extranjeros, y pidió que cada uno contara esto a su ciudad, y que hicieran que los romanos pusieran fin a su insolencia y dieran una satisfacción de su injusto comportamiento. Tras excitar con estas palabras a unos hombres irritados por lo sucedido, disolvió la asamblea. Cuando marchó ca da uno a su ciudad y contó a los demás el ultraje, exa gerando lo ocurrido, todas las ciudades se irritaron y no pudieron contener su cólera. Unas a otras se enviaron em bajadas pidiendo que todos los volscos se reunieran en una asamblea para adoptar un plan común con respecto a la guerra. Todo esto se hizo fundamentalmente a instancias de Tulo. Y las autoridades de todas las ciudades y una gran multitud se reunieron en la ciudad de Ecetra7, pues las demás pensaban que ésta estaba situada en el lugar más conveniente para una reunión. Los poderosos de cada ciu dad pronunciaron muchos discursos. Luego se pasó una votación entre los presentes y venció la propuesta de em prender la guerra, pues los romanos habían sido los pri meros en transgredir el tratado.
i Cuando las autoridades propusieron
consideran el considerar el modo en que debía lucharse
m odo de luchar contra ellos, Tulo se adelantó y les acon-
contra los romanos, sejó llamar a Marcio y preguntarle cómo
Discurso podría destruirse el poder de lo s romanos,
de M a ra o pues ¿1 conocía mejor que nadie los pun
tos débiles y los puntos fuertes de la ciudad. Pareció bien esta sugerencia y enseguida todos gritaron que se llamara a Marcio. Éste, encontrada la ocasión que deseaba, se le vantó cabizbajo y con lágrimas en los ojos y, tras una breve pausa, pronunció las siguientes palabras:
«Si pensara que todos vosotros teníais la misma opinión de mi infortunio, no creería necesario defenderme acerca de él, pero, considerando que —como es natural que suce da entre muchos hombres de diferente modo de pensar— hay algunos que tienen acerca de mí una opinión que ni es verdadera ni merezco, pues creen que el pueblo no me habría expulsado de mi patria sin una causa verdadera ni justa, creo que es enteramente necesario que primero ha ble públicamente ante todos vosotros sobre mi destierro. Tened paciencia conmigo, por los dioses, también los que lo conocéis bien, mientras cuento lo que me han hecho mis enemigos y cómo he sufrido esta desgracia sin merecerlo, y no queráis oír lo que hay que hacer antes de averiguar qué clase de hombre es el que va a expresar su opinión. El discurso sobre este tema será breve, aunque comience desde muy atrás.
»El régimen de los romanos era, al principio, una mez cla de monarquía y aristocracia. Luego, el último rey, Tar quinio, quiso convertirla en una tiranía. Así que los jefes de la aristocracia se unieron contra él, lo expulsaron de la ciudad y se quedaron ellos con el poder, estableciendo, como todos reconocen, el mejor y más sensato de los regí menes. Pero no hace muchos años, sólo dos o tres, los ciudadanos más pobres y vagos, bajo el liderazgo de hom bres malvados, tras cometer otros muchos ultrajes, intenta ron finalmente derrocar la aristocracia. Ante esto, todos los principales senadores se preocuparon y decidieron que debían considerar el modo de que los que perturbaban el régimen cesaran en su insolencia, y por encima de todos los aristócratas, los que más nos preocupábamos éramos Apio, hombre digno de grandes elogios por muchos moti vos, entre los de mayor edad, y entre los más jóvenes, yo. Y continuamente pronunciábamos ante el Senado discursos
sinceros, no para combatir al pueblo, sino porque veíamos con desconfianza el gobierno de los villanos, y no porque quisiéramos esclavizar a ningún romano, sino pensando que la libertad corresponde a todos, pero la dirección del Estado debe entregarse a los mejores.
»Al ver esto, aquellos jefes de la plebe8, hombres de la peor calaña, lo primero que decidieron fue quitarnos de en medio a los que nos oponíamos más abiertamente, no atacándonos a los dos al mismo tiempo, sino, para que el asunto no resultara odioso ni molesto, empezando por mí, que era el más joven y fácil de vencer. Así pues, primero intentaron matarme sin juicio y, luego, pidieron que el Se nado me entregara para ser ejecutado. Pero, como fracasa ron en ambos empeños, me citaron a un juicio en el que ellos mismos iban a ser jueces, acusándome de tiranía. Ni siquiera habían comprendido esto: que ningún tirano com bate a la plebe aliándose con los aristócratas, sino que, al contrario, se alia con la plebe para destruir a los mejores
ciudadanos. Y no me concedieron el tribunal que era tradi
cional, convocando la asamblea centuriada, sino el tribunal que todos reconocen que es el más ruin, reunido por pri mera y única vez contra mí, en el cual iba a prevalecer la opinión de los jornaleros, los vagabundos y los que conspi raban contra las posesiones ajenas sobre la de los hombres buenos, justos y que querían salvar al Estado. Esto fue lo único que me quedó como resultado de no haber cometido ninguna injusticia: que, a pesar de ser juzgado por una muchedumbre, la mayor parte de la cual era hostil a los hombres de bien y, por tanto, hostil a mí, fui condenado sólo por dos votos, y eso que los tribunos iban a dejar su cargo si yo no era condenado, diciendo que sufrirían m a