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EL PAPEL CENTRAL DE LA TEORÍA

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Si x es un objeto, entonces

W, y W2 son valores de la función qüe representa el peso de un cuer­ po, relativamente a un sistema de referencia en reposo respecto del

V. FILOSOFÍA DE LA PSICOLOGÍA

3. EL PAPEL CENTRAL DE LA TEORÍA

En la Edad Media solía bastar, sea la especulación incontrolada, sea la observación desnuda: entonces se hubiera tenido derecho a ser, sea men­ talista, sea conductista. La ciencia moderna se caracteriza en cambio por una peculiar síntesis de razón y experiencia: por teorías sensibles al expe­

rimento, y experimentos guiados por teorías. Puesto que todos creen sa­ ber lo que es un experimento, no nos ocuparemos de él aquí. En cambio, el conocimiento de lo que es una teoría y de cuáles son sus funciones no está muy difundido entre los psicólogos, por lo cual vale la pena hacer un breve alto en este punto.

Los psicoanalistas llaman ‘teoría’ a cualquier fantasía, al par que los conductistas clásicos rechazaban toda teoría y los neoconductistas quisie­ ran limitar las teorías psicológicas a las del tipo de caja negra, o a lo sumo gris, sin ensuciarse las manos con variables fisiológicas. Hay muy pocas teorías profundas y estrictamente monistas que expliquen hechos neuro- psíquicos en términos fisiológicos.

Las teorías psicológicas del tipo de caja negra son las que relacionan estímulos con respuestas, en particular las que consideran el sistema ner­ vioso como un mero elaborador de informaciones (Information processing devisé). Estas teorías, particularmente numerosas en los campos de la per­ cepción y del aprendizaje, dan pábulo al mito del hombre-máquina, tan revolucionario en el siglo xvrn como reaccionario en el nuestro. Aunque parezca extraño, este mecanicismo no es justificado por la mecánica teó­ rica ni por la teoría de las máquinas, si no más bien por la física aristotélica, según la cual el estímulo o insumo determina la respuesta, cualquiera que sea la organización interna del sistema, ya que supone que las cosas care­ cen de actividad intrínseca y por tanto de espontaneidad. Ésta no es la con­ cepción de la mecánica moderna, que reconoce estados internos (p. ej., de elasticidad) así como la inercia (o tendencia al automovimiento) de todo cuerpo. Tampoco es la concepción de la teoría de los autómatas, según la cual la respuesta es función del estímulo juntamente con el estado interno.

La psicología robótica se basa sobre una concepción equivocada de los robots. La teoría de las máquinas contiene teoremas por los cuales la es­ tructura de una máquina determina su conducta pero la recíproca es falsa: una misma conducta puede ser realizada por máquinas estructuralmente distintas, del mismo modo que personas muy diferentes pueden efectuar las mismas operaciones defensivas, aritméticas, etc. A la luz de este resultado se comprende que Turing -e l iniciador de la teoría de los autómatas- se equivocara al proponer la observación de la conducta como criterio para distinguir un robot de un ser humano. Si no contaran los mecanismos in­ ternos, entonces indudablemente lo único que podríamos hacer es comparar salidas o conductas. Pero los mecanismos internos sí cuentan en la teoría de las máquinas.

(No es necesario recurrir a teoríampara comprender que no es lo mis­ mo* un reloj a resorte que un reloj a batería, si bien los cuadrantes de am­

bos pueden ser iguales. Si estamos en duda acerca de la naturaleza de un sistema que se comporta humanamente, podemos hacer una de dos cosas: la primera es hacerle un agujero para ver qué tiene adentro; la segunda es plantearle problemas que pongan enjuego, sea su inteligencia creadora -su capacidad para desempeñarse fuera de programa- sea sus sentimientos o, mejor aún, ambos a la vez. Bastará proponerle un problema moral. Un ser que entienda un problema moral y lo resuelva sin recurrir meramente a su almacén de convenciones sociales no puede haber sido íntegramente pro­ gramado.)

Las teorías psicológicas que expliquen la conducta en lugar de limitar­ se a describirla y predecirla se parecerán a las teorías físicas y químicas que explican las propiedades molares, tales como la forma, el color y el brillo de un cuerpo en función de propiedades inaccesibles a los sentidos, tales como el peso atómico, la valencia, etc. Presumiblemente dichas teorías contendrán variables de diversos tipos:

Variables físicas <p ,•; v. gr., la intensidad de la luz;

Variables químicas Xj, tales como la concentración de serotonina; Variables microfisiológicas p*, tales como la conectividad sináptica; Variables macrofisiológicas Mm, tales como la acuidad visual o las ve­ locidades de reacción;

Variables conductuales Kn, tales como la postura;

Variables psicológicas \|fp, tales como el grado de atención, la retenti­ va o la originalidad.

Y estas variables se enlazarán en hipótesis típicamente psicológicas, de la forma

Vp =

í

(^Pí>

Mmt K

n)

Las hipótesis de este tipo serán las piedras angulares de nuevas teorías psicológicas, en las que el organismo se concebirá como un sistema com­ puesto de componentes a diversos niveles y en interacción con su medio. Cuando se propongan y confirmen numerosas teorías de este tipo, la psi­ cología pasará definitivamente del estado subdesarrollado en que se encuen­ tra actualmente a una etapa de desarrollo acelerado.

No se diga que para alcanzar esta nueva etapa habrá que acumular más datos. Hace millones de años que venimos observándonos, y hace un siglo o más que venimos haciendo observaciones neuroanatómicas y néuro- fisiológicas. Lo que hace falta no son más datos -aunque éstos siempre serán bienvenidos si son relevantes a teorías- ni más especulaciones incon­

trolables. Lo que se necesita con urgencia son modelos teóricos, preferi­ blemente matemáticos, que contengan hipótesis del tipo de las descritas hace un momento. Solamente un buen puñado de teorías de este tipo nos permitirá comprender cómo y por qué percibimos, sentimos, apetecemos, aprendemos, imaginamos, inventamos y planeamos.

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