El hombre depende en forma muy estrecha de su ambiente: privado de su alimentación, su supervivencia es de unas tres semanas; privado de agua, de tres días; privado de aire, de tres minutos. El aire es, por lo tanto, un "alimento" muy importante para el hombre.
La composición de nuestra atmósfera se ha modificado de manera considerable desde que existe la Tierra. La atmósfera primitiva de hace unos tres mil millones de años estaba, en esencia, compuesta de dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), hidrógeno (H) y amoníaco (NH3), y por lo tanto era impropia para la conservación de la vida. En la actualidad, sus constituyentes principales son el nitrógeno (N) en sus cuatro quintas partes y el oxígeno (02) en la quinta parte restante. La parte de los gases primitivos se ha vuelto imperceptible. El enriquecimiento progresivo de la atmósfera en oxígeno, sin el cual no podemos vivir, es el resultado de la aparición de la vida vegetal y de la actividad de la clorofila, la cual, bajo la acción de la luz solar, absorbe el dióxido de carbono (CO2) y libera el oxígeno (02). Poco a poco, a lo largo de millones de años, la atmósfera se ha empobrecido en dióxido de carbono y se ha enriquecido en oxígeno. La composición del aire continúa modificándose en nuestros días, pero en sentido inverso. En efecto, la mayoría de los procesos liberadores de energía se basan en una combustión, es decir, en un consumo de oxígeno con producción de dióxido de carbono. Así ocurre con el trabajo humano, el de una máquina de vapor, un motor de automóvil o de avión, o aun con la calefacción en nuestras casas. Si se piensa que un automóvil que recorre 1.000 kilómetros emplea
tanto oxígeno como un hombre que realiza un trabajo físico durante un año y que un avión mediano consume cien veces más que un coche en el mismo trayecto, se entiende que en nuestros días el equilibrio logrado después de millares de años entre la producción de dióxido de carbono por los vegetales y los animales entre ellos el hombre, y la regeneración del oxígeno por las plantas verdes se encuentra comprometido, y ello cada vez más desde hace cincuenta años. De tal modo, los 100 millones de vehículos de motor que circulan en Estados Unidos consumen alrededor de dos veces más oxígeno del que puede regenerar el conjunto de las plantas verdes de toda Norteamérica. La concentración de dióxido de carbono aumenta, pues, en forma constante. Se ha acrecentado más o menos en un 10 por ciento desde el comienzo del siglo, y se piensa que aumentará todavía al 25 por ciento en el año 2000.
Sin embargo, esta situación no es todavía crítica en sí misma, porque el margen de seguridad parece suficiente por el momento.
La polución de la atmósfera por otros productos cuantitativamente menos importantes sería mucho más inquietante. Se trata del hollín, del monóxido de carbono (CO), del dióxido de azufre o anhídrido sulfuroso (SO2), de los hidrocarburos aromáticos policíclicos, de los aldehídos, de los óxidos de nitrógeno, del plomo, etcétera
Nuestra civilización se caracteriza por el derroche y el consumo de lujo. Consideramos como un progreso el hecho de crear objetos de uso único. Somos una sociedad de utilizadores de tachos de desperdicios (en alemán: Wegwerfergesellschaft). Para ello, producimos cada vez más materias sintéticas (180.000 toneladas durante el año 1968, para Suiza). Estos diferentes plásticos son muy cómodos, pero su empleo excesivo crea el problema de su eliminación. Una parte de estos plásticos está formada por cloruro de polivinilo, cuya destrucción engendra ácido clorhídrico (HCL) en estado de vapor, y ello a razón de una libra por kilo de plástico. De tal modo, Suiza lanza al aire, todos los años, 10.000 toneladas de ácido clorhídrico, que se agregan a las 100.000 toneladas de anhídrido sulfuroso provenientes en particular de la combustión del petróleo. Estas sustancias son agresivas para los materiales de construcción, las obras de arte, los bosques, el hombre...
Desde hace unos cincuenta años, la nafta que utilizamos para los automóviles contiene como catalizador de combustión el tetraetilo de plomo. A causa de ello, la concentración de plomo dispersado en forma de minúsculas partículas flotantes (aerosoles) aumenta en forma constante en la atmósfera. El aire lo contiene en escasa proporción : 10 gammas (0,01 miligramo) por metro cúbico, aun en las grandes ciudades, pero la lluvia precipita ese plomo que se concentra en el suelo y se introduce y penetra en las plantas. Las que crecen al borde de las carreteras pueden contener hasta 0,5 miligramos por kilogramo. El plomo es un elemento tóxico y esta polución progresiva de la atmósfera, agregada al enriquecimiento de las plantas en plomo, representa un peligro. He ahí por qué un esfuerzo de investigación importante se lleva a cabo para sacarnos de la era de la nafta con plomo y proporcionarnos vehículos menos contaminantes.
Desde el punto de vista de la contaminación del aire, Suiza parece privilegiada en comparación con los países en los cuales las inmensas aglomeraciones padecen de lo que se denomina "smog": en invierno, las condensaciones de humo -smoke- y la neblina- fog- provocan una polución
atmosférica (en Londres, por ejemplo) de tal magnitud que el aire se vuelve tóxico y se producen fallecimientos por asfixia. En Japón y en Norteamérica, la polución de las grandes ciudades llega a un grado tan peligroso, sobre todo para los niños, que se han debido crear dispositivos de alarma para prevenir a la población del peligro. ¡En los grandes centros urbanos japoneses se ha llegado a instalar inclusive distribuidores automáticos de oxígeno que cada uno puede accionar, así como en otros países existen distribuidores de cigarrillos o golosinas!
Por lo demás, la seguridad local en Suiza es muy relativa, pues la polución no se detiene en la frontera y los vientos se encargan de difundirla.
LA MUERTE DE LOS BOSQUES
Una de las consecuencias más nefastas de la polución atmosférica producida por el hombre es en la actualidad la muerte de los bosques. Las coníferas han sido las primeras víctimas, seguidas por otros árboles y luego por los frutales.
El bosque representa un conjunto ecológico al cual pertenecen las malezas, los hongos, los gusanos, las algas y las bacterias (200 mil millones por gramo de humus).
Las raicillas de los árboles secretan en sus extremos, sustancias denominadas fitoalexinas, por las cuales se defienden contra las bacterias patógenas de la putrefacción, así como un gel del que se nutren las bacterias beneficiosas que proporcionan al árbol el nitrógeno, el fósforo, el hierro, el manganeso, vitaminas y enzimas. Para ciertas especies de árboles, ese mismo papel lo desempeñan los hongos.
El líquido alimenticio es transportado por ósmosis de las raíces a la copa del árbol, por finos vasos situados en la periferia del tronco, y la corriente se mantiene gracias a la evaporación que se produce a nivel de las hojas. En una capa más superficial, situada directamente bajo la corteza, un líquido que contiene las sustancias elaboradas por las hojas desciende hacia las raíces. En la cara inferior de las hojas se encuentran los orificios, los llamados estomas, por los cuales penetra el aire portador del dióxido de carbono , y de los que salen a la atmósfera el oxígeno y el vapor de agua.
Los contaminantes atmosféricos gaseosos pueden penetrar en las hojas por los estomas, y disueltos por el agua de la lluvia, se introducen en la planta por las raíces.
Las fuentes de polución son los gases de escape de los automóviles (NO2), las chimeneas de las fábricas, las instalaciones para la combustión de los desechos y las de calefacción a petróleo de las casas (SO2). Las altísimas chimeneas de las fábricas son fuentes de polución a distancia, en ocasiones a centenares de kilómetros.
La lluvia, la nieve y la neblina transforman los gases, después de la disolución, en sulfatos, nitratos, cloruros y fluoruros, por combinación con el amoníaco, el magnesio, el sodio, el potasio y los metales pesados (arsénico, plomo, cadmio, mercurio) presentes en el polvo atmosférico. De ello resulta lo que se ha denominado las "lluvias ácidas".
El pH normal del agua de lluvia es aproximadamente de 5,6. En la actualidad, ese pH, en las regiones habitadas, es de 4,1, e inclusive puede descender a 2,8 (el del zumo de limón es de 2,4 y el del vinagre es de 2,7). En invierno, el agua que cae de los árboles puede tener un pH de 2,7. El pH normal del suelo del bosque oscila entre 4,5 y 7,5. Cuando desciende a 4,3 o menos, las plantas padecen por ello. Esta acidificación produce la circulación de metales pesados tales como el aluminio, contenidos en forma natural en la arcilla y tóxicos en estado ionizado. Los distintos metales pesados que penetran en los tejidos del árbol ejercen acciones deletéreas que les son propias: el plomo y el cadmio detienen los procesos de crecimiento y de transporte de agua; el aluminio interfiere con la germinación y destruye las raicillas. Un suelo acidificado se empobrece en magnesio y calcio, indispensables para el árbol.
La lluvia ácida destruye además la capa de cera protectora que reviste la cara superior de las hojas y luego su parénquima. Aparecen entonces pequeñas manchas necróticas blancas, que se agrandan y provocan la muerte de la hoja. El anhídrido sulfuroso (SO2) se introduce por los estomas, se disuelve en el jugo de la hoja y suprime en ésta la síntesis de las proteínas. Paraliza los estomas, que se mantienen abiertos en forma constante: a causa de ello, el árbol ya no puede defenderse contra la sequía.
El flúor, especialmente agresivo , provoca las necrosis características en el borde de las hojas. Impide la polinización.
La acidificación del suelo lo empobrece en las sustancias orgánicas que forman el humus. Bacterias, hongos, gusanos, insectos y arañas se vuelven menos numerosos. Las raicillas dejan de producir sustancias defensivas contra las bacterias patógenas de la putrefacción, que invaden las raíces y después el tronco de los árboles. Esta alteración priva al árbol de agua y sustancias nutritivas: las hojas amarillean en forma prematura y la fotosíntesis disminuye. Debilitado, el árbol ya no resiste a la tempestad ni a la sequía. Es atacado por un coleóptero depredador, el bóstrico, y muere.
¡Las lluvias ácidas contaminan además el agua de las napas freáticas, de las fuentes y de los lagos... en los cuales mueren los peces!
Algunos radares, de emisiones energéticas particularmente potentes, y las líneas de alta tensión, parecen también contribuir a la enfermedad de los bosques en las regiones poco polucionadas. Los bosques siguen representando, sin embargo, una riqueza considerable. Purifican nuestra atmósfera, la liberan del dióxido de carbono y la enriquecen en oxígeno. Retienen el agua cuya evaporación excesiva impiden, y regulan así el clima. Protegen al suelo contra la erosión y a las aldeas de las montañas contra los aludes. Son lugares privilegiados para el descanso. Y por último, los bosques son acumuladores de energía solar. En cuanto a la masa de madera, materia preciosa producida por un bosque, se duplica en veinte años.
En Suiza, más del 50 por ciento de las coníferas han sido atacadas. La pérdida de los bosques representa un grave deterioro de nuestra calidad de vida.
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