La población con parálisis cerebral constituye el grupo más grande de niños con deterioro físico que necesitan educación especial. Literalmente, este trastorno significa parálisis del cerebro. De acuerdo con Bleck (1975), parálisis cerebral "es un trastorno no progresivo del movimiento o la postura , que se inicia en la niñez debido a un mal funcionamiento o daño del cerebro (disfunción cerebral)". Dicho estado puede tener múltiples causas que aparecen antes, durante o después del nacimiento. Entre las etiologías posibles están anoxia, infección, intoxicación, hemorragia, trauma, fiebre y parto prematuro. El deterioro físico resultante puede oscilar entre uno que apenas inhiba y otro que debilite profundamente. Se estima que la prevalencia de la parálisis cerebral es del 0.15 por ciento de la población infantil.
Hay distintas formas de clasificar a los niños que padecen esta alteración:
a) Según los miembros afectados, también conocida como clasificación anatómica o topográfica b) Por la naturaleza de la incapacidad motora.
La primera no sólo se aplica al describir sujetos con parálisis cerebral, sino también al clasificar diferentes tipos de parálisis. Las descripciones topográficas específicas, así como el porcentaje estimado de individuos con parálisis cerebral que muestran un determinado tipo de deterioro, pueden esquematizarse del modo siguiente (Denholff, 1976):
• Hemiplejía, extremidades superior e inferior en el mismo lado. • Diplejía: piernas más afectadas que brazos.
• Cuadriplejía: las cuatro extremidades. • Paraplejía: sólo las piernas.
• Monoplejía: una extremidad
• Triplejía: tres extremidades afectadas (casi siempre un brazo y ambas piernas)
• Hemiplejía doble: ambas mitades del cuerpo afectadas pero de distinta manera. 35 - 40 por ciento 10 - 20 por ciento 15 - 20 por ciento 10 - 20 por ciento rara rara rara
El otro método de clasificación se basa en el tipo de incapacidad motriz del individuo (sin importar los miembros afectados), y se resume como sigue:
• Espasticidad: movimientos musculares sin armonía; los músculos se contraen involuntariamente al tratar de moverlos o estirarlos.
• Atetosis: movimientos involuntarios, espasmódicos, desorganizados y retorcidos; el movimiento coordinado intencional no es posible debido a contracciones musculares.
• Ataxia: falta de coordinación y torpeza en los movimientos requeridos para el equilibrio, la posición en el espacio y la postura.
• Temblor: sacudidas rítmicas e involuntarias de las extremidades. • Rigidez: tensión muscular difusa y continua.
• Combinada: se conjugan varias clases de incapacidad motriz, generalmente espasticidad y atetosis.
Estos dos sistemas clasificatorios, si se complementan con una dimensión de lateralidad, suministran una descripción adecuada del deterioro de un chico (por ejemplo, parálisis cerebral, hemiplejía espástica izquierda), por lo que se les emplea para facilitar la comunicación.
Las implicaciones educativas para este grupo de niños se relacionan directamente con varios factores. Aunque algunos niños con parálisis cerebral poseen una inteligencia normal o superior al promedio, la mayoría tienen un CI inferior a éste. Muchos son retrasados mentales. En segundo lugar, muchos de ellos sufren de otros deterioros que quizás afectan la audición, visión, percepción, el lenguaje o la conducta. En tercero, puesto que la parálisis cerebral provoca deterioro motor, puede ser necesario emplear equipo e instalaciones especiales para estos menores, en particular si se pretende proporcionar una educación apropiada en el ambiente menos restrictivo posible. En cuarto, estos pacientes por lo general requieren los esfuerzos conjuntos de un equipo multidisciplinario de profesionales. Por último, el maestro desempeña una función de gran importancia, a juzgar por el siguiente comentario.
El análisis cuidadoso del niño como un todo, en el que se considere la complejidad de su impedimento para aprovechar sus cualidades, es la tarea más difícil pero la más significativa del profesor.
EPILEPSIA
Un ataque es consecuencia de "una descarga anormal de energía eléctrica en el cerebro" (Hallahan y Kauffman, 1986. pág. 340). La epilepsia es un trastorno con episodios recurrentes de ataques. La prevalencia de ésta fluctúa entre 0.15 y 1 por ciento de la población, según los criterios con que se la define.
La epilepsia puede aparecer por cualquier suceso que ocasione daño cerebral, como lesiones cerebrales, anoxia, trauma, envenenamiento o tumores. Si es posible determinar la etiología, se utiliza el
término de epilepsia sintomática; sin embargo, si las causas no son claras (como en la mayoría de los casos), se usa el término de epilepsia idiopática. Aun si se puede establecer la causa original del problema, puede seguir siendo un enigma el porqué de la descarga anormal de energía eléctrica en ciertas circunstancias (es decir, lo que desencadena el ataque).
Un sistema para clasificar las distintas formas de epilepsia se basa en la localización en el cerebro de la actividad que genera el ataque; y puede esquematizarse de la siguiente manera:
• Ataques generalizados: la descarga es bilateral y simétrica o no tiene una localización definida. • Ataques parciales: la descarga está localizada.
• Diversos: relacionados con fiebre alta (ataque febril) u otra causa.
En la categoría de ataques generalizados se encuentran el gran mal, el pequeño mal, el "mioclónico" y los "ataques acinéticos". Dicha categoría se caracteriza por una pérdida espontánea de conciencia, cuya duración y manifestación son variables.
El ataque gran mal (tónico-clónico generalizados) es el que normalmente se asocia al término epilepsia. La persona que sufre uno de naturaleza convulsiva, casi siempre emite un grito, pierde la conciencia, cae, y por unos momentos sufre contracciones musculares de extremidades, tronco y cabeza. El ataque puede ir precedido por un aura (percepción sensorial poco usual), que el sujeto puede utilizar como aviso de que se inicia aquél. En esta clase de ataques puede haber contorsiones faciales, respiración pesada, transpiración, espuma en la boca, pérdida del control de vejiga e intestinos, así como lesiones físicas si la persona se golpea con algún objeto al caer o convulsionarse. Estos signos pueden durar hasta 5 minutos, después de los cuales el individuo cae en un sueño profundo, seguido por un sueño normal. Al recuperar la conciencia, pueden observarse: desorientación, depresión, amnesia del ataque, náusea, dolores y agotamiento.
El ataque pequeño mal (de ausencia) es menos dramáticos, pero puede tener efectos devastadores en el progreso educativo del alumno. Berg (1982) describe un ataque típico de pequeño mal como "la suspensión absorta o, como alguien los ha llamado, lapsos o ataques de ausencia". Con frecuencia, esta forma de epilepsia puede pasar inadvertida en el aula al confundirla con simple ensoñación, falta de atención o mala conducta. La pérdida de conciencia puede durar unos cuantos segundos o prolongarse hasta casi medio minuto. A diferencia del ataque gran mal, en el pequeño mal no existe aura. A menudo los niños logran superar esta clase de ataque.
Los ataques parciales (focales) implican una descarga focal en una parte localizada del cerebro, la cual da lugar a un efecto motor o sensorial específico. El ataque jacksoniano es un ejemplo de ellos, y en él se manifiesta un patrón de movimientos rítmicos que empiezan en una parte del cuerpo y se extienden progresivamente hasta otras zonas del mismo. Si bien no se le comprende del todo, se considera que el ataque psicomotor (parcial complejo) pertenece a estos ataques, y se caracteriza por conductas inadecuadas, tales como habla incoherente, indebida o violenta. Aunque estos ataques no duran mucho, las conductas que provocan son socialmente inaceptables; y es muy probable que sean malinterpretadas.
La historia ha sido testigo de numerosas ideas erróneas acerca de la epilepsia. Desafortunadamente, muchas de ellas aún persisten. Las personas que la padecen cargan con un estigma, pues se piensa que son enfermas mentales y que los ataques pueden llegar a contagiarse. Muchos se sienten impresionados y asustados al contemplar la naturaleza de los ataques. Puesto que los sujetos que padecen epilepsia no son más propensos que otras personas a las enfermedades mentales, su desenvolvimiento es bastante normal en los períodos entre un ataque y otro. El retraso mental se observa sólo en el 10 por ciento de esta población; casi todos los que tienen epilepsia (un 70 por ciento) poseen una inteligencia promedio o superior. La mayoría de los ataques (80 por ciento) pueden ser controlados total o parcialmente con medicación adecuada. Los maestros pueden auxiliar a los niños que sufren ataques si los ponen a salvo durante los mismos, procuran que sus compañeros cambien su actitud hacia el problema y los preparan para enfrentar los problemas de aprendizaje que pueden suscitarse.