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LA HORA DE LA PROMESA
Sobre la tierra de la miel y la leche has de ocupar tu lugar en este varadero, con remiendo de leyes, llamado patria. No todos tendrán espacio en ella, algunos favorecidos y otros simpatizan- tes del Gurropin. Habitarás las laderas, por encima de las mon- tañas, los terrenos escabrosos, lotes en venta de una pared y de una vieja hacienda, un territorio inhóspito casi inhabitable. La promesa del trabajo y la vida en la ciudad moderna es un rena- cer para los desdichados, que ahuyenta los dolores de la guerra y el olvido. Ahora ve a tu casa, que parece más un cementerio, disfruta de las glorias del hormigón y de las gracias del porve- nir; cimienta sobre el rojo ladrillo las delicias aspiracionales del pueblo al que perteneces.
Paralelo a uno crece el otro, la familia Quiroga y su Pesebre. Ahora tú haces parte de esas gentes, de los zapateros, tenderos, lustrabotas, hombres y mujeres sin tierra, provenientes de todo el país. Aquí sucederán los vinilos piratas, los grandes líderes obreros, verás florecer las artesanías post-hippies en la tienda de doña Martha, la chichería vergonzante de la calle 33, los distintivos y las camisetas. De la eterna crisis nacerá la cultura floreciente con la promesa de mantenerse vivo.
LA HORA DE LA FE
Sobre la calle 32 sur, desde el alba hasta entrado el ocaso, cien- tos de piadosos peregrinos de la compra irrumpen voraces en las tiendas de todo a mil, los supermercados, panaderías, carni- cerías, peluquerías, almacenes dedicados al plástico chino, tien- das de ropa, de zapatos, de pago de giros, carritos de mercado, de postres, de panes, flores y cuanto objeto sea imprescindible
y consumible está a la vista.
Has bajado la montaña y de tu periplo, al valle de lo bonito, exprimes espiritualidad y entretenimiento. No basta hincarte ante el rozagante y Divino Niño, y ya no desafina el sarcasmo -que es otra recomendación de las propiedades del objeto divi- no- de su cariñosa sonrisa sin malevolencia. ¿Podía ser de otra manera?
Tu fe se mantiene intacta en medio de las transformaciones, como cuando viste desaparecer el Ley, paraíso dominical de antaño, abandonado y luego conquistado por la instituciona- lidad. Por eso, en el campo de la fe con vocación estética, tam- bién lo sublime tiene que estar al día.
LA HORA DEL CHISMORREO
Este lugar es, como se dice y según a mí me consta, sentado en una de las pollerías del barrio, viendo cómo van y vienen los viejos compadres, sientes un temblor; la fuerza centrípeta de la ciudad en movimiento y la hora de las onces tiene su estelar protagonismo; te paras en la puerta de la panadería-frutería, en el segundo piso el consultorio odontológico y saludas a doña Ana Rosa, la contemplación es gozo, mientras tanto enumeras con rigor informativo el orden de la conversación del día: el embarazo de la hija de la amiga de la esposa y el ultimo trasteo, son el como el azúcar para el desabrido vaso de tinto con leche.
LA HORA DEL CONSUMO DE EMOCIONES
La multiplicidad de las camisetas de los fervientes y alevosos peregrinos en el estadio, te comprueba que estás una sociedad
diversa. Transmitido, segundo a segundo, por televisión todo es multicolor, no hacía falta menos en asuntos donde se apues- ta la colombianidad, no hay espacio para expresiones monocro- máticas. Si perdura algo de luminoso en el nacionalismo es su condición pop -con guiño publicitario- en ese barullo del leja- no sonido de la estación de radio transmitiendo en las cantinas en frente del desbarrancadero y cerca de la calle del Tango. No en balde Tutina, ex primera dama de la nación, asistió a la re- cuperación del Tigre, presentada como evento de farándula en la sección deportiva del noticiero de las 7 de la noche, horario estelar.
Así suceden los viernes sábados y domingos en la tarde junto a los amigos póker (guiño publicitario). No te pierdes la proeza épica de los guerreros de nuestro siglo y confirmas con entusias- mo tu confuso nacionalismo, más bien parpadeante e intermi- tente, que solo es válido en tiempos de Futbol. Sentado frente a la tv, enumeras en pregón religioso (de rosario con murmuro, dientes cerrados y suspiro quejumbroso) las apuestas y chifla- duras del espectáculo; repasas detalladamente las estadísticas, pases, goles, rendimiento, esposas y carros de lujo. A lo mejor las glorias del éxito son probables, a lo mejor es todo producto de la imaginación, pero en el fondo persiste un extravío de con- ciencia que persigue el balón, tal vez los eufóricos aullidos de tu condenada raza, en el estadio multicolor o reunidos frente a la televisión, puedan acallar las demandas de dignidad laboral, o asuntos más ambiciosos como las ganas de hallarle sentido a la existencia...Pero ¿qué te pasa?, y por qué el nacionalismo deportivo es censurable, si es normal en todos los países y aquí no nos dejamos de nadie.
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LA HORA DEL DESENCANTO
Te organizarás en contra del enemigo interno, en la diagonal 38 D sur #11-00 se planean todas las acciones urgentes para atacar el centro de todos los males indecibles del territorio: el gran enemigo de la nación; el miserable ladrón de manzanas. A pesar de tu esfuerzo por plantar banderas en tierras desconoci- das esta raza tiene sus propias reglas. La calle del Tango marca el ritmo, el gran monumento que se erige y vigila las tres esqui- nas, es más una especie de performatividad estatal y los misera- bles organizados se denuncian los unos a los otros, el enemigo es interno -lo conoces de toda la vida- y el soldadito de plomo se atrinchera en su pedazo de institucionalidad. Colgados de la reja del parque, los números del llamado de urgencia al cua- drante y la noticia importante del 2018: más de 13.000 millo- nes de pesos invertidos en la localidad para seguridad.
LA HORA CÍVICA, UN MONUMENTO PARA LA PE-
RIFERIA
El busto es el cuerpo del héroe, los próceres, más bien escasos e irreconocibles, acechan en las grandes avenidas y parques. Se erigen broncíneos y pétreos, sobre los mares de cemento. Pero esto no es un héroe, ni un prócer, es acaso un elogio a lo cotidiano ¿una decoración obligatoria o un altar moderno que estrecha el vínculo entre el Estado y la sociedad? Un obelisco se erige en medio de la calle, un imponente monumento.
El ojo, que todo lo ve y al que nadie ve, observa. Sentado en la tienda de Ana Rosa, por un segundo ves que ese ojo, con vista de 360 grados, tiene presencia en medio del caos de la ciudad que nunca se detiene, flota a la deriva. No tiene nombre, no
puedes venerarlo, no es personificación divina ni humana, es la prueba fehaciente de un estado que se niega a abandonar un lugar que nunca le perteneció, aquí en la punta de la montaña has clavado tu bandera. Invisible pero presente.
LA HORA DE LA SENSIBILIDAD ARRASADORA
En el terreno de lo visual y lo narrativo, podría yo entregarte la abstracción de amaneceres desolados y hermosos paisajes de la sabana bogotana, para que despliegues tu gozar estético sobre hermosas plazuelas y bellos paisajes conurbados, redescubrien- do la perfección del falso aislamiento. Sin embargo, me en- cuentro contigo, tu que te atrincheras en el mínimo sitio que este infernal lugar te concede, te otorgas a ti mismo la licencia política de olvidar que ahí estas, que ahí has estado. Tu estado de quietud se llama tumulto, en el gente-río te envuelves en el torbellino, al ritmo del clacson y los gritos concedes tus armo- nías secretas y tus limitaciones públicas.LA HORA DEL GUSTO Y LAS GLORIAS DEL FRA-
CASO
¿Qué hacemos con todas esas casitas horribles, con esas escaleras torcidas y sonidos de cantinas? y si mejor remplazamos el color del ladrillo, por una importante, necesaria y televisada inter- vención de arte urbano institucional. Te declaras en contra de lo vulgar, vociferas tu desprecio de la baratura y el fracaso de la estética, de lo discordante, de lo que irrita. Tus comentarios light y paternalistas provocan sonrisas. ¿Qué es el mal gusto? ¿Tú me lo preguntas? tú que vienes de ese lugar de la gente de bien, donde dan calor de hogar y por tanto has cultivado, con
exquisito gusto y franqueza admirativa, el amor por los desas- tres artísticos del viejo mundo.
¿Y no te avergüenza admitir tus inclinaciones? Cuando extasiado declaras la importancia de las buenas expresiones de la cultura, y escuchas aquel tenor cuando su voz se alza para dejarse caer sobre los oyentes que no entienden lo que dice ¿Y todavía te crees inocuo? Tú, testigo de desfiles pueblerinos, de proezas metafóricas de los empresarios, quienes dibujan la arquitectura del capricho piramidal ¿Qué es el «mal gusto»? Y me lo preguntas tú, que sólo necesitas mirar tus jarrones y porcelanas viejas. Toda tu vida extrayendo celestiales recompensas de la estética del comprar, rasgar, romper y de las predilecciones terroríficas de la compra insulsa, algo han dejado en ti: un criterio de experiencias compensatorias. Y tú, el de las pasiones criticables, ¿algo has aprendido en este tiempo? el gusto es cosa de uno, y lo que otros digan no importa.
LA HORA OPERACIONAL: LA TOPONIMIA QUE
EMBELLECE
Ahora contempla las altas colinas del Pesebre, perdón de Río de Janeiro. En el aire se siente la diferencia. Seguramente el diligente representante que se empecinó en el cambio del nom- bre entendía muy bien la dicha de un trámite, insulso pero costoso, para cambiar de apellido a algo más bonito como Río de Janeiro. En la atmosfera, nada más con decir Río de Janeiro un calorcito, una brisita, como de mar porteño, te rocía la cara, piensas en la dicha de la internacionalización de la patria. Así vamos a hacer que los miedos de la miserable raza desaparez- can, repite después de mí: vivo en Río de Janeiro, la bella colina de Río de janeiro.
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LA HORA DEL PASO
Tú en la escena posees una cualidad soberbia. Sobre la terraza con tejado de zinc o bóveda de plástico, o en la sala con puerta a la calle y reglas de motivos florales, tu relajamiento admite y solicita el uso del cuerpo, ya llevado por el júbilo de la salsa, el merengue, el chucuchucu y el perreo, acontecen aquí las imá- genes del disfrute y el gozo sin restricciones de tiempo, edad y fisionomía, es el placer por el placer.
LA HORA DE LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO
Tarde en la noche, como premonitorio del sueño, ya no te reúnes alrededor de la hoguera, para hablar sobre dioses extraterrestres y epopeyas épicas de héroes caídos. El ritual del relato de ficción se consuma frente al brillo perpetuo y divino de las pantallas LED, aquí entregas todos tus deseos y de paso los confirmas, en la pantalla pequeña el greenpeace, los cuerpos fit y las comidas light; en la pantalla grande, los héroes nacionales, los realities conmovedores y las telenovelas; en la pantalla mediana el trabajo duro, los informes hard, las fotos glam, y los proyectos smart.
LA HORA DE LAS ADQUISICIONES ESPIRITUALES
En las fechas importantes, mantienes tu fe en la relación inequí- voca que hay entre sobrevivir y la liturgia, traducida a tus nimie- dades ultraterrenas. En este lugar todo es infierno, vírgenes, mila- gros, y una que otra posesión como la del Palacio de Nariño, hace cuatro años seráfica y ahora satánica.
Los valores de la fe te distancian de los logros individuales, todo es por la raza. Vives para lograr lo esencial, la voluntad del traba-
jo y el sacrificio, los ideales divinos protagonizados en las fiestas santas. En este caso, la mística se manifiesta en la renuncia a las posesiones, hincado en la iglesia del Quiroga o en la Calle 27ª sur # 10C-50, lugar de la tierra prometida, se libra la querella por los ideales primigenios y la transfiguración de dichos ideales, los de la sagrada familia miserable y nacida en un Pesebre.
LA HORA DE LA IDENTIDAD ACUMULATIVA
Entre ladrillos, ventanas, adoquines, maltrechos jardines ingle- ses, celosías, escaleras y callejones sin salidas, tú, como parte del incansable tumulto, despliegas tu propuesta estética y la ciudad te entrega sus rituales. El deseo y el consumo de experiencias aglutinan tu sentir, te permiten seguir creyendo y viviendo en los límites que has creado de la ciudad que recorres y los que te has impuesto, te autocensuras sobre tu propio territorio. Tras este falso caos se alza la normatividad del control bipolítico: las cáma- ras de vigilancia, la plazoleta en medio del barrio y las altísimas escaleras se aglutinan todas, este es el lugar al que perteneces, tu tierra prometida.
LA HORA DEL DESEO, CASTILLOS EN EL AIRE
Como todos los días desde hace 40 años, cuando compró por cerca de 75 pesos el pedazo de tierra inclinado, Eudocia se levan- ta temprano, recuerda los primeros años cargando con el cuida- do de los niños. Madrugando todos los días para, entre la trocha, encontrar la salida a la Caracas y poder llegar hasta Unicentro a trabajar. La suya, una casa de 3 pisos al aire y uno subterráneo, se impone como un faro sobre la ladera inhabitable de la montaña, las formas enredadas solemnes o grotescas se repiten una a la otra
entre vecinos. Cuarto por cuarto se construyó la casa, ahora habi- tada por sus hijos y nietos, aún tiene el placer de extraviarse en los laberintos de la energía o de la inercia para encontrar finalmente la plazoleta, ir a trabajar a la peluquería y echar chisme con los veci- nos de la junta comunal de Río de Janeiro. Entrada en su séptima década encuentra la fuerza de subir, no sé cuántas escaleras, por gusto o melancólico recuerdo, pues ya hay forma de subir en carro (ruta 7-1 segunda parada). La terraza es un mirador imponente del reino del caos mientras que en el piso subterráneo cantan los gallos.
LA HORA DEL CAOS: TODOS LOS CAMINOS LLE-
VAN A TRES ESQUINAS
En lo que se ve, tres esquinas es sobretodo demasiada gente. Es el gentío que envuelve al gentío. Con cautela te atrincheras en el mínimo sitio que Bogotá te concede, al descanso le llamas tumul- to; multitudes en el hervidero de buses de SITP; multitudes en el alimentador; multitudes en su peregrinación afanosa en carro particular, en taxi, en Uber, en moticleta, caminando. Aquí con- curre una zona de encuentro del trabajo, la vida del barrio y el azar, la multitud despliega su propuesta.
Ahora contemplas el hervidero de vehículos, todos los auto- móviles de la tierra se concentran en un punto que marcha sin avanzar, formando un flujo constante. En tu afán de llegar te apresuras con buen paso al juicio final. Acudes al mismo tiempo a la dictadura fascinante de la eterna pantalla, aquí las manifes- taciones son genuinas y la ironía, el humor y el relajo emergen de las profundidades de este torbellino incesante, demostración tangible de que tu fe inquebrantable en los rituales caóticos, es también energía liberadora.
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LA HORA DE LAS DOS CIUDADES, VOLVER A CASA
Sobreviviendo al diario vivir te puede más el ánimo de contabili- zador. Ya condenado se vuelven ventajas la desdicha y los horro- res y éste es el resultado: el tránsito en una ciudad post-apocalípti- ca. La ciudad de los pos-conflictos donde lo peor ya ocurrió (y lo peor es la población monstruosa cuyo crecimiento nada detiene, y lo peor fue la violencia desmedida que ocurrió en alguna época, y lo peor es la violencia venidera por las esperanzas frustradas de acuerdos incumplidos y de pactos corruptos) y, sin embargo, este lugar funciona de modo que a la mayoría de nosotros nos parece incomprensible. Arranca cada quien de este perpetuo caos las retribuciones que en algo equilibran las sensaciones de vida in- vivible.
El odio y el amor a las rutas 7/1 Uribe Uribe 7/3 Inglés, se mez- clan en la desidia de las horas insoportables; la tenacidad y resis- tencia de los presos de este sistema, dibuja sobre la feroz marcha y se avalancha sobre los buses, espectáculos únicos, el teatro calleje- ro de los millones de personas. Y el show más categórico ocurre dos horas frente a la ventana vislumbrando a los lejos los altares de la modernidad: calles de edificios y servicios especializados. La zona de la Bogotá elegante, de repente, de una esquina a la otra, se convierte en la ciudad popular que proyecta la versión más favorecida, la brutalmente masificada, del siglo en curso.
LA HORA DE LAS MASAS, LA LEGITIMIDAD ES
UN PROBLEMA ESTADÍSTICO
Masa eres y en masa te convertirás -existen pocas palabras tan ruines-. La Masa, seres humanos condenados que carecen, entre otras cosas, de las buenas costumbres y la casi extinta moral divi-
na, de la traba a los impulsos e instintos acumulados. Convertido en el monstruo indecible, el humano-masa, te inhabilitas para cualquier expresión de la autonomía psicológica, enemigo de lo que no comprende (todo) y rencoroso ante lo sobresaliente, inva- sor ocasional del panorama visual del privilegio. Tú que no haces parte de las masas adéntrate en tu ghetto, en el lugar en donde todo funciona tan bien que parece que no viviéramos “aquí”, en el lugar de los pastos verdes.
LA HORA DEL RECUERDO. EL HOMBRE JUSTO: UN
HÉROE SIN MONUMENTO
Su altar ha sido profanado, ya no quedan sino viejas historias y un potrero abandonado. La vulgaridad del relato se convierte en algo sublime cuando se detallan las condiciones de la épica batalla, la placa inexistente que rezaba: “Aquí combatió un oscu- ro criminal contra doscientos valerosos soldados colombianos”, ambigua y extraña, hecha como pago por los servicios brindados, pero que fustiga al mismo tiempo su actuar: el recuerdo del hom- bre que era mitad ficción y mitad fantasma, convulsamente rein- terpretado, como todos los grandes hombres -cuando quisiera decir humanos- a falta de mujeres de esta sangrienta nación. Te debates entre el querer de un pueblo agonizante y la ficción casi morbosa que te define.
LA HORA DEL JARDÍN INGLÉS
Como complemento de la vida naciente y moderna de la ciu- dad rural, toda casa debe ocupar su propio jardín, cuidosamente arreglado, en él, veremos el triunfo de la unidad familiar y de la vida moderna en el barrio obrero. El jardín es innecesario en una
ciudad sin espacio, el jardín es replicable. El jardín no existe, el espacio cercado enfrente de la casa se transforma, porque es pe- ligroso, porque tiene otra vocación, porque aquí somos muchos cada vez más.