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El arranque del Discurso Preliminar al libro VI de los Heterodoxos lo constituía una aseveración: la principal herejía de los tiempos modernos había sido la negación de la divinidad de Cristo. A pesar que los orígenes de las sectas se remontaban más allá del cristianismo, el punto de inflexión

8 Antonio MOLINER PRADA: “Menéndez Pelayo, la Unión Católica y el rechazo del integrismo”, en Manuel SUÁREZ CORTINA (ed.): Menéndez Pelayo y su tiempo, Santander, UIMP, 2012, pp. 131-166.

9 Alfonso BOTTI: Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975), Madrid, Alianza Universidad, 1992. Manuel SUÁREZ CORTINA: Entre cirios y garrotes. Política y religión en la

se situaba en el acceso del hombre al libre examen a raíz de la Reforma luterana. Con anterioridad ya habían existido en el seno de los primeros concilios cristianos algunas “herejías parciales” sobre puntos concretos de la doctrina que, en todo caso, no negaban el carácter divino de la Iglesia y de su fundador. Sin embargo, nada tenía esto que ver con la nueva impiedad: “la herejía moderna es radical y absoluta; herejía solo en cuanto nace de la cristiandad; apostasía en cuanto sus sectarios reniegan de todos los dogmas cristianos, cuando no de los principios de la religión natural y de las verdades que por sí puede alcanzar el humano entendimiento” (185 y 186).

Las sectas protestantes estuvieron inoculando la incredulidad en el continente a lo largo del siglo XVII, pero sólo fue con la irrupción de Voltaire en el escenario europeo cuando se desvelaron los verdaderos planes: “¿Qué teatro de Europa hubo, desde Madrid a San Petersburgo, donde no se representasen sus tragedias, en que la monotonía y falsedad del género están avivadas por dardos más o menos directos contra el ministerio sacerdotal y el fanatismo, que él personifica en sacerdotes griegos, o en mandarines chinos, o en el falso profeta Mahoma, o en los conquistadores de América, no atreviéndose a herir de frente al objeto de sus perenes rencores?” (192). No menos perniciosos resultaron el Contrato Social de Rousseau, “dogma de la tiranía del Estado”; la “indiferencia religiosa” de Montesquieu; la “máquina de guerra y legión cristiana” que fue la Enciclopedia dirigida por D’Alembert; las enseñanzas del “escéptico” David Hume o la economía política nacida con Adam Smith, “poderoso auxiliar de la revolución impía y ariete formidable contra la propiedad de la Iglesia”. Y cuando la fe estuvo perdida devino la revolución en Francia, “tan fanática y demoledora como ninguna otra en memoria de hombres” (190 a 199). Ni las advertencias de Louis de Bonald, François-René Chateaubriand y Joseph de Maistre cayeron en tierra fértil. ¿Seguiría España la misma trayectoria?

Históricamente la nación española, siempre según don Marcelino, era heredera de la raza latina y había sido inseparable del espíritu monárquico y cristiano. La conversión del rey visigodo Recaredo en el 587 y los sucesivos concilios de Toledo daban buena cuenta de la causa católica que se defendía. Así, la intervención de los musulmanes en la península no fue sino una advertencia de la divinidad que, en todo caso, vino a

restablecer el status quo cuando el ideal cristiano desarrollado a lo largo de la Reconquista llegó a su plenitud con los Reyes Católicos. A pesar del carácter extranjero de los Austrias, la nueva dinastía logró asimilar nuestra cultura, completar la unificación, continuar la conquista de América y convertirse en “gonfaloniera de la Iglesia como ninguna otra casa real de Europa” (147). No obstante, la muerte sin descendencia de Carlos II en 1700 y la llegada de los Borbones iba a inundar nuestra tierra de una ola de ideas extranjeras:

A cambio de un poco de bienestar material, que sólo se alcanzó después de tres reinados, ¡Cuánto padecieron con la nueva dinastía el carácter y la dignidad nacionales! ¡Cuánto la lengua! ¡Cuánto la genuina cultura española, la tradición del saber de nuestro padres! ¡Cuánto su vieja libertad cristiana, ahogada por la centralización administrativa! ¡Cuánto la misma Iglesia, herida de soslayo, pero a mansalva, por un rastrero

galicanismo y por el regalismo de serviles leguleyos que, en nombre del rey,

iban despejando los caminos de la revolución! (206 y 207).

Por tanto, el siglo XVIII había traído a la península sociedades secretas, enciclopedismo, irreligiosidad, regalistas y jansenistas; el pretendido reformismo ilustrado era el peor de los enemigos. Pero el hecho más esclarecedor del nuevo espíritu imperante fue el extrañamiento de los jesuitas españoles decretado por Carlos III en 1767, siguiendo la estela de lo acaecido en Portugal en 1759 y en Francia en 1762. En nombre de “la cultura y de las luces”, España había abrazado realmente la ignorancia al tiempo que había sentado las bases para que las sociedades secretas impulsaran la pérdida de los territorios americanos: ¿Acaso existía alguien más preparado que los religiosos de la Compañía para imponer su autoridad moral sobre los indígenas? (299 a 308). El árbol plantado por el gobierno de Carlos III florecería en el reinado de Carlos IV bajo la dirección de Godoy, pero la fruta sólo estuvo madura cuando las tropas francesas se adentraron en la península desde finales de 1807.10

10 El “árbol de la libertad” se convirtió en símbolo de la Revolución Francesa. Para España, Antonio ELORZA: “El temido Árbol de la libertad”, en Jean-René AYMES (ed.): España y la revolución