En varios de nuestros países, la ortodoxia economista neoliberal y su lenguaje de domesticación, aún hoy tratan de con-
vencernos de que el mercado a costa de todo, como si no hubiera un mañana, es la única vía para generar bienestar humano en el mundo.
Para entender cómo surge el liberalismo y posteriormente el neoliberalismo, es necesario contextualizar estos procesos, porque como en todo quehacer humano, existe una historia que explica la forma en que las distintas escuelas económicas fueron construyendo sus premisas y sus derivaciones de política, siem- pre en relación con una visión determinada de la vida, desde don- de plantean y legitiman sus intereses construyendo explicaciones sobre la riqueza y su aseguramiento o expansión.
Estoy segura de que los padres de la economía, sobre los que pretendo hacer una síntesis heroica en las próximas líneas, seguramente se revolverían en sus respectivas tumbas de sa- berse exprimidos hasta el tuétano por tan apretado esfuerzo de contextualización, pero a riesgo de recibir sus fantasmales pro- testas, intentaré hacer la tarea, rogando su anuencia, invocando el interés superior de compartir sus ideas.
Como ya adelantamos, existen al menos dos espacios don- de entendemos «lo económico»: como actividad humana cotidia- na, y como campo de conocimiento. La actividad económica, como quehacer de las personas para procurarse el sustento, con distintas formas y grados de organización, es un proceso humano que surge con la propia hominización, hace ya varios milenios.
Pero la economía, como campo de conocimientos y de in- tervención para lograr ciertos fines, en occidente se remonta al pensamiento de los griegos. Indudablemente, otras civilizacio- nes, incluyendo las precolombinas de América, también elabora- ban preceptos sobre la administración de los recursos y la rique- za dentro de la sociedad en cuestión, las que pueden observarse a partir de los vestigios de sus prácticas, que lucen bastante más
sustentables y equitativas que las actuales. Sin embargo, estas prácticas resultan muy desconocidas para los economistas for- mados en la tradición anglosajona.
Podemos encontrar nociones económicas muy temprano en la historia escrita de occidente. De hecho, Aristóteles y Platón argumentan sobre algunos elementos de la vida económica en consistencia con su pensamiento filosófico. Más adelante en la historia, se puede encontrar a Santo Tomás de Aquino, que es- cribía en una economía completamente autárquica y feudal, con- denando la usura, pero hasta cierta forma adelantando ciertos elementos sobre el comercio en los albores del intercambio que luego transformaría a Europa en la cuna del capitalismo.
Mención aparte merecen los más recientes fisiócratas y mercantilistas, grupos heterogéneos que desde Europa plantea- ron ideas bastante interesantes y sin duda innovadoras, antes del surgimiento formal de la economía como la ciencia que estudia- mos hoy. Los mercantilistas, que se remontan a la Europa pre- industrial, donde florecían las artes y los oficios en un modo de producción más bien artesanal, con un comercio creciente, sos- tenían algunos principios económicos, entre los cuales destaca la defensa del nacionalismo y de la necesaria fortaleza del Estado: para que los países se enriquecieran, era menester ingresar todo el oro que fuese posible, y proteger a los productores internos contra la competencia de otras naciones; atribuyéndose, desde entonces, el calificativo de «proteccionistas».
Los clásicos liberales
Sin embargo, el nacimiento de la economía como disciplina científica, habitualmente se data en el surgimiento de la escuela liberal. El primer padre de la economía, Adam Smith, publicó en 1776 su famoso libro Una Investigación Sobre la Causa de la
metáfora del mercado como una «mano invisible», que asigna y mueve los recursos escasos en forma supuestamente «neutral», logrando por sí solo alinear la búsqueda del interés individual con el bienestar de los demás.
Construyendo sobre algunas nociones de Smith, el inglés David Ricardo lo superaría, elaborando su magnífica obra Prin-
cipios de Economía Política y Tributación (1817). Muchos
establecen que Ricardo fue el verdadero padre de la economía, debido al superior nivel de elaboración de sus propuestas teóri- cas, a la amplitud de su obra, que comprende casi todos los as- pectos de la economía como la entendemos hoy, y al talento in- cuestionable que muestra en sus escritos. Él fue el primer eco- nomista en usar el método de hacer modelos simplificados (con fuertes supuestos) y aplicar sus derivaciones de política a proble- mas importantes de la economía de su país. Como profundizare- mos más adelante, David Ricardo es el más fundamentado de- fensor del liberalismo económico, lo que en resumidas cuentas significa abogar por el menor grado posible de intervención del Estado en la economía. Es también el creador de la teoría de las ventajas comparativas, en las que descansa la apología actual sobre las bondades del libre comercio, y finalmente, a través de su teoría sobre la renta, de cierta forma inspira el moderno pre- cepto del «chorreo» o «derrame», según el cual los frutos del crecimiento económico tarde o temprano llegan a los trabajado- res.
Ricardo ya escribía en plena expansión del capitalismo en Inglaterra, cuna de la primera Revolución Industrial del mundo, la que se basó en el uso intensivo del acero, la invención de los motores a vapor, la maquinización de los procesos productivos, en el sistema de trenes como medio de transporte que acercaba los países, y en la explotación del carbón como combustible. Surgían por doquier las fábricas y los productos manufacturados en la industria, y con ello, surgía una nueva clase social: los obre-
ros industriales que trabajaban en condiciones paupérrimas y vivían inhumanamente en los cordones proletarios de las ciu- dades inglesas y europeas.
Y por todo el mundo, surgían también las críticas al sis- tema económico imperante, proceso coronado por las publi- caciones de un filósofo y economista tan famoso como poco leído, Karl Marx, quien transformó para siempre la historia del mundo, no sólo con la fundación de una nueva escuela de economía política, sino también con su trabajo político, aso- ciado con Engels.
El aporte de Marx
Para Marx, lo que diferencia una sociedad de otra no es lo que se produce, sino cómo se produce, o sea las relacio- nes sociales de producción, que en toda sociedad de clases, se caracterizan por la explotación del trabajo social y la apro- piación privada del excedente económico. Así, los Modos de Producción están compuestos por una base económica deter- minante, sobre lo que se levanta una super-estructura ideoló- gica y política que da sustentación discursiva y legitimidad a las relaciones sociales de explotación que existen en la mayo- ría de éstos. Marx estudió los Modos de Producción de la Comunidad Primitiva, Esclavista, Feudal, Asiático, Mercantil Simple y, sobre todo, el Modo de Producción Capitalista, esta- bleciendo que todos ellos constituyen constructos históricos (no naturales ni eternos), susceptibles de cambio y transfor- mación cuando se dan una serie de condiciones y contradic- ciones internas.
En su libro El Capital. Crítica de la Economía Políti-
ca (1867), Marx estableció que la explotación del trabajo de
los obreros es consustancial al modo de producción capitalis- ta, que los obreros desprovistos de medios de producción se
ven obligados a vender su fuerza de trabajo en la industria, lo que es aprovechado por los propietarios del capital (capitalis- tas). Merced al trabajo humano de los obreros, se produce más valor que el necesario para sostener la vida del trabajador (y su familia). El capitalista fija el salario basado en este mínimo de subsistencia, que al ser inferior al valor producido en la jornada de trabajo, genera la plusvalía (valor adicional al requerido para financiar los bienes de subsistencia de quien lo produce). La propiedad de los medios de producción permite que el capitalista se apropie legalmente de este excedente (plusvalor), para repro- ducir el círculo de acumulación (privada) de ganancias (y su trans- formación en capital), en detrimento de los intereses proletarios. Por lo tanto, existe un antagonismo irreconciliable entre las cla- ses sociales, cuya lucha sistemática generaría las condiciones para la transformación social hacia un nuevo modo de produc- ción que sí fuese capaz de repartir los frutos del trabajo social entre todos. Marx pensaba que era necesario, ni más ni menos, construir un nuevo modo de producción y distribución (socialista o comunista), basado en la socialización o colectivización de los medios de producción, y por tanto, del excedente del trabajo hu- mano.
Cundió el terror y el pánico, no sólo en la vida real, sino también en el pensamiento económico. Como ironizan Marx y Engels al inicio del Manifiesto Comunista: «Un fantasma reco- rre Europa, el fantasma del comunismo». El sistema era históri- co y superable, los mercados se fundamentan en relaciones de explotación e injusticia, los precios y salarios no se determinan por libres fuerzas de oferta y demanda, sino por la imposición que trae consigo ser o no dueño de los medios de producción. De pronto, todo lo que decían los clásicos liberales sonaba desde incompleto, hasta falso. A la luz del nuevo pensamiento, el siste- ma económico por sí mismo ya parecía impotente para producir el bien común, de ahí que el pensamiento de Marx resultara peli- groso para el joven capitalismo europeo.
Ricardo y Marx partían de la misma teoría del valor traba- jo (según la cual, sólo el trabajo humano crea nuevo valor o ri- queza), y ambos reconocían el antagonismo de intereses entre los trabajadores y los capitalistas. Esto no es nada sorprendente, porque hasta el día de hoy podemos reconocer que, como esta- blece Ricardo, si el precio está dado por el mercado (por ejemplo un par de zapatos se puede vender en 20 dólares), entonces mien- tras más aumento el salario de los trabajadores, menor ganancia tendrá el dueño de la empresa, y mientras mejor renta este último sobre su inversión, peores niveles de remuneración recibirán los trabajadores. La diferencia entre Ricardo y Marx, en términos de elaboración científica, surge en la «dinamización» de este pre- cepto. Para Ricardo, según veremos más adelante, la aparente contradicción se soluciona con su teoría de la renta, la cual se entendería hoy como una concepción sobre la expansión o creci- miento económico. Ricardo estipulaba que al requerirse cada vez más mano de obra, ésta se hará progresivamente escasa, y los salarios de los trabajadores tenderán a subir en forma «natu- ral», por la vía del mercado, sin requerirse intervenciones del Estado.
¿Y que sostenía Marx? En primer lugar se debe recono- cer la complejidad de su pensamiento, puesto que además de plantearse desde la economía, Marx incorporaba elementos de historia y filosofía, combinando además el materialismo histórico y el dialéctico, creando categorías propias que resultan en una epistemología nueva, más abarcativa y transversal. En su visión de la explotación capitalista de la fuerza de trabajo de los obre- ros, Marx no veía ninguna posibilidad de que dicho Modo de Pro- ducción pudiese resultar en beneficios sustanciales y sostenidos para los trabajadores. Además, existían contradicciones en el núcleo mismo del sistema capitalista, por las cuales, éste se des- truiría a sí mismo en el tiempo.
Por tanto, la forma de generar lo que hoy entenderíamos como una distribución equitativa de la riqueza, en los distintos
países, era cambiar el modo de producción. A partir de Carlos Marx, el mundo cambia para siempre, y la economía se escinde en dos grandes ramas, que seguirían desarrollándose en paralelo hasta la actualidad. La primera, continuaba la tradición legada por Ricardo, entre los cuales destacan, aunque por motivos opues- tos Keynes, Prebisch y Friedman. La segunda se desarrolla ex- pandiendo los fundamentos de Marx, entre los que se destacaron Luxemburgo, Lenin, Emmanuel, Amin y Mandel.
Como hemos visto, desde la apología de Ricardo o la devastadora crítica de Marx, la economía en su origen, abrazó sin mayores complejos su relación con lo político, entendido en su más amplio significado que incluye y trasciende elementos de política pública y de quehacer político. Consecuentemente, los libros centrales de Ricardo y de Marx, se refieren a la economía política, e incluso se titulan o subtitulan como tal.
La escuela neoclásica liberal
Como era de esperarse, luego de Marx y sus peligrosas enseñanzas, surge una respuesta tradicional desde la economía «burguesa» como la llamaba él: la escuela neoclásica. Estos economistas, entre los que Alfred Marshall resaltaba como uno de los más rigurosos y brillantes, estaban interesados en conti- nuar el argumento liberal de la economía. Los neoclásicos co- menzaron su cruzada aséptica, tratando de tecnificar y neutrali- zar el pensamiento económico, purgándolo de toda posible «con- fusión» con lo político, las ciencias sociales y los valores huma- nos. En un segundo rango del neoclásico económico, también escribían economistas como Walras, Jevons y Pareto. Esta es- cuela neoclásica de pensamiento aportó grandemente a la teoría microeconómica, por medio del análisis marginalista, cuyos es- critos se produjeron hacia finales del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX. La escuela optó por temas lejanos a la economía polí- tica, resolviendo estas molestas variables como procesos
«exógenos» al comportamiento y las decisiones económicas, que quedan por tanto fuera del campo de la investigación y discusión económica «pura».
En cuanto al método, con la debida licencia poética, podría decirse que estos neoclásicos estaban casi avergonzados del de- sarrollo de la economía dentro de las ciencias sociales y las hu- manidades, y que eran admiradores de la física y la matemática como ciencias duras. Sin lugar a dudas, ni a matices, iniciaron la tarea de expresar todo lo posible en lenguaje matemático (ecuaciones, derivadas, integrales y gráficos cartesianos) en un estéril ejercicio. Estéril en el sentido de que los problemas cen- trales de la economía seguían sin ser resueltos adecuadamente, y la más grave depresión económica del siglo XX lo demostraría muy rápidamente. No obstante, a partir de los neoclásicos, la ciencia económica tradicional quedó un tanto prisionera de esta formalidad matemática, que está demás decirlo, era bastante ins- trumental al propósito de evadir las cuestiones de equidad distributiva, que habían descarrilado a ciertos pensadores por caminos poco decorosos.
Respecto de los preceptos, los neoclásicos asumieron casi todo el pensamiento liberal, sin mayores innovaciones, estable- ciendo matemáticamente cómo los mecanismos del mercado, en forma garantizada, automática y única, logran generar los equili- brios estables, producir precios donde se iguala oferta con de- manda, asignando los recursos en forma eficiente y óptima. Cualquier decisión incorrecta por parte de los agentes económi- cos (productores, consumidores) sería corregida por el mercado mediante el sistema de precios. Demás está decir, de acuerdo a la escuela neoclásica el Estado distorsionaría las fuerzas natura- les del mercado, y por tanto debía abstenerse de intervenir.
En los albores del Siglo XX, comenzaba la Segunda Revo- lución Industrial y el motor del capitalismo se trasladaba a la na-
ciente y pujante economía estadounidense. Se inventaba el mo- tor de combustión interna, la electricidad, la industria petroquímica, la energía y el transporte basados en combustibles fósiles. Se erguía en todo su esplendor, la nueva cultura del automóvil. Co- menzaba también el nuevo siglo, todo era expansión, crecimiento y progreso. Los bolcheviques gobernaban en la Unión Soviética y la Primera Guerra mundial llegaba a su fin, con su correspon- diente estímulo a la economía mundial. Marx estaba rotunda- mente equivocado, y por el momento ganaban los economistas tradicionales (neoclásicos).
El legado de Keynes
Durante los años 1920’s, la capacidad de crecimiento eco- nómico del nuevo imperio norteamericano parecía ilimitada, y consecuentemente se produjeron las apuestas especulativas en la bolsa de Nueva York, en una corrida alcista que encumbró los precios y las ganancias bursátiles hasta las nubes. Dicho proce- so, tan certeramente como la gravedad, es la antesala de una caída más o menos abrupta, una vez que el público «se da cuen- ta» que se han sobrevalorado los títulos y acciones, distanciándo- se en forma insostenible los precios de mercado y la real posición productiva y financiera de la empresa en cuestión (burbuja bur- sátil).
Hasta que llegó el 29 de octubre de 1929. Octubre negro, como se llamó. Se desploma la bolsa de valores de Nueva York. Esto genera el pánico bursátil: las empresas quiebran, los em- pleados quedan sin trabajo por años, se expande la pobreza, caen otras economías del mundo capitalista y el sueño americano se hace trizas. Ha comenzado la Gran Depresión económica, que significa que se contrae la producción, el empleo, y el comercio mundial.
Según las enseñanzas liberales y neoclásicas imperantes, no había que hacer nada, los mercados se recuperarían solos en
la medida que los salarios se desplomaran. Pero los sueldos es- taban en el suelo, y nada pasaba con la inversión ni el empleo. Ni señas de recuperación. La economía neoclásica liberal estaba completamente impotente, no podía hacer nada. Por el otro lado, los economistas de tradición marxista, diagnosticaban una crisis del capitalismo que ya avanzaba hacia su derrumbe.
Entonces, John Maynard Keynes, un joven inglés que ha- bía sido alumno del neoclásico Alfred Marshall, publica en 1936 su Teoría General del Interés, la Ocupación y el Dinero. En él, echaba por tierra todo precepto liberal, estableciendo las ba- ses para el manejo moderno de la macroeconomía, mediante las herramientas fiscales, monetarias y cambiarias que hoy hacen de nuestras economías, procesos bien comportados, que no se desordenan tanto y logran mantener los precios estables y el empleo y la producción en crecimiento. Keynes cobró fama mundial, se convirtió en asesor de la corona inglesa y del presi- dente norteamericano, y junto con el esfuerzo militar-económico de la segunda guerra, logró sacar al mundo de la Depresión, ge- nerando una nueva era de crecimiento económico que no parecía tener fin. Eventualmente fue elevado a la categoría de Sir John Maynard Keynes, por parte de la corona británica.
Keynes investigó cómo se comportan las principales va- riables macroeconómicas en su Teoría General, articulando por primera vez un conocimiento económico que integraba los secto- res de producción, empleo y moneda. El autor construyó una visión global de cómo funcionan y se relacionan las decisiones de inversión, el consecuente nivel de empleo y su doble impacto sobre la oferta y la demanda agregadas, en un marco de incerti- dumbre explícita y fuerte peso de las expectativas. En su libro, Keynes establece cómo se comportan las variables agregadas de la economía, no el consumidor e inversionista individual7, sino
el consumo y la inversión como procesos globales de un país.
Por ejemplo, estableció que el consumo está determinado por el nivel de ingreso nacional, mientras que la inversión por la tasa de