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2 Mecanismos de racionalización

2.1 El partido como atajo cognitivo

Las interpretaciones racionales hacen hincapié en los aspectos cognitivos de la identificación partidista. Desde esta perspectiva, los individuos siguen estrategias frías o instrumentales de procesamiento de la información, tratando de recabar las evidencias necesarias para llegar a una decisión óptima. Ahora bien, normalmente no tienen las capacidades ni la motivación necesarias para llevar a cabo un examen exhaustivo de toda la información relevante. Durante décadas, el análisis empírico de la opinión pública ha puesto de manifiesto que el conocimiento político de los electores se mueve en niveles reducidos en relación a los estándares normativos (véase Delli Carpini y Keeter 1996; Sniderman 1993). Por otro lado,

los costes de informarse para llegar a la conclusión correcta son tan elevados que es dudoso que nadie pueda llegar a asumirlos, y, dada la incertidumbre de los beneficios potenciales, ni siquiera es racional hacer el esfuerzo (Downs 1957).

En estas circunstancias, el procesamiento de la información se hace inevitablemente selectivo. Los individuos son “perezosos” en el uso de los recursos cognitivos (Campus 2000). Así que recurren a heurísticas, o atajos, para compensar su falta de información política (Popkin 1994; Sniderman y otros 1991). Desde esta perspectiva, los partidos sirven de heurística a los votantes: “la identificación partidista […] es un atajo informativo o valor por defecto, una alternativa a una información más completa sobre los partidos y los candidatos” (Popkin 1994: 14). Si el votante no cuenta con datos suficientes sobre las acciones y posiciones del líder, sus actitudes hacia el partido le sirven para formarse una opinión sobre él.

La utilización de atajos se beneficia de la forma en que los individuos organizan el conocimiento político. El conocimiento está estructurado a partir de asociaciones conceptuales (también llamados estereotipos o esquemas) que determinan la recogida y memorización de la información, facilitan su interpretación, despiertan expectativas y permiten realizar inferencias (Fiske 1986). El individuo no evalúa ex novo cada uno de los objetos políticos de los que tiene noticia, sino que los ubica en su estructura cognitiva y aprovecha la información almacenada en la memoria para economizar recursos. Por ejemplo, un elector que piensa en Mariano Rajoy, le asigna automáticamente a una serie de categorías generales, como las de “político”, “líder”, “conservador”, “Partido Popular”, etc. A su vez, cada categoría lleva asociada una descripción y está vinculada a otros conceptos. La definición concreta de las categorías depende de cada individuo, pero cabe pensar que algunas de ellas están más extendidas y su contenido es en buena medida compartido por amplios sectores del electorado. Habida cuenta del protagonismo de los partidos en la vida política, los estereotipos partidistas juegan un papel fundamental en el procesamiento de la información política. De este modo, los conocimientos previos sobre las categorías generales (los partidos) condicionan la percepción y valoración de los objetos políticos particulares (los candidatos). El simple hecho de adscribir un candidato con una formación política “afecta sistemáticamente qué información será almacenada en la memoria y qué información estará disponible más tarde para informar las propias evaluaciones” (Lodge y Hamill 1986: 518). La información coherente con el estereotipo es percibida y recordada más fácilmente, mientras que la información que lo contradice o no se conforma a las expectativas derivadas de éste suele ser descontada o devaluada por el individuo (Lodge y Hamill 1986; Rahn

1993). Los estereotipos definen actitudes más accesibles mentalmente, lo cual significa que son utilizadas con más frecuencia en la formulación de opiniones (Huckfeldt y otros 1999). Así mismo, los estereotipos partidistas sirven para realizar inferencias en ausencia de información específica sobre los candidatos (Conover y Feldman 1986, 1989; Rahn 1993).

Siguiendo con el ejemplo anterior, el elector que tienda a concebir la política en términos partidistas evaluará a Rajoy en gran medida a partir de su actitud hacia el Partido Popular y los elementos a los que asocie su imagen. Si su esquema mental relaciona a los populares con una postura contraria a la descentralización territorial del Estado, es posible que asigne a Rajoy esa misma posición aun sin tener información directa sobre lo que el líder pueda pensar al respecto. Aun así, el elector permanecerá atento a lo que Rajoy haga o diga en relación a esta cuestión, más que a las noticias sobre otros aspectos que no formen parte del estereotipo. Y, en caso de que reciba algún mensaje pertinente, es más probable que lo interiorice si es coherente con una postura contraria a la descentralización, y que esta información sea utilizada en la valoración del personaje.

Este conjunto de mecanismos permite al elector manejar una realidad política compleja sin la necesidad de recoger grandes cantidades de información. Algunos autores han subrayado cómo, mediante el uso de heurísticas y estereotipos, los individuos son capaces de tomar decisiones, si no racionales en sentido estricto, al menos “razonables”, actuando con arreglo a un modelo de racionalidad de baja información (Popkin 1994). Sin embargo, no debemos confundir racionalidad con precisión. Aunque la utilización de atajos pueda resultar “racional” en determinadas circunstancias, al mismo tiempo puede conducir a conclusiones “equivocadas” (Kuklinski y Quirk 2000; véase también Achen y Bartels 2006). En palabras de Bartels (2002a: 125), “los sesgos perceptivos pueden ser racionales a veces”. En suma, las estrategias cognitivas que emplean los electores distorsionan de forma selectiva el procesamiento de la información política, imponiendo coherencia en las actitudes hacia objetos políticos diversos.

Los sentimientos partidistas facilitan la formación de opiniones respecto a los candidatos. En este sentido, el afecto es fuente de información, con lo que puede afirmarse que los partidos desempeñan una función de carácter cognitivo o instrumental (véase Sniderman y otros 1991). Pero el lazo entre electores y partidos juega también una función afectiva o defensiva, puesto que, como veremos a continuación, satisface el objetivo direccional de preservar las preferencias existentes ante la llegada de nueva información.