Capítulo 2: PRECISIONES, ADICIONES Y TRANSFORMA-
3. Observaciones sobre la Ley de Reforma Universitaria
3.4. Planes de estudio
La aplicación práctica de la LRU se tradujo, asimismo, en un diseño de los planes de estudio que han creado serios in- convenientes a la universidad: aunque cortados, como vere- mos, por un patrón común, se produjo en las distintas ca- rreras una especialización sobredimensionada desde el pri- mer año de carrera. Los estudios universitarios acabaron convirtiéndose en carreras de enorme especialización desde el principio. Así, el objetivo fundamental de una universi- dad que debe ser «enseñar a aprender», enseñar a formar personas flexibles y capaces de adaptarse a circunstancias nuevas (máxime en momentos agitados de cambio, como los sucedidos a partir de la puesta en marcha de la LRU), fue sustituido por el concepto de «aprender muchas cosas». El resultado de este planteamiento tuvo consecuencias fu- nestas en algunos aspectos:
— La excesiva especialización impidió el conocimiento de materias de tipo general.
— Se originó de inmediato una necesidad de recursos muy grande, puesto que había que crear grupos distintos para cada especialidad: si la universidad (o el decreto de es- tudios correspondiente) indica que las matemáticas de pri- mer curso de los estudios de química deben tener 6 crédi- tos, mientras que los mismos alumnos de biología deben tener 9, la universidad se ve obligada a hacer dos grupos (con dos profesores) allí donde antes no había más que uno.
Pero, en cualquier caso, y con la perspectiva de los años, parece que el modelo universitario impulsado por la LRU (excesiva intervención de la administración central, excesi- va especialización, excesiva reglamentación, excesiva falta de confianza en los universitarios) dio origen a algo mucho más grave: las universidades españolas se convirtieron en universidades clónicas unas de otras, apenas diferenciadas en tamaño y en oferta de titulaciones. En el fondo, los estu- dios eran muy similares en los distintos centros, por lo que la movilidad del universitario era inexistente, y las familias se acostumbraron a reclamar centros cercanos a su propio domicilio. Cuantos más mejor. La transferencia de las com- petencias a las Comunidades Autónomas hizo el resto.
En el sistema universitario español, por otra parte, no existía el concepto de «currículo», habitual en otras partes del mundo. Es cierto que tras la primera renovación de los planes de estudio en la década de los 90 se hablaba de «lí- neas curriculares» en algunas carreras, pero se trataba de un concepto con significado distinto del que era habitual fuera de aquí. Aquí se refería a agrupaciones de materias con cier- ta conexión entre sí que eran ofrecidas en bloque en algu- nas titulaciones, algo así como una «especialidad» dentro del plan de estudios. De este modo, algunas carreras ofre- cían varias «especialidades» («itinerarios», se decía), me- diante la agrupación de asignaturas en grupo. El currículo en universidades extranjeras se refiere más bien a un proce- so de aprendizaje global que se ofrece al alumno con una la- bor conjunta entre los profesores, bajo la tutela de la propia universidad. Es decir, es el alumno, bajo la dirección y con la ayuda de un tutor, quien en última instancia se va confec- cionando de forma flexible su propio currículo, seleccio- nando las materias que más le convienen, teniendo en cuenta sus conocimientos previos, expectativas, etc. La re- novación de los planes de estudio desde esta perspectiva re- sulta, por tanto, bastante más complicada. La terminología
al uso que se ha implantando tras la puesta en marcha de Bolonia (objetivos formativos, competencias a adqui- rir, etc.) se utiliza, por cierto, de forma bastante más confu- sa aquí que en el extranjero. En cualquier caso, aquella pri- mera formulación de adaptación de la LRU derivó, al final, en un proceso de negociación entre profesores y departa- mentos sobre lo que querían y podían enseñar, mientras que ahora se trata (o se debería tratar) de una reflexión so- bre lo que los estudiantes deben aprender.
Por otro lado, la estructura tradicional de las titulaciones estaba basada en licenciaturas «túnel» muy largas, que po- dían concluir en unos másteres que eran más unos certifi- cados de especialización de postgrado sin valor académico, o en doctorados, que estaban muy vinculados a profesores individuales, según un esquema que en absoluto es habitual en el mundo. A veces, tras el trampeo de normas pertinen- te, se hacían ambas cosas a la vez.
Todo eso en cuanto a los planes de estudio. Desde otra perspectiva, se ha criticado con frecuencia la creación de excesivas universidades por parte de las comunidades autó- nomas. En opinión de muchos observadores se ha caído en una especie de provincialismo: cada provincia aspiraba a tener, y reclamaba para sí, al menos una universidad. En la medida de lo posible, que ofertara tantas titulaciones como su vecina. Si ello no era posible, que ofertara al menos unas cuantas. Luego, esas peticiones se trasladaban a las ciuda- des: la segunda ciudad de una provincia debía contar, si no una universidad, sí al menos con algún centro que ofertase estudios universitarios. Con la perspectiva de los años, y el impacto brutal de la demografía en el descenso del número de estudiantes universitarios, se ha llegado a mirar con en- vidia a aquellas autonomías que no cayeron en la tentación de crear universidades uniprovinciales.
Con todo, desconocemos si esta opinión está bien funda- mentada: existen magníficas universidades en el mundo
que son muy pequeñas, y el sistema de EEUU impulsa con particular eficacia las llamadas community colleges33. El
problema no está, quizás, en el tamaño, sino en la incapaci- dad para admitir la variedad de las universidades: no todas las instituciones están preparadas para el impulso de la en- señanza y de la investigación en todos los niveles de la ense- ñanza superior. Los centros universitarios deberían distin- guirse en su misión y en su visión, pero para que ello fuera posible sería necesario que la legislación universitaria se re- dujese, y se aceptase como natural la diferencia entre las universidades.
De todos modos, una vez deslindada la paja del grano, y con la perspectiva que dan los años, creemos, con todos los pro y contra, y con todas las matizaciones que se quieran hacer, que la LRU supuso, en el fondo, tal como lo señala el profesor Gregorio Peces-Barba «el cierre de ese siniestro periodo y la devolución de la libertad y de la autonomía a la Universidad»34. La LRU dio origen a la nueva universidad
española.