apresarlo, pero los patricios, dando grandes voces, se lan zaron en masa contra ellos. Entonces los plebeyos atacaron a los patricios y había una enorme falta de control en las acciones y una gran arrogancia en las palabras por parte de unos y otros, y empujones y golpes. Pero los cónsules contuvieron los ánimos exaltados y los forzaron a volver a la sensatez, obligándolos a llegar a una vía de acuerdo y ordenando a los lictores que rechazaran a la multitud; tal era el respeto que sentían los hombres de entonces por la magistratura consular y tan honrada era la imagen del poder regio. Sicinio, inquieto y alterado por estos hechos, se armó de precaución, para no obligar a sus adversarios a responder a la violencia con violencia, y como no desea ba desistir de la empresa después de haberse lanzado defini tivamente a ella, y no era capaz de mantener las decisiones que él mismo tomó, estuvo mucho tiempo considerando qué debía hacer.
Cuando Lucio Junio Bruto, aquel de-
Consejos d e magogo que elaboró los principios de jus-
Junio Bruto ticia sobre los que la reconciliación se iba
a Sicinio a nevar a cabo, hombre hábil para mu
chas cuestiones y especialmente para en contrar salida a las situaciones que no la tienen, vio que Sicinio no sabía qué hacer, se le acercó a solas y le sugirió que no se empeñara en combatir por una empresa ardua e ilegal, cuando estaba viendo que todos los patricios esta ban excitados y dispuestos, si los cónsules los llamaban, a coger las armas, y que la facción más firme de los ple beyos dudaba y no aceptaba de buen grado condenar a muerte y sin juicio al hombre más ilustre de la ciudad. Le aconsejó que cediera por el momento y no atacara a los cónsules, para no causar un mal mayor, pero que convoca ra un juicio para Marcio, fijando una fecha para su cele
bración, y que permitiera que los ciudadanos votaran por tribus sobre él, y que hiciera lo que la mayoría de los vo tos decidieran. Le dijo que era tiránico y violento lo que ahora intentaba llevar a cabo: que la misma persona fuese acusador y juez y que tuviese poder para establecer la pe na, y que, en cambio, era propio de un poder legal que el acusado tuviera la posibilidad de defenderse de acuerdo con las leyes y sufriera el castigo que determinara la mayo ría de los jueces. Sicinio se dejó convencer por estas pala bras, pues no vislumbraba ningún plan mejor, y adelantán dose dijo: «Plebeyos, veis el interés de los patricios por los actos criminales y violentos, pues os aprecian menos a todos vosotros que a un solo hombre que ha ofendido a la comunidad entera. Con todo, no debéis ser igual que ellos, ni lanzaros de cabeza y corriendo ni a iniciar una guerra ni a defenderos. Pero, puesto que algunos ponen como pretexto aparente la ley que impide condenar a muer te sin juicio previo a ningún ciudadano, y la invocan para liberarse del castigo, concedámosles este juicio, aunque no hayamos recibido de ellos un trato legal y justo, y mostré mosles que preferimos superar en sensatez que en violencia a los que nos tratan injustamente. Por tanto, vosotros mar chaos y esperad una futura oportunidad que no tardará mucho en llegar. Nosotros, por nuestra parte, cuando ha yamos ordenado los asuntos urgentes, fijaremos una fecha para que Marcio se defienda y celebraremos el juicio ante vosotros. Y cuando de acuerdo con la ley podáis votar, imponedle el castigo que en vuestra opinión merezca. Y sobre este asunto, sólo esto. En cuanto a la venta y distri bución del grano, si estos hombres y el Senado no mues tran ningún interés en ello, nosotros nos ocuparemos de que se realice de la forma más justa.» Tras pronunciar este discurso, disolvió la asamblea.
D ecreto Después de esto, los cónsules convo-
dei Senado. carón al Senado y examinaron con calma
Expedición qué solución podía haber para la agita-
contra ción del momento. Y decidieron, en pri
zes anciates mer iUgar> ayudar a los plebeyos ponién
doles los alimentos a precios muy bajos y ventajosos; en segundo lugar, convencer a sus cabecillas para que, como un favor, cesaran en su propósito y no llevaran a juicio a Marcio, y si no, para que lo pospusieran el mayor tiem po posible, hasta que la excitación de la multitud se apaci guara. Una vez votadas estas propuestas, llevaron ante el pueblo el decreto sobre los alimentos y lo ratificaron con el aplauso de todos. El decreto decía lo siguiente: «Que los precios que los alimentos de cada día tenían antes de la rebelión civil se abaraten al máximo.» Y aunque, a pe sar de pedirlo insistentemente, no habían obtenido de los tribunos un perdón total para Marcio, consiguieron, sin embargo, aplazar el juicio el tiempo que pedían; y ellos mismos propiciaron otro retraso sirviéndose del siguiente pretexto: cuando los embajadores enviados desde Sicilia por el tirano y que traían para el pueblo una donación de grano, zarparon hacia su patria, los anciates les enviaron una banda de piratas mientras estaban anclados no lejos del puerto, los llevaron a él, consideraron sus bienes como botín enemigo y encarcelaron y pusieron sus personas bajo vigilancia. Los cónsules, enterados de estos hechos, deci dieron una expedición contra los anciates, ya que, cuando les mandaron una embajada, no accedieron a comportarse con justicia; y una vez hecho el reclutamiento de los que estaban en edad militar, ambos salieron, después de ratifi car un decreto sobre la supresión de los juicios privados y públicos durante el tiempo que estuvieran en armas. Sin embargo, ese tiempo no fue tan largo como supusieron,
sino mucho más breve. En efecto, los anciates, enterados de que los romanos habían salido con todas sus fuerzas, no aguardaron ni siquiera un tiempo mínimo y, tras supli carles e implorarles, les devolvieron tanto a los sicilianos apresados como sus bienes, de modo que los romanos se vieron obligados a volver a la ciudad.
Se convoca ^ na vez licenciado el ejército, el tribuno
el ju icio Sicinio convocó al pueblo a una asamblea
contra Marcio, y anunció el día en el que pensaba cele-
Paiabras brar el juicio sobre Marcio; y no sólo ex-
(le Minucio hortó a los que estaban en la ciudad para
que fueran en masa a decidir el juicio, sino también a los que vivían en el campo para que dejaran sus trabajos ese día e hicieran acto de presencia, pues votarían sobre la libertad y la salvación de toda la comunidad. También co municó a Marcio que se presentara para su defensa, dicién- dole que no dejaría de obtener ninguno de los derechos que la ley establece con respecto a los juicios. Los cónsu les, después de consultar con el Senado, decidieron no per mitir que el pueblo se hiciera con un poder tan grande. Encontraron un motivo justo y legal para impedírselo, con el que esperaban invalidar todas las decisiones de los adver sarios. Después de esto invitaron a los líderes del pueblo a que vinieran a dialogar en presencia de sus compañeros. Minucio dijo lo siguiente: «Tribunos, a nosotros nos pare ce que hay que eliminar la sedición de la ciudad con todas las fuerzas y no pelear contra el pueblo por ningún moti vo, especialmente cuando vemos que vosotros desde actitu des violentas habéis llegado a otras justas y al diálogo. Sin embargo, aunque os alabamos por esa decisión, creemos que el Senado debe ser el primero en elaborar un decreto preliminar, como es nuestra costumbre tradicional. Incluso vosotros mismos podríais atestiguar que, desde que nues-
tros antepasados fundaron esta ciudad, el Senado ha tenido siempre este privilegio, y el pueblo nunca decidió ni votó nada que el Senado no hubiera determinado con anteriori dad, y no sólo ahora, sino tampoco bajo los reyes; antes bien, lo que el Senado decidía los reyes lo llevaban ante el pueblo y lo ratificaban. Por tanto, no nos arrebatéis este derecho, ni hagáis desaparecer una antigua y hermosa costumbre. Mostrad, en cambio, al Senado que pedís algo justo y moderado, y haced que el pueblo pueda ratificar lo que aquél decida.»
Mientras los cónsules hacían estas pro
bos tnbu nos puestas, Sicinio no se contenía ante sus
palabras y rechazaba que el Senado fuese
la petición
de Minucio soberano en asunto alguno; pero sus com
pañeros de magistratura, siguiendo la opi nión de Decio, accedieron a que se elaborara el decreto preliminar, después de hacer ellos mismos una propuesta justa que era imposible que a los cónsules no les pareciera bien. Pidieron que los senadores les concedieran la palabra tanto a ellos, cuando actuaran en defensa del pueblo, co mo a quienes quisieran hablar en favor o en contra, y que, después de escuchar a todos los que desearan manifestar lo que les parecía justo y ventajoso para la comunidad, dieran todos su opinión, como en un tribunal, tras hacer el juramento prescrito por la ley; y lo que la mayoría de las opiniones determinara, eso sería válido. Como los tri bunos habían accedido a que se hiciera el decreto prelimi nar de la manera que los cónsules pedían, disolvieron la reunión por el momento. Al día siguiente el Senado se presentó en el edificio senatorial. Los cónsules, después de explicarle lo que habían convenido, llamaron a los tribunos y les invitaron a hablar sobre aquellas cuestiones por las que habían venido. Decio, el que había accedido a que se
hiciera el decreto preliminar, se adelantó y habló de la si guiente manera:
«Senadores, no se nos escapa lo que va a suceder, a saber, que seremos acusa-
Palabras d o s a n t e e j p u e b i o por venir ante voso- d e Decio
tros y será nuestro acusador, por motivo del decreto preliminar, un hombre que tie ne el mismo poder que nosotros, el cual opinaba que no debíamos pediros lo que la ley nos concede, ni recibir co mo un favor lo que es un derecho. Y si somos llevados a juicio, correremos un peligro que no es en absoluto pe queño; por el contrario, condenados como desertores y traidores, sufriremos la última pena. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de estos peligros, hemos osado venir an te vosotros, confiando en la justicia y en los juramentos que hicisteis de manifestar vuestras opiniones. Ciertamen te nosotros somos insignificantes para hablar sobre asun tos tan graves e importantes, y absolutamente incapaces de estar a la altura de las circunstancias, pero las cuestiones sobre las que hablaremos no son insignificantes. Por tanto, prestad atención a estas peticiones y, si os parecen justas y útiles para la comunidad y —añadiré— incluso necesa rias, concedednos de buen grado el obtenerlas.
»En primer lugar hablaré sobre la justicia. Cuando vo sotros, senadores, os librasteis de los reyes con nuestra ayu da y establecisteis la forma de gobierno que ahora tenemos —que no censuramos—, viendo que los plebeyos estába mos en inferioridad en los juicios cuando teníamos alguna diferencia con los patricios —y sucedía muchas veces—, establecisteis, siguiendo la opinión de Publio Valerio, uno de los cónsules, una ley que permitía a los plebeyos some tidos por los patricios apelar las sentencias ante el pueblo; y por ninguna otra medida tanto como por esta ley mantu-
visteis la ciudad en concordia y rechazasteis los ataques de los reyes. Invocando esta ley, citamos a Cayo Marcio ante el pueblo y lo invitamos a pronunciar allí palabras de justi cia sobre aquellos actos de injusticia y opresión que todos afirmamos haber sufrido a manos de él, aquí presente. Y en este caso no era necesario un decreto preliminar. De hecho, en aquellas cuestiones sobre las que no hay leyes, vosotros tenéis autoridad para elaborar un decreto y el pue blo para ratificarlo; pero, cuando existe una ley inviolable, aunque vosotros no hayáis elaborado ningún decreto, hay que obedecerla. Sin duda, nadie diría que la apelación ante el pueblo por parte de los particulares que resultan ser derrotados en sus juicios debe estar vigente y, en cambio, ser ilegal para nosotros, los tribunos. Apoyándonos, pues, en esta concesión de la ley y arriesgándonos por ello a so metemos a vosotros en calidad de jueces, hemos venido. Y por un derecho natural no escrito ni regulado pedimos, senadores, no tener ni más ni menos que vosotros, al me nos en lo concerniente a la justicia, ya que colaboramos con vosotros en muchas e importantes guerras, y en la ex pulsión de los tiranos dimos muestras de un grandísimo ardor, y tuvimos una parte nada pequeña en el hecho de que la ciudad no recibiera órdenes de nadie y que, por el contrario, impusiera a otros sus principios de justicia. Sin duda evitaríais el que nuestros derechos disminuyeran, se nadores, si frenarais a los que intentan obrar ilegalmente contra nuestra persona y nuestra libertad instaurando entre ellos el miedo a los juicios. En cuanto a las magistraturas, privilegios y honores, creemos que se deben distribuir entre aquellos que nos superan en virtud y fortuna; pero el no ser objeto de injusticia y el recibir justicia conforme a aquello que se haya padecido, consideramos que es un de recho igual y común a los ciudadanos. En consecuencia,
así como os cedemos los privilegios insignes e ilustres, así tampoco renunciamos a los que son iguales y comunes pa ra todos. Sea suficiente lo dicho sobre la justicia, aunque se pueden decir muchas otras cosas.
»Que también serán útiles para la comunidad estas pe ticiones del pueblo, sostenedlo conmigo cuando os las ex plique en pocas palabras. Veamos, pues: si se os pregunta ra cuál creéis que es el mayor de los males que atenazaron a la comunidad y la causa de su más rápida destrucción, ¿acaso no responderíais que la discordia? Yo, al menos, creo que sí. Porque ¿quién de vosotros es tan necio o tan mal pensado o tiene un odio tan desmesurado a la igual dad, que no sepa que, si se le concede al pueblo el poder de juzgar las causas que, según la ley, le está permitido juzgar, viviremos en concordia, mientras que, si decidís lo contrario y nos arrebatáis la libertad —porque nos arreba taréis la libertad si nos priváis de justicia y ley—, nos obligaréis nuevamente a rebelarnos y a luchar contra voso tros? Si, en efecto, la justicia y la ley son arrojadas de una comunidad, se suelen introducir en ella la sedición y la guerra. Y cuantos no conocen la experiencia de las des gracias civiles no es extraño que, por inexperiencia de estos males, ni se inquieten por las calamidades pasadas, ni im pidan con tiempo las futuras. Pero a cuantos, como vo sotros, estuvieron en los más graves peligros y se recon ciliaron con placer dando a los males la solución que el momento reclamaba, ¿qué pretexto verosímil o razonable les queda, si otra vez se meten en las mismas desgracias? ¿Hay alguno de vosotros que no lo considerara una gran insensatez y locura, pensando que poco antes, para que los plebeyos no se rebelaran, habíais soportado muchas exigen cias, algunas de las cuales no eran ni honrosas ni quizá ventajosas y, en cambio, ahora, cuando no tienen intención
de dañar vuestros bienes ni vuestro prestigio ni ningún otro bien público ni ninguna otra cosa, vais a provocar una nueva guerra contra los plebeyos para dar gusto a los ma yores enemigos de la democracia? No, si sois sensatos. Pe ro me gustaría preguntaros con qué intención nos concedis teis entonces el retorno en las condiciones que pedimos, ¿con la de velar por lo mejor o con la de ceder a la nece sidad? Si considerabais que estas condiciones eran útilísi mas para la comunidad, ¿por qué no las mantenéis tam bién ahora? Si, en cambio, eran necesarias y no se podían aceptar de ninguna otra manera, ¿por qué os irrita que se hayan cumplido? Quizás en un principio no debíais haber las concedido, si teníais poder, pero, una vez que las ha béis concedido, no reclaméis más por lo que está hecho. »A mí, senadores, me parece que hay que emplear el mejor criterio respecto a la reconciliación***37 por lo que es necesario ceder***37 para mantener firmes los acuer dos. De hecho, nos pusisteis a los dioses como garantes de los acuerdos, lanzando muchas maldiciones terribles con tra quienes violaran los tratados, contra ellos y sus futuros descendientes. Pero sé que no hay que importunaros insis tiendo ante vosotros, que estáis todos bien enterados, en que hacemos peticiones justas y útiles que es también abso lutamente imprescindible que vosotros satisfagáis recordan do los juramentos. Sin embargo, senadores, sabed que para nosotros no es nimia la cuestión de no dejar este enfrenta miento cediendo a la fuerza ni inducidos por un engaño, sino que hemos llegado a esto por una gran necesidad, después de haber sufrido un trato ofensivo y más que ofen sivo por parte de este hombre; o más bien recordadlo, pues no estoy diciendo nada que todos vosotros no sepáis.