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Padre, perdónalos.

Cómo lo hizo, no me lo puedo imaginar. Hubiera sido algo totalmente inesperado y antinatural en cualquier otro, pero Jesús, la víctima en este doloroso drama, resultó ser el vencedor.

“Padre, perdónalos”. Estas dos simples palabras resumieron poderosamente la razón de su vida en la tierra. El puente de Dios al hombre fue pavimentado con su sangre y construido sobre el fundamento del perdón. Su nacimiento en Belén, su infancia en Nazaret, su bautismo en el Jordán, sus milagros y enseñanzas, y la última cena con sus discípulos fueron todas ellas escenas que culminaron en este momento.

Todas estaban edificadas de forma constante e incesante hasta llegar a este clímax. “Padre, perdónalos”.

La oración de Jesús fue respondida poderosamente. Docenas de los que se reunieron alrededor de Jesús cuando dijo estas palabras encontraron en ellas perdón. Uno de los ladrones crucificados con Jesús fue perdonado con la promesa de un hogar en el paraíso con Él. El centurión romano que supervisaba la crucifixión encontró perdón al confesar a Jesús como el Hijo de Dios. Pedro fue perdonado por su negación, como lo fueron los otros discípulos por su abandono. Después, la deuda de culpa que tenían los sacerdotes por procurar, o algunos al menos por consentir, la muerte de Jesús fue cancelada para los que creyeron. Muchos miembros de esa multitud asesina que gritaron que le crucificasen sin duda que encontraron perdón en el día de Pentecostés o poco después.

Aparte de la gente que estaba en Jerusalén durante la oración de Jesús, otros muchos serían también perdonados. Tres mil de todo el mundo encontraron perdón el día de Pentecostés. Después, el mensaje de perdón se llevó a las ciudades del mundo conocido en el primer siglo.

La oración de perdón de Jesús ha seguido resonando a lo largo de los siglos, a medida que cada tribu, lengua y nación ha experimentado el gozo limpiador de saber que los pecados han sido emblanquecidos como la nieve y echados a las profundidades del mar. Dios ha estado respondiendo la oración de Jesús desde que se pronunció hace dos mil años.

pecados fueron parte de lo que le clavó a la cruz. Cuando Él dijo: “Padre, perdónalos”, me incluyó a mí, y le incluyó a usted también.

Cuando Jesús oró: “Padre, perdónalos”, nos liberó de la prisión de nuestro pecado. Cuando nosotros oramos:

“Padre, perdónalos”, nos liberamos de la prisión de la amargura. Jesús describió esta prisión en una historia que contó, que era algo así como esta. Hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, había un hombre que le debía al rey una deuda muy grande, de miles de millones de dólares. Pero el rey, que era muy compasivo, le perdonó toda la deuda.

En lugar de celebrar su increíblemente buena fortuna, el hombre que había sido perdonado inmediatamente fue por un pobre hombre que le debía a él sólo unos miles de dólares. El pobre hombre no podía pagarle, así que el hombre perdonado hizo que le encerraran en la prisión de los deudores. Cuando el rey se enteró de lo acontecido, se enojó tanto que restauró la deuda del hombre al que se la había perdonado y lo arrojó en la cárcel para ser torturado.

Esta historia nos recuerda que Dios nos ha perdonado una deuda gigante causada por nuestro pecado. Tal perdón debería movernos a perdonar a otros las deudas mucho más pequeñas que nos deben por ofensas que podrían haber causado. Y nos dice que no perdonar nos hace más daño a nosotros que a la otra persona. Nos encierra en la prisión de la tortura y en la prisión de la amargura.

Aunque esta prisión no tiene barrotes visibles, ni cadenas, ni cámaras de tortura, no por ello es menos real. Cuando albergo amargura en mi corazón hacia otro, involuntariamente me he convertido en su prisionero. Sólo con mencionar su nombre, mi cabeza se llena de pensamientos poderosos y feos. Verle eleva mi frecuencia cardiaca y mi presión arterial. Oír su voz hace que me estremezca y me encoja. Incluso cuando ellos no están cerca, no puedo sacarlos de mi mente. Soy su prisionero, y mi amargura hacia ellos me tortura.

Sólo hay una manera de salir de la horrible prisión de las heridas albergadas. Hay sólo una llave que abre el cerrojo de libertad de la cárcel del resentimiento. Es la oración que Jesús hizo hace dos mil años: “Padre, perdónalos”.

Mientras vivamos en la tierra, la gente nos herirá y ofenderá, pero debemos aprender a liberarlos y a liberarnos a nosotros mismos en el proceso.

La falta de perdón es devastadoramente poderosa. Produce el doloroso fruto de resentimiento, amargura, ira, odio, pelea y celos. Cuando tenemos heridas sin resolver, vemos que respondemos con insultos, ataques, relaciones rotas, traición y distanciamiento de Dios. La falta de perdón resquebraja familias, divide matrimonios, iglesias y envenena las relaciones.

Estudios recientes han encontrado una maravillosa sanidad física y poder en aprender a perdonar y un gran peligro en no hacerlo. “Ir arrastrando una carga de amargura y enojo por lo injustamente que le han tratado es muy tóxico”, dice Fred Luskin, PhD., director del Proyecto Perdón de la Universidad de Stanford. Sus investigaciones demuestran que soltar un conflicto puede reducir el nivel de estrés hasta un cincuenta por ciento. Voluntarios en el estudio mostraron mejoras de energía, humor, calidad del sueño y más vitalidad física en general. Otro estudio ha revelado que soltar los conflictos puede reducir el dolor crónico de espalda. Y otro experimento demostró que perdonar limitó las recaídas entre mujeres que están lidiando con el abuso de sustancias.1

Físicamente, la ira y el resentimiento producen un caudal constante de hormonas del estrés, que después se convierten en toxinas. Según Bruce McEwen, Ph.D., director del laboratorio neurológico de la universidad Rockefeller en la ciudad de Nueva York, estas desgastan el cerebro, llevando a la atrofia de la célula y la pérdida de memoria. El estrés también eleva el azúcar en la sangre, endurece las arterias y deriva en enfermedades del corazón. Sin embargo, el perdón detiene el flujo de estas hormonas. En un estudio aparte realizado sobre treinta y seis hombres que padecían enfermedades coronarias del corazón y un historial de experiencias dolorosas, a la mitad de ellos se les dio un entrenamiento para perdonar y a la otra mitad no. Los que perdonaron, mostraron un mayor flujo de sangre a su corazón.2 El perdón no sólo es beneficioso para nuestro bienestar físico y emocional, sino que es también tremendamente poderoso espiritualmente. John Bevere cuenta la historia de un hombre de mediana edad muy fornido que estaba en una iglesia en Naples, Florida, contando esta historia.

“Toda mi vida sentí que había un muro entre Dios y yo. Asistía a reuniones donde los demás sentían la presencia de Dios, mientras

yo observaba como desde fuera, como adormecido. Aun cuando oraba, no encontraba liberación ni sentía la presencia de Dios”. El hombre siguió relatando que entendió que su problema era una falta de perdón. Siguió diciendo: “Odiaba a mi madre porque ella me abandonó cuando yo era un bebé de seis meses. Entonces comprendí que debía ir a su encuentro y perdonarla. La llamé y hablé con ella por segunda vez en mis treinta y seis años de vida. Llorando, le dije: ‘Mamá, he estado negándote el perdón durante toda mi vida por haberme entregado a otra persona’. Ella también comenzó a llorar y me dijo: ‘Hijo, hace treinta y seis años que me odio a mí misma por haberte abandonado’“.

El hombre continuó: “La perdoné, y ella se perdonó a sí misma; ahora estamos reconciliados. Ahora el muro que me separaba de Dios ha desaparecido”.

En ese momento, el hombre comenzó a llorar con tanta fuerza que apenas si logró decir las últimas palabras: “Ahora lloro en la presencia del Señor como si fuera un bebé”.3

De modo personal

Es muy probable que haya alguien que de forma inadvertida le haya hecho prisionero porque usted no ha perdonado sus ofensas. La vida es demasiado corta como para ponerle los grilletes y la bola de un corazón rencoroso. Nuestra respuesta ante una ofensa determina nuestro futuro. Hay demasiadas oportunidades maravillosas esperándonos cuando tomamos la vía de escape de la cárcel del resentimiento.

Imagine a los que tiene que perdonar y sus ofensas claramente en su mente. Tome la misma decisión que Jesús. Decida perdonar haciendo una de las oraciones más poderosas del mundo: “Padre, perdónalos”.

N

OTAS

1 Lisa Collier Cool, “The Power of Forgiving”, Reader’s Digest, Mayo

2004, p. 54.

2 Ibid., p. 54.

3 Adaptado de La trampa de Satanás por John Bevere, p. 9. Usado con

permiso de Charisma House. Copyright 2004 por Strang Communications Co., USA. Todos los derechos reservados.