mis primeros momentos como cristiano gay, yo había aceptado ayudar a un amigo, Chris, a poner en marcha una revistilla mensual llamada Malchus. Malco, en el Evangelio de san Juan, era el siervo del Sumo Sacerdote a quien Pedro cortó la oreja con su espada cuando la muchedumbre llegó para arrestar a Jesús. Más adelante, el Evangelio de San Lucas recuerda que, aunque no se nombre a Malco, Jesús curó su oreja antes de ser atado y de que se lo llevasen. Estos dos textos relativamente similares de la Escritura nos muestran el trasfondo de le elección del nombre de Malco para la revista. San Pedro, que representa a la Iglesia, generalmente atacaba y hería a la gente por causa de su atracción homosexual. Pero Jesús nos sanaba de ese ataque. Por supuesto, la otra cara de la metáfora era que el nombre de la revista era el de un siervo del Sumo Sacerdote, del que se podría decir que es uno de los personajes más malvados del Evangelio, pero raramente discutimos sobre este aspecto.
Chris, con ayuda de otros amigos cristianos de atracción homosexual, fundó Malchus para edificar y animar a otros gays y lesbianas cristianos a los que con frecuencia se aislaba, especialmente si vivían lejos de las grandes ciudades, y para difundir el Evangelio entre los gays y lesbianas en general. Ambos objetivos los podía compartir yo. Pero, finalmente, los mismos problemas que había encontrado ya con otros cristianos gays y lesbianas empezaron a asomar la cabeza también con Malchus. La línea editorial de la revista empezó a desviarse progresivamente de Jesús para convertirse en una justificación de la actividad homosexual. Cuando otros editores y voluntarios de Malchus empezaron a explorar otras formas «diferentes» de actividad homosexual, me di cuenta de que mi colaboración con la revista llegaba a su fin. Gradualmente, mis artículos, que eran un reflejo de muchas de mis investigaciones acerca de las verdaderas bases de la teología gay, iban perdiendo sintonía con el resto de los contenidos. Pronto, mi conciencia me pidió un cambio, y una de las revistas de otoño incluyó mi último artículo en dicha publicación: Llegado el momento de la separación.
«Contribuyo con este mi último artículo a un número de Malchus con una mezcla de emociones: dolor y alivio, incertidumbre y confianza. El uno de septiembre de este año, presenté la dimisión de mi cargo de Asistente Editorial de Malchus y también de cualquier otro papel como articulista. Me imagino que la mayor parte de nuestros lectores se han dado cuenta por algunos indicios de cómo y por qué Malchus y yo hemos tenido que tomar diferentes caminos.
Un lector atento de lo que ha sido un esfuerzo constante y creciente no puede no haberse dado cuenta de cómo mis artículos han ido perdiendo sintonía con los de otros colaboradores en algunos temas bastante profundos. Esto, hasta cierto punto, era de esperar e incluso conviene que sea así. Sin embargo, algunos temas, como la identidad sexual y la obediencia están demasiado cerca del núcleo de lo que Malchus trata y esto exige al menos un mínimo acuerdo.
En su aspecto más profundo, mis desacuerdos con Malchus van directos al núcleo de lo que considero que significa ser un cristiano en la última parte del siglo XX Quiero que quede claro que no me refiero a lo que significa ser cristiano orientado homosexualmente, ni cristiano blanco, ni cristiano varón, sino al hecho de ser cristiano. Tras horas y meses de reflexión y de oración, he llegado a comprender que mi relación con Cristo y con su Iglesia es mucho más una cuestión de lo que Él me lleve a hacer que lo que yo mismo haga.
Esto, según he observado, es totalmente opuesto con la filosofía subyacente -o, si se prefiere, la que todo el mundo tiene- en la que Malchus se mueve. A diferencia de muchos otros que escriben aquí, me parece que mi lucha como cristiano consiste más en doblegar mi propia voluntad egoísta a la Ley Moral que intentar doblegar, distorsionar, reformar o remoldear dicha Ley Moral para aprobar mi voluntad. He llegado hasta el punto de sentir, para lo mejor o lo peor, que Malchus aboga por un tipo de vida que es intencionadamente pecaminosa; hasta apoya una reivindicación de que Dios cambie para salir al encuentro de las acciones y deseos de sus lectores en vez de cambiar dichas acciones y buscar la purificación de dichos deseos en el amor de Dios.
de pecado sin darse cuenta, finalmente, de que los demás aspectos del propio ser, el cuerpo, alma y espíritu están también corrompidos. Siendo homosexualmente activo acepté con solo un mínimo de sentido crítico ciertos supuestos concernientes a laEscritura, a la naturaleza del sacrificio y de lo que Cristo me pedía. Estos supuestos no resisten un examen un poco más atento, por lo que mi honestidad intelectual me pide que los abandone en favor de otros más cercanos a la verdad. Esta es la razón por la que no puedo continuar consintiendo y queriendo poner mi nombre en una publicación fundada sobre unas premisas que considero, en el mejor de los casos, como conducentes al error y, en el peor de ellos, como un ataque siniestro a las almas.
Finalmente, quiero aclarar que no tengo sino sentimientos de cariño (en todo caso, algo de arrepentimiento) hacia Chris y hacia todas las personas que he encontrado gracias a Malchus. Chris, en particular, ha dirigido los credos conflictivos y las divisiones culturales de los colaboradores con un aplomo que le hacen merecer un puesto en la Escuela Diplomática. El conflicto bosnio merecería un tacto tan delicado como el suyo. Me entristece verdaderamente que no podamos seguir de acuerdo. Quizá algún día lo estaremos».
Mi dimisión de Malchus marcó un hito, y me acuerdo de esos meses que siguieron a mi bautismo como las horas que preceden a una tormenta. Casi se podía sentir en el aire la importancia del cambio como se ven venir las nubes a una cierta distancia. Pero igual que las nubes ocultan el primer rayo, todo estaba esperando una chispa.
Esa chispa llegó un día, al inicio de la primavera, tras haber dimitido de Malchus. Mientras buscaba refugio para protegerme de un día deprimente y lleno de nieve en un centro comercial de la zona, me sentí atraído por una de esas cadenas de librerías enormes que habían surgido en los alrededores. Amplios carteles en los que se podía leer «rebajas por inventario» decoraban la fachada de dicha librería y me acerqué a las mesas tambaleantes de títulos como un buscador de oro. Quizá encontraría algo útil en medio de la pila de exóticos libros de cocina, de «ladrillos» que hablaban sobre mesitas de café o de guías que te dejaban perplejo. Un pequeño libro en rústica verde llamó mi atención. El precio de la gracia, anunciaban las letras doradas, de Dietrich Bonhoeffer. Lo cogí y abrí la primera página. «La gracia barata», escribía Bonhoeffer, «es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy estamos luchando por una gracia costosa». Lo leí de nuevo, lo metí en el bolsillo y empecé a rezar para que me quedara suficiente dinero tras las compras del día para adquirir ese libro. Si tomaba un poco prestado de una de esas bandejas donde se dejan los peniques que estaba frente a mí, tendría suficiente. Compré el libro, lo llevé a casa y lo leí de cabo a rabo en tres días. Luego lo leí otra vez entero y empecé a buscar todo lo que pudiera encontrar sobre Bonhoeffer.
Dietrich Bonhoeffer, junto con su hermana melliza Sabina, había nacido en 1906 en Breslau, Alemania. Era un niño precoz en una familia intelectualmente inteligente. Teniendo muchos caminos abiertos en los que hacer carrera, sintió la llamada al ministerio como pastor luterano. Completó sus estudios doctorales en 1927, a los 21 años, y empezó a enseñar en la Universidad de Berlín en 1930. Viajó mucho para su tiempo, fue pastor en un par de congregaciones y fue muy activo en el floreciente movimiento internacional que buscaba construir un cristianismo ecuménico. Pero, aparte de todo lo que me pudiese impresionar, fue su vida como activista y su martirio final lo que ponía el sello de autenticidad a lo que él escribió en el libro El precio de la gracia y en otras obras suyas.
Cuando el nacionalsocialismo de Hitler empezó a ganar terreno en Alemania en los años treinta, muchas reacciones de los cristianos fueron mediocres o algo aún peor, pero no la de Bonhoeffer. Cuando la máquina del nacionalsocialismo empezó a asimilar y controlar cada vez más aspectos de la vida en Alemania, llegando incluso a las iglesias, Bonhoeffer resistió. Junto a otras personas, fundó la Iglesia confesante, un cuerpo cuyos líderes ponían a Jesucristo, y no a Hitler, como la autoridad última acerca de cómo los cristianos tenían que vivir sus vidas. Bonhoeffer hablaba contra el auge de la teología de inspiración nazi. Cuando los seminarios estaban totalmente corruptos por la misma, Bonhoeffer fundó otros cuyos seminaristas pertenecían a la Iglesia confesante. Bonhoeffer estaba envuelto en el movimiento que escondía a los judíos del Holocausto y que resistía a Hitler cada metro, hasta
que, acorralado después de un intento fallido de asesinato, fue ahorcado en el campo de concentración de Flossenberg en 1945.
El libro de Bonhoeffer cambió mi vida y mi pensamiento teológico en muchos aspectos. Era como la lluvia que cae en una tierra asolada por la sequía, ciertamente, pero también como algo bastante más violento. Bonhoeffer me enfrentó conmigo mismo. Su voz martirizada, su larga muerte resonaba en mí con convicción y me pedía que abriera los ojos. Poniendo la crucifixión de Cristo justo ante mi cara, agarraba mi atención y decía: ¡Mira esto, mira! Y dime cómo vives.
A título de ejemplo, sugiero un texto que muestra cómo Bonhoeffer trata la cuestión de la «gracia barata»:
«Gracia barata significa la gracia que se vende en los mercados como una baratija. Los sacramentos, el perdón de los pecados y los consuelos de la religión son despilfarrados en las rebajas. La gracia se representa como el tesoro inagotable de la Iglesia, del que llueven bendiciones a manos llenas, sin hacer preguntas o fijar límites. ¡Gracia sin precio, gracia sin costes! La esencia de la gracia, pensamos, es que la cuenta ha sido pagada por adelantado; y, como ha sido pagada, se puede conseguir todo a cambio de nada...
En cambio, la gracia costosa es "el tesoro escondido en un campo", por el que un hombre iría contento a vender todos sus bienes con tal de encontrarlo. Es la suprema regla de Cristo, por la que un hombre se sacaría el ojo que le es causa de tropiezo... Esta gracia es costosa porque nos llama a un seguimiento, y es costosa porque nos llama a seguir a Jesucristo ».
¡Ay, ay, ahí duele! Bonhoeffer cortaba en tiras mi fina capa de teología gay. No se ponía al nivel de una delicada controversia sobre el significado de lo que una palabra podría significar en griego u otra en hebreo, sino en un nivel más profundo, en el nivel de Jesucristo, el verdadero origen y significado de la conversación. La llegada de Bonhoeffer a mi vida intelectual y de fe era semejante a los momentos místicos de santo Tomás ante la cruz, tras los cuales, él declaró que todo lo que había escrito hasta esa fecha no era sino «paja». Puesto frente a Cristo, la obra de Bonhoeffer aclaró que una persona no tiene más que dos posibles elecciones: te seguiré y serviré, o no. Si somos honrados, nada más es posible.
Las notas que tomé mientras leía por primera vez a Bonhoeffer revelan el impacto que su obra empezaba a tener, particularmente en lo referido a mis ideas sobre temas como la autoridad, el compromiso y el amor que sufre.
Bonhoeffer señalaba que la autoridad de Cristo en la vida del cristiano es, y debe ser, total. La llamada al discipulado en Cristo es, a la vez, llamada al individualismo y a la obediencia, decía. Hurgando en profundidad en el texto de la vocación de Leví, Bonhoeffer observaba que la respuesta de Leví es inmediata y total a la vez. «Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Leví, sentado en el despacho de los impuestos, y le dice: "Sígueme". Él se levantó y le siguió (Mt 9, 9)».
Cuando Jesús encontró a Leví sentado en su despacho de los impuestos y le dijo: «Ven, sígueme», Leví se levantó y le siguió, sin discusión, sin buscar componendas, sin ni siquiera hacer planes para que alguien se encargase de su trabajo mientras que él estaba vagando por el campo con ese rabí itinerante. Bonhoeffer consideraba que esta obediencia era, en un cierto sentido, inevitable, habida cuenta de la identidad de Jesús.
Dado que Jesús caminaba entre los hombres como el Cristo, según el punto de vista de Bonhoeffer, la suya era una autoridad capaz de exigir obediencia a su palabra. En la vida de un cristiano, tal y como la entendía Bonhoeffer, Jesús pedía a sus discípulos seguirle no como un profesor o como un modelo de vida buena, sino como el Cristo, el Hijo de Dios.
Según Bonhoeffer, la conversión de Leví resume el elemento esencial de toda conversión: en último término, un reconocimiento de la persona de Jesús como el Hijo de Dios y una obediencia a Él en ese contexto. El episodio de la conversión de Leví es breve, en parte,
porque lo importante es Cristo, y no Leví. Bonhoeffer señala que, cuando se es discípulo de Cristo, la obediencia es el único camino por el que avanzar. Bonhoeffer observa igualmente que la llamada de Jesús constituye a los hombres y mujeres como individuos:
«A través de la llamada de Jesús, los hombres se convierten en individuos. Lo quieran o no, se encuentran obligados a decidir, y esa decisión solo la pueden hacer ellos mismos. No es una elección propia la que les hace individuos, sino que es Cristo el que les hace individuos llamándoles. Todo hombre es llamado separadamente y sigue la ruta solo. Pero los hombres tienen miedo de la soledad e intentan protegerse de ellos en lasociedad de sus prójimos y en su entorno material... En el momento de su llamada, los hombres se dan cuenta de que ya han roto todos los lazos naturales de la vida. No es su propio hacer el que lo realiza, sino el de quien los llama. Porque Cristo les ha liberado de las cosas del mundo que les apremian para ser Él quien les apremia. No podemos seguir a Jesús a menos que deseemos aceptar y afirmar esa ruptura como un fait accompli».
Esas dos ideas, la autoridad de Cristo y, en último término, la respuesta individual, subyacen en la observación que cambió la vida de Bonhoeffer: solo la persona que cree es obediente, y solo la persona que es obediente cree. Cuando llamé a Jesús y le pedí que viniera a mi vida, yo era como el joven rico que estaba de pie en la calle ante Jesús preguntándole: Rabí, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? No deseaba la Persona de Jesús, fuera humana o divina. Ni siquiera comprendía realmente que existía esa posibilidad. Yo tenía un problema práctico de desesperación, en mi miopía, buscaba a Dios como una respuesta práctica. Pero la Escritura toma acta de lo que ocurrió cuando Él vio que el joven rico no iba a cesar de hacer preguntas, Jesús le amó y le dijo lo que realmente no quería oír: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres... y sígueme.
Del mismo modo, Jesús había respondido a mi grito y, a cambio, me había llamado a seguirle. Pero, con profundo horror, y temblando hasta los huesos, me di cuenta de que, como el joven rico, yo me había dado la vuelta y había empezado a alejarme. La única diferencia entre nuestras acciones era que el joven rico era sincero y resuelto, decidiendo en aquel mismo momento que el precio de la gracia era demasiado elevado y que él necesitaba seguir su propio camino. Yo, en cambio, pusilánime e indiferente, me había quedado merodeando en las cercanías de la multitud, retrasando mi decisión, a pesar de que parecía que yo avanzaba y me decidía.
El argumento de Bonhoeffer era absolutamente crucial. La fe no es abstracta. La fe no es un ideal intelectual, ni una teoría, ni algo que utilizamos para nuestro consuelo. La fe necesita acción, y el acto de la voluntad de hacer o no hacer algo. Es una paradoja, casi como el enigma del huevo y la gallina. Si uno no tiene fe, ¿cómo puede obedecer? Pero, a menos que uno obedezca, ¿cómo se puede decir de él que tiene fe? Es parte del poder de Dios el que este tipo de enigmas se desvanezca en la presencia de Aquel cuya verdadera naturaleza es la respuesta. Como un niño tiritando al final del muelle, yo podía haber alegado tener bastante fe diciendo que el hombre que estaba esperando seis pies más abajo, en el agua del lago helado me cogería e impediría que me ahogase. Pero mis exigencias eran meras conjeturas hasta que, con fe verdadera, no saltase desde la orilla y me tirase en sus brazos. A mi alrededor, desde que entré en contacto con la teología gay, había habido una multitud de hombres y mujeres al borde del muelle, discutiendo, debatiendo y, al menos algunos, negando finalmente que fuese necesario saltar al agua. Las meditaciones de Bonhoeffer sobre la realidad de Cristo, su autoridad y su llamada, me habían puesto exactamente en el borde de una fina plataforma y me habían dejado con los dedos de los pies fríos, tiritando, casi desnudo para que decidiese qué hacer. He aquí de nuevo a Bonhoeffer:
«El primer paso pone al discípulo en la situación en donde la fe es posible. Si él rechaza seguir y se queda atrás, no aprende cómo creer. Quien es llamado, debe salir de esa situación en la que no puede creer, en la situación en la que, en primer lugar, la fe es posible. Pero este paso no es la primera etapa de una carrera. Su única justificación es que lleva al discípulo a ser compañero de Jesús, el cual saldrá victorioso. Mientras que Leví continuase en su recaudación de impuestos o Pedro en sus redes, ambos podrían continuar sus tareas honesta y dignamente, y gozar ambos de experiencias religiosas, viejas y nuevas. Pero, si
querían creer en Dios, el único camino era seguir a su Hijo encarnado».
El segundo tema principal en Bonhoeffer que suponía un cambio de actitud se refería al compromiso. «Cuando Jesús llama a un hombre -escribía Bonhoeffer- le llama a venir y morir». La batalla del cristiano, que durante tanto tiempo me ha parecido algo distante y teórico y que otras personas en mi vida consideraban como pecados sociales (por ejemplo,