• No se han encontrado resultados

La pérdida de las colonias La crisis de fin de siglo (1895-1902)

La I república.

Tema 10. La pérdida de las colonias La crisis de fin de siglo (1895-1902)

La sociedad española ante la guerra.

La vida política desde 1895 estuvo condicionada por la marcha de la guerra en las colonias y por el enfrentamiento con Estados Unidos. Con el último gobierno de Cánovas, que duraría hasta su asesinato, y luego con el de Sagasta y un pequeño paréntesis de Azcárraga, la vida parlamentaria se desarrolla sin grandes discrepancias, pues existe la preocupación de la guerra y de conseguir los recursos necesarios para ello. Quizá por ello los presupuestos se aprobaron sin problemas y la consigna era estar unidos en el objetivo común. Pero a medida que se iba evidenciado el fracaso, también empezaron a surgir las diferencias. La sociedad española se dividió en los grupos que apoyaban la guerra, principalmente los partidos dinásticos, gran parte de los republicanos y los carlistas; y los que eran partidarios de una solución pacífica: federales, socialistas y algunos sectores nacionalistas.

La guerra era considerada por los partidos dinásticos como un mal menor, aunque los políticos fuesen conscientes de la superioridad americana. Sabían que la guerra estaba perdida, pero preferían perder las colonias en una guerra que cederlas pacíficamente y poner en peligro la estabilidad del país y la monarquía. Les asustaban las consecuencias que pudiesen tener la pérdida de Cuba y Filipinas, sobre todo que el ejército se sintiese traicionado y tuviera lugar un pronunciamiento militar. Había otros sectores que se sentían preocupados esencialmente por la propia pérdida de las colonias, como los comerciantes, hacendados, militares y funcionarios destinados en Ultramar, o las órdenes

religiosas vinculadas a Filipinas, así como sociedades geográficas partidarias de la expansión colonial.

Los empresarios españoles interesados en el negocio colonial, pero sin tierras y sin inversiones directas en las colonias, apoyaron una salida rápida del conflicto, pero con una dura negociación que permitiese obtener beneficios en los futuros negocios. La prensa y la Iglesia fueron legitimadores de la guerra. La prensa creó, incluso, falsas expectativas e hizo nacer un clima patriotero e incendiario. La Iglesia celebró manifestaciones religiosas a favor de los combatientes.

Los partidos antidinásticos no aprovecharon la guerra para atentar contra el sistema político, debido a que carecían del poder necesario y se hallaban muy divididos. Los carlistas, al principio, apoyaron la guerra; pero a medida que avanzaba, pensaron que el desprestigio del régimen podría significar la caída de la monarquía y darles a ellos una opción. Pero no podían actuar por si solos, y únicamente podían apoyar a algún militar descontento. Pero las acciones aisladas, como algún asalto a cuarteles de la Guardia Civil, no tuvieron significación alguna.

La guerra coincidió en un momento en que los republicanos estaban especialmente débiles, porque Castelar se había integrado en el sistema político y Ruiz Zorrilla estaba enfermo. Menos los federales, todos los demás adoptaron posturas contradictorias durante el conflicto. Apoyaron las medidas autonomistas y las reformas en las colonias, pero adoptaron una actitud patriotera exaltando la necesidad de una victoria; en espera de que la derrota se volviera contra el régimen. Los federalistas de Pi y Margall defendieron la concesión de amplia autonomía a las colonias, y según se fue radicalizando el conflicto, optaron

por la independencia. Cuando comenzó el enfrentamiento con Estados Unidos se manifestaron en contra de una guerra que creían perdida de antemano.

Los socialistas evolucionaron desde el rechazo a la guerra hasta una condena al régimen colonial para luego centrarse en el descontento popular ante el conflicto. Se manifestaban en contra del servicio militar, el sistema de reclutamiento y el pago de la redención del servicio, y trataron de canalizar estas protestas en contra de la guerra. Esta actitud les benefició enormemente más tarde.

La guerra confirmó las tesis internacionalistas de los anarquistas, pero apenas tuvieron ocasión de demostrar su postura, debido a la represión del anarquismo terrorista.

Algunos intelectuales, como Costa o Unamuno se manifestaron en contra de la guerra, al igual que muchos nacionalistas. En Galicia, la crisis rural hizo que nacieran en esta época las Ligas Agrarias; y en el País Vasco el nacionalismo rechazó cualquier proyecto colonial, aún en el caso de que favoreciese capitales vascos. En Cataluña, aunque empezaron a ponerse al lado del gobierno, los fracasos militares y la pérdida de las colonias los desligaron de la política de Madrid.

Se solía ver en la despedida o recibimiento de soldados por parte del pueblo, un apoyo a la guerra, pero en realidad la sociedad era contraria al reclutamiento, porque mucha gente no sentía demasiado interés, y menos aún querían perder vidas de sus seres queridos y manos para trabajar. Con la guerra se consolidan disidencias, especialmente de socialistas y nacionalistas, pero la contienda no provocó grandes cambios en el mapa de la política española. Se mantuvo la constitución, una composición de cortes similar, los mismos partidos e incluso los mecanismos que tanto se criticaban.

La política exterior en los años noventa.

En este aspecto fueron años turbulentos y cambiantes, donde se vivió una expansión imperialista que enfrentó a algunas potencias. Priman la fuerza, el poder y la ambición por encima de la conciliación, el orden y el derecho. Es la época del darwinismo político, donde se afirma la desigualdad de las naciones, la necesidad de la lucha entre países como instrumento de la Historia para la selección de los mejores. Por eso en esta época aumenta la rivalidad entre potencias. También es momento de expansión económica e industrial, y la técnica llega a los medios militares, lo cual favorece la expansión de las grandes potencias. Aparecen en escena nuevos países emergentes, como Estados Unidos y Japón, y en Europa, la caída de Bismarck significa un cambio en las relaciones internacionales. El nuevo gobierno alemán no renueva el acuerdo secreto con Rusia, y esto permite que el imperio ruso llegue a un acuerdo con Francia, que recupera confianza en el terreno internacional. Todavía existía el contrapunto de la Triple Alianza, pero ya se barajan alianzas nuevas. Las rivalidades ultramarinas determinan las relaciones entre las potencias en mayor grado que la situación en Europa. Gran Bretaña se aísla respecto al continente y se acerca a una alianza con Estados Unidos.

La política exterior en España está condicionada por la situación en las colonias y la consiguiente inseguridad en el futuro ultramarino, por lo cual en las cuestiones europeas apenas hay participación. España se vio colocada, sin desearlo, en el epicentro de un nuevo reparto de los espacios coloniales, y tuvo que afrontar guerras no deseadas en Cuba y Filipinas, y más tarde con los Estados Unidos. Además hay un incidente en Melilla con Marruecos, una rebelión en Ponape y revueltas en Mindanao; además de ver crecer en el Pacífico la tensión con Japón. Para hacer frente a tanto conflicto, se busca la complicidad europea, pero España

no encuentra más ayuda que una cierta simpatía internacional. Un tema fundamental es la renovación de la adhesión a la Triple Alianza, el arancel proteccionista de 1891, las reformas de Maura en Ultramar, o los debates en torno a la autonomía de las colonias. Veamos:

1. España tenía una vinculación a la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría, e Italia) aunque el alcance de los acuerdos era limitado, porque no se trataba de una alianza formal, sino un mero intercambio de notas entre ministros, y tiene como objetivo fundamental la defensa en el Mediterráneo. Se trataba de impedir la expansión francesa en el norte de África. Las cláusulas del tratado impedían a España suscribir tratado alguno con Francia que pudiese ir en contra de las potencias de la Triple Alianza. Cuando Cánovas llega al poder en 1890 mantiene los compromisos de los liberales y en 1891 renueva este tratado, aunque con algunas variaciones. Mantiene la declaración de defensa del principio monárquico, pero consigue que el compromiso de no suscribir acuerdos con Francia no fuese solo español, sino que también se extendiese a Italia. España se reservaba libertad de acción para garantizar la defensa de sus territorios en el Norte de África. Cuando en mayo de 1895 hay que hacer la segunda revisión del acuerdo, se replantea la conveniencia de mantenerlo con Italia, porque este gobierno exigía unas condiciones inaceptables para España, exigiéndole el compromiso de que no caería bajo la órbita francesa. Cánovas y el conde de Tetuán, que era el ministro de estado, deciden no renovar el acuerdo. Las relaciones con Francia en este momento habían mejorado y había importantes relaciones comerciales entre los dos países. En este momento los problemas exteriores para España estaban más ligados a Cuba que al norte de África. Para suavizar el desencuentro entre España e Italia, en octubre de 1895 se aprueba un acuerdo verbal, que no pasa de ser una mera declaración de buenas intenciones.

2. Bajo la inspiración proteccionista se firman algunos acuerdos comerciales, bajo la premisa de que el estado debe regular la economía y moderar la concurrencia, para lo cual se adopta una clara política proteccionista, aunque abierta a negociaciones. Esto conlleva muchas críticas, porque se identificaba proteccionismo con conservadurismo. El 31 de diciembre de 1891 fueron suprimidas las franquicias de la ley de 1882 y se adoptaron medidas que favorecían la economía interior, y así fue como se negociaron una serie de importantes tratados comerciales. Con Francia había muchas discrepancias en las tarifas a aplicar a determinados productos que imposibilitaron el entendimiento con Cánovas, y serían los liberales en 1894 quienes culminaron las negociaciones. Pero se firmaron acuerdos con Noruega, Suecia, Países Bajos y Suiza, de manera definitiva, y otros acuerdos provisionales con Austria-Hungría, Alemania e Italia. Esta política proteccionista también tuvo importantes consecuencias en las colonias, porque primó la entrada de productos peninsulares en las islas, pero al no existir reciprocidad en el trato, España no fue la principal compradora de productos de Puerto Rico, Cuba o Filipinas, sino que este mercado se orientó más bien hacia Estados Unidos, Gran Bretaña y los países del norte de Europa.

3. A ambos lados del Estrecho hubo conflictos. En 1893, durante la etapa liberal, tiene lugar la guerra de Melilla, a causa de unas obras impulsadas por el gobierno español, pues se autoriza en Sidi Guariach la construcción de un fuerte en los terrenos de una antigua mezquita musulmana, y el asunto es considerado una provocación por parte de los rifeños, quienes sitian durante varios días a mas de dos mil españoles en Cabrerizas Altas. El conflicto se resuelve mediante el tratado de Marraquech, negociado por Martínez Campos, mediante el cual el sultán se comprometía a castigar a los rifeños, controlar a la población y crear una comisión hispano-marroquí para que delimitara una zona neutral; y además se reconoce el derecho de los

españoles a construir el fuerte. Al año siguiente hay tensiones por Gibraltar, porque España refuerza algunas posiciones cercanas a la bahía de Algeciras y Sierra Carbonera, y el gobierno británico se molesta, aunque el conflicto no pasa a mayores.

4. Problemas en el Pacífico, ya que España en los años ochenta había pensado en impulsar las relaciones con Japón y se pretende establecer unas líneas de comunicación que unan las islas españolas del Pacífico con Japón, y potenciar la emigración japonesa a las colonias, así como firmar tratados comerciales. Pero en los noventa, ante el desarrollo económico y militar de los japoneses, España cambia de actitud y adopta una política defensiva encaminada a frenar la influencia nipona en las islas españolas. Se deja de favorecer la emigración de braceros y se controla a los japoneses que ya están establecidos.

Podemos decir que tanto liberales como conservadores trataron de reforzar la presencia española en el exterior, tanto en lo político, como en lo económico y lo estratégico. La consigna era mantener y defender.

Guerra en Cuba.

La guerra estalla en 1895, con el llamado Grito de Baire, y la rebelión está capitaneada por Máximo Gómez, y apoyada por José Martí. La rebelión se inicia en las sierras de Oriente y llega hasta Santiago. Inicialmente Cánovas no quiere negociar, sino restablecer la paz, y más tarde ya se vería como se preparaban las reformas, pero no se contemplaba la separación ni la independencia. Para intentar la pacificación, se nombra al general Martínez Campos gobernador general, aunque fracasa en sus deseos de pacificación. Al creer necesaria una respuesta

militar, reclama nuevos contingentes de tropas y consigue atravesar la isla, aunque las tropas rebeldes contraatacan con fuerza. Martínez Campos no quiere tomar medidas contra la población civil que apoya a la guerrilla, y por eso pide el relevo de su cargo. Cánovas designa ahora a Valeriano Weyler, con experiencia en guerras tropicales. Concentra a la población civil en zonas controladas y divide la isla en compartimentos estancos mediante líneas fortificadas, que iban de costa a costa. Aunque desde España se envían más tropas, hay muchas bajas por enfermedad y las tropas españolas son poco efectivas en la isla. Lo difícil siempre es derrotar a la población que apoya la rebelión. Pero ni Cánovas ni Sagasta, desde la oposición, querían renunciar a este rico territorio y como los españoles eran más poderosos en lo militar, dominaban las ciudades y las principales vías de comunicación, pero las dificultades eran el clima y la tensión con la población civil. Los insurrectos seguían aumentando su fuerza y posiciones, porque controlaban la selva y actuaban en emboscadas, además de que contaban con la ayuda exterior de los Estados Unidos. La primavera de 1897 acabó con un debate parlamentario. Sagasta opina que el triunfo es imposible y debe optarse por una política autonomista. Cánovas no era partidario de esta opción, pero propone a la reina retirarse, para que los liberales puedan llevar a cabo sus ideas autonomistas, porque él no estaba dispuesto a ejecutarla. La reina decide mantener su confianza en Cánovas, que ordena a Weyler intensificar los esfuerzos bélicos, dándose de plazo hasta finales de año. Pero durante las vacaciones, en agosto, Cánovas es asesinado por un anarquista. Algunos autores han querido ver en este asesinato la influencia de grupos con intereses cubanos. La muerte de Cánovas, junto con la intensificación de la presión americana, cambia el rumbo de la guerra. Sagasta llega al poder y se adopta una política autonomista. Weyler es sustituido por el

general Blanco y en 1898 se adopta una ley concediendo la autonomía a Cuba, y por extensión, a Puerto Rico. Se establece la igualdad de derechos políticos con los peninsulares y en ambas islas se impone el sufragio universal. Pero las medidas llegaban tarde. Ni los cubanos ni los norteamericanos se sienten satisfechos.

Guerra hispano-norteamericana.

En 1898 Estados Unidos decide intervenir en el conflicto cubano y declara la guerra a España, lo cual afecta a todas las posesiones españolas en el Caribe y el Pacífico. Para esta intervención hay motivos políticos, estratégicos y económicos. Estados Unidos era en este momento un país muy poderoso y muchos grupos de opinión deseaban una política exterior más activa que convirtiese al país en una gran potencia. Los sectores expansionistas, entre los que se encontraban los republicanos, militares, comerciantes, misioneros y sociedades humanitarias, querían empezar a operar en el Caribe y Latinoamérica, y en la zona del Pacífico y Extremo Oriente. Por eso desde que empezó la guerra cubana los americanos se inclinaron a favor de la causa revolucionaria; aunque había muchos hombres de negocios reacios a entrar en la guerra, porque pensaban que sería un freno para el avance económico. Pero de todos modos, aún antes de entrar, la guerra cubana ya influía en el mundo de los negocios americanos, y por eso se pensaba que era preferible intervenir para acortar la guerra. El Congreso se convirtió en el principal defensor de una Cuba libre, ya desde antes de la intervención. En abril de 1896 las cámaras solicitaron a la administración americana que reconociese la beligerancia en la isla, pero el presidente Cleveland se niega a inmiscuirse en una lucha que considera ajena. Cuando llega a la presidencia McKinley tampoco siente especial interés en los asuntos cubanos, y se limita a intentar negociar con España para que modificase su manera de actuar en la isla. Pero en 1897 su postura se radicaliza, porque teme que los sectores más revolucionarios entre los cubanos se hagan con el control y perjudiquen los