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Ventajas comparativas y libre comercio

In document Rayén Quiroga Martínez (página 119-127)

4.1 Fundamentos teóricos del neoliberalismo

4.1.2 Ventajas comparativas y libre comercio

Explicitando los procesos de producción y distribución que se verifican en la compleja e interdependiente economía mundial del presente, resultan más evidentes las limitaciones conceptua- les y propositivas del pensamiento neoliberal, que traslada sus principales preceptos desde el espacio nacional, hasta las rela- ciones internacionales en un mundo cada vez más interdependiente.

La teoría de las ventajas comparativas de Ricardo, sobre la cual se fundamentan la especialización productiva internacio-

nal y el libre comercio en la actualidad, establece que los países no deben producir de todo un poco, sino especializarse en produ- cir y exportar aquellos bienes sobre los cuales tienen ventajas comparativas, en función de los costos relativos. Así, cada país maximizaría el nivel de producción, empleo, valor exportado y riqueza, con respecto a una situación previa donde no existía el comercio internacional.

Ricardo construye su argumento tomando el caso de dos países (Inglaterra y Portugal), y dos productos (tela y vino). Cal- cula los rendimientos de ambos productos en ambos países, y construye un escenario donde cada nación dedica todos sus re- cursos a producir aquello donde tiene ventajas comparativas res- pecto al otro país. Inglaterra se dedicaría a producir sólo tela, mientras que Portugal haría lo propio con el vino. Lo hermoso de este ejercicio numérico, es que al final, con la especialización productiva total, ambos países salen ganando pues su nivel de riqueza (producto) es mayor con comercio especializado, en com- paración con la situación previa. De ahí que Ricardo abogue con fuerza respecto de las ventajas del comercio, basado en la espe- cialización productiva que se deriva de las ventajas comparati- vas.

A su vez, con el mejoramiento en la asignación y producti- vidad de la tierra, el trabajo y el capital, el país especializado por la vía ricardiana puede acceder a un nivel de importaciones ma- yor al anterior a la apertura comercial. Por lo tanto, se eleva el nivel de consumo y utilidad material de todas las naciones partici- pantes y se expande el producto mundial; siempre y cuando exis- ta libre comercio, o sea que no existan impuestos y otras barre- ras que «distorsionen» los precios de mercado.

Resulta realmente sorprendente que este sencillo ejemplo numérico de Ricardo, que además tomó valores arbitrarios, sea

la base en que se sostiene todo la doctrina sobre el libre comercio y la globalización.

Dos preguntas quedaron sin resolver por el autor: ¿cómo resulta la distribución nacional de los beneficios del comercio?, ya que si bien las dos naciones ganan, no lo hacen en proporción equitativa, lo que nos obliga a preguntar, ¿en base a qué se distri- buyen las ganancias? Este lapsus de Ricardo parece más notorio toda vez que su obra completa revela la preocupación constante del autor por el análisis distributivo. Por otro lado, el autor que escribía hace 200 años, no considera la naturaleza primaria o manufacturera del intercambio, ni relaciona lo anterior con los derechos de propiedad y la distribución del ingreso, la informa- ción y las capacidades de innovación de los países, elementos que al ser considerados despliegan un cuadro mucho más com- plejo respecto de las teóricas ganancias compartidas que estipula el ejemplo ricardiano.

Desde la misma concepción, en lenguaje moderno, hoy en día se dice que los Estados distorsionan las fuerzas puras de los mercados nacionales e internacionales, toda vez que imponen barreras proteccionistas de tipo arancelario (impuesto a las im- portaciones) o no arancelario (cuotas, bandas de precios, subsi- dios y/o exenciones sectoriales, barreras técnicas, etc.), con lo que se produce una ineficiente asignación de los recursos y un nivel de producción, consumo y bienestar globales, que son infe- riores al potencial.

En el mundo actual existe un doble estándar donde los paí- ses en desarrollo son cordialmente invitados a liberalizar (desregular) sus economías y comercio externo, mientras que las potencias mundiales persisten abiertamente en sostener sus sis- temas no-arancelarios de protección. Aparentemente contradic- torios los gobiernos del mundo industrializado, pero también muy patriotas y leales, con la acumulación de ganancias dentro de su propio territorio.

Continuando en la línea argumentativa del libre comercio internacional, se puede decir que para que las promesas ricardianas de que funciones la expansión económica global por la vía de la especialización productiva, es imprescindible que los gobiernos implementen una política de irrestricto comercio desregulado.

Pero en la actualidad, la doctrina liberal de los primeros clásicos, ha trascendido el terreno del comercio para extender- se al ámbito financiero, desde donde se aboga por la apertura y desregulación del flujo de capitales entre los países.

Recapitulando, de la teoría de las ventajas comparativas de Ricardo, se cuestiona fundamentalmente:

a) La despreocupación distributiva. Ricardo no analiza que el incremento en el bienestar material asociado a su pro- puesta puede quedar inequitativamente distribuido entre las naciones que concurren a competir por los mercados. b) El uso de supuestos implícitos y explícitos muy alejados de la realidad. En particular, no se cumplen los supuestos de inamovilidad internacional del capital, de nulo costo de transporte, y de costos constantes de producción (indepen- dientes de la escala).

De hecho, el supuesto de la inamovilidad internacional del capital está completamente invalidado: hoy en día, tanto el grado de internacionalización como la velocidad de movimiento del capital, no tienen precedentes en la historia. Este hecho implica, entre otras cosas, que en el mundo actual, ya no se podría hablar de que el capital se localiza internacionalmente buscando ventajas comparativas, como se sostiene regularmente, sino que responde a la diferencia absoluta en e costo de pro-

ducción de los bienes a escala internacional, como estableció Adams Smith18 en su teoría de las ventajas absolutas.

De acuerdo al pensamiento ricardiano, en un mundo ima- ginario donde el capital no se traslada internacionalmente, como resultado del libre comercio y la competencia internacional que enfrentan las empresas de una nación, las actividades relativa- mente ineficientes desaparecen, eliminándose con ellas fuentes de trabajo. Pero, al mismo tiempo, las actividades relativamen- te eficientes (aquellas que cuentan con ventajas comparativas) se expanden, absorbiendo tanto capital como a la mano de obra desplazadas. Así, el capital y el trabajo se reasignan dentro del país, especializándose de acuerdo a las ventajas comparativas. Pero, como explica Herman Daly19, cuando tanto el ca-

pital como las mercancías cruzan las fronteras sin mayores con- tratiempos, entonces el capital buscará la ventaja absoluta en el país que con los más bajos costos. El capital seguirá al más alto beneficio absoluto, que estará usualmente determinado por el más bajo salario absoluto, justamente en nuestros países.

Todas las naciones tienen una ventaja comparativa en algo, de donde se puede argumentar que el comercio y la espe- cialización guiada por la ventaja comparativa beneficiará a to- dos los socios que se involucren en el comercio (desregulado); pero no hay ninguna razón por la cual todos los países deban tener ventaja absoluta en la producción de alguna mercancía. Por tanto, aunque la especialización y el comercio de acuerdo a la ventaja absoluta generen un incremento en la producción global, no existen garantías de que dichos procesos sean be- neficiosos para todos los países.

18 Actualmente, el argumento ya no gira en torno a los términos originalmente

expuestos por Ricardo en base a la teoría del valor trabajo; sino en la diferenciación internacional de precios relativos. No obstante, la esencia del pensamiento y las derivaciones de política permanecen básicamente inalteradas.

Daly20 sugiere que puede haber buenos argumentos para

el libre comercio, pero en un mundo de movilidad internacional del capital, el de la ventaja comparativa no puede ser uno de ellos. «Nos sorprende la frecuencia con que se afirma, con exce- siva seguridad, que un sistema comercial abierto beneficiaría a todos los socios comerciales, porque esta afirmación asume la inmovilidad del capital para ser valida, aún en teoría».

Los defensores actuales del libre comercio léase gobier- nos, corporaciones transnacionales y grandes empresarios loca- les, políticos y la institucionalidad económica internacional pare- cen desconocer que la teoría de las ventajas comparativas de Ricardo21 se basa en los cuestionables supuestos ya analizados.

Aún más, parecen no darse cuenta del carácter tautológico de sus construcciones cognitivas: «En resumen, los que abogan por el libre comercio, están usando un argumento que se sustenta en la impermeabilidad de las fronteras nacionales con respecto al capital, para apoyar una política dirigida a hacer esas mismas fronteras progresivamente permeables tanto al capital como a las mercancías»22.

Los apólogos de la apertura externa, abogan que ésta po- dría significar el acceso a mayores mercados, para ampliar la producción nacional y por tanto hacer posibles los objetivos de crecimiento económico. Después de todo, esta fue la manera en que los países con mayores niveles de riqueza material del mun- do llegaron a dicho status. Pero como ya se ha visto, si algo se

20 Daly, Herman: «From adjustment to sustainable development: the obstacle of

free trade» Loyola of Los Angeles Int. Comp. Law J. 15 (1) 33-34. Traducción de la autora.

21 Esto sin considerar críticas de otros pensadores que demostraron, sobre los mis-

mos números utilizados por Ricardo, que aunque ambos países ganan con el comer- cio especializado, Portugal gana menos que Inglaterra. También se ha cuestionado la elegante evasión de Ricardo, respecto de los determinantes de las ventajas compa- rativas, lo que podría encontrarse en la división internacional del trabajo, la dota- ción de recursos naturales y otros elementos estructurales que saldrían a la luz bastante más tarde, en el pensamiento de Prebisch.

puede concluir de la experiencia latinoamericana en procesos de apertura y desregulación (liberalización) económica, es que no existen garantías de que el mercado asigne los frutos del creci- miento de manera equitativa, ni en el ámbito internacional, ni al interior de cada país. Por el contrario, después de siglos de apli- car esta receta en el mundo, se evidencian resultados contradic- torios: algunos países parecen ser los mejores ejemplos de la doc- trina ricardiana, mientras otros serían la muestra más concreta de su fracaso. En todo caso, la distribución de los frutos de la especialización internacional es cada vez más inequitativa, como puede verse en los datos que el PNUD produce anualmente23.

Convenientemente, los neoliberales hacen caso omiso a la evidencia empírica que muestra inequidad en la distribución de los frutos de la especialización internacional; o sea, no se hacen cargo de los problemas distributivos y de sustentabilidad que que- dan determinados por la «opción» en los ejes de competitividad internacional. Cuando los neoliberales mercadean su doctrina, usan como ejemplo a las empresas y a los países que antaño, o más recientemente, se han beneficiado del (libre) comercio; al tiempo que se resisten a explicitar las profundas diferencias eco- nómicas, políticas y sociales que existen entre estos más bien escasos y momentáneos ejemplos, respecto del país donde pro- pugnan por el libre comercio.

Pero incluso pensando en que mediante el «libre» comer- cio se logre aumentar las exportaciones, cabe preguntarse, ¿tie- ne esto algún sentido económico? Analicemos el caso ejemplar que presenta Daly respecto del libre comercio de galletas entre Estados Unidos y Dinamarca. Los daneses exportan galletas de mantequilla en metálicas cajas azules a los norteamericanos, quie- nes a su vez le exportan a Dinamarca esas galletas cuadradas crocantes de cóctel que ellos llaman crackers. Al aumentar el flujo de exportaciones en ambos sentidos, se generan aumentos

en las ganancias empresariales, en el empleo, en los PIBs de ambos países, y con ellos, en el transflujo global (transporte, em- balaje, uso energía intensiva, contaminación y muchos otros efec- tos o externalidades negativas para los ecosistemas y la salud humana). ¿No tendría más sentido económico, pensando en las necesidades humanas, que daneses y norteamericanos intercambiaran recetas? Hacerlo ahorraría al planeta muchos recursos y contaminación, pero sin duda minaría las ganancias de los productores, de los transportadores aéreos y marítimos, de los asegurados involucrados, y de los productores de embalajes y etiquetas.

Otro ejemplo más cercano se tiene con la especialización productiva en grandes y crecientes extensiones de monocultivo exportador en Latinoamérica, proceso que obviamente incrementa la producción y el comercio, activando toda la cadena económi- ca, hasta llegar a las manos de los consumidores en los países desarrollados. Pero, al mismo tiempo, también tiene consecuen- cias importantes de disminución de la biodiversidad y de la diver- sidad cultural, ambos patrimonios que se pierden usualmente para siempre, comprometiéndose en algunos casos, incluso el acceso de las poblaciones locales a sus propios recursos naturales y genéticos.

Debo nuevamente pedir disculpas por seguir con la pre- ocupación sobre la distribución y la sustentabilidad de los proce- sos económicos, parece ser un defecto genético, exacerbado sin duda por los años, que no pasan en vano.

Ya en 1776, Smith descubría que la especialización del tra- bajo humano aumenta la productividad. Esto es innegable, pero ¿estamos dispuestos a pagar los costos de aumentar la producti- vidad en forma aparentemente ilimitada, a costa de nuestro pro- pio patrimonio cultural y ambiental? Sobre todo, ¿queremos ha-

cerlo, cuando la mayoría de la población que participa en estos procesos ni siquiera ve beneficios tangibles en su nivel de vida? Analicemos ahora el tercer pilar de la doctrina neoliberal, que sostiene que los frutos del crecimiento económico tarde o temprano, y de manera automática, llegarán a los más pobres.

In document Rayén Quiroga Martínez (página 119-127)