arrastrados por la embriaguez. Esta exaltación y entusiasmo lleva al individuo a sumergirse en la colectividad y olvidarse de sí mismo.

“El hombre, atormentado por los dolores de la existencia y la limitación de la individualidad, rompe los moldes de ésta y se sumerge en la unidad indiferenciada de la naturaleza.” (Suances Marcos y Villar Ezcurra, 2004: 14)

Podríamos decir que las dobles “instancias” de lo apolíneo y lo dionisíaco operan como las fuerzas del orden y del desorden de Balandier en el interior del propio hombre. Están siempre activas y en lucha para la aprehensión de una vivencia a partir de un mundo que ha perdido sus valores y con ellas, el sentido. Estas dos “instancias” revelan el “hombre danzarín nietzscheano”, el caos que lleva dentro de sí y le permite, en un tira y afloja constante entre orden y desorden, vivir asumiendo el caos exterior y transformándolo en “estrellas danzarinas”. Las ideas de Nietzsche acerca del superhombre rompen, por un lado, con las ideas de una subjetividad equilibrada y racional (el hombre ideal de la modernidad) e inician un pensamiento del desorden, retomado, más adelante por los llamados “irracionalistas”.