2. Análisis de la paternidad desde la Masculinidad
2.2 Poder mandar (Generación 1)
El que reclama su hombría
Tanto María como Julio hacen la diferenciación entre ser hombre y ser macho. María comienza diciendo que ―ser hombre es demostrar hombría y ser macho es el que yo
mando, que yo mando acá, este es mi territorio y ser hombre es picaflor, el hombre que tiene muchas mujeres, eso es ser hombre‖ María señala que el macho es sinónimo de
imponer voluntad, de reclamar el poder dentro de la familia. Esta cualidad de la virilidad es un aspecto que el hombre ha recibido de la biología, y que se manifiesta en el vigor y la valentía que tiene que tener (Fuller, 2001). Además si el hombre es padre, se da por hecho que puede mandar en la familia. Estas características sexuales también las exponía Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988) en su estudio en Santander, cualidades en las que se destaca un sesgo patriarcal legitimando el poder del autocratismo masculino y manifestando una inferioridad en la mujer.
Julio por su parte, afirma que el hombre es el "que sea honrado, no quite lo ajeno, que
sea honesto, no vaya a abusar de una mujer”, en cambio un macho es ―el que hace abuso de cualquier persona sin gusto sin voluntad sin eso, y así eso siempre lleva un error ahí, lleva muchos errores‖. Para Julio, en comparación con María, al hombre lo
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En la investigación realizada por Brannen y Nilsen (2006), la primera generación correspondía a los padres nacidos entre 1911 y 1931, la segunda entre 1937 y 1953, y la tercera entre 1962 y 1980.
caracteriza el ser honrado. El macho a su vez, sí es el que abusa de los demás, elemento parecido al expresado por María.
Esta honestidad de la que habla Julio, ya la refería Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988), como uno de los lineamientos generales de la personalidad básica del hombre en la estructura patriarcal, sentido de honestidad que ―introyecta el Código del Honor y que se proyecta en multifacéticas expresiones del trajín económico, haciéndose laxa en el hombre en la ética sexual, en razón de la permisividad con que la cultura privilegia su sexo‖ (p. 318). La laxitud en la ética sexual es un aspecto que también se manifiesta en los participantes de esta generación, como se tratará más adelante.
El ser hombre también se comunica a través del padre, tal como parece que hizo el esposo de María que era muy machista, y que según esta, la idea de ser hombre fue transmitida a uno de sus hijos, reproduciéndola intergeneracionalmente de acuerdo a un modelo directo y lineal (Vargas Flores & Ibáñez Reyes, 2003): ―yo creo que ninguno la
tomó porque ellos no son así, claro que hay uno que es machista [Hernando], ese es machista, pero es machista agresivo, es machista posesivo, es… es una porquería mi hijo‖, afirmación fuerte si se toma en cuenta que es la madre la que la hace, aunque
desde una posición del presente, manifestándose una desnaturalización del machismo. Esta afirmación de María desde el presente tiene razón, ya que cuando se elabora una autobiografía se efectúa un relato ―por un narrador en el aquí y ahora sobre un protagonista que lleva su nombre y que existía en el allí y entonces, y la historia termina en el presente, cuando el protagonista se funde con el narrador‖ (Bruner, 1991, p. 119).
Ser padre para esta generación no era sencillo, pues según los significados que tenía de la masculinidad, ―en esa época el hombre pensaría que por ser buen papá o buen
esposo perdía su hombría, que era un pendejo‖ como lo corrobora María. Situación que
dificultaba realmente que hubiera otras formas de ser papá a las tradicionales, en las que no se podía dejar de ser hombre-macho, pues se corría el riesgo de no encajar en el rol que le impone la cultura, lesionándose muchas veces psíquica y socialmente cuando por herencia natural portaba cualidades asignadas a la mujer (Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda, 1988).
El padre no tenía entonces una relación estrecha con sus hijos. Así también lo encontró Puyana y Ordúz (1998), pero en la voz de las mujeres, las cuales refieren para los padres de esta generación las siguientes características: ―«La borrachera, la agresión, lo trabajador, humillista y malgeniado». Muy poco se mencionan valores paternos que facilitasen el diálogo. En un caso se destaca su capacidad de ser: «Líder comunitario, comprensivo pero exigente»‖ (p. 46). No obstante, Francisco es uno de los padres que se separa un poco de esta imagen del hombre totalmente indiferente a sus hijos.
El hombre… puede ser infiel
Por razón de la naturalización que observaba Pedro –participante de 65 años y residente en Tunja- de la infidelidad en la generación anterior, no entiende cómo su mamá, habiendo quedado viuda tan rápido, no tuvo más hijos: ―no existía la planificación, ya
viviendo con el esposo... mi mamá solo tuvo siete, yo no sé cómo, qué aprendió, algo se le ocurrió pero… porque si no, nosotros seríamos más hermanos‖. Por eso, ya cuando
aparecen los métodos anticonceptivos, Pedro lo refiere en su experiencia de esta manera: ―que uno se pusiera condón era delicado y en San Victorino no había sino una
droguería que estaba allá, sino yo también debería tener chinos por todo lado porque yo soy conductor, yo era de servicio público‖, como quien encuentra en los anticonceptivos,
una forma de evitar las posibles consecuencias (los hijos) de su comportamiento sexual. Esta situación es propia de la visión de la masculinidad hegemónica, en la que el hombre viril es el que ejerce su sexualidad libremente y más si desarrolla una actividad económica que le permite tener ese poder.
Estar en una situación determinada, conllevaría a que el hombre justificara sus actos. Así lo entiende Pedro, que al trabajar en servicio público permaneciendo mucho tiempo en lugares diferentes a su casa, supone que lo lógico es que fuera tomador y tener otras mujeres. No obstante, Pedro se da libertades sexuales, que aunque podrían tener la consecuencia de ser padre, trata de que no sea así:
“Yo por ejemplo, a pesar de que soy del servicio público, yo no soy un tipo tomador. Yo me tomo mis polas17 y en cuanto tenga mujeres con hijos por fuera tampoco. Tengo mis 3 muchachos y ahí ya mucho… no digo que no haya tenido mis aventuras… pero bueno yo lo hago, pero yo chinos no quiero ni mierda, nada, Bom!, Bom! y ta‟luego, y ¡aquí no te volví a ver!”.
La capacidad sexual, por tanto, responde a una estructura simbólica fálica en la que se encuentra el hombre y por la cual reconfirma su identidad genérica (Montesinos, 2002). A su vez, la paternidad con la llegada de los hijos ―si bien, no permite alardear de una virilidad que pudiera exaltar la capacidad sexual, sin palabras, es un hecho que prueba simplemente la efectividad sexual‖ (Montesinos, 2002, p. 180).
Sin embargo, en los padres más jóvenes de esta generación (Pedro), parece comenzar a cambiar este significado, pues se comienza a disociar la sexualidad de la paternidad o maternidad a raíz de la aparición de la anticoncepción. El uso de anticonceptivos permitiría entonces comenzar a decidir en qué momento y con quién tener hijos, lo que empoderaría a los hombres –y a las mujeres a su vez- sobre el uso de su sexualidad.
De acuerdo con el estudio de Gutiérrez de Pineda (1999)
[E]l hombre sabe más sobre el condón, mientras las esposas casi lo ignoran. Este elemento ha sido largamente usado por el hombre colombiano en sus relaciones extraconyugales, como método de control natal y de preservación de enfermedades venéreas cuando tal gratificación se obtiene en el prostíbulo o en relaciones supletorias. (Pág. 650)
Tal parece entonces que la infidelidad era algo común en esta generación, pues así lo atestigua Javier, uno de los participantes urbanos hijos de esta generación, que al hablar de su papá dice: ―mi papá tuvo algunas infidelidades y pues en esa época eran casi que
normales. Eso en esa época hacía a los hombres más hombres". Pareciera que Javier, a
sus 46 años, disculpa a su papá por lo naturalizada que estaba la infidelidad en esta
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generación, pero es que Javier quería mucho a su papá (ya fallecido), pues mientras estábamos en la entrevista lloró cuando le pregunté por él. Sin embargo considera que su papá cometió errores al serle infiel a su mamá. Errores que su papá justifica por el hecho de ser hombre y por tener dificultades con la pareja, es decir con su mamá. Así lo narra Javier:
"Él me quería mucho, me apoyaba, me daba muy buenos ejemplos. Pues aunque,
yo le digo… él cometió esas faltas, él me hablaba de eso: „No me juzgue como un hijo, júzgueme como hombre, yo tengo mis debilidades, si yo no encuentro cosas que me satisfagan por aquí, yo las tengo que buscar por otro lado, entiéndame‟… él de eso no hablaba sino conmigo".
En esta narración, el padre de Javier alude al significado de hombre que predominaba en la cultura en ese momento, para justificar sus actos. Actitud muy propia de la narración del yo, pues según Bruner (1991): ―[e]l Yo, cuando narra, no se limita a contar, sino que además justifica‖ (p. 119). Sin embargo Javier cuestiona dichos comportamientos, al considerar como faltas, los actos de infidelidad de su padre . De esta forma, él comprende la vida de otra manera al contradecir el significado hombre. Situación acorde a lo descrito por White (1995): ―el significado es determinado en el ámbito social de la vida, y el cuestionamiento del significado es una característica de ese ámbito‖ (p. 271).
Javier continúa explicando la dinámica de la infidelidad en esa época y específicamente la de su papá, comentando que ―el patrón tenía sus empleadas y se aprovechaba de eso
(…) en esa época era simplemente el patrón aprovechado de sus empleadas, como mi papá trabajaba solo en la finca, se aprovechaba de eso”.
Sin embargo, no se puede olvidar que el ser padre tiene implicaciones sobre su ser masculino, y esta, a su vez tiene implicaciones en la paternidad. Parece que no se pueden disociar estas dos realidades, así lo quieran hacer a veces los padres. De ahí que los hijos se enfrenten constantemente a la visión ideal de padre con la manifestación de sus defectos, por lo que pueden llegar a vivir ―las inconsistencias paternas como ejemplo de vida, entre las virtudes y los defectos, el apoyo y la indiferencia, la rectitud y el sacrificio‖ (Villarrraga de Ramírez, 1999, p. 145). Situación que Javier manifiesta en
sus narraciones, pues sabe que su padre cometió errores, pero de igual manera ve en él muchas enseñanzas.
Los hombres según Palacio Valencia y Valencia Hoyos (2001), tenían por tanto una mujer apropiada y otra apropiable, donde esta última era asociada con espacios marginales y la otra con el espacio público, con el hogar. Sin embargo, las autoras explicitan que las mujeres apropiables no han desaparecido, como de pronto lo quiere dar a entender Javier, sino que
[E]nfrentan un cambio en la lógica de su búsqueda, se convierten en una opción cada vez más eventual, que les permite mantener un vínculo con el ejercicio de la sexualidad no sagrada ni institucionalizada, la cual deben conservar en secreto, porque les representa, por una parte, el riesgo a perder la seguridad afectiva con la pareja y por otra, poner en duda el cumplimiento del código de honor de cuidar, proteger y respetar a las mujeres apropiadas. (Pág. 167)
Apunta Vicente, participante con 51 años de edad, residente en una vereda de Sutamarchán e hijo de esta generación: ―como en ese tiempo (hablando de la generación
de sus padres) no había ley para la mujer, entonces ¿cuántos hijos no tienen papá así de eso? pero ¡una tracalada! que llegaban… que deje hijos y listo…‖. La mujer era entonces
considerada con menos categoría que el hombre, pues el patriarcalismo era muy fuerte, llegándose a tratar a la mujer de manera inferior que el hombre.
La paternidad de otros hijos fuera del matrimonio, aparece para estos padres como un hecho aislado al ―ser hombres‖. Luis -campesino de 82 años, residente en una vereda en Sutamarchán- manifiesta que no sabe si tuvo más hijos: "no… o quién sabe… ni ellas ni
yo, como eran casadas…". Otro de los padres, César, afirma que no tuvo más hijos por
de buenas, ―pues eso no faltaba, pero estuve de buenas que nunca regué un hijo que es
más triste‖. Montesinos (2002) al referirse a este tema, hace alusión al carácter de doble
moral que comprende el comportamiento sexual del hombre, configurándose una división entre ser padres de hijos naturales o legítimos:
Los mensajes que el individuo aprende en su proceso de socialización y, de manera más concreta, lo que toma de su entorno cultural, le hacen introyectar un
papel sexual activo tan viril que no deje duda de que el poder masculino se traduce en el campo de la sexualidad, mediante la satisfacción de la mujer. De hecho, en la medida que al hombre se le concede en las sociedades culturalmente conservadoras el derecho a ejercer la doble moralidad, la virilidad tendría que manifestarse a partir de una capacidad sexual para satisfacer sexualmente al mayor número posible de mujeres. (Pág. 178)
A Pedro se le colaron sus dos hijos menores, pues ―al principio solo quería uno, después
se me coló el [nombre de su 2º hijo] (…) Ahí se coló el [nombre de su 3º hijo] y no más, no más‖. Y no solo a él sino a un hijo suyo que ―no quiso estudiar, hizo cuatro meses de Administración de Empresas, de regalo nos dio un niño‖, transmitiendo cierta
inconformidad con el hecho de hacerlo abuelo, pues pronunciaba con cierta ironía la palabra regalo.
Sin embargo, para César, ser padre se ve como algo que se espera cuando se está casado, por eso afirma que: ―ya de treinta y pico de años, ya casado y ¿qué espera uno
sino los hijos?‖. Si esto no sucedía, era un motivo de preocupación por no estar
enmarcado en unas condiciones culturalmente aptas. Tener hijos se convierte así en un motivo de afirmación de la masculinidad, provocando el prestigio y afirmación del Código de Honor o como afirma Montesinos (2002), la paternidad ―responde a patrones aprendidos que permite a los varones confirmar su pertenencia al género masculino‖ (p. 173).
Al que atiende la mujer
Julio deja la duda de cómo se consideraba él, si hombre o macho, pues al hablar de las mujeres dice en un tono un poco irónico, debido al diminutivo que utiliza cuando se refiere a sus cosas:
―La responsabilidad de la mujer es atender al hombre, su ropita lista, su ropita
bien lavada, su alimentico bien hecho a sus horitas, su camita bien arreglada, su ropita bien arreglada, lavadita, su alimentico a las horas, si es trabajador echarle a los trabajadores, a ver cómo le lleva la comidita a los trabajadores. Madrugar y a
levantar y tales horas y a hacer el desayuno porque se hizo tarde a su esposo para ir a trabajar o se me hizo tarde‖.
También agrega Julio, que su mujer tenía que hacer ―todo lo que uno le amarrara, le
ordenara‖, aunque afirma que él también le obedecía: ―si ella le dijo a uno “haga esto” y uno obedeciéndole también, pues también ella le obedecen a uno lo que les mande‖. Sin
embargo, la estructura patriarcal en este padre sobresale, pues termina diciendo que ―no
hay cosa más divina que un matrimonio que se sepa comprender, pero cuando el hombre quiera ir para alguna parte y la mujer no lo deja salir, ahí están los inconvenientes‖. La comprensión de la mujer está clara: que deje ir al hombre a donde quiera, pero ¿la del
hombre?, esa no la aclara este padre.
César también considera que su mujer debía servirle la comida, así estuvieran bravos el uno con el otro: ―ella siempre es fregada, alegar y alegar… ¿hay de comer?, si quiere
bueno… sírvame comida, sigue alegando y yo no, y esa es la gracia mejor‖. Se confirma
en estos relatos de estos dos padres una relación de poder, la superioridad en la que se encontraba el hombre con respecto a la mujer.
No obstante, los hombres no son los únicos que perciben el ser masculino de esta manera, pues la mujer reforzaba esta idea con una actitud de servilismo hacia ellos, como lo expresa María: ―él llegaba tarde a almorzar y los chinos almorzaban temprano y
se iban a trabajar o estudiar y la comida… él llegaba y se subía a ver televisión y allá se le subía la comida‖. Para mantener la unidad patriarcal familiar, se requiere de la
obediencia de la mujer, proporcionando un reforzamiento del poder del hombre, por eso Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988) afirman que cuando ―la mujer patriarcal desempeña este rol de dominación en forma sutil y encubierta y mantiene la cara cultural de su compañero, la simbiosis es completa‖ (p. 301).
En estos comentarios de María se deja ver claramente una estructura patriarcal en la familia, donde los padres eran ―reyes en sus castillos‖ como los denomina Fals Borda, y las mujeres estaban ―principalmente para servir a sus maridos, para darles hijos, para lavar y cocinar, para colaborar en ciertas faenas agrícolas‖ (Fals Borda, 1961, p. 255). A su vez, Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988) afirman que ―puede decirse que las
vidas femeninas en el patriarcalismo tradicional, están bajo el comando y el control del otro sexo‖ (p. 35).
El que puede “mandar”
No obstante, el ser masculino también está definido por las posibilidades que da el ser
padre, como el poder mandar, pues así lo declara Julio:
“Qué hace también uno sólo en la vida?, siempre tiene uno qué procurar… porque tiene uno a quien mandar, a quien ocupar muchas veces hágame esto, tal cosa. Porque una persona que no tiene que mandar, tiene que estar a todo momento que estar pagando, la paga último momento, pidiendo el favor, y hay muchas veces que pide uno el favor que sea con urgencia que sea con afán pide usted un favor y si le dio la gana de hacerlo… si no también, quién lo obliga. En cambio teniendo uno familia y teniendo hijos los obliga, pero no teniendo a quien obligar, si voluntariamente lo quisieron hacer y sino, nadie puede obligar a otro”.
Es importante para este participante, ser padre para tener a quién mandar y eso lo proporcionan los hijos y la mujer. El pedir favores lo ve como debilidad, pues depende de la voluntad del otro y no de sí mismo, lo que ocasiona el no poder controlar las cosas, es decir la falta de un poder autoritario. Por eso Julio declara que el buen hijo es ―el que sí
esté con uno, porque está bajo el dominio de uno, y uno está amañado con ellos‖.
Esta visión autocrática de la paternidad que se observa en estos padres, se hace posible en la medida en que el hombre se convierta en padre, formando así un sistema patriarcal familiar, en el que el sentido de la diferencia se asume como desigualdad y justificación de la dominación (Palacio Valencia & Valencia Hoyos, 2001). Este rasgo de dominación también es nombrado por Montesinos (2002) como una característica del varón que reproduce en los hijos una posición de sumisión.
Sin embargo, aunque estos padres parecen estar muy convencidos de su ser masculino