• No se han encontrado resultados

Con el trabajo aprendimos a ser hombres (Generación 0)

2. Análisis de la paternidad desde la Masculinidad

2.1 Con el trabajo aprendimos a ser hombres (Generación 0)

El que sabe trabajar

César, uno de los participantes de la generación 1 e hijo de los padres de la generación 0, refiere que una de las cosas que el niño debía hacer para llegar a ser hombre, era el trabajo: ―eso pa‟qué, a nosotros desde niños y más yo que era el mayor, así aprendimos

a ser hombres…‖. Este padre, campesino de 85 años de edad y que ha vivido siempre en

una vereda en Sutamarchán, considera que lo que lo hace hombre es el trabajo, pero no un simple trabajo sino uno que constituya esfuerzo físico. Así lo explica Julio, campesino de 91 años y residente de la misma vereda en Sutamarchán, haciendo énfasis en la diferencia entre el trabajo de los hombres y el de las mujeres: ―cuando a uno desde

pequeñito por ahí en el azadón, a lo que uno ya podía mover el cabito del azadón, a la pata de los taitas pues, sí (…) las mujeres a hilar lana‖. En la ilustración 7, foto tomada

en uno de los viajes que hice a Sutamarchán, se observa a la esposa de uno de los participantes de esta generación, enseñándole a mi papá a hilar lana.

María -una señora de 70 años, residente actualmente en Tunja pero que vivió en zona rural en la infancia- añade que las mujeres también ayudaban en los oficios de la casa: ―yo empecé a ayudarle a mi mamá como a los 5 años, a empezar a lidiar a mis

hermanos, a lavarles pañales, a lavarles camisas, a cocinarles, a darles tetero como a los 5 años más o menos‖. Este aspecto también fue encontrado en el estudio de Puyana y

Ordúz (1998) en el que ―[l]a socializadora para las labores domésticas era la madre, mientras en las agropecuarias era el padre‖ (p. 34).

Ilustración 6. Mujer hilando

Los niños por tanto trabajaban desde pequeños, lo que hacía que se considerara que sí servían, como lo considera César: ―ahora es que no se puede mirar un niño hasta que

sea un hombre y ya no sirve pa‟nada‖. Es decir, el valor del hombre dependía de qué

tanto sirviera para trabajar, reforzándose la concepción del trabajo para significar la hombría.

Y con razón hablan así estos padres, pues los hombres trabajaban en el campo, y recibían esa ―capacitación para la agricultura‖ (Fals Borda, 1961, p. 251) desde pequeños.

El señalar claramente trabajos para hombres y para mujeres, permite entender a su vez, que Francisco -un campesino de 67 años, cuya infancia la pasó en zona rural cundiboyacense- diga de su mamá que "ella no… no, no tenía mucha inteligencia

no‖, por lo que a él le tocó empezar a trabajar desde muy temprana edad, ya que

consideraba que su madre no tenía la capacidad para hacerse cargo ella sola del sostenimiento económico. Diferenciación que se observa en Francisco, ya con la familia que luego formó: ―yo duraba un mes [trabajando fuera de casa], y cada mes iba yo. Eso

en ese tiempo siempre se sufrió harto. Sufrió mi señora con mis hijos y yo también viajando‖. Para Francisco poder trabajar y conseguir el sustento económico, tenía que

ausentarse mucho de su casa, lo que, como él lo dice, le le costaba bastante, sentimiento no muy común en los padres de esta generación, y en una estructura patriarcal que privilegia la distancia física y afectiva con su familia para seguir manteniendo un poder dentro del hogar.

Los niños del campo son más fuertes porque les dejaban en la mugre, así lo afirmaba Julio al hacer la comparación con los niños del pueblo: ―son más fuertes que los que se

crían en el pueblo, ¿por qué?, porque en un campo están en… se acostumbran a andar en el barro, a andar en el polvo, a andar en el sol‖. Fals Borda (1961) al hacer referencia

a este aspecto, explicaba que uno de estos niños ―suscitaría la envidia de los niños de cualquier parte. Generalmente no se ha bañado ni peinado, viste ropas sucias, no tiene zapatos (…). Con todo, es saludable a pesar de las circunstancias‖ (p. 246). La suciedad y fortaleza del campesino, significaba a su vez un rasgo de masculinidad en la estructura patriarcal, resultado obtenido por Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988) en su estudio, en el que las mujeres santandereanas ubicaron este descuido personal en un tercer lugar de importancia en cuanto a los defectos que ven en un hombre, es decir, no era un defecto relevante el que el campesino tuviera esas características. Es más, era una característica que se pensaba que el hombre la debía tener por ser hombre. Me acuerdo que mi abuelo nos decía constantemente que ―los hombres tienen que oler a boñiga‖.

El trabajo viene a ser entonces, uno de los aspectos más importantes para el boyacense, describiéndolo Ocampo (1989) como una de sus cualidades:

Uno de los caracteres positivos del boyacense, que señaló el escritor Armando Solano, es el sentido del trabajo y la laboriosidad. El boyacense produce el máximo de trabajo, tanto en climas ardientes, como en los fríos. Puede cambiar de labor, siempre que sea necesario; y el nuevo lo hace con empeño y decisión.

Se adapta fácilmente a los oficios, pues para el boyacense lo más importante es el trabajo que está en todos ellos. (Pág. 276)

Gutiérrez de Pineda y Vila de Pineda (1988) también hacen mención a que en la imagen patriarcal, la ―responsabilidad y honestidad se conjugan para imponer la ética del trabajo‖ (p. 318). Siendo este uno de los aspectos también señalados por Brannen y Nilsen (2006) al referirse en su estudio, a los padres de las primeras generaciones16 como padres centrados en el trabajo.