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Para los caps 2, 3, véase Livio, 35, 6-8 2 487 a C.

órdenes de un general prudente. Esperaba que si convencía a los volscos de que lo recibieran y le confiaran la direc­ ción de la guerra, llevaría la empresa a término sin dificul­ tad. Pero, por otra parte, le inquietaba la conciencia de haberles causado muy frecuentes desgracias en las batallas y de haberles hecho perder muchas ciudades aliadas. Sin embargo, no desistió del intento por la magnitud del peli­ gro, sino que decidió correr ese riesgo y sufrir cualquier consecuencia que de él se derivara. Aguardó una noche oscura y, entonces, fue a A n d o 4, la ciudad más impor­ tante de los volscos, a la hora en que sus habitantes esta­ ban cenando y allí se presentó en casa de un hombre poderoso llamado Tulo Atio, que por su linaje, su riqueza y sus hazañas guerreras era orgulloso y generalmente con­ ducía a toda la nación, y, sentándose en su hogar, se hizo suplicante de este hombre. Después de contarle las razones que lo habían forzado a tener que buscar refugio entre sus enemigos, le pidió que fuera razonable y humanitario con un suplicante y que no considerara ya enemigo a un hom­ bre sometido ni mostrara su poder contra los infortunados y humillados, considerando que la fortuna de los asuntos humanos es variable. «Esto podrías aprenderlo muy bien de mi propio caso, pues aunque en otro tiempo fui consi­ derado el más poderoso de todos los hombres en la ciudad más grande, ahora me veo solo, desterrado y humillado, y recibiré el trato que a ti, mi enemigo, te parezca. Pero te prometo que prestaré tantos servicios al pueblo de los volscos, si me hago amigo suyo, como desgracias le causé cuando era su enemigo. Si decides algo diferente con res­ pecto a mí, déjate llevar al punto por tu cólera y concéde­ me el favor de darme la muerte más rápida, sacrificando

al suplicante con tu propia mano y sobre tu propio ho­ gar.»

Mientras todavía estaba diciendo es-

M a rtio y Tulo tas palabras, Tulo le dio su diestra y, le-

buscan un yantándolo del hogar, le pidió que tuvie-

pretexto _ , . “

para la guerra ra confianza en que no sufriría ningún

trato indigno de su valor y le dijo que le estaba muy agradecido por haber acudido a él, manifes­ tando que incluso esto era un gran honor. Le prometió hacer a todos los volscos sus amigos, empezando por los de su propia ciudad. Y no faltó a ninguna de sus prome­ sas. No había transcurrido mucho tiempo cuando los dos hombres, Marcio y Tulo, tras deliberar a solas, decidieron iniciar la guerra. Tulo propuso tomar inmediatamente a todo el ejército volsco bajo su mando y marchar contra Roma mientras estaba dividida y tenía generales poco beli­ cosos. Marcio, en cambio, pensaba que primero había que buscar un motivo piadoso y justo para la guerra, pues de­ cía que los dioses tomaban parte en todas las acciones, y en especial en las guerreras, en cuanto que son de mayor trascendencia que las demás y su resultado suele ser incier­ to. Sucedía que, en aquel tiempo, había una tregua y un armisticio entre romanos y volscos y hacía poco tiempo que se había pactado un tratado por dos años. «Si diriges la guerra contra Roma irreflexiva y precipitadamente —di­ jo—, serás culpable de haber roto el tratado y no tendrás a los dioses a tu favor. En cambio, si esperas a que ellos lo hagan, parecerá que te estás defendiendo y que acudes para salvar una tregua rota. El modo de que esto suceda y sean ellos los primeros en infringir el tratado, y de que parezca que nosotros dirigimos contra ellos una guerra pia­ dosa y justa, yo lo he encontrado después de mucho pen­ sar. Es necesario que, engañados por nosotros, sean ellos

los primeros en violar el tratado. La naturaleza del enga­ ño 5, que he mantenido en secreto hasta ahora a la espera de la ocasión apropiada, pero que ahora, debido a tu apre­ suramiento en emprender la obra, me veo forzado a ex­ poner antes de lo que pensaba, es ésta: los romanos se disponen a celebrar sacrificios y juegos muy brillantes y costosos, y muchos extranjeros irán como espectadores. Espera esa ocasión y, entonces, vete tú y dispon al mayor número de hombres que puedas para ir a ver los juegos. Cuando estés en la ciudad, manda a uno de tus amigos más próximos que vaya junto a los cónsules y les diga en secreto que los volscos van a atacar la ciudad por la noche y que, por eso, han acudido tantos. Puedes estar seguro de que, si oyen esto, os expulsarán de la ciudad sin dudar­ lo un instante y os proporcionarán una justa causa de eno­ jo .»

Estas palabras alegraron extraordinariamente a Tulo, que dejó pasar esa ocasión de enviar la expedición y se puso a hacer los preparativos de la guerra. Cuando llegó el tiempo del comienzo de la fiesta, después de que Julio y Pinario hubieran recibido ya el consulado, los mejores jóvenes volscos de cada ciudad, como Tulo había ordena­ do, se presentaron para ver los juegos. La mayoría, al no tener alojamiento en casas ni particulares ni de huéspedes, se albergaron en templos y lugares públicos, y cuando an­ daban por las calles, iban juntos en pandas y grupos, de modo que ya surgían por la ciudad rumores y extrañas sos­ pechas acerca de ellos. Entretanto, se dirige a los cónsules el delator enviado por Tulo —como Marcio había sugeri­ do— y, como si fuera a revelar un asunto secreto a sus enemigos en contra de sus propios amigos, les obliga a

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