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OLIGOELEMENTOS TÓXICOS

In document Kousmine, Catherine - Salve Su Cuerpo (página 94-98)

Los oligoelementos

OLIGOELEMENTOS TÓXICOS

Existen elementos presentes en cantidades vestigiales en el organismo, cuyas propiedades nocivas no se conocen por el momento. Tales son el plomo, el mercurio y el cadmio.

El plomo

El plomo (Pb) es un veneno enzimático que lesiona en primer lugar al sistema nervioso y la médula ósea. Este metal se conoce desde la antigüedad. Ya lo utilizaban hace 5.000 años los egipcios para fabricar recipientes y conductos de agua. En nuestros días se emplea, pero cada

vez menos, la cerusa (carbonato de plomo básico) para las pinturas blancas, el minio (óxido de plomo) como agente antióxido, el plomo metálico para marcos de vitrales, etcétera.

El de uso más difundido en la actualidad, y sin duda alguna el más nocivo, es el tetraetilo de plomo, agregado como antidetonante a la nafta. Es así como en Suiza, 1,4 millones de kilogramos de plomo se han introducido en 1972 en 2,7 mil millones de litros de carburante. De ese plomo, el 75 por ciento es volcado a la atmósfera con los gases de los escapes de los vehículos y se deposita en los campos y en los cultivos que bordean las carreteras. Ingerido, el plomo sólo es absorbido en una proporción del 5 al 10 por ciento. En cambio, la mitad del plomo inhalado vuelve a encontrarse en la sangre.

El cuerpo humano contiene entre 80 y 100 miligramos de plomo, el 90 por ciento de los cuales se fija en los huesos. En el suero sanguíneo existen de 0,15 a 0,25 miligramos por litro. Eliminamos con la orina, en promedio, 0,5 miligramos por día.

Un adulto sólo tolera 0,4 miligramos de plomo por litro de suero sanguíneo. Pero esta concentración llega a 0,5 miligramos por litro en las personas que habitan en las proximidades de las carreteras. Por lo tanto supera el límite de tolerancia. Ello produce agresividad, dolores de cabeza, nerviosidad, agitación, inapetencia, diarrea y lesiones cerebrales. En 1973 se midió el nivel de plomo sérico en los delincuentes suizos, ¡y se encontraron tasas superiores a 0,4 miligramos por litro! Es posible entonces preguntarse si existe una relación entre la intoxicación con plomo y el comportamiento asocial de esos individuos.

El mercurio

El mercurio (Hg), que es el único metal líquido, se separa de su mineral por calentamiento y destilación. Lo mismo que el plomo, ya era conocido por los egipcios hace 5.000 años. El empleo del mercurio ha ido en aumento desde el comienzo de la era industrial. Conocemos muy bien su utilización para la fabricación de termómetros, barómetros, amalgamas dentales y desinfectantes, pero no tanto como la que se destina a la conservación del papel, de la madera, de las semillas de trigo, etcétera.

En todos los tiempos el agua de mar ha contenido vestigios de mercurio, como lo revelan los análisis practicados en los fósiles. El tenor normal del agua de mar es de 0,02 miligramos por 1.000 litros. En esa concentración, el mercurio no produce perjuicio alguno a los seres vivientes. El sedimento marino contiene diez mil veces más, pero en forma insoluble y por ende inerte. Toda la corteza terrestre contiene otro tanto (0,2 miligramos por kilo).

Las fábricas de papel son las que vuelcan todos los años, desde hace decenios, millares de toneladas de mercurio en los ríos y lagos, a partir de los cuales llega al mar. Bajo la acción de bacterias, este mercurio se convierte en mercurio metílico, muy tóxico, que se disuelve en los tejidos grasos de los peces, de los que pasa al organismo de quienes los consumen. Sin embargo, es excepcional que en el mar la concentración de productos mercuriales resulte peligrosa. Que fue, no obstante, el caso en Minamata, en Japón, donde 50 personas murieron por intoxicación mercurial y otras 200 quedaron inválidas de por vida por haber consumido pescado contaminado.

El mercurio metílico actúa principalmente sobre los nervios, a los que paraliza, y sobre el cerebro.

Un aporte cotidiano de 0,01 miligramos de mercurio no es tóxico para el hombre. Nunca ha sido más escaso en la historia de la humanidad. En la década de 1970 se manifestó un temor pánico por el desconocimiento de la tasa normal del mercurio contenido en todo lo que vive en el mar; ¡ello produjo la destrucción indebida de grandes cantidades de atún y de pez espada, medida excesiva, pues la concentración del mercurio en la carne de estos animales (0,5 miligramos por kilo) era la misma que en la de los pescados conservados desde hacía mucho tiempo en los museos!

El cadmio

Otro participante en la polución tóxica de nuestro medio es el cadmio (Cd). Se lo utiliza como fungicida, como anticorrosivo en las tuberías, en las fábricas de grifos, etc. Las hojas de envolver plásticas y las cajas de conservas pueden cederlo a su contenido; del mismo modo, los recipientes galvanizados pueden contaminar los aceites vegetales o la mantequilla. Las bebidas de cola y el café en polvo instantáneo pueden presentarlo, proveniente de las máquinas que sirvieron para su fabricación. Se lo encuentra en pequeñas cantidades en muchos alimentos, como en las ostras (hasta 7 miligramos por kilogramo), en los riñones de los herbívoros, donde se concentra el cadmio contenido en los forrajes.

También lo hay en los desechos galvanoplásticos. En Nueva York, ciento cincuenta instalaciones galvanoplásticas vuelcan al Hudson sus desechos ricos en cadmio, en cantidades tales que los peces se tornan incomibles. Sin embargo, fueron pescados, reducidos a harina y suministrados como alimento a las aves de corral. De esta manera, ese cadmio penetró en la cadena alimentaria del hombre.

El cadmio es un veneno lento para el hombre. Su absorción crónica y fortuita puede ser peligrosa, tanto más cuanto que es difícil de detectar. Este metal se concentra en los riñones, donde desplaza al cinc incorporado a las enzimas vitales, con lo cual bloquea las funciones de éstas. Este trastorno del funcionamiento renal conduce a la hipertensión, con todas sus consecuencias.

El humo de un cigarrillo contiene 0,01 miligramo de cadmio. Los grandes fumadores inhalan hasta 5 miligramos por año, lo cual basta para provocar en diez a veinte años una hipertensión grave.

Se conocen intoxicaciones agudas por cadmio, pero son raras. Una de ellas se produjo en Japón, en 1960, provocada por la polución en masa de las aguas fluviales por los desechos de una fundición. Hubo casos mortales. Estos envenenamientos se caracterizan por descalcificaciones óseas muy dolorosas.

Es posible neutralizar las lesiones del cadmio mediante un aporte mayor de cinc, de cobre y de selenio.

CONCLUSIÓN

¿Qué habría que recordar de este capítulo de los oligoelementos, que se prolonga a medida que aumentan nuestros conocimientos y que, por cierto, no se encuentra cerrado todavía? Hoy sabemos lo suficiente como para haber comprendido el papel primordial que desempeñan en el desarrollo normal de las innumerables y complejas reacciones químicas que ocurren en el interior de nuestro cuerpo. Sea cuales fueren, su carencia acarrea un debilitamiento del organismo, un descenso de la vitalidad, una aceleración de los procesos de envejecimiento, una fatiga anormal que se traduce en alteraciones metabólicas. En la actualidad favorecemos esas carencias, sometidos como nos encontramos a un condicionamiento sumamente eficaz, orquestado por las industrias alimentarias, cuya única preocupación es de orden comercial. Estas industrias destruyen los complejos vitales producidos por la naturaleza y ofrecen al consumidor demasiados productos muy estables, de una gran pureza, con desconocimiento total del papel vital de los oligoelementos que eliminan. Esta situación tiene graves inconvenientes. Muchos procedimientos de fabricación son sometidos a leyes y a prescripciones dictadas en una época en la cual la ciencia de los oligoelementos era rudimentaria. Ninguna ley se opone a los procedimientos de refinación. ¡Algunos reglamentos anticuados, en cambio, prohíben la restitución a los alimentos de los oligoelementos extraídos o destruidos por la refinación! De ello se sigue que el hombre, en forma legal, es privado de un aporte suficiente de esas sustancias y que padece a causa de estos. Los estados producidos por la carencia de oligoelementos corresponden a las enfermedades más diversas, algunas de las cuales han sido consideradas hasta hoy como genéticas e incurables.

Por medio de una alimentación normal y sana, es posible prevenir, en cierta medida, los grandes flagelos de nuestra vida: la arteriosclerosis, gracias a un aporte normal de magnesio, cromo, manganeso, cobre, cinc, selenio, silicio y vanadio; el cáncer, por un aporte de selenio, magnesio, cobre y vitaminas A, B, C, E y F, etcétera.

El empleo de alimentos empobrecidos en oligoelementos no deja de aumentar. Es bien sabido que sólo la experiencia sirve de lección. Esta experiencia se ha realizado ya, y los ejemplos que proporcionamos en esta obra dan fe de ello. Sin embargo, no existe una cantidad suficiente de personas prevenidas para poner en práctica este conocimiento en gran escala, y como nos dice tan bien Félix Kieffer, especialista en el problema, los esfuerzos intelectuales que es preciso realizar para suprimir las carencias en oligoelementos sólo podrán ser llevados a cabo por personas que los hayan recibido en cantidad suficiente y mantengan de tal modo intactas su vitalidad y su inteligencia. Según las investigaciones realizadas hasta hoy, el cociente intelectual parece estar vinculado en forma directa con el aporte de selenio en particular, y sin duda también con el de muchos otros oligoelementos. Con la ausencia o la insuficiencia de este aporte, las capacidades intelectuales disminuyen cada vez más y aumenta la agresividad.

Nuestros conocimientos no se encuentran todavía lo bastante avanzados como para conocer las cantidades ideales de los distintos oligoelementos que nos son necesarios. Será preciso investigarlas. Los alimentos naturales los contienen en proporciones no sólo diversas según su

naturaleza, sino también variables de acuerdo con la composición del suelo que los proporciona. Por eso una alimentación variada es preferible a una alimentación uniforme.

”En la medida en que se levanten los obstáculos legales que no tienen objeto y que hoy prohíben todavía en numerosos países la práctica de los conocimientos adquiridos en los oligoelementos, su utilización en el dominio de la nutrición llegará a ser un día tan beneficiosa como la de las trece vitaminas conocidas en la actualidad.” (Félix Kieffer.)

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