“Ya se lo he dicho a ustedes, y no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre
céptico sobre el destino de su obra, una miscelánea que había explotado el poder metafórico de ciertas imá- genes o vivencias, como el libro, el laberinto, el espejo, el tigre, la espa- da, la brújula, las ruinas circulares, los sueños. Su fervor por ciertos au- tores completó su orbe literario, un territorio donde cada página remite a otra página previa y prefigura una futura que no cesa de escribirse. Describió a Quevedo como “un sen- tidor del mundo, […] una realidad más”. En las “aventuras verbales” que emprendió, bulle el alma espa- ñola, “cuyo latido de vivir es tan fuerte que sobresale del rumor nu- meroso de las otras naciones”. Ala- bó a Paul Valéry por cultivar “las secretas aventuras del orden” en un
tiempo que venera el caos, la des- mesura y la estridencia. Destacó el encanto y la “invulnerable inocen- cia” de Oscar Wilde. Advirtió que Chesterton nadaba en las mismas aguas que Poe y Kafka: “algo en el barro de su yo propendía a la pesa- dilla, algo secreto, y ciego y central”. Confesó que las populares novelas de H. G. Wells fueron los primeros libros que leyó y especuló que tal vez serían los últimos. Aventuró que Kafka creó a sus pre- cursores y apuntó que la obra de Bernard Shaw “deja un sabor de li- beración”. Podríamos añadir otros nombres entre los autores que con- citaron su admiración y gratitud: Walt Whitman, Stevenson, Paul Grossac, Leopoldo Lugones, Poe, Melville, Kipling.
Borges es demasiado refinado para encajar en la categoría de energúmeno. Su terrorismo inte- lectual es simple fuego de artificio, inofensiva y colorida pirotecnia.
A pesar de sus ironías sobre la de- mocracia, reconoció que siempre era preferible a una dictadura, con su cortejo de opresión, servilismo, crueldad y abominable estupidez. En 1939, afirmó que la victoria de la Alemania nazi “sería la ruina y el envilecimiento del orbe”. Borges era conservador, no reaccionario. Sus juicios literarios reflejan la in- satisfacción de un creador que hizo sus primeras piruetas en la rigurosa poética del ultraísmo, donde se proscriben los adjetivos inútiles, las confesiones íntimas y el sentimen- talismo. Ferozmente individualista, Borges inventó su propia poética, abandonando la disciplina de las es- cuelas literarias. Su visión del he- cho estético sólo podía ser estricta- mente personal y, por lo tanto, in- tempestiva. Se atrevió a decir lo que pensaba, pero también mati- zó sus juicios. La prosa de Cervan- tes siempre le pareció pedestre, pero admitió su eficacia para con- movernos y sorprendernos con las peripecias de Alonso Quijano, cuya humanidad introduce una asombro- sa novedad en la historia de la lite-
ratura: “Antes de Don Quijote, los héroes creados por el arte eran per- sonajes propuestos a la piedad o la admiración de los hombres: Don Quijote es el primero que merece y que gana su amistad”. He de admi- tir que yo siempre he experimenta- do algo semejante con Borges. En su obra, no hay un personaje excep- cional e inolvidable, un Don Quijo- te o un Hamlet. Lo extraordinario es el propio autor. Umberto Eco lo advirtió y le convirtió en uno de los personajes principales de El nom- bre de la rosa.
Detrás de la ironía y el aire dis- tinguido de Borges, había un hombre tímido y, según sus pro- pias palabras, “desagradable- mente sentimental”. En lo biográ- fico, Borges no es Rimbaud ni Bau- delaire. Su peripecia vital carece de excesos. Sus desafueros sólo son verbales y delatan una ardiente pa- sión por la literatura, capaz de ha- cer saltar chispas cuando se topa con una frase grandilocuente, un epíteto previsible o un dogma into- lerante. “Fino, ecuánime, sonrien- te”, por utilizar palabras de Cansi- nos-Assens, cometió ciertas inge- nuidades en el terreno de la política. Declaró que prefería la espada a la “furtiva dinamita”. Apoyó las dicta- duras que combatían el comunismo, pero rectificó cuando conoció los crímenes cometidos bajo los go- biernos de Pinochet y Videla.
Borges era una anarquista exis- tencial, un espíritu civilizado que condenó el nacionalismo, el racis- mo y el caudillismo, un agnóstico escrupuloso, un conversador ex- quisito y un maestro que no deseaba crear escuela. Vivió y murió en la biblioteca de su padre, felizmente extraviado en el infinito de los libros. Algunos pensamos que sigue allí, agazapado en una fe- cunda oscuridad, con la flor de Co- leridge en la mano, preguntándose si la recogió en un sueño o en un jardín de Buenos Aires. R
Sus desafueros
sólo son verbales
y delatan una
ardiente pasión
por la literatura,
capaz de hacer
saltar chispas
cuando se topa
con una frase
grandilocuente,
un epíteto
previsible o un
dogma
intolerante.
Donde la prosa no llega…
Y mis ovejas me siguen
porque han visto en mi al Dios
que otros le escondían
detrás de sus ritos y tradiciones sin vida,
detrás de sus leyes y obligaciones,
detrás de un ropaje viejo
y de una religiosidad hipócrita.
Desde sus púlpitos alejados de la gente
imponían cargas y reclamaban sacrificios
para sostener una institución
que había olvidado por completo
al Dios liberador,
al Dios de la justicia y de la misericordia,
al Dios del amor.
Lobos que se comen al rebaño
disfrazados de pastores,
pronto caerán sus máscaras
y se descubrirán sus mentiras.
Mis obras abrazan al humilde,
se acercan al pobre,
sanan al enfermo,
inspiran al decaído,
alimentan al hambriento,
claman con el oprimido,
denuncian al que abusa,
BARRO Y CIELO Gerardo Oberman
-HEBEL-
lloran y celebran
las penas y las bendiciones
de cada ser humano.
Mis obras
se desvisten de ritos enmohecidos
y se desnudan de todo vestido
que levante muros entre las personas
y promuevan odios y divisiones.
Mis obras
hablan del amor de un Dios bueno
que regala vida y lo hace en abundancia,
que jamás se olvida de los suyos.
Mis obras se hacen evangelio
para quienes quieren oír
y desean andar los rumbos nuevos del
Reino.
“Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco
y ellas me siguen.”
Las obras que hago
“Ya se lo he dicho a ustedes, y no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre
1. Exclusiva en privilegios
Como si el hecho de ser mujer no bastara para otorgarle la máxima consideración, a la madre del Gali- leo le han asignado durante siglos privilegios exclusivos, títulos, ho- nores, dogmas, apelativos, presen- cias y milagros de toda índole. Se la tiene por inmaculada, de extrema pureza, virgen, inmortal, asunta di- rectamente al plano sobrenatural… A ella se le dedican toda clase de actos religiosos: misas, cánticos, ro- sarios, novenas, triduos, oraciones. Bajo su amparo se han desarrollado órdenes religiosas, cofradías, patro- natos, fundaciones. Con su fanta- seada imagen se han fabricado me- dallas, escapularios, prendas borda- das, estandartes, colgaduras para balcones, capotes de toreros… El mundo del arte se ha cebado en su figura. La han rejuvenecido, ma- quillado, embellecido, depilado; le han pintado ojos labios, mejillas; hasta le han hecho la manicura y la pedicura. Y la han vestido con tra- jes de princesa de colores pastel,