Tema 1. La España de fines del siglo XVIII
1. Rasgos fundamentales del Antiguo Régimen.
La demografía todavía es de tipo antiguo: con una natalidad y una mortalidad elevadas, un crecimiento vegetativo pequeño y vulnerable a las crisis externas, como podían ser las malas cosechas, las guerras o las epidemias. La sociedad todavía era estamental, con unas raíces que se hundían en la Edad Media; y una repartición social basada en los honores y privilegios inherentes a un determinado rango. La nobleza y el clero eran los estamentos claramente privilegiados; y todos los demás formaban el llamado pueblo llano o Tercer Estado, y se incluían desde ricos comerciantes hasta vagabundos. El rey estaba en la cima de la pirámide social. La monarquía era la forma de gobierno indiscutible en el Antiguo Régimen; ya se tratase del tipo de monarquía moderada, como la británica, o de la monarquía absoluta, donde el rey lo era por derecho divino. La economía estaba basada sobre todo en la agricultura, pero con un sistema de la propiedad y de explotación que frenaban en buena medida la producción, y creaban graves crisis de subsistencia. La industria todavía era muy limitada, y el comercio también estaba poco desarrollado.
Pero ya a lo largo del siglo XVIII parece que hay aires de cambio en toda Europa, y España no es una excepción. La población ha aumentado, debido a que la mortalidad disminuye y hay mayor número de casamientos, con lo cual aumenta también la natalidad. Pero donde más crece la población es en las ciudades. Por tanto, la agricultura debe producir más, y se hacen reformas para lograrlo, al igual que en la industria y el comercio. Pero lo que más cambia son las ideas que mueven a la sociedad; aunque una cosa son los pensamientos y otra muy distinta los hechos. Incluso durante el reinado de un monarca tan alabado como Carlos III, hay muchos proyectos que no se llegan a materializar. El reformismo ilustrado también estuvo plagado de grandes limitaciones, sobre todo porque la mayoría de los ilustrados todavía creían en el Antiguo Régimen. Se limitaron a poner los cimientos para el cambio, pero no fueron ellos quienes lo llevaron a cabo.
2. Las repercusiones en España de la Revolución Francesa.
Cuando tienen lugar las fiestas de coronación de Carlos IV, hace muy poco tiempo que ha tomado la Bastilla, aunque en España el asunto quede más o menos escondido, pues pocas páginas acerca de eso se filtran en la prensa. Ya Floridablanca se ocupa de establecer una férrea censura sobre el tema, buscando incluso la colaboración de la Inquisición; ya que aunque era un tribunal religioso, actuaba también en algunos asuntos políticos. El lema de Floridablanca es esperar y observar, con la esperanza de que las ideas revolucionarias no lleguen a España. El conde de Floridablanca sufrió un atentado, y se produjeron algunos motines entre campesinos acribillados de impuestos. Se movilizaron tropas en la frontera, para organizar un cordón de seguridad, y junto con la Inquisición y el Gobierno, evitaron que las influencias revolucionarias llegasen a España. Muchos de los ilustrados, como Jovellanos, Cabarrús o Campomanes, que habían trabajado con Floridablanca en tiempos de Carlos III, vieron como iban siendo apartados de los puestos de poder, e incluso se erradicó la parca libertad de expresión que había, pues en 1791 se suspendieron las publicaciones periódicas no oficiales. Los tímidos inicios reformistas se acabaron con el miedo a la revolución. Era el principio del fin de la política ilustrada. Aparece en escena Aranda, que sustituye a Floridablanca cuando éste es depuesto en 1792, para ser más tarde encarcelado, aunque al final se le rehabilita. Aranda se encargaría de suavizar la política oficial hacia la Revolución francesa, aunque estos proyectos pronto tienen que abandonarse, porque al año siguiente se proclama en Francia la República, y empiezan a divulgarse panfletos contra los Borbones españoles. Es en este contexto cuando Carlos IV sorprende a propios y a extraños introduciendo en la escena política a un advenedizo cuya única carta de
presentación es ser el favorito de la reina María Luisa. Godoy sustituye a Aranda como secretario de estado. No estaba en la onda ni de Floridablanca ni de Aranda, era una especie de “tercera vía”, pero de todos modos no fue bien aceptado en ninguna parte. Se podía entender que perteneciera al cortejo de la reina, pero no que formase parte del gobierno. El apoyo incondicional que la corona le prestó en momentos muy difíciles, no ayudó a reafirmar su posición.
Cuando en 1793 el rey español intercede para intentar salvar la vida de su primo, Luís XVI, todavía se empeoran más las relaciones con Francia y su nuevo gobierno, que acaban a finales de ese año declarando la guerra a España, lo cual hace la situación todavía más complicada. España sufre revés tras revés, y aunque Inglaterra es su aliada en contra de Francia en el continente, en las colonias es una rival digna de respeto. Todo ello hace que España firme la paz con Francia en 1795, porque más grave que la amenaza francesa es el avance británico en la América española.
Tampoco en el interior la situación era tranquila, y los reveses en el exterior daban alas a los enemigos de Godoy, al que ya han nombrado duque de Alcudia, y que poco más tarde será conocido con el rimbombante título de Príncipe de la Paz. Podemos hablar, en este orden de descontentos, de los episodios de Picornell, de Malaspina, o del incidente del duque de Tebas. La dura represión que sigue a estos sucesos no ayuda a mejorar la popularidad de Godoy.
La guerra con Inglaterra estalla en 1796 y aún tiene consecuencias más desastrosas que la francesa. Se agrava la situación financiera, y los ministros de Hacienda se suceden en el cargo, sin ser capaces de dar una solución. Los ingresos de América se reducen cada vez más y hay que empezar a buscarlos en la Península. Pero se teme subir los impuestos o crear otros nuevos, porque estas medidas siempre traen motines como consecuencia. De todos modos, en 1798 se ordena una desamortización de algunas propiedades eclesiásticas de escasa importancia. Con las nuevas medidas que se hace necesario tomar, van retornando a la vida pública rostros conocidos, como Jovellanos, Saavedra, Cabarrús o Meléndez Valdés. Durante los dos años que duró el “dorado exilio interior de Godoy”, se produjo un enfrentamiento entre los partidarios de los cambios y los que se mantenían aferrados al pasado. Los cambios en el escenario internacional y sobre todo el ascenso de Napoleón, dejan en segundo plano los conflictos internos.
A finales de 1800, y en parte debido a las críticas de Napoleón, se depone a Urquijo, aunque no le sustituye de manera directa Godoy, sino un primo suyo, Pedro Cevallos. Pero el Príncipe de la Paz se vuelve a convertir en el hombre fuerte del momento, y se aleja de los reformistas, como Jovellanos, Saavedra o el propio Urquijo. En el orden internacional, Godoy se pone a las órdenes de Napoleón, dispuesto a secundar todos sus planes. La victoria sobre el eterno aliado de Gran Bretaña, Portugal, en la breve Guerra de las Naranjas1, y la firma de la Paz de Amiens en 1802 le da una corta tregua a la maltrecha economía española. Pero el imparable ascenso de Napoleón y la complicada situación americana por la injerencia inglesa, determinaron que de nuevo tuviese España que colaborar con Francia. El escándalo de la derrota de la flota franco española en Trafalgar exacerbó en la población el descontento contra Godoy, y en torno al príncipe de Asturias se sitúa un bloque de opositores.
3. El reinado de Carlos IV (El Escorial, Aranjuez, Bayona).
El canónigo Escoíquiz, preceptor del príncipe heredero, le influencia para que aparezca como el símbolo de un cambio de rumbo en la política de Godoy. Como su padre no le permite participar en las tareas de gobierno, se decide a sentar las bases de lo que se llamará el partido fernandino. Se habían hecho realidad los peores temores de Carlos IV cuando decía que entre el rey y su heredero no debería haber diversidad de intereses. En el entorno del príncipe se criticaba no sólo a Godoy, sino a los propios reyes y a la institución monárquica en si, vista tal y como se concebía en el Antiguo Régimen. La crisis de la derrota de Trafalgar, la muerte de la primera mujer del príncipe de Asturias, y a curiosa tendencia de Godoy a virar continuamente de bando político, provocó la llamada a los españoles a que luchasen por su príncipe al lado de Napoleón. Las continuas victorias de Napoleón por toda Europa dejaron bien clara la superioridad de su ejército, lo cual provocó que Godoy le obedeciese ciegamente, aunque el emperador también coqueteaba con Fernando. En el partido del Príncipe hay preocupación cuando a Godoy se le concede el título de Alteza Serenísima, lo cual hace temer que en caso de muerte del rey, Godoy quiera hacerse con el poder por encima de Fernando. Quizá por influencias del gobierno francés, muy interesado en dividir a los españoles, o por investigaciones de Godoy, el 29 de octubre se
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En 1801, Napoleón conmina a Portugal a que rompa su alianza tradicional con Inglaterra y cierre sus puertos a los barcos ingleses. En esta pretensión arrastró a España (gobernada entonces por el ministro Manuel Godoy), mediante la firma del tratado de Madrid de 1801. Según este tratado, España se comprometía a declarar la guerra a Portugal si ésta mantenía su apoyo a los ingleses. Ante la negativa portuguesa a someterse a las pretensiones franco-españolas, se desencadena la Guerra de las Naranjas.
secuestraron los papeles del Príncipe de Asturias, y en El Escorial, donde en aquel momento estaba la corte, se inició un proceso en el que se acusaba al heredero de conspiración, aunque no había pruebas. Al final, el rey perdona a su hijo. Pero el proceso de El Escorial fue denigrante para la corona y solo contribuyó a fortalecer públicamente la figura de Fernando, al tiempo que convenció a Napoleón de que España sería presa fácil por la desunión de sus gobernantes. El emperador ya había firmado con Godoy el Tratado de Fontainebleau2, el 27 de octubre de 1807, mediante el cual se abrían las puertas a la penetración de tropas francesas en España.
La ocupación francesa de Portugal no iba a revestir problemas, más bien estaba contemplada en el tratado que antes hemos citado: De hecho, el embajador británico en Portugal aconsejó la salida de la familia real hacia Brasil; y a los dos meses escasos de firmar el tratado, los franceses ocupaban Lisboa. Pero los soldados de Napoleón seguían cruzando los Pirineos y tomaban posiciones en territorio español, con el pretexto de prevenir una posible acción de los británicos. A los ojos de muchos españoles, Napoleón era el representante de las nuevas ideas que ellos mismos defendían y veían al ejército imperial como una amenaza tan solo para el valido, y un refuerzo a las pretensiones de Fernando. Godoy también está muy preocupado por la rivalidad con el heredero, y aconseja a los reyes que se retiren a Andalucía, y que desde allí embarquen hacia América. Pero la propuesta es recibida con reticencia. Este es el marco en el que suceden los hechos de Aranjuez, entre el 17 y el 19 de marzo de 1808. Estalla un motín popular orquestado por los enemigos de Godoy a causa del anuncio de la partida de la familia real; y al día siguiente, el 18, el rey firma un real decreto en el que toma la decisión de prescindir de su valido y gobernar por sí mismo. Se concede el retiro a Godoy en donde él elija. Aunque se dan vivas al rey al heredero, las aguas todavía corrían turbias. Se descubre al valido escondido, en la mañana del día 19, y de nuevo se desata la violencia. El rey, asustado, abdica en su hijo, temiendo correr la misma suerte que su primo francés. Godoy es encarcelado en el castillo de Villaviciosa y a los antiguos reyes se les recluye en el palacio. Así empieza el primer reinado, breve, de Fernando VII.
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En 1806, tras fracasar su intento de invasión de Gran Bretaña, Napoleón decreta el Bloqueo Continental, que prohibía el comercio de productos británicos en el continente europeo. Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, se niega a acatarlo y Napoleón decide su invasión. Para ello necesita transportar allí sus tropas terrestres. El 27 de octubre de 1807, Manuel Godoy, valido de Carlos IV, representado por su plenipontenciario, el Consejero de Estado y Guerra Eugenio Izquierdo, firma con Gérard Duroc, representante de Napoleón, el Tratado de Fontainebleau, en el que se estipula la invasión militar conjunta franco-española de Portugal, para lo que se permite el paso de tropas francesas por territorio español.
Para esas fechas ya hay en España al menos 700.000 soldados franceses, y en realidad el nuevo rey se mueve en un ambiente de libertad vigilada. El general Murat estaba al frente de las tropas en la Península, y pretendía hacerse con la corona, para su persona, de Fernando VII; quizá porque era cuñado de Napoleón. Los antiguos reyes temen por su seguridad, y así se lo confía María Luisa en una carta a Murat. El rey Carlos, además, firma otro decreto anulando el del 19 de marzo, en donde abdicaba a favor de su hijo. Se abría de nuevo la discusión de la legitimidad en el trono. Pero Napoleón no confía en Murat para resolver este problema, y el 7 de abril llega a Madrid el general Savary para convencer a Fernando de que se reúna con su hijo. Se hace una Junta Suprema de Gobierno, presidida por el infante don Antonio, que se queda en Madrid intentando cubrir el vacío de poder. Pero está ante una situación muy complicada y sin instrucciones de cómo actuar.
Napoleón tiene en su poder a casi todos los miembros de la familia real, así como a Godoy y Escoiquiz, y empieza a presionar a cada uno de ellos por separado. Carlos IV se reafirma en la nulidad de su abdicación argumentando que le fue arrancada mediante la violencia; y cede sus derechos al emperador, a cambio del asilo en Francia y de unas rentas; argumentando que era la única manera de traer la paz a España. El 6 de mayo, sin saber la decisión de su padre, Fernando se somete también a la voluntad imperial; y Napoleón queda convertido en el dueño oficial de España. Pero el vacío de poder que no había podido colmar la Junta de Gobierno, lo suplirá la legitimidad popular, que no cede ante la ocupación francesa.
Tema 2. Guerra y revolución (1808-1814)
El dos de mayo.
Murat presiona a la Junta para que permita salir de España al infante don Francisco de Paula, uno de los hijos de Carlos IV, y esto ocasiona que se reúnan con el gobierno provisional, representantes de otras instituciones del Antiguo Régimen, e incluso se forma una Junta suplente, para el caso de que Murat cumpla sus amenazas de disolver la actual. En esta nueva junta ocupan un lugar privilegiado personajes como Jovellanos, pero también algunos militares. En la mañana del 2 de mayo, al día siguiente de esta reunión, se produce un motín en las calles de Madrid cuando ven salir del palacio a los últimos miembros de la familia real. Intentan que no se vayan, y atacan a un escuadrón francés, que tiene que ser protegido por soldados españoles. Cuando los franceses toman represalias, con resultado de muertos y heridos, la población se levanta en armas en todo Madrid. En definitiva, lo que todos hemos visto reflejado en los famosos cuadros de Goya, Los fusilamientos del 2 de mayo y La carga de los mamelucos.
Lo mismo que ocurre en Madrid se extiende a otras localidades cercanas, y el mismo dos de mayo, el alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón, se presenta como depositario de la soberanía de que la las altas instancias del reino no se han hecho cargo., y publica un bando llamando a la guerra contra los franceses. Las revueltas se van sucediendo en las distintas provincias, quizá también por la complicada situación social y al cansancio de una situación que ya venía durando demasiado tiempo.
Las abdicaciones de Bayona todavía le dejaban el camino mas expedito al emperador, y el 10 de mayo, la Junta de Castilla aceptó a Murat como teniente general del reino, y por tanto, con mando sobre todo el ejército español. Cada vez se veía más cerca el cuñado de Napoleón del trono español. Pero el emperador ya había ordenado a su hermano José que saliese de Nápoles para hacerse cargo de la corona española. Murat recibe las órdenes de preparar la llegada del nuevo rey.
El reformismo de Bayona.
Napoleón tenía de España la misma idea que el francés medio que había leído relatos de viajeros avisados; un país mediocre, atrasado y sumido en la más profunda ignorancia. Por eso pensaba que presentándose como hombre moderno y libertador, el pueblo español caería rendido a sus pies. Se presenta como el “regenerador de la patria” y habla incluso de traer la felicidad a España. Para acabar con el Antiguo Régimen, Napoleón cuenta con la presencia de su hermano, que será rey con el nombre de José I, y con la constitución de Bayona. Pero uno y otra supusieron un rotundo fracaso de los hermanos Bonaparte. Se convocó una reunión de una Asamblea Nacional para lograr el apoyo de los reformistas, pero fracasó. Empieza entonces la división entre afrancesados y patriotas, que supone una división en el grupo de los ilustrados. Personajes como Llorente, Cabarrús o Urquijo decidieron confiar en el emperador, y otros, como Floridablanca o Jovellanos rechazaron al rey extranjero.
En Bayona se aprobó una de las muchas constituciones españolas, aunque nunca logró imponerse plenamente. Se trataba, a decir de algunos estudiosos, un texto a caballo entre dos mundos, que intentaba introducir en España algunos principios liberales, establecía límites a la autoridad del rey y garantizaba ciertas libertades individuales; pero a la vez mantenía una monarquía de corte claramente autoritario. Pero a pesar de todo, este texto, junto con los decretos de Chamartín y otros posteriores que promulgan medidas como la abolición de la Inquisición, trataban temas que eran gratos para los ilustrados. El texto constitucional fue otorgado por José I y se aprobó tras algunas modificaciones. En suma, se trataba de exportar a la Península las ideas ya consolidadas en Francia. El 8 de julio José Bonaparte jura la constitución y recibe a su vez el juramento de fidelidad de la Asamblea, a la par que designa a los miembros de su gobierno, antes de partir para Madrid. El Alzamiento seguía en marcha y la guerra será el telón de fondo de su reinado.
La guerra de la Independencia.
Esta guerra casi siempre se ha presentado como un Levantamiento popular y espontáneo, y con el tiempo se ha ido adornando de muchas maneras. La historiografía reciente se hace muchas preguntas; pero aunque se duda de que fuera totalmente espontáneo, si hay que decir que se trató de un Levantamiento popular. Los fernandinos siempre sostuvieron que se defendía al rey, y la religión, pero hay quien también ve en el Levantamiento alguna tendencia republicana. De hecho, clérigos los había en los dos bandos, aunque el clero secular solía ser de tendencia francesa. La historiografía más al uso ha defendido siempre que se trataba de una guerra de independencia frente al invasor extranjero, pero quizá también hay que ver en ella ansias de reforma frente al Antiguo Régimen. El propio Jovellanos había dicho que él le encontraba al Levantamiento tintes de guerra civil. En su obra España: el desafío de la modernidad, Fusi y Palafox insisten en que esta guerra tiene un carácter variado y en ocasiones contradictorio: se trata de un Levantamiento espontáneo, pero a la vez inducido por los británicos; una guerra nacional y popular, librada en nombre de conceptos como monarquía y religión; pero también una guerra española de independencia del invasor extranjero y una guerra que se ha convertido, a su vez, en un conflicto internacional.
El vacío de poder causado por las abdicaciones de Bayona y el rechazo al nuevo rey de algunos españoles, facilitó un trasvase de poderes y la aparición de las Juntas Supremas provinciales de manera general. El 25 de septiembre esto culminó en la creación de una Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino, que siempre defendieron su legitimidad emanada del pueblo y se presentaron como depositarias de la autoridad soberana. Pero el que se presentasen a si mismas como revolucionarias, quizá entre en lid con el hecho de que estaban compuestas por personas de la alta sociedad y fieles a la causa fernandina. La presidencia de la Junta Central recayó en el conde de Floridablanca, al que es difícil ver como defensor de ideas revolucionarias. La Junta fue poco eficaz y demasiado moderada. Cuando José Bonaparte llega a Madrid en julio no lo hace como rey de toda España; porque su gobierno tiene un pequeño control de la situación, que se basa sobre todo en el ejército. Desde septiembre, la Junta Suprema Central intenta poner orden, pero ya se habían producido importantes acontecimientos. El Levantamiento generalizado había causado una exhibición de fuerza de los franceses, que desplegaron sus tropas por todo el territorio. El contingente que se dirigía a Madrid tuvo problemas en Aragón, Cataluña y Valencia,
y ciudades como Zaragoza o Gerona resistieron heroicamente. En el flanco oeste
los franceses lo tuvieron más fácil, y en la batalla de Medina de Rioseco vencieron a las tropas que venían de Galicia y Castilla. Esto ayudó a Napoleón a reafirmarse en su idea de que conquistaría toda España en poco tiempo. Las tropas del general DuPont cruzan Despeñaperros para asegurar Andalucía, pero sufren una derrota en Bailén frente a Castaños; y el ejército francés, con muchos muertos y heridos, tiene que capitular y entregar las armas. Incluso el rey tiene que abandonar Madrid junto con el gobierno, y refugiarse en Vitoria. Los ejércitos franceses se repliegan hacia el Ebro, y en Portugal se quedan aislados Junot y sus hombres, que habían llegado al inicio de la crisis. Los españoles se sintieron más optimistas con las primeras victorias y hasta se plantearon pasar a la ofensiva. En Portugal un ejército británico al mando del duque de Wellintong, que en aquellos momentos aún no ostentaba tal título, derrota a Junot y entonces es cuando Napoleón anuncia que intervendrá personalmente.
Los británicos mantuvieron estrechas relaciones con las Juntas desde el principio, y se ofrecieron a ayudarles, con un marcado cambio de actitud. Cuando llega Napoleón, al mando de 300.000 hombres, se produce una escalada bélica, que hace que algunos autores hablen de una segunda fase de la guerra, que abarcaría desde fines del verano de 1808 hasta 1812, y en la que los franceses consiguieron el predominio. Las tropas españolas no pudieron frenarles, sobre todo
por problemas de desabastecimiento. La campaña de Sir John Moore en el Noroeste fue importante, aunque la importancia no se mida de igual manera por historiadores británicos que españoles. La Junta Central está replegada en Sevilla desde fines de 1808, y el ejército español se sume en el desconcierto. Pero la amenaza de Moore de cortar por el norte las comunicaciones con Francia, hace que se desvíen muchos efectivos franceses hasta Galicia. Napoleón confía en la victoria, y de hecho en enero de 1909 se va de España. La persecución de los ingleses hasta La Coruña permite que las tropas
españolas se
recuperen con
contraataques en la meseta central, aunque con poco éxito. A las doce del mediodía del 16 de enero de 1809, el poblado de Elviña, en La Coruña, se convertía en escenario de una gran batalla, que enfrentó a 16.000 soldados británicos -capitaneados por sir John Moore- contra los 20.000 hombres de las tropas napoleónicas que dirigía el mariscal Soult. La intención de los británicos era embarcar y huir del asedio francés, pero finalmente tuvieron que entrar en combate en La Coruña, porque los barcos en los que querían escapar no habían llegado. Durante la contienda, cada bando llegó a perder cerca de 900 hombres, entre los que estaba el propio Moore, que fue herido por una bala de cañón, y moriría al día siguiente en un edificio situado en el número 2 del Cantón Grande. Sobre las 17.30 horas de ese día, se daba el alto el fuego al caer la noche, y los británicos comenzaron a embarcar, aunque los galos no se lo pusieron nada fácil y llegaron a hundir hasta quince embarcaciones
inglesas. Tras la marcha de los hombres de Moore, las tropas napoleónicas tomaron la ciudad, donde permanecieron durante seis meses.
En el frente del Este, Zaragoza y Gerona resistían, y con los esfuerzos de las tropas británicas, españolas y portuguesas, se hacía frente a los franceses. A comienzos de 1810 los invasores ocupaban Andalucía, y sólo Cádiz pudo resistir, al mando del duque de Alburquerque. De hecho, la ciudad resistiría hasta agosto de 1812. En esta fase de la guerra fue esencial la guerrilla; puesto que ya a finales de 1808 la Junta Central promulgó un Reglamento de partidas y cuadrillas que intentaba regularizar en lo posible esta ofensiva. La guerra de guerrilla, además de que hostigaba continuamente al enemigo y le debilitaba, tuvo un enorme efecto psicológico, porque alcanza gran apoyo popular y mina la moral de los soldados franceses. Los guerrilleros despiertan en el pueblo una auténtica devoción, más aún cuando eran clérigos, y se justifican todas sus crueldades, aunque el salvajismo existió en los dos bandos. Pero los británicos no aceptaban demasiado bien esta manera de actuar, y el duque de Wellintong se queja constantemente de sus aliados desde la batalla de Talavera, aunque también hay otros ingleses que se admiran de que los españoles resistan en condiciones tan adversas. A los españoles les molestan las críticas británicas a sus dirigentes y empiezan a tener dudas de la verdadera intención de los ingleses para entrar en la guerra. Hasta 1812 los franceses fueron ocupando distintas zonas del territorio peninsular, a pesar de la resistencia. Los españoles y sus aliados permanecían en actitud meramente defensiva, con los británicos replegados en Portugal. Así las cosas, Napoleón decide atacar Portugal con la intención de llevar a Wellintong hacia el mar, pero no es capaz de llevar a cabo sus planes.
La evolución de los acontecimientos en el Este de Europa es decisiva para la guerra de la independencia española; y entramos ahora en la tercera fase de la guerra, que coincide con la retirada de los ejércitos napoleónicos de Rusia; lo cual redujo el contingente de tropas en la Península. Los ataques de Wellintong, del ejército español y de la guerrilla obtuvieron éxitos en la Meseta, y los franceses se repliegan a Levante siguiendo al rey José. Wellintong se convierte en generalísimo de todas las tropas de la Península, incluidas las españolas, y reorganiza sus fuerzas, al tiempo que Napoleón retira a parte de sus soldados y deja a su hermano desprotegido. Cuando llega la primavera de 1813, Wellintong planea una ofensiva y desembarca a sus tropas en Levante, mientras la guerrilla recrudece sus acciones en el norte. Los escasos efectivos de José I se ven empujados hacia Portugal. La batalla definitiva tiene lugar en Vitoria, el 21 de junio de 1813, cuando el ejército francés huye a Francia. En octubre las tropas de Wellintong cruzan el Bidasoa y
llevan la guerra a tierra francesa. El 11 de diciembre el emperador firma en Valençay, donde reside el rey Fernando, el tratado que lleva este nombre, donde se acuerda el cese de las hostilidades. Napoleón reconoce a Fernando como rey de España y le reintegra todos sus territorios. Las tropas de Suchet que quedaban en Cataluña aún protagonizan algún incidente, pero nada de importancia. El 18 de abril de 1814 Fernando el Deseado regresa a España.
El reinado de José I.
La idea que nos han hecho llegar la mayor parte de los historiadores, de un rey borrachín, jugador y pendenciero, dista bastante de la realidad de José Bonaparte. Cuando llegó a España tenía casi cuarenta años; era el hermano mayor de Napoleón; y era culto, experto en Leyes y Comercio, con experiencia de gobierno por su breve reinado en Nápoles, y muy amante de la literatura y de las artes en general. Quiso apoyarse en personajes ilustrados y españoles para su gobierno, pero no consiguió que el pueblo le aceptase. Contaba además con una doble tutela en su reinado: la del mariscal Jourdan y la del embajador Laforet, ambos al servicio de su hermano para vigilarle, porque quieren que se convierta en un alter ego del emperador. Apenas está un mes en Madrid, porque después del fracaso en la batalla de Ríoseco y de Bailén, se refugia, con su gobierno, en Vitoria.
Cuando los españoles tienen que tomar partido al llegar el rey a España, lo hacen en distintas direcciones. Quienes le aceptaron, pasaron a ser conocidos como afrancesados, josefinos o juramentados. Conviene aclarar, antes de seguir, el término afrancesado, porque ni es oportuno ni demasiado correcto, y puede inducir a error. La más amplia acepción del adjetivo se refiere a una persona o institución que recibe influencias de Francia. Y en esa línea, el afrancesamiento es algo permanente en España durante todo el siglo XIX. Pero en este contexto, se suele entender el término para designar a las personas que en la guerra colaboraron con el poder francés, ocupando incluso cargos en el gobierno de José I o que le juraron fidelidad al rey. La historiografía española casi siempre les ha
tachado de traidores que vendieron a su país. Los primeros afrancesados serían los que acudieron a la Junta de Bayona, sancionaron la constitución elaborada por el emperador, y juraron fidelidad a su hermano. Posteriormente los afrancesados aumentaron porque se exigió el juramento de fidelidad a todos los funcionarios de la nueva administración, a los religiosos e incluso a los acreedores del estado; es decir, a todo el que dependía económicamente del nuevo rey y su gobierno. Entre los afrancesados, los había activos, que ocupaban cargos en el gobierno, y pasivos, que lo aceptaban en mayor o menor grado.
Después de las sucesivas derrotas francesas, el emperador en persona viene a España, lo cual no ayuda a facilitar las cosas a su hermano, que se siente desplazado. Los Decretos de Chamartín de 1808 están impregnados de espíritu reformista, pues se abolieron los derechos feudales y la Inquisición. Se actúa sobre las órdenes religiosas limitando sus bienes y quedan abolidas las aduanas interiores. Pero ni con estas reformas atraen totalmente a los ilustrados; y solo sirven estos decretos para que los más tradicionales desaten una campaña de descrédito. Cuando el emperador regresa a Europa a comienzos de 1809, José se instala en el Palacio de Oriente, y así se inicia lo que se ha dado en llamar su segundo reinado. Todas las instituciones que perduraban del Antiguo Régimen están en el orden del día del gobierno reformador de Bonaparte, que desea educar y liberar al pueblo de sus esclavitudes de pensamiento y actitud. Obtener el respaldo de sus súbditos no era el único problema del rey; porque su hermano no quería renunciar al control directo sobre España; y aunque le había dejado como jefe supremo del ejército, José I no lograba imponer su voluntad a mariscales y generales. Poco después, el emperador, con distintos pretextos, desgajó el reino y creó cuatro gobiernos militares: Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya, en las zonas fronterizas con Francia; concediendo a los generales al mando plenos poderes civiles y militares. Este será el problema principal entre los dos hermanos. Aunque la corte intentase dar una apariencia de normalidad, incluso mediante espectáculos y celebraciones, el telón de fondo era una guerra cruenta, en la que el hambre y la escasez se cebaban con los españoles. No puso ser un auténtico rey, ni para sus súbditos ni siquiera para el ejército. Tras un primer exilio temporal en Valencia, en la primavera de 1813 llega la evacuación definitiva al norte, hasta el momento de a firma del tratado de Valençay.
Las cortes de Cádiz. La constitución de 1812.
La constitución de Cádiz fue uno de los logros de los patriotas que se oponían al reinado de Bonaparte. Desde septiembre de 1808 la Junta Central, presidida por Floridablanca, era la depositaria de la autoridad soberana, y se esforzaba en moderar y equilibrara todos. La Junta se traslada a Sevilla, y una vez muerto Floridablanca, que pertenecía al sector más reacio a los cambios, se anuncia la creación de una comisión para la reunión de las cortes. Había dos bandos: el de los viejos ilustrados, y el bando de los jóvenes liberales, que pretendían introducir más reformas. Las discusiones principales eran cómo deberían formarse las cortes y qué temas deberían tratar. Para el modo de formar las cortes, fue importante la opinión de Jovellanos, que tomaba como modelo a los ingleses, sobre todo los textos de Burke. Defendió la convocatoria a la antigua, de unas cortes de estamentos que podrían contener los abusos de la corona y evitar el ejemplo de lo que había ocurrido en Francia. Pero precisamente Francia era el modelo que tomaba el otro grupo para reunir a las cortes. Preferían estos contar sólo con los representantes del tercer estado, mediante procuradores de las ciudades y villas con voto. Ganó la postura de Jovellanos. Para la elaboración del catálogo de temas a tratar en las cortes, había gran disparidad de criterios. Se acordó consultar a las Juntas Provinciales, a los consejos, tribunales, ayuntamientos, obispos y universidades, y sus respuestas se llevaron luego a una Junta de Ordenación, para estudiar los temas y preparar las reformas necesarias. Las instrucciones de Jovellanos en esta materia se llamaron “el testamento de la Ilustración”, auque también dieron su opinión muchos importantes personajes de talante más liberal, como Nicasio Gallego o José María Blanco White. Pero todo esto se hacía en un marco de guerra, y la presión de las tropas francesas aconseja el traslado a Cádiz, lo cual fue visto en algunos sectores como una muestra de cobardía. En enero de 1810 se convocan las Cortes, y se decide hacerlo por estamentos, pero aún se duda si en una cámara o en dos, y la importancia que se dará a cada uno de esos estamentos. Finalmente se decide que será una sola cámara, quizá debido a estar en una ciudad sitiada y a que el consejo de regencia no demostraba demasiado interés por esta reunión de las cortes. Se publica un decreto permitiendo elegir suplentes en representación de los americanos y de las provincias ocupadas por los franceses; y las cortes se reúnen, por fin, en septiembre de 1810. Predominan los diputados pertenecientes a las clases profesionales y una tercera parte son miembros del clero secular, la mayoría con intenciones reformistas, y no demasiado contentos con la intromisión de la Santa Sede en los asuntos de la Iglesia española. La nobleza representaba más o menos el otro tercio; y destacaba la casi ausencia
de campesinos, artesanos y trabajadores manuales. La labor de estas cortes se suele dividir en tres etapas:
1. Desde 1810 a 1812 predominan las reformas moderadas. 2. Una etapa más social se da desde 1812 a 1813
3. Hasta 1814 los diputados se interesan más por los problemas de la economía.
Los diputados declaran que la soberanía reside en la nación y se decreta la división de poderes, reservándose el Legislativo. Se decreta también la libertad de imprenta, la abolición de la tortura y la incorporación a la nación de los señoríos jurisdiccionales. En el artículo 12 se sigue lo que había sido la constitución de Bayona, y se manifiesta que la religión de España será la católica, apostólica y romana, y se prohíbe la practica de ninguna otra. Fue el clero secular, muy representado en estas cortes, el que había luchado contra la religión más tradicional, hasta el punto de que algunos hablaban del jansenismo español, aunque en ningún momento se apartaron de la ortodoxia. El decreto que abolía la Inquisición fue una prueba de marcado talante regalista, y se estipulaba además que los tribunales civiles eran competentes para declarar e imponer a los herejes las penas que señalare la ley. Muchos calificaron al artículo 12 de error.
El absolutismo monárquico no salió tan bien parado como la religión. La nación española se define como reunión de todos los españoles de ambos hemisferios, y depositaria de la soberanía nacional. La forma de gobierno será la de monarquía moderada hereditaria, con separación de poderes: el ejecutivo pertenece al rey, el legislativo lo comparten las cortes y el rey y el judicial residirá en los tribunales establecidos por la ley. Los diputados se elegirán por sufragio universal masculino directo, y para ser diputado hay que tener una determinada renta, procedente de bienes propios. La persona del rey será sagrada e inviolable, y no está sujeta a responsabilidad; y debe comprometerse a defender la religión católica sin permitir ninguna otra religión. Se compromete también el monarca a no enajenar ni desmembrar parte alguna del reino, a no tomar a nadie su propiedad, a guardar y hacer guardar la constitución y a respetar la libertad política de la Nación y la individual de cada súbdito. Se designaba también la regencia en caso de minoría de edad del rey, y el papel de los secretarios de estado y de despacho, así como del consejo de estado, como órgano asesor del monarca.
El poder judicial se aborda en el título quinto; y entre otras cosas, se prohíbe el uso de la tortura; y se obliga a comunicar al reo, en menos de 24 horas, la causa de su prisión y el nombre de su acusador. Se prohíbe confiscar los bienes del reo y se establece un solo fuero, aunque se respeta el militar y eclesiástico. La organización territorial es claramente centralizadora; aunque se trata de racionalizar la economía y la hacienda, por razones prácticas.
La constitución se aprueba el 19 de marzo de 1812, fecha en que se celebraba la subida al trono de Fernando VII; y además se aprueban también otros decretos que marcan la ruptura con el Antiguo Régimen; como la abolición del señorío jurisdiccional, la conversión del territorial en particular. La ley Agraria se inspira en el Informe de Jovellanos; y en la ley de ganadería se suprime la Mesta. La reacción de los absolutistas a la constitución fue ya contundente desde el mismo momento del debate en cortes, y aprovecharon para ello la libertad de prensa. Los temas sobre la iglesia y la Inquisición se radicalizaron y la división en dos bandos: absolutistas y liberales, es ya un hecho consumado. Se dudaba, por otra parte, de la legitimidad de las cortes, debido a que no tenían mandato constitucional. En las elecciones a cortes ordinarias que debía celebrarse el 1 de octubre de 1813, los liberales solo consiguen un tercio de los escaños, debido sobre todo a una dura campaña de prensa absolutista. El ambiente presagiaba una guerra civil.
Tema 3. El reinado de Fernando VII
(1814-1833).Absolutismo versus liberalismo.
La Restauración del Absolutismo.
Había muchas tensiones entre los defensores del Antiguo Régimen, que criticaban la Regencia por liberal y esperaban con ansia la llegada del Rey; y los liberales, que intentaban asegurar la supervivencia de su obra atando corto a Fernando VII, e intentado que respetase la constitución. Entre los liberales se asientan personajes como Francisco Martínez de la Rosa o Canga Argüelles, que habían logrado que se aprobase por mayoría el decreto que negaba la validez de las acciones de un rey cautivo. Se vinculaba el acatamiento de las cortes a él si éste juraba la constitución; hasta ese momento, ni se le consideraría libre ni se le prestaría obediencia. La Regencia, tercera ya que se había constituido, estaba controlada por los liberales y seguiría siendo la titular del poder ejecutivo.
Al decreto de febrero Fernando VII responde con más suavidad que la que en principio se había esperado, afirmando que todo lo hecho en su ausencia y beneficioso para el reino, merecería su aprobación. Debido a la difícil situación de Napoleón, pronto se produce la liberación del monarca; algo que los británicos miran con lupa, por los problemas que les pudiere acarrear. Acabado de llegar a España el rey, ya el embajador inglés habla del carácter “jacobino” que ostentan los liberales españoles, y pronostica su oposición al modelo salido de Cádiz.
Cuando el rey está todavía en Francia, pero ya de camino a España, hace un comunicado que va dirigido a los afrancesados; adelantando que pronto
podrían volver a sus casas, con la protección de su rey, que quería serlo de todos los españoles; dando así una ligera idea de su desprecio por la Regencia y por las cortes, pues pasaba por alto algunos decretos que condenaban a distintas penas a los afrancesados. Apenas pisa tierra española, hay manifestaciones de alegría en cada ciudad por la que pasa; pues no en vano le llamaban “El Deseado”. Pero una cosa era el pueblo llano y otra lo que había detrás. Para los serviles el monarca era la confirmación de que gozaban del respaldo necesario para volver a la situación anterior a Cádiz. Para los liberales era el anuncio de que se alejaba la posibilidad de que el rey aceptase las reformas y se convirtiese en un soberano constitucional. El 24 de marzo de 1814 Fernando VII cruza la frontera en Cataluña, y recibe con frialdad al general Copons, capitán general de Cataluña, que le da la bienvenida en nombre de la Regencia, y le entrega documentación en la que se informa del estado de la nación. Pero comete el primer error cuando en su alocución al general, habla de “vasallos”. Altera el itinerario, y va a Zaragoza en lugar de ir a Valencia, como estaba previsto. La prensa liberal hace enfervorizados llamamientos a la defensa de la constitución. Al final va a Valencia, pero cuando él quiere, dando a entender una cierta rebeldía hacia la Regencia y las cortes. En Valencia, su capitán general le recibe con un discurso de tintes absolutistas, y al llegar a Sevilla, el diputado Mozo de Rosales le entrega un Manifiesto en defensa de la monarquía absoluta, que se conocerá como el “Manifiesto de los persas”. El presidente de la Regencia, cardenal Borbón, acababa de entregar al rey una copia de la constitución, y el embajador británico Wellesley recomienda a su gobierno no intervenir en los acontecimientos que están por llegar.
El Manifiesto de los Persas se llama así por la manera en que comienza:
SEÑOR:
1.- Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor. Para serlo España a V. M. no necesitaba igual ensayo en los seis años de su cautividad, del número de los Españoles que
se complacen al ver restituido a V. M. al trono de sus mayores, son los que firman esta reverente exposición con el carácter de representantes de España; mas como en ausencia de
V. M. se ha mudado el sistema que regía al momento de verificarse aquélla, y nos hallamos al frente de la Nación en un Congreso que decreta lo contrario de lo que sentimos, y de lo
que nuestras Provincias desean, creemos un deber manifestar nuestros votos y circunstancias que los hacen estériles, con la concisión que permita la complicada historia de
seis años de revolución.
Básicamente se trataba de la descalificación de los diputados de las cortes de Cádiz, a los que se acusaba de carecer de representatividad; y un canto a la monarquía absoluta, que consideraban subordinada a la ley divina y a las reglas fundamentales del estado. Se concluía con la solicitud de una convocatoria de las cortes a la manera tradicional, para declarar nula la constitución y las cortes de Cádiz. En realidad lo que pretendía era una reforma, lisa y llanamente, aunque en tiempos recientes se ha visto como el culmen del pensamiento absolutista, y en realidad como un llamamiento al golpe de estado. No se sabe qué respaldo exactamente tuvo este manifiesto, pero de hecho el documento está fechado en abril y el gobierno no lo publicó hasta el mes de julio, lo cual dio pábulo a muchos comentarios y le hizo perder parte de su efecto. El rey, de todos modos, lo recibió con alegría, y fue uno de los elementos que le animaron a dar los siguientes pasos. El ejército también jugó un papel decisivo; aunque las simpatías entre liberales y absolutistas se repartían por provincias. Elio y Erguía, representantes de la vieja generación, encabezaban el sector absolutista, mientras los liberales contaban con el respaldo de Valdés en Cádiz o de Villacampa en Madrid. Cuando Elio pone en manos del rey a sus cinco mil hombres le hace avanzar a lo que algunos han llamado “el primer pronunciamiento”, que permitió al rey dar el paso decisivo para imponer de nuevo el Antiguo Régimen. En Madrid se preparaba la celebración del 2 de mayo y se remata la sede de las cortes, con la leyenda en su fachada “La potestad de hacer leyes reside en las Cortes con el Rey; pero en Valencia el monarca da los últimos toques al decreto del 4 de mayo. Los británicos
se mantenían a la expectativa, a pesar de que el rey había tranquilizado al embajador.
El 5 de mayo el rey sale de Valencia hacia Madrid, acompañado de los infantes don Carlos y don Antonio, y escoltado por las tropas de Elio, y le aclaman muchos contrarios a la constitución. Fernando se niega a recibir a una delegación enviada por las cortes, y Erguía, nombrado capitán general de Castilla la Nueva, se prepara para eliminar cualquier foco de resistencia al monarca en Madrid. De hecho en la noche del 10 de mayo se arresta a conocidos liberales. Las cortes se disuelven y los regentes y muchos diputados son encarcelados para cuando Fernando entra en Madrid.
El decreto del 4 de mayo, que en realidad se publica el día 10, deja claras las nuevas reglas del juego, pues reproduce la mayor parte de las críticas del Manifiesto de los Persas y de forma bastante tajante el rey declara que la constitución y decretos no tienen valor alguno, pues las cortes se han convocado de una manera inusual en España. En el decreto se presenta Fernando como el defensor de su pueblo, a quien ha salvado de la perniciosa influencia del valido del reinado anterior, es decir, Godoy; y ha intentado preservar al país de la perfidia del emperador. Fernando se compromete a convocar de nuevo a las cortes, pero preservando toda su real dignidad y sus derechos, de carácter divino. Promete incluso la presencia de diputados americanos. Dice que se respetará, dentro de unos límites, la libertad de imprenta, y hace saber que todo el mundo deberá respetar la religión. En los meses siguientes liquida cargos e instituciones constitucionales, y restablece todos los organismos de antes de la guerra de la Independencia, como por ejemplo el régimen de Consejos, con la única variación de que la preponderancia de que antes gozaba el Consejo de Castilla, es ahora del Consejo de Estado. Los miembros de los gabinetes serán personas de la absoluta confianza del rey, y se devuelve a cada secretaría las atribuciones de antes de 1808. Vuelve a funcionar la Junta Suprema de estado, y se restablecen los ayuntamientos, corregidores y alcaldes de antaño, así como las Audiencias y
Chancillerías. La cabeza de todo este entramado era el propio rey, que tomaba sus decisiones ayudado por personas de su total confianza, como Juan de Escoiquiz, que había sido su preceptor. Las decisiones en materia social, económica y religiosa no pasan de ser una vuelta al pasado, restableciendo una situación privilegiada a todos los que se habían visto afectado por la Regencia. Se restablece también el Santo Oficio, que juega un gran papel en el control ideológico. Se devuelven al clero los conventos y propiedades vendidos por el anterior régimen y los jesuitas regresan. Se suprime la contribución directa y vuelven los gremios; y se reintegra a los señores jurisdiccionales la percepción de las rentas y frutos de su señorío. Pero el país tiene problemas muy graves, y estas no son las mejores medidas para atajarlos.
Situación internacional. El Congreso de Viena.
El regreso a España de Fernando VII y la primera parte de su reinado, coinciden con la crisis del imperio napoléonico y el diseño de un nuevo sistema en Europa de equilibrio de poderes, para impedir que volviese a estallar
una crisis como la que se acababa de superar. El canciller austríaco Metternich y el ministro de AA EE británico, Castlereagh, hicieron la mayor parte del trabajo para firmar la paz, primero, y luego para restablecer el sistema de congresos. España desciende a una posición secundaria en el marco internacional; y a pesar de haber sido una de los artífices de la derrota de Napoleón en el continente, queda fuera de la gran Alianza, formada por Inglaterra, Austria, Prusia y Rusia, que había acabado con Napoleón. España, junto con Portugal y Suecia, fue admitida en el Comité de los Ocho, por las cuatro grandes potencias. Francia, gracias a la habilidad de Talleyrand, tuvo un papel importante que al principio le fue negado. El plenipotenciario español, Pedro Gómez Labrador, no fue demasiado hábil, además de que desde Madrid se le enviaban instrucciones erráticas la mayor parte de las veces. A España no se la escuchó en su petición de que se le devolviera Lousiana, en poder de Estados Unidos desde 1803. En cuanto al comercio de esclavos, tuvo que avenirse a la redacción de una declaración que condenaba su tráfico, y las conversaciones quedaron aplazadas. El único triunfo, y relativo, fue la indemnización obtenida con la firma del Segundo Tratado de Paris, el 20 de noviembre de 1815. El 26 de septiembre del mismo año, a instancias del zar Alejandro I, los soberanos de Austria y Prusia firmaron el Pacto de la Santa Alianza, donde se invocaban los principios cristianos de justicia, caridad y paz, y la voluntad de estos estados de ayudarse y socorrerse mutuamente. Finalmente fue respaldado por todos los soberanos europeos, excepto tres: el Papa, el sultán de Turquía y e regente británico, aunque envió una carta privada al zar expresando su simpatía con el tratado. La importancia real de este tratado no es demasiada, y Metternich lo califica de “nadería ruidosa”, porque muchos estados se adhirieron por mera cortesía. El 20 de noviembre de 1815 se firma la Cuádruple Alianza entre Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia, donde se comprometen a mantener los acuerdos de Chaumont, Paris y Viena, si es necesario con las armas, durante los siguientes veinte años, y celebrar reuniones diplomáticas cada cierto tiempo para discutir
asuntos comunes. Este sistema de congresos buscaba proporcionar a Europa un mecanismo para fomentar la paz y el equilibrio, del cual España no formaba parte.
La política interior.
Después de la guerra la economía peninsular estaba en situación desesperada, y ni el rey ni sus ministros estaban demasiado avezados en la materia ni para solucionar los problemas menos importantes. La ganadería, la agricultura y la industria se encontraban afectadas por las destrucciones, saqueos, expropiaciones e impuestos exagerados. Y el comercio estaba convulsionado a causa de la situación colonial. Había una inmensa deuda pública, y con el decreto del 4 de mayo se echa por tierra cualquier intento de cambio. Dice Fontana que, descartada la política de las modificaciones, había que probar reformas administrativas que aportasen, al menos, soluciones parciales. En los primeros nueve meses de gobierno, se suceden tres ministros de Hacienda, pero ninguno de ellos es capaz de dar solución a los graves problemas. En un informe se reconoce que la Real Hacienda está sumida en el caos y el desorden, y que los remedios paliativos que se emplean no serán más que un alivio momentáneo, que solo dilatará un poco la ruina del estado. Salen a la luz soluciones más complejas, pero que van siendo desestimadas, bien porque requieren convocatoria extraordinaria de las cortes o porque solo serían viables subiendo los impuestos. Hasta el rey toma cartas en el asunto y junto con su cuarto ministro, González Vallejo, diseña un plan que significa la vuelta a la situación anterior a la reforma centralizadora de 1799, pero antes de fin de año se abandona este descabellado plan. Los gastos siguen aumentando y los metales preciosos americanos ya no fluyen como antes. En 1816 se designa una Junta para estudiar seriamente el estado del país, y otra Junta, llamada de Economía, debía establecer un presupuesto para cada ministerio. A finales de año las dos Juntas se fusionan, pero no llegan a nada positivo. Cuando se hace cargo de la cartera de Hacienda Martín de Garay, parte de los estudios de las anteriores Juntas para realizar la llamada Memoria Garay, donde plantea como
novedad sustituir las rentas provinciales por una contribución directa y universal sobre la riqueza. Fontana se encarga en sus estudios de desmitificar a este personaje, al que quizá se le ha dado demasiada importancia, cuando sus aportaciones ni son tan novedosas ni tienen tanto éxito. La contribución directa de Garay no fue bien recibida por la población; y empiezan a darse cuenta de que la única salida era ampliar la base tributaria, como se había pensado en Cádiz, lo cual significaría variar la estructura del intocable Antiguo Régimen. Este problema queda sin solucionar y lo heredan los liberales.
La oposición liberal: los pronunciamientos, el ejército y la masonería.
La mayoría de los afrancesados eran conscientes del odio que despertaban en la población y se habían ido tras las tropas de José Bonaparte, aunque las primeras declaraciones de Fernando VII les hacen pensar en una posible amnistía. Pero era una mera engañifa y el posterior comportamiento del rey hace que entiendan la realidad. Mediante un decreto de 30 de mayo de 1814 destierra a todos aquellos que han ocupado cargos en el gobierno de José I; y esta medida para castigar a “Los Malos” obliga a mucha gente al exilio, con sus bienes confiscados en la Península y viviendo a expensas del presupuesto francés, aunque en Francia cada día están menos por la labor de hacerse cargo de ellos. Para los liberales reservaría el rey la peor parte de su castigo, y los absolutistas, por su parte, claman a su rey venganza. Los que no tienen tiempo de huir son detenidos y juzgados según procesos que se pueden tachar de inquisitoriales. No se formulan las acusaciones en el momento del arresto y se les recluye durante meses sin tomarles siquiera declaración. Ante la lentitud y desesperación del rey, Arias de Prada, presidente de la Sala de alcaldes de Casa y Corte, le aconseja que separe lo judicial de lo político; y en adelante será el propio rey quien pronuncie las sentencias definitivas, condenando a los procesados al margen de cualquier procedimiento legal, regular o extraordinario. Se condena a muerte a Álvaro Florez Estrada y al conde de Torezno, ambos en Inglaterra.
En el exterior no se ve con buenos ojos la manera de conducirse de Fernando VII, sobre todo por parte de Inglaterra, y las protestas surgen ante el embajador español en Londres. Fernando no deseaba problemas con los ingleses, sobre todo porque ya eran bastantes los que les enfrentaban a causa del comercio americano. En realidad los británicos ejercen una suave presión sobre el rey para que haga reformas, pero sin hacer peligrar la diplomacia entre los dos países. Las otras potencias europeas muestran bastante desinterés hacia los excesos de Fernando VII e incluso hay un acercamiento con la Santa Alianza. Por tanto, los liberales no podían esperar demasiado apoyo del exterior, porque había ya demasiados problemas importantes sin añadir la situación española.
El descontento pronto siguió a las manifestaciones de alegría de aquel a quien habían llamado El Deseado. Se necesitaba con urgencia una reforma agraria, pero no se hizo; simplemente se reinstauró el régimen señorial y se restableció el Concejo de la Mesta, lo cual provocó numerosos incidentes entre señores y campesinos. Pero fue en las ciudades donde mayor oposición encontró el rey, por la mala situación económica de la burguesía industrial y comercial, agravada por la situación en las colonias.
Una parte de los descontentos, como Juan Martínez Díaz, que luego recibiría el nombre de El Empecinado, o Florez Estrada, enviaron a Fernando VII peticiones de moderación en el aparato represivo; y más adelante el descontento más profundo se canalizó a través del Ejército. A lo largo del siglo XVIII se había remarcado su carácter estamental, y los puestos de oficiales se reservaban a los miembros de la pequeña nobleza, estando los altos grados ocupados por
personas afines al rey. Para ser oficial de artillería era necesario ser hidalgo. Cuando se crean las Academias se espera una profesionalización, que en efecto tiene lugar en cuanto a técnica, pero los puestos no son ocupados por hijos de campesinos o burgueses, como era de esperar. Por lo cual el Ejército siguió siendo un mundo aparte y cerrado al resto de la sociedad, incluso con jurisdicción propia. Pero entre los propios militares había muchas diferencias, atendiendo a su grado. Esta situación cambia notablemente con la guerra de la Independencia, y termina el Ejército dependiendo de la autoridad de las Juntas, y alterándose su composición en una guerra de tipo patriótica y revolucionaria. Las Juntas reclutan hombres de todos los estamentos sociales, y algunos ocupan incluso puestos de mando. Los generales más tradicionales tienen problemas para adaptarse al cambio. La constitución de 1812 y algunos reglamentos profundizaron en la transformación del Ejército, y se establece el servicio militar obligatorio. Se establecen las Milicias Nacionales y se restringe el poder de los altos mandos en provincias. Hay cada vez mayores enfrentamientos entre los viejos y los nuevos militares, sobre todo con el nacimiento de la guerrilla, a la que incluso se intenta regularizar. Muchos civiles adquieren, de esta manera, grados militares en pago a éxitos frente a los franceses. La restauración absolutista acabó con todos estos cambios, y hubo muchos descontentos entre aquellos que resultaron perjudicados, además de que se redujeron los sueldos y hubo muchas discriminaciones en ascensos y destinos, siendo ninguneados los simpatizantes liberales. De esta época son los primeros pronunciamientos, según la definición de Comellas, una forma de golpe militar contra el poder para introducir reformas políticas. Las primeras conspiraciones adolecían de falta de preparación y fueron fácilmente controladas. Un ejemplo es el levantamiento del general Espoz y Mina en Navarra, el 25 de septiembre de 1814, que estaba condenado al fracaso por su carácter aislado y desorganizado. El general fue rechazado incluso por los mismos soldados a los que había reclutado, y tuvo que huir a Francia. En los meses siguientes hubo rumores de malestar y se produjo un segundo intento, algo más preparado, pero que
también fracasó. Porlier se pronunció en Galicia, donde estaba confinado en el castillo de San Antón, en La Coruña, por sus simpatías liberales.
"Nuestro objeto y el de toda España no es otro que una Monarquía sometida a leyes justas y prudentes, y de tal manera constituida, que garantice igualmente las prerrogativas del Trono y
los derechos de la Nación. Pedimos la convocación de Cortes nombradas por el pueblo, y que puedan hacer en la Constitución, proclamada por las Cortes extraordinarias, los cambios que
exige nuestra situación, que demanda la experiencia, y que nos indican las leyes constitucionales de las Monarquías limitadas de Europa. Ellas restablecerán el orden en nuestra
Hacienda, cuidarán de la suerte de los militares, recompensarán sus servicios, asegurarán su existencia en los días de vejez y harán en el exterior estimar y respetar a la Nación." "La nobleza, renunciando a una pequeña parte de sus privilegios, encontrará la indemnización
de este sacrificio en las nuevas disposiciones constitucionales, que le darán una existencia política. Todas las clases de la sociedad verán mejorar su situación; los párrocos, cuya influencia puede ser tan útil, disfrutarán una asignación más elevada; el agricultor, el artesano, el comerciante, el industrial gozarán de nuevo de las ventajas que habían comenzado a reportar
de las reformas hechas en su favor por las Cortes, y merced a una celosa administración de los caudales públicos, los acreedores del Estado podrán esperar verse indemnizados de los adelantos que han hecho y de las pérdidas que han sufrido, ya por sus sacrificios patrióticos, ya
por su confianza en las promesas del gobierno."
Fracasó al no conseguir que se extendiese el Levantamiento, y abandonado por todos, pagó el error con su propia vida. Entre 1816 y 1819 surgieron otras intentonas que han sido agrupadas por algunos historiadores bajo el apelativo de las conspiraciones masónicas, pues era la masonería quien proporcionaba las bases. Generalmente se suele aceptar 1717 como el año en que nace la masonería moderna con la fundación de la Gran Logia de Inglaterra. Se convierte en una institución universalista y con finalidad ética, que defiende la solidaridad, la tolerancia y la igualdad, aunque levanta muchos recelos. En 1729 se crea la primera Logia en Madrid, y generalmente los fundadores de las logias españolas suelen ser británicos residentes en territorio español. La Inquisición condenaba la masonería y ya Fernando VI promulga un Edicto en su contra, aludiendo a su carácter secreto; aunque se siguió desarrollando. Con la guerra de la Independencia y los contactos con los afrancesados, el movimiento masón adquier mayor importancia; y de hecho Napoleón la había apoyado. Casi todos los regimientos franceses contaban con una Logia. Debido quizá a esta influencia francesa, las cortes de Cádiz prohíben la masonería. Con la llegada del rey y la represión absolutista, en la cárcel hay un importante acercamiento entre los
masones y los liberales, y las logias masónicas eran el lugar perfecto para elaborar las conspiraciones liberales. Destaca la conspiración del Triangulo y el Pronunciamiento de Lacy.
En febrero de 1816 se descubre una conjura para asesinar al rey, o por lo menos secuestrarle; aunque hay autores que dicen que lo que se pretendía era proclamar una república liberal. Pero no se sabe a ciencia cierta por el secretismo absoluto, que hacía que en cada triángulo, el vértice recibía información de una cabeza y la transmitía a sus dos ángulos, que a su vez se convertían en vértices. La denuncia de dos cabos granaderos, llevó a la detención de su vértice, Vicente Richart, y pocos más fueron los encarcelados. Quizá entre los detenidos de mayor renombre se hallase Juan Antonio Yandiola, con un alto cargo en el Ministerio de Hacienda, aunque fue puesto en libertad poco después. Vicente Richart y Baltasar Gutierrez fueron condenados a muerte, y ejecutados en la Plaza de la Cebada de Madrid, siendo la cabeza de Richart clavada en una pica y expuesta en el lugar donde al parecer pensaba atentar contra el rey.
Al año siguiente en Cataluña de nuevo se intenta restaurar la constitución, esta vez mediante un pronunciamiento. Sus principales implicados eran masones; Lacy en Barcelona y Milans del Bosch en Gerona. Sobre todo Luís de Lacy tenía gran apoyo popular, porque había destacado en las guerrillas contra Napoleón. Pero la improvisación y mala preparación, hizo que el pronunciamiento fracasase, y aunque Milán del Bosch pudo huir a Francia, Lacy fue apresado y ejecutado. Todavía hubo entre 1817 y 1819 nuevas conspiraciones en ciudades del sur y en Levante, con distintos resultados. Juan Van Halen logró huir a Londres, mientras otros conspiradores de Valencia fueron ejecutados.
El trienio constitucional, (1820-1823)
El pronunciamiento de Riego triunfó, pero tampoco fue un modelo a seguir. Sabemos de él sobre todo por las Memorias de Antonio Alcalá Galiano, quien cuenta que empezó en Cádiz, entre miembros de las más importantes familias de comerciantes de la ciudad, y militares de distinta graduación. Quizá la diferencia entre éste y otros pronunciamientos se debiese sobre todo a la concentración en la ciudad de tropas a punto de ser enviadas a las colonias y a la importancia que el movimiento tuvo fuera de las bases del Ejército. El 8 de julio de 1819 el general Enrique O´Donell, conde de Labisbal, detenía en el Palmar del Puerto a varios oficiales acusados de conspirar contra el rey; aunque se sabe que también el propio conde había formado parte de la conspiración. Quince fueron los encarcelados, pero todavía quedaron libres los suficientes para seguir adelante. Las tropas asentadas en Cádiz se componían en su mayor parte de veteranos de la guerra de la independencia que no querían irse a las colonias; y a sus ya complicadas condiciones de vida, se suma una epidemia de fiebre amarilla, que les hace insubordinarse. A estas tropas se dirige Rafael de Riego el 1 de enero de 1820, con la idea de establecer en España un “gobierno justo y benéfico”. Azuza el descontento de la tropa, hablando de los buques en mal estado o de los víveres corrompidos para el largo viaje a las Américas. Hace mención a un gobierno