II. Historia de Ptolomeo y el proceso de la ciencia
II.2. R OGER B ACON (E L AMANECER DE LA CIENCIA ) Preso entre las redes de las supersticiones y las supercherías, hace
ya mucho tiempo existió un hombre que se puso a aprender el co- nocimiento griego de Aristóteles y de los sabios de Alejandría y el árabe de Averroes y Avicena. Cualquier persona que en aquella época supiese algo acerca de la pólvora, que manipulara alambi- ques y hornos, que describiera aparatos voladores y máquinas que navegaran por debajo de las aguas, carros sin caballos y barcos que surcaran los mares sin velamen ni remos, fácilmente se convertiría en un sospechoso de herejía y merecedor de la cárcel. Ese hombre fue Roger Bacon.
Realmente es muy poco es lo que se conoce de este personaje de leyenda y muchas de sus premoniciones y vaticinios quizá sean par- te de las mentiras e insidias que sus detractores crearon para mal- quistarlo ante los ojos del Santo Oficio. El "Doctor Amabilis", que era el mote, un poco en serio y un poco en burla, que le pusieron sus colegas, nació probablemente en 1214, aunque el lugar preciso pudo ser en Bilsey de Gloucester o en Ilchester, en el condado de Somerset, en Inglaterra. Y aunque nació en el seno de una familia acomodada, no aprendió a leer ni a escribir hasta cumplidos sus 40 años. Hay que darse cuenta que en aquella época, leer y escribir era un conocimiento que muy contadas personas podían adquirir y solamente se daba dentro de las órdenes religiosas. Aquellas perso- nas que deseaban dar a sus hijos formación y cultura tenían como única opción meterlos a un convento para que siguieran una carre- ra religiosa y se ordenaran sacerdotes. Allí les enseñaban además, latín, astronomía y música.
Pues bien, aquel joven se pasó 39 años dedicado a otras activida- des más dulces y agradables, hasta que sentó cabeza e ingresó al convento; uno de la orden de los franciscanos en Oxford. Se volvió un asiduo lector de Aristóteles, para lo cual se comprometió pro- fundamente. Aprendió griego y luego de enterarse de los trabajos de Arquímedes, de Eratóstenes y de Apolonio de Pérgamo; des- pués de conocer profundamente las ideas de Ptolomeo y la estru- jante historia de Hipatia, se puso a aprender árabe para seguir la huella del conocimiento científico después de la trágica desapari- ción de la Biblioteca de Alejandría y el renacimiento de la ciencia en Bagdad y en Córdoba.
Parece ser que quien ejerció sobre Bacon una influencia impor- tante, lo encauzó y lo alentó para cultivar y aprovechar su enorme inteligencia fue un tal Robert Grosseteste (1168-1253), quien a la sazón era el obispo de Oxford, profesor en su universidad y un importante erudito. Este hombre se percató de la gran potenciali- dad del pupilo y lo asesoró y encauzó por el camino de la ciencia y de la enseñanza.
En 1247 algo extraño le pasó a Bacon. Después de una larga en- fermedad, al recuperarse ya no fue el mismo, ser sumiso y devoto, sino que se transformó en una persona agresiva y hosca, que creaba conflictos en todas partes. Sus superiores, al principio desconcerta- dos por los cambios de conducta de Bacon, no supieron como tra- tarlo, pero pasado un tiempo no tuvieron más remedio que casti- garlo y lo sometieron a una rígida disciplina, confinado en su celda y sin oportunidad para impartir cátedra. Entonces el fraile apeló ante el papa Clemente IV en una misiva, en la cual se quejaba de que, habiendo estado trabajando sen un ambicioso y amplio pro- yecto de recopilación de conocimientos científicos, con los cuales se beneficiaría grandemente la Iglesia, había sido olvidado, aban- donado y escarnecido por todos y, que lo habían "enterrado vivo", sin posibilidad de proseguirlo. En su carta, hacía una lista de los temas a los que se había abocado, entre los que estaban, estudios sobre la óptica, sobre la alquimia y en la astronomía. Se trataba de una enciclopedia donde se recopilaba todo el saber científico de su tiempo, producto de las traducciones del griego y del árabe que había hecho a lo largo de años de trabajo paciente y agotador. El Papa se interesó grandemente por esa obra y de inmediato contes- tó, ordenándole a Bacon que terminara cuanto antes y le enviara su trabajo para mandarlo copiar. En un tiempo notablemente breve el hombre de ciencia envió al Papa tres libros: Opus Majus Opus Minus y Opus Tertium, en ese orden. En estos volúmenes, habla de los "desatinos de los magos", a quien tilda de charlatanes y establece por primera vez el método de investigación experimental, afirman- do que es necesario dudar de principio de todo lo sabido y estable- cer un conjunto de etapas sucesivas, comenzando por separar el objeto de estudio de todo lo demás que pueda enturbiar su defini- ción; luego, realizar una serie de experimentos que permitan dilu- cidar sin lugar a dudas sus propiedades físicas y sin invocar jamás a Dios para explicarlas, pues si bien es cierto que "Dios puede con- vertir un asno en árbol, jamás lo ha hecho, lo cual muestra a las cla- ras que aunque, tiene el poder para hacerlo, deja al asno como asno y al árbol como árbol para que nosotros podamos reducirlos a su más pura esencia a través del conocimiento".
árabes y menciona que ellas son el "alfabeto de la filosofía". Así mismo, resume todo el conocimiento acerca de la óptica, diciendo de ella que se trata de una ciencia "dulce y noble". Afirma que la luz no es una emanación de partículas sino una transmisión de mo- vimiento (energía) y dice que haciendo pasar la luz a un medio refractivo "se pueden dar formas a los objetos y agrandarlos hasta que parece que los podemos tocar con la mano, aun cuando se ha- llen a una gran distancia. Así, desde lejos podemos leer letras pequeñas o contar partículas ínfimas". Toca el tema de la alquimia, mencionando los esfuerzos que se han hecho hasta su tiempo por hallar la "piedra filosofal"; aquélla que al tocar el plomo lo trasmuta en oro puro.
Hace referencia a las pesquisas de un tal Petrus Peregrinus de Marincourt, un cruzado que estuvo en Palestina, el cual descubrió la piedra llamada magnetita (el imán), con la cual se puede cons- truir un sencillo aparato que al ponerlo a flotar en el agua, gira espontáneamente hasta colocarse en la dirección del Polo Norte; la brújula, que sería empleada doscientos años después por Cristóbal Colón en su viaje de descubrimiento del Nuevo Mundo.
Describe los sistemas planetarios de Ptolomeo y de Heráclito y menciona las grandes dificultades que presenta el primero, contra la sencillez del segundo, pero concluye que el sistema Heliocéntri- co no es aceptable, pues las estrellas fijas no muestran paralaje alguno; esto es, que vistas en diciembre o en junio están exacta- mente en su misma posición, aun cuando deberían tener en apa- riencia posiciones diferentes, si la Tierra se desplazara en una órbita alrededor del Sol, pues observadas en invierno se verían en una situación muy distinta, que si se vieran en verano, ya que el punto de referencia estaría muy distante en ambos extremos. Obviamen- te, Roger Bacon cayó en la misma trampa que otros, cuando supuso que las estrellas fijas están a distancias mucho más cercanas de la Tierra de lo que en realidad ocurre.
Entre 1277 y 1279 fue condenado a prisión por los franciscanos, debido a ciertas sospechas de que estaba propalando conocimien- tos prohibidos por la Iglesia. Parece ser que la causa real de su con- dena no fueron sus publicaciones revolucionarias, sino los agrios ataques que lanzó contra los teólogos y los escolásticos, a quienes tachó de crédulos e inertes. No se sabe con certeza cuánto tiempo pasó en la cárcel. Su último trabajo lo publicó de manera incom- pleta en 1292. Se cree que murió en 1294 y que fue enterrado en la iglesia franciscana de Oxford, en Inglaterra.