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Capítulo 2. Marco teórico

2.4 Una reseña sobre los estudios de la descortesía

2.4.1 Pragmática y discurso de la descortesía: continuidades y rupturas

En Cordisco (2005, pp. 323-326) se mostró que el interés analítico por el fenómeno de la descortesía se origina como “subproducto” derivado de los modelos pragmáticos diseñados específicamente para comprender la cortesía verbal, observación recogida de Eelen (2001, p. 95). Así, el concepto de descortesía que se desprende de Leech (1983), Lakoff (1973, 1989), Brown y Levinson (1987), Watts (1989) y Fraser (1990) tiene como denominador común la falta de acatamiento a una regla, máxima o principio, norma social, deseo de imagen, comportamiento político o contrato conversacional, respectivamente. Ello supone una “ausencia de cortesía” que no es neutral ni pasa inadvertida para los participantes de un encuentro comunicativo. En ese sentido, esta conceptualización derivada de la descortesía (Eelen, 2001, p. 95) se acerca a una glosa lexicográfica44 que tiene como eje la falta de observancia

socionormativa. Tal construcción ontológica, accesoria de la de cortesía, produjo en un primer momento una polarización entre comportamientos “corteses” o “positivos” y “descorteses” o “negativos” (Eelen, 2001, p. 95-105),

Dos trabajos tempranos de Culpeper (Culpeper) y Culpeper et al. (2003) exponen una noción de descortesía en relación inversamente comparable a la cortesía. Para analizar el “desequilibrio social” que efectúan los comportamientos descorteses en interacción, Culpeper (Culpeper, p. 350) describe un conjunto de estrategias comunicativas destinadas a atacar la imagen social de los interlocutores, con el fin de crear y promover el conflicto social y la desarmonía (2003, p. 1546). Esta concepción supone acciones promovidas por una “intencionalidad manifiesta y maliciosa” (Culpeper et al., 2003, p. 1550) de causar un daño o una agresión a la imagen social

44 El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define la voz descortesía como “falta de

de un individuo (cf. §2.3.4). En trabajos posteriores, Culpeper y su equipo (Culpeper,

2005, 2010; Culpeper et al., 2008; Culpeper, Marti, Mei, Nevala, y Schauer, 2010)

enumera algunas de las dificultades y limitaciones que esa caracterización acarrea en el análisis de corpus, aunque sostiene su “definición base” de descortesía entendida como ataque a la imagen social. No obstante, su línea de pensamiento llega a otra conceptualización del fenómeno que se enuncia como “una actitud negativa hacia comportamientos específicos que ocurren en contextos específicos” (Culpeper, 2011, p. 23)45, lo cual se alinea con lo propuesto ya tempranamente por Kaul de Marlangeon

(Kaul de Marlangeon, 2008c, 2012, [1992] 1995, 2003) y que es un marco de trabajo ya consolidado por otros investigadores del español y para la cortesía de manera específica (cf., por ejemplo, Bernal, 2007; 1999, 2001; Bravo, 2003b; Hernández Flores, 2002, entre otros autores dentro de la red de investigación del Programa EDICE, §3.3.1).

Terkourafi (2008) resalta el aspecto socialmente normativo de la descortesía y la identifica en aquellos casos en los cuales una expresión dada no se ajusta a las convenciones del contexto de ocurrencia, amenazando la imagen social del destinatario46. Al mismo tiempo, Stewart (2008) define la descortesía como un ataque

a la naturaleza y/o identidad social de la imagen social o derechos de socialización o

45 La elaboración completa del autor es la que sigue: “Impoliteness is a negative attitude towards specific

behaviours occurring in specific contexts. It is sustained by expectations, desires and /or beliefs about social organisation, including, in particular, how one person’s or a group’s identities are mediated by others in interaction. Situated behaviours are viewed negatively – considered ‘impolite’ – when they conflict with how one expects them to be, how one wants them to be and/or how one thinks they ought to be. Such behaviours always have or are presumed to have emotional consequences for at least one participant, that is, they cause or are presumed to cause offence. Various factors can exacerbate how offensive an impolite behaviour is taken to be, including for example whether one understands a behaviour to be strongly intentional or not” (Culpeper, 2011, p. 23).

46 Terkourafi (2008) “…impoliteness occurs when the expression used is not conventionalised relative

to the context of occurrence; it threatens the addressee's face [...] but no face-threatening intention is attributed to the speaker by the hearer”. En consonancia, Beebe (1995, p. 159) ya consideraba también que la “rudeza” o “gosería” (‘rudeness’) viola normas de interacción socialmente aprobadas en el contexto social en el que ocurre.

de asociación del o de los oyentes, lo cual puede ser percibido tanto por el oyente como por otros interlocutores.47 A los rasgos de intencionalidad interlocutiva y falta de

apego a la normatividad social, Kienpointner (2008a, 2008b) añade un aspecto socio- emocional48 que auxilia en la identificación de comportamientos comunicativos

prototípicamente descorteses. Para el autor, la descortesía deriva de comportamientos no-cooperativos o competitivos que desestabilizan las relaciones interpersonales de los interlocutores, fomentan un clima de irreverencia y antipatía con propósitos egocéntricos y están determinados, al menos en parte, por variables como poder, distancia y escalas de actitudes, según la comunidad de habla de la que se trate.49 Otros

investigadores, particularmente del mundo hispanohablante, han puesto en perspectiva los rasgos de intencionalidad y conflictividad atribuidos al entendimiento sobre el fenómeno de la descortesía. De forma más sistemática, Kaul de Marlangeon refiere en distintas publicaciones (2005a, 2005b, 2008a, 2008b, 2008c, 2009b, 2010) que “el hablante descortés responde a un estado de desequilibrio o lo entabla volitivamente para hacer prevalecer la cosmovisión propia o sus requerimientos de imagen, en

detrimento del oyente” (Kaul de Marlangeon, 2005b, p. 299), lo cual se realiza de

acuerdo a determinados diseños estratégicos de imagen y según contextos institucionales y no-institucionales. La autora reconoce comportamientos descorteses

47 Stewart (2008, p. 34): “I shall define impoliteness as an attack on the quality and/or social identity

face/sociality rights/association rights of the hearer(s). This attack may be perceived either by the hearer and/or, if applicable, the other participants”.

48 La propuesta del autor sigue a Watts (2003) cuando éste último recomienda añadir una variable

“afectiva” en la descripción de la relación entre interlocutores en cuanto al estudio de la (des)cortesía, transformando la variable “distancia social” de Brown y Levinson (op. cit.) en “distancia socio- emocional”.

49 Kienpointner (2008, p. 245) “Impoliteness/Rudeness is a kind of prototypically non-cooperative or

competitive communicative behaviour: which destabilizes the personal relationships of the interacting individuals and thus makes it more difficult to achieve the mutually accepted goal of the interaction or makes it difficult to agree on a mutually accepted goal in the first place; which, more particularly, creates or maintains an emotional atmosphere of mutual irreverence and antipathy, which primarily serves egocentric interests; which is partially determined by concepts of power, distance, emotional attitudes and cost-benefit scales which are generally accepted in a speech community”.

abiertamente intencionales50, pero también resalta otros tipos de comportamientos

descorteses que carecen de intencionalidad manifiesta de causar un daño o de responder a un ataque o partir de los cuales no se la puede reconocer analíticamente.

El “eclectisismo y la diáspora” (Bousfield y Culpeper, 2008), forzada por la propia naturaleza sociocultural de la descortesía, incluye una aproximación necesariamente interdisciplinaria, especialmente en cuanto a los métodos de recolección de corpus, descripción e interpretación de datos y la tensión entre instancias particulares y generales del lenguaje en uso. En los últimos años, el foco de atención se posó no solamente en variables situacionales puestas en relación con el proceso interlocutivo bajo estudio, sino que también en factores extralingüísticos, como los contextos socioculturales como herramienta analítica (Bravo, 2015) y las emociones en la cultura hispanohablante (Kaul de Marlangeon, 2017). El interés por las variables situacionales y contextuales en el estudio de la descortesía muestra la necesidad de articular distintos marcos disciplinares para dar cuenta de cómo realidades extra-lingüísticas emergen de un recurso lingüístico dado.

Los trabajos de Watts y de Locher (Locher, 2004, 2006; Locher y Watts, 2005; Watts, 2003, 2005, 2008) refieren a una postura analítica a partir de la cual se hacen esfuerzos por sistematizar un modelo interpretativo que los autores denominan ‘actividad relacional’ (relational work). Se entiende por esto el esfuerzo que los individuos invierten al negociar sus relaciones sociales con los demás.51 Los autores

50 Kaul de Marlangeon (2008a: 729): “…la descortesía que denominamos de fustigación y que es

agresión verbal del H(ablante) al O(yente), [está] constituida abrumadoramente por comportamientos volitivos, conscientes y estratégicos, destinados a herir la imagen del interlocutor; para responder a una situación de enfrentamiento o desafío, o con el propósito de entablarla. La gran mayoría de sus actos son directos, pues propenden a asegurar la confrontación en el discurso”.

51 Locher y Watts (2005, p. 10): “Relational work refers to the “work” individuals invest in negotiating

relationships with others. Human beings rely crucially on others to be able to realize their life goals and aspirations, and as social beings they will naturally orient themselves towards others in pursuing these goals”.

reconocen “la existencia estructurante, emergente y continua de las normas sociales, las cuales guían tanto las instancias verbales como no verbales de la actividad relacional” (Locher y Watts, 2005, p. 11), fuerza normativa que contiene asimismo comportamientos conflictivos y agresivos. A partir de las percepciones individuales de los interlocutores, y según las normas sociales que se ponen en juego en la situación comunicativa, muchas actividades relacionales están no marcadas o son “neutras” para la interlocución, dando lugar a reconocer comportamientos “políticos” o “apropiados”. En cambio, otras actividades relacionales pueden estar marcadas positiva o negativamente. Como aclaran, estas categorías no tienen una demarcación objetivamente identificable ni contenidos específicos (Bravo, 1999), forman parte de un continuo (cf. Kaul de Marlangeon, [1992] 1995, 2003) y son negociadas discursivamente.

Es importante notar que la anterior aproximación se funda en la diferenciación entre (des)cortesía de primer orden y de segundo orden. La primera refiere a cómo los interlocutores hacen uso explícito de los términos “descortés” y “descortesía” (entre otros dentro del continuo) para referirse a sus propios comportamientos comunicativos y a los de otros. En cambio, la segunda refiere a los modelos teóricos elaborados por los analistas para referirse a esos mismos comportamientos. Esta diferenciación acarrea dos consecuencias. Primero, las percepciones, representaciones y evaluaciones de los interlocutores sobre lo que consideran realizaciones de (des)cortesía (es decir, comportamientos (des)corteses) están sujetas a variación sociocultural y, por ende, una misma realización puede ser evaluada de acuerdo a cualquiera de las opciones marcadas y no marcadas enumeradas anteriormente, inclusive cuando se mantiene constante el contexto social que enmarca la realización evaluada. Segundo, y como han expresado ya otros autores (Briz, 2004; Eelen, 2001; Holmes, 1995; Lavandera,

1988a; Watts, 2003), no hay expresiones lingüísticas que sean inherentemente (des)corteses. Se entiende por esto que la conceptualización de la descortesía emerge de los mismos interlocutores durante sus prácticas sociales, comunicativas y textuales, la cual en ocasiones puede estar marcadas explícitamente, pero muchas otras veces ‘fuera del registro’ (off the record) y co-construido discursiva y cognitivamente. Esto no es algo exactamente desconocido ni novedoso, considerando trabajos anteriores en español en el área (Bolívar, 2001; Bravo, 1998, 2001; Kaul de Marlangeon, [1992]1995, 2003; Lavandera, 1988a).

Los autores examinados coinciden en expresar de forma directa o indirecta una preocupación por la construcción del corpus para el análisis discursivo de la descortesía. Esta construcción se basa en la selección de textos de acuerdo con los actores que participan en un macro-diálogo determinado y de acuerdo con los acontecimientos que se desarrollan de acuerdo con un devenir socio-histórico particular. En este sentido, la descortesía dependerá no solamente de la construcción interlocutiva y cognitiva de los usuarios de la lengua, sino que también, y de forma más problemática, de los individuos conformados como miembros de una comunidad de práctica descortés, en torno a una situación conflictiva determinada y según una configuración contextual determinada por temáticas sociales, culturales o políticas dadas, no siempre explícitas o reconocibles (cf. Bolívar, 2005a, p. 283). De esta construcción del corpus, el análisis de la descortesía resulta del registro de los rasgos identitarios más relevantes de los interlocutores, usuarios y sujetos involucrados en la situación conflictiva identificada, los objetivos que persiguen en esa situación y la valoración de los efectos interlocutivos de los comportamientos comunicativos (cf. Bravo, 2010a). Asimismo, los aportes desde una perspectiva discursiva revelan un aspecto de la descortesía como parte de dinámicas sociales, históricas, cognitivas e

interaccionales. Reconocen, así, una fuerza de socialización fundada en la descortesía, la cual efectúa de diversas maneras a nivel interpersonal según los signos lingüísticos, pragmalingüísticos y semióticos que los interlocutores registren en su interacción y que son reconocidos, en definitiva, por el analista52.