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Sobre el papel de la migración en la segmentación etaria de los espacios metropolitanos

II. ANTECEDENTES

II.3. Sobre la segmentación etaria del espacio metropolitano y la selectividad migratoria y sus tendencias

II.3.3. Sobre el papel de la migración en la segmentación etaria de los espacios metropolitanos

El efecto de la migración sobre la estructura etaria de las distintas zonas de una ciudad, y, por esa vía, su impacto sobre las disparidades de estructura etaria entre ellas, proviene de la noción genérica de “selectividad migratoria”, que alude al hecho que los migrantes no son una muestra representativa de la población, y, por ende, tienen una composición sociodemográfica diferente a la de los no migrantes.18 Esta selectividad puede variar dependiendo del tipo de migración. Y la

selectividad también puede cambiar con el tiempo. Las causas de esta selectividad son las diferentes propensiones o probabilidades de migrar entre grupos de la población. Como se explicará más adelante en este texto, es sencillo identificar la selectividad y también es factible medirla de acuerdo a diferentes procedimientos e indicadores, en su mayoría simples. La selectividad migratoria más estilizada y documentada refiere a la edad, en particular la de los jóvenes, que se distinguen por su mayor propensión migratoria (Rogers y Castro, 1982; Bell y Muhidin; 2009; CEPAL, 2012; Bernard, Bell y Charles-Edwards, 2014).

La mayor intensidad migratoria de los jóvenes se explica por varios factores, en general asociados a la noción de ciclo de vida de los hogares y del curso de vida de las personas a las especificidades sociales y hasta psicológicas de esta fase (Greenwood, 1997; Rodríguez y Busso, 2009; White 2016). Entre ellos, hay algunos factores subjetivos, como la menor aversión al riesgo en esta fase de la vida. Pero la mayor parte de los factores inductores de la migración durante esta fase son objetivos. Se relacionan con la ocurrencia de hechos significativos en ella y que, por diferentes razones, favorecen movimientos migratorios como la formación de la unión y el inicio de la reproducción, el ingreso a la universidad o la incorporación al mercado de trabajo. Las decisiones nupciales se vinculan a cambios residenciales porque involucran la formación de un nuevo hogar y, con ello, la salida de los hogares de origen de la pareja. Las decisiones educativas llevan a traslados de residencia, sobre todo cuando no hay opciones de formación escolar o universitaria en el lugar de origen, o éstas no son compatibles con los intereses, presupuestos o antecedentes académicos de las personas. El ingreso al mercado de trabajo también supone una búsqueda que puede rebasar los límites de la localidad de residencia, en particular en zonas con altos niveles de desempleo. Junto a estos “hechos significativos”, la menor carga de obligaciones sociales y personales que hay durante la juventud, en virtud del período de moratoria/formación asociado a ella en las sociedades modernas, también facilita la migración. Por último, el proceso de definición de proyectos de vida supone un marco en el que los jóvenes están más abiertos a tomar rumbos nuevos, y en este marco migrar (Rodríguez, 2008). Esta relación histórica y global entre juventud y migración debe ser sopesada a la luz de fenómenos emergentes. Entre ellos está la migración internacional, cuyo peso ha aumentado significativamente en casi todos los países de América Latina, y puede estar captando parte de los flujos migratorios de jóvenes que antes se desplazaban dentro del país. También está la creciente opción del teletrabajo y de la pendularidad diaria (“conmutación”), que puede incidir en la cantidad (inhibiendo en algunos casos y estimulando en otros) de las migraciones internas juveniles, así como en la dirección de sus flujos. Asimismo, la tendencia a permanecer hasta edades más avanzadas en el hogar de origen —fenómeno que ya se asoma en la región y está

18 En el léxico demográfico estricto “selectividad” tiene un sentido más acotado. En el marco metodológico se

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instalada hace tiempo en países como España—, atenúa directamente la propensión migratoria juvenil. El agotamiento de algunos nichos históricos de ocupación para migrantes jóvenes (en particular el servicio doméstico en el caso de las mujeres), también puede moderar la propensión migratoria de los jóvenes. Finalmente, las transformaciones territoriales acaecidas en la región, tales como la creciente urbanización, los procesos de suburbanización, desconcentración metropolitana, la revitalización de algunas regiones de frontera y de numerosos ámbitos de producción transable, etc., pueden haber incidido en la dirección e intensidad de los flujos. En suma, hay factores emergentes en la región, que pueden estar modificando los niveles de la migración interna. Y si bien hay debate teórico sobre el efecto neto de estos factores, la evidencia reciente sugiere que tienden a reducir la intensidad de la migración interna (Hill y otros, 2018; Skeldon, 2018; Rodríguez, 2013; Bell y Muhidin, 2009).

Ahora bien, para que esta selectividad tenga impacto sobre la estructura por edad de las metrópolis, así como la estructura por edad de sus zonas componentes –y, por esa vía, las disparidades etarias entre ellas-, debe expresarse respecto de la población de las ciudades.

En este sentido, la investigación previa ha sido contundente en identificar a las grandes ciudades como imanes migratorios para los jóvenes (Williamson, 1988; Florida 2005; Rodríguez y Rowe, 2018a). Los factores de expulsión en el campo y en la ciudades pequeñas ―vinculados al acceso a la tierra y a los recursos, las instituciones de herencia y la distribución del poder dentro de la comunidad y las familias, las posibilidades de emancipación, las oportunidades laborales y las opciones de esparcimiento, la búsqueda de pareja, entre otros― son particularmente fuertes en el caso de los jóvenes rurales y de ciudades pequeñas, y los factores de atracción de las ciudades (dinamismo laboral; oportunidades educativas; espacios para diversión, recreación y acceso a cultura; y oferta de vivienda ad hoc), son especialmente relevantes para los jóvenes. Los factores propios de la región que incentivan la migración juvenil se relacionan con la acentuada concentración de oportunidades y recursos en las ciudades, en particular, con la sesgada localización de los establecimientos educativos secundarios, y sobre todo terciarios en ellas (Rama, 2015). De hecho, estudios basados en procedimientos tradicionales y en datos de las décadas de 1980 y de 1990, mostraron que en todas las ciudades analizadas del saldo migratorio de los jóvenes (población de 15 a 29 años) era positivo en las ciudades, incluso en aquellas que presentaban un saldo migratorio negativo al considerarse la población total (Rodríguez, 2008 y 2017). Adicionalmente, la experiencia relativamente reciente en los países desarrollados en el marco de la fase denominada “reurbanización” de la transición urbana, durante la cual el atractivo de la ciudad resurge, pero actúa de una manera mucho más selectiva, atrayendo a jóvenes, personas sin hijos e inmigrantes internos e internacionales de alta y baja calificación (Pacione, 2009; López-Gay, 2011). En línea con lo anterior, la mayor parte de los estudios de los países desarrollados encuentran selectividad juvenil de los flujos hacia las zonas centrales de las ciudades (inner cities), que serían decisivos para consolidar en ellas un perfil joven, educado y sofisticado (López y Recaño-Valverde, 2009). En general, esto último se relaciona con determinantes tradicionales que favorecen la localización de los migrantes en zonas céntricas, por las facilidades que estas ofrecen en materia de transporte, cercanía a los empleos y opciones de alquiler de espacios reducidos. En el caso de los jóvenes, a estos determinantes se suman las opciones culturales y de tiempo libre, mucho más numerosas y diversas en las zonas centrales, lo que, además, tiene una suerte de efecto de causación acumulativa, mediante redes y afinidades generacionales, por cuanto los jóvenes se asientan donde hay más jóvenes.

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En América Latina, la hipótesis dominante sobre la localización de los migrantes al llegar a las ciudades ha sido la que levantó John Turner en la década de 1960, y que ya fue descrita de manera muy sintética. Sin embargo, investigaciones empíricas en la época dorada de los estudios de migración interna en América Latina contradijeron esta hipótesis, en línea con los hallazgos de otros autores, como los ya mencionados Oscar Lewis (1959), Aníbal Quijano (1973) y Larissa Lomnitz (1976), porque encontraron una gran dispersión territorial en el asentamiento de los migrantes rurales recién llegados a la ciudad.

Por lo anterior, no es extraño que se hayan levantado hipótesis alternativas, destacando entre ellas, el modelo evolucionista de Conway y Brown (1980, pp. 98-104), que plantea 3 fases. En la primera tanto el centro como la periferia típicamente precaria reciben inmigrantes. En la segunda el centro pierde relevancia, la periferia precaria ha tendido a consolidarse y emerge una periferia más externa, abierta y precaria, a la cual llegan inmigrantes extrametropolitanos y también intrametropolitanos, en su mayoría jóvenes, por las posibilidades de ocupar o de alquilar barato. Finalmente, en la tercera etapa el centro pierde definitivamente relevancia como destino de los inmigrantes, y entonces la periferia consolidada así como la precaria, aumentan su protagonismo y se verifica un creciente flujo desde la periferia consolidada a la periferia precaria, que en todo caso, paulatinamente se consolida y sigue extendiéndose también, apareciendo incluso un área de suburbios que puede ser ocupada por inmigrante intra y extrametropolitanos acomodados o exitosos en términos económicos (Diagrama II.3.3.1). Este enfoque teórico establece algunos vínculos entre la edad, el ciclo de vida y la migración intrametropolitana, subrayando el flujo de población de todas las edades desde el centro hacia las periferias, y de población joven y en situación de iniciación familiar, desde la periferia consolidada a la periferia precaria

DIAGRAMA II.3.3.1.

MODELO DE LOCALIZACIÓN POR ETAPAS DE LOS INMIGRANTES A LAS CIUDADES DE AMÉRICA LATINA

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Dureau y otros (2014) actualizaron el debate hace poco: “Dans les champs d’étude de la migration, l’insertion urbaine des migrants est une question classique, qui a fait l’objet d’une littérature abondante, mais segmentée: entre les travaux mettant l’accent sur l’accès au logement et ceux plutôt centrés sur l’accès au travail; entre les recherches portant sur les migrants internes d’origine rurale et ceux portant sur les migrants internationaux. Les travaux sur l’insertion urbaine des migrants d’origine rurale se sont développés abondamment dans les années 1970 et 1980 en Amérique latine, comme cela a aussi été le cas en Afrique subsaharienne (Antoine et al., 1989) ou au Maghreb (Zouiten, 1995). C’est dans de cadre que, dans la lignée de l’Ecole de Chicago (…..) J. Turner (1968) a proposé à partir de ses travaux sur la ville de Lima un modèle de mobilité résidentielle des migrants ruraux qui logeraient d’abord dans de l’habitat locatif dégradé dans le centre avant de s’installer, une fois leur situation économique consolidée, dans des logements autoconstruits dans des périphéries populaires. Ce modèle a depuis été largement remis en question dans différents contextes, par exemple à Mexico (Coulomb, 1988) ou à Bogotá (Dureau, 1997): la périphérisation de l’offre locative liée à la consolidation de ces quartiers fait qu’ils sont désormais devenus des lieux de réception d’une migration dont l’origine est devenue de plus en plus urbaine. Dans ces travaux sur l’insertion résidentielle comme dans ceux portant sur l’insertion économique des migrants, l’importance des réseaux sociaux, en particulier les réseaux migratoires basés sur une origine géographique commune et les réseaux familiaux, a été soulignée à maintes reprises, tant pour les migrants internes que pour les migranst internationaux (Boyd, 1989): il existe ainsi, dans la littérature disponible, de nombreux exemples montrant comment les réseaux migratoires ont ciblé la création d’espaces et des niches professionnelles“ (Massey et al., 1987; Tilly, 1990; Portes, 1990; Waldinger, 1994; Massey, Zenteno, 1999; Faist, 2000)” (Dureau y otros, 2014).

Por otra parte, también hay literatura sobre la vinculación entre el ciclo de vida de los hogares y el curso de vida de las personas, ambos íntimamente relacionados con la edad, y la localización y movilidad residencial de los grupos de edad dentro del espacio metropolitano.

Un texto muy sugerente sobre la relación entre ciclo de vida y edad, por un lado, y localización y migración/movilidad residencial en el área metropolitana, por otro, es el siguiente, que refiere a la gran aglomeración metropolitana de Paris a fines del siglo XX: “Los niños crecen en las urbanizaciones de casa individuales y en el parque social de la periferia, lo que se traduce por una estructura por edad muy joven, en particular en las ciudades nuevas. Posteriormente, la descohabitación lleva a una parte de los jóvenes adultos a desplazarse hacia el centro de la aglomeración: Paris y los municipios limítrofes de la Pequeña Corona. La constitución de una familia y la ampliación de esta llevan a alejarse otra vez del centro, salvo para aquello que acceden a los reductos de grandes viviendas en el parque social parisiense o en la inmediata proximidad, donde los alquileres son más altos que en la Gran Corona. El retorno al centro interviene cuando los hijos han crecido, ya sea para buscar una mejor prestación en materia de infraestructura escolar, o para beneficiarse de la centralidad, acosta de sacrificios en términos de calidad (o de costo) del hábitat. Para las personas mayores de 60 años, las migraciones de jubilación hacia la provincia contribuyen a reducir el porcentaje de personas de edad que viven en el centro, aun cuando este porcentaje sigue siendo relativamente alto” (Simon, 2002, pp. 207- 208).

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También hay hipótesis sobre otros grupos de edad. Pacione (2009), identifica 4 factores que concurren para la satisfacción residencial de los adultos mayores y, por ende, son claves para la decisión de permanecer o mudarse de barrio entre los integrantes de este grupo. Aunque se trata de factores que podrían tener mayor peso en ciudades de países en desarrollo, su consideración podría ser relevante y útil en el caso de las ciudades latinoamericanas también. Se trata de: “a) accesibility to a pharmacy and doctor; b) participation in group activities; c) proximity and acces to shopping centres; d) security, safecty and friendliness neighbourhood” (Pacione, 2009, p. 414). Un primer examen de estos factores sugiere que en su mayoría podrían atenderse mejor en áreas centrales debidamente cuidadas y por lo mismo cabría esperar una mayor concentración de adultos mayores en ella. Esta primera hipótesis, sin embargo, se ve contrarrestada, por la existencia de localizaciones alternativas, como ciertas áreas periféricas especialmente dotadas o eventualmente adaptadas a este grupo. Incluso más, la experiencia internacional muestra algunos ejemplos, aún incipientes, de localizaciones extrametropolitanas por la vía de ciudades o urbanizaciones no metropolitanas destinadas exclusivamente a personas mayores −como la conocida “Sun City” en Arizona, Estados Unidos, y otras similares por ejemplo−, lo que implicaría que las metrópolis en su conjunto podrían tener una baja proporción de adultos mayores. De esta manera hay antecedentes para anticipar efectos etarios de la migración para la ciudad como un todo, y también para algunas de sus zonas componentes, en particular el centro. Sin embargo, tales antecedentes carecen de una sistematización adecuada en la región, de un reconocimiento de las especificidades de la región y de una validación empírica con datos de la región, que es justamente uno de los objetivo de esta investigación, en particular en materia del efecto de la migración sobre la composición etaria a escala metropolitana e intrametropolitana.

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