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Para los caps 11-13, véase Livio, II 39, 1 ss.

proviso sobre ios habitantes del país, fueron cogidos mu­ chos romanos libres, muchos esclavos y un número no pe­ queño de reses, animales de carga y demás ganado. Del trigo que encontraron, de los utensilios de hierro y de to­ das las demás herramientas que se utilizan para trabajar la tierra, se apoderaron de una parte, y la otra la destruye­ ron, pues al final los volscos se pusieron a prender fuego a las granjas, de modo que los que las habían perdido no pudieran recobrarlas durante mucho tiempo. En este aspec­ to sufrieron sobre todo las posesiones de los plebeyos, mientras que las de los patricios permanecieron intactas, y si alguna sufrió algún daño, parece que fue sólo en es­ clavos y ganado. En efecto, Marcio había dado esta orden, para que los patricios se hicieran todavía más sospechosos a los ojos de los plebeyos y no desapareciera la discordia de la ciudad, como en efecto sucedió, pues cuando les fue anunciada a los romanos la incursión contra su territorio, y se enteraron de que la desgracia no había sobrevenido a todos por igual, los pobres se pusieron a gritar contra los ricos, acusándolos de haber traído a Marcio contra ellos, y los patricios, por su parte, se defendían manifes­ tando que se trataba de un engaño malintencionado del general. Debido a la mutua sospecha y al miedo a una traición, nadie consideró oportuno correr en auxilio de lo que estaba siendo destruido o poner a salvo lo que había quedado, de modo que Marcio, sin ningún problema, reti­ ró el ejército y condujo a todos de regreso a su patria sin haber sufrido ningún daño, después de haber hecho, en cambio, todo el que quisieron y haber conseguido grandes riquezas. Poco después regresó también Tulo del territorio de los latinos, trayendo consigo grandes ganancias, pues tampoco aquéllos habían tenido una fuerza con la que pre­ sentar batalla al enemigo, ya que estaban sin preparar y

el peligro les había sobrevenido inesperadamente. Como resultado de esto, todas las ciudades volscas se dejaron arrastrar por la esperanza y antes de lo que podía suponer­ se no sólo se hizo el reclutamiento de los soldados, sino que también se llevaron a cabo todos los demás servicios que precisaban los generales.

Cuando todas sus fuerzas estuvieron ya reunidas, Marcio y su colega delibera-

Planes para la , , , , , , ,

, ron sobre el modo en que debían condu-

segunda incursion

cirse en las acciones futuras. «A mí me parece, Tulo, que lo mejor es que divida­ mos el ejército en dos partes. Luego, que uno de nosotros, al frente de los más fuertes y animosos, presente batalla al enemigo, y, si éste acepta trabar combate con nosotros, decida la lucha en una sola batalla, y si —como estoy convencido que hará— rehúye confiar una batalla de la que dependen todos a un ejército recién reclutado y a unos generales inexpertos en la guerra, que no sólo ataque y devaste su territorio, sino que también aparte de ellos a sus aliados, destruya sus colonias y les cause todos los

demás perjuicios que pueda. E l otro, que permanezca aquí

para guardar el territorio y las ciudades, no vaya a ser que el enemigo caiga inadvertidamente sobre ellos, los pille desprotegidos y suframos la más vergonzosa de las desgra­ cias, viéndonos despojados de lo que poseemos por desear lo que no tenemos. Pero es necesario que el que se quede aquí reedifique inmediatamente las murallas que han caído, limpie los fosos, fortifique las defensas para que sirvan de refugio a los campesinos, reclute otro ejército, suministre alimentos a los que estén fuera, forje armas y realice con prontitud cualquier otro servicio que sea necesario. Te dejo que elijas si quieres mandar el ejército exterior o el que permanecerá aquí.» Mientras él decía estas palabras, Tulo

se mostró muy complacido con el plan y, como conocía la energía del hombre y su buena suerte en las batallas, le confió el mando del ejército exterior.

efecto, cuando los circeyenses supieron que su territorio estaba en poder de los volscos y que el ejército se acercaba a la muralla, abrieron las puertas y salieron desarmados al encuentro del enemigo rogándole que tom ara la ciudad, lo que los salvó de sufrir una desgracia irreparable. En efecto, el general no hizo matar a ninguno, ni lo desterró de la ciudad, sino que, tras coger vestidos para los solda­ dos, alimentos suficientes para un mes y una cantidad mo­ derada de dinero, retiró el ejército, dejando una pequeña parte en la ciudad no sólo por la seguridad de sus habi­ tantes, para que no sufrieran ningún daño a manos de los romanos, sino también para que en el futuro no hubiera rebeliones.

Cuando llegaron a Roma las noticias de lo sucedido, se produjo mucho mayor confusión y alboroto que antes. Los patricios hacían responsable al pueblo por haber deste­ rrado de la ciudad a un hombre luchador, emprendedor y lleno de nobles sentimientos envolviéndolo en una falsa acusación, y haber así provocado que se convirtiera en ge­ neral de los volscos. Por su parte, los cabecillas del pueblo acusaban al Senado diciendo que éste había preparado to­ do el asunto con premeditación, y pretendiendo que la gue-

11 Para los caps. 14-21, véase ibid., II 39, 2-4. 12 Véase IV 63, 1, n. 104.

M arcio ataca Circeyos

Y Marcio “ , sin más demora, marchó

con el ejército contra la ciudad de Circe­ yos 12, en la que había colonos romanos viviendo como ciudadanos junto con los del lugar, y la tomó al primer asalto. En

rra no se dirigía contra todos los romanos en común, sino sólo contra ellos; y con éstos estaba la peor parte del po­ pulacho. Y por causa de la mutua enemistad y de las acu­ saciones vertidas en la asamblea, ni siquiera tom aron en consideración el reclutar tropas, llamar a los aliados o lle­ var a cabo los preparativos urgentes.

Al observar esto, los romanos más an-

Respuesta del cjanos se reunieron e intentaron c o n v e n -

Senado a los cer en pr¡va(j0 y en público a los plebe-

embajadores

latinos y°s mas sediciosos de que cesaran en sus

sospechas y acusaciones contra los patri­ cios, manifestando que, si por el destierro de un solo hom­ bre ilustre se había cernido sobre la ciudad un peligro tan grande, ¿qué habría que suponer, si la mayoría de los pa­ tricios por los violentos reproches del pueblo se vieran for­ zados a albergar los mismos sentimientos? Y así estos hombres contuvieron el desorden de la plebe. Cuando cesó el alboroto, se reunió el Senado y, a los embajadores que habían venido de la Liga Latina para pedir ayuda militar a sus aliados, les respondió que no era fácil para ellos en­ viar ayuda en ese momento, pero que les permitían que ellos alistaran su propio ejército y enviaran a sus propios generales al frente de éste hasta que ellos les enviaran otro ejército; pues en los tratados de amistad que habían hecho con ellos, estas dos cosas estaban prohibidas. Ordenaron también a los cónsules reunir un ejército mediante alista­ miento, mantener vigilada la ciudad y pedir ayuda a los aliados, pero no sacar todavía las tropas a campo abierto hasta que no estuviera todo preparado. Y el pueblo sancio­ nó estas resoluciones. Era poco el tiempo de mandato que quedaba a los cónsules, de manera que no llegaron a llevar a término nada de lo votado, sino que entregaron todo a medio hacer a los que les sucedieron en el consulado.

Consulado de Los 9ue les sucedieron en el cargo, i6

Espurio Naucio y Espurio Naucio y Sexto Furio, dispusie-

Sexto Furio. r0n un ejército tan grande como pudie-

A liados d e R om a rQn mecüante alistamiento de ciudadanos,

de éstos en fuera desconocido nada de lo que suce-

territorio romano diera en el territorio. En poco tiempo se

procuraron también dinero, trigo y armas en abundancia.

Así pues, sus preparativos los hicieron de la mejor manera i

posible y no parecía que faltara ya nada. En cambio, no todos los aliados obedecieron de buena gana ni estaban dispuestos a participar voluntariamente en la guerra, de manera que, por temor a una traición, los cónsules no consideraron conveniente obligarlos por la fuerza. Pero ya algunos hacían abiertamente defección de ellos y ayudaban a los volscos. Primero comenzaron la defección los ecuos, 3 que, nada más iniciarse la guerra, fueron junto a los vols­ cos y establecieron con ellos una alianza mediante juram en­ tos. Éstos enviaron a Marcio un ejército numerosísimo y con la mejor disposición. Después de que éstos tomaran la iniciativa, muchos de los restantes aliados colaboraron en secreto también con los volscos y les enviaron fuerzas auxiliares, no como consecuencia de ninguna votación ni decreto de la asamblea, sino que a los que querían tomar parte en la campaña de aquéllos, no sólo no los disuadían,

sino que incluso los animaban. Y en no mucho tiempo 4

se formó alrededor de los volscos una fuerza tan numerosa como jamás tuvieron en la época de máximo esplendor de sus ciudades. A su cabeza, Marcio realizó una nueva in­ cursión contra el territorio de los romanos y, asentándose en él durante muchos días, devastó toda la tierra que ha­

bía respetado en la primera invasión. En esta expedición 5

se pasan a los vobcos. Nueva incursión

y colocaron hachos y vigilantes en las for­ talezas más estratégicas, para que no les

ya no se adueñó de muchos hombres libres, pues éstos, que ya hacía tiempo que habían preparado el equipaje con las cosas de más valor, se habían refugiado unos en la ciudad, y otros en las fortalezas cercanas más seguras. En cambio, cogió todo el ganado que no habían podido sacar y a los esclavos que lo apacentaban. Y se llevó también el trigo que todavía estaba en las eras, y los demás pro­ ductos de la tierra, unos que estaban siendo recogidos y otros ya recolectados. Después de haber saqueado y devas­ tado todo sin que nadie se atreviera a salir a su encuentro condujo de vuelta a casa al ejército, que ahora iba cargado con el abundante botín y marchaba lentamente.

Los volscos, al ver la magnitud del

Tercera campaña, botín obtenido y oír de la cobardía de los

Sitio de los romanos, que, después de haber estado

tolerienses saqueando hasta ese momento los territo­

rios de los demás sin reparo, soportaban entonces ver cómo su propio territorio era devastado, no sólo se llenaron de un gran orgullo, sino que tenían la es­ peranza de obtener la hegemonía, considerando que, sin duda, podrían destruir pronto y fácilmente el poder de sus adversarios. Ofrecieron sacrificios de acción de gracias a los dioses, adornaron los templos y las plazas con la ofren­ da de despojos, y todos se entregaron a la fiesta y a la buena vida. A Marcio no paraban de admirarlo y celebrar­ lo como el más hábil de los hombres en materia de guerra y como un general sin igual entre los romanos y entre los generales griegos y bárbaros. Sobre todo lo felicitaban por su fortuna, pues veían que todo cuanto emprendía salía fá­ cilmente según sus planes; de manera que no había nadie en edad militar que quisiera que él lo dejara atrás, sino que todos deseaban tomar parte en las empresas y acudían a él de todas las ciudades. El general, después de fortalecer

el ánimo de los volscos y reducir el valor de los enemigos a una modesta y nada viril incapacidad, condujo su ejérci­ to contra todas las ciudades aliadas que se mantenían fie­ les. Y, disponiendo rápidamente todo lo necesario para el asedio, marchó contra los tolerienses13, que pertenecían a la nación latina. Los tolerienses, que desde hacía mucho tiempo teman hechos los preparativos para la guerra y ha­ bían reunido en la ciudad todo lo que tenían en el campo, recibieron su ataque a pie firme y durante mucho tiempo resistieron luchando desde las murallas e hiriendo a mu­ chos enemigos. Luego, rechazados por los honderos, tras sufrir penalidades hasta bien entrada la tarde, abandona­ ron muchas partes de la muralla. Cuando Marcio se enteró de esto, ordenó a los demás soldados acercar escaleras con­ tra las partes desprotegidas de la muralla y él, tomando consigo a los mejores hombres del ejército, se lanzó contra las puertas bajo una lluvia de proyectiles disparados desde las torres, rompió los cerrojos y entró el primero en la ciudad. En las puertas resistía una poderosa masa de com­ batientes, que no sólo lo recibieron con firmeza, sino que durante mucho tiempo se mantuvieron fuertes luchando. Pero cuando muchos hubieron muerto, el resto dio media vuelta y huyó dispersándose por las calles. Y él los siguió, matando a todos los que cogía, a menos que arrojaran las armas y le suplicaran. Mientras tanto, los que subían por las escaleras se apoderaron también de las murallas. Toma­ da de esta forma la ciudad, Marcio separó del botín todo cuanto iba a ser ofrenda para los dioses y adorno para las ciudades de los volscos, y el resto dejó a los soldados que se lo llevaran. Había allí muchos hombres, mucho dinero y mucho trigo, de manera que no era fácil que los vtnce-

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