A pesar de la evidencia de que la promiscuidad caracteriza las relaciones homosexuales, pocos activistas, fuera de la genuina «izquierda radical», están dispuestos a defender las aventuras de una sola noche. Más bien, la voz que se alza en muchas partes es un grito para que la Iglesia y la sociedad entiendan mejor el amor homosexual, sexualmente activo. La declaración de Dignity sobre la ética sexual afirma: «todos los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios. Puesto que los hombres no fueron hechos para estar solos (cfr. Gn 2, 18), cuando nosotros buscamos y expresamos la intimidad y el amor, mostramos la imagen de Dios en acción», añadiendo más tarde:
«Aunque estamos de acuerdo con que una ética sexual centrada solo en la procreación en el contexto del matrimonio heterosexual no es relevante para nuestra experiencia como gays y lesbianas, los criterios que usamos para las decisiones sexuales no son fácilmente identificables. Afirmamos que respondemos a una llamada de Dios a amar cuando nuestra preocupación principal concierne la calidad de nuestras relaciones. Los valores en los que basamos nuestras relaciones se muestran claramente: respeto mutuo, cuidado, compasión, confianza, comprensión y generosidad (la cursiva es un añadido). Lo que emerge de nuestra experiencia y de nuestra reflexión es un énfasis en las personas y en las acciones que llevan a un crecimiento espiritual y personal. Oímos una llamada a la intimidad en las relaciones que vinculan sexualidad y espiritualidad. Es una llamada que los cristianos identifican con Jesús, que desafió a sus discípulos a amar a Dios totalmente y a los prójimos como a sí mismos (Mt 22, 34-40). Es una llamada que los cristianos reconocen como la presencia continua del Espíritu... Generalmente, buscamos relaciones que son totales y no únicamente la expresión de una sexualidad genital».
Pero un resumen de las 5.100 páginas web encontradas a través de un motor de búsqueda de Internet metiendo la expresión «gay love», revela de manera aguda la confusión de la comunidad gay y de la cultura ambiente sobre el amor. La aplastante mayoría de esas páginas parecen ofrecer tanto pornografía como consejo para las relaciones, con muchos anuncios de los últimos libros cuyas portadas prometen excitación y consejo. El libro de la editorial Alyson Publication, titulado Love Between Men: Enhancing Intimacy and Keeping
Your Relationship Alive (Amor entre hombres: aumentar la intimidad y mantener tu relación
viva), por ejemplo, tiene una cubierta cuyo título está dispuesto a lo largo de dos hombres desnudos en un abrazo que les cubre estratégicamente, presumiblemente, para que el libro pueda ser vendido en las estanterías normales sin estar envuelto en un papel marrón. Parece que por todos lados se da por supuesto que el «amor gay» tiene mucho que ver con la actividad homosexual y se olvida la cuestión: después de todo, ¿qué es el amor? ¿Qué es el «amor entre hombres» o el «amor entre mujeres» en esta cuestión? ¿Las relaciones homosexuales activas sexualmente son realmente amor? Este capítulo intenta arrojar al menos un poco de luz sobre la naturaleza y las exigencias del amor.
Pobreza de lenguaje
Peter Kreeft ha observado que se puede medir la importancia de algo sabiendo cuántas imitaciones ha inspirado. Pocos, después de todo, abordan el problema de la imitación de los clips o de las grapas. Los discos compactos, vídeos o películas se imitan cada vez más a menudo porque tienen más valor. Ocasionalmente, algún museo o coleccionista perderá mucho dinero comprando una imitación de una obra de arte o algún presunto documento original. Cuanto mayor es el valor de un objeto, tiene más posibilidades de que alguien intente falsificarlo. Esto es especialmente verdadero en relación al amor, lo único en el universo que tiene más valor que cualquier otra cosa, excepto Dios. El amor tiene cantidades
ingentes de imitaciones. Muchas relaciones, acciones, ideas, políticas y homilías reivindican el amor como fundamento y como fin, pero no reflejan o no entienden el amor verdadero.
La pobreza del lenguaje, al menos en el inglés popular, desliza la cultura hacia la confusión. Por ejemplo, ¿queremos de veras decir que sentimos y buscamos cosas equivalentes en relación a nuestra esposa, nuestros hijos, amigos, películas, o a un helado cuando decimos de todas ellas que las «amamos»? La expresión «amor incondicional» se emplea muchísimo en nuestros días pero se practica muy poco. El grado de sacrificio que exige nos merecería un reproche de parte de quienes predican la importancia del «amor de sí mismo». El «amor de sí mismo» se emplea con frecuencia como una excusa para todo, desde la participación en grupos de apoyo hasta la autoindulgencia con la masturbación, un acto que sería mejor entenderlo como odio de sí en vez de amor de sí. ¿Y qué papel juega en la vida el «amor romántico»?
Afortunadamente, todo el que quiere hablar de amor de manera más profunda y precisa tiene acceso a otras lenguas que han reconocido más matices de significado en el concepto de amor. Los griegos, por ejemplo, tenían al menos cuatro términos principales que podemos usar: eros, o amor erótico; storge, o amor de familia y de las cosas familiares como el propio pueblo, ciudad o país; philia, o amor entre amigos; y agape, el amor de Dios por nosotros y el nuestro, posiblemente, hacia los otros, que implica sacrificio de sí mismo y conocimiento propio. Pero, si queremos usar términos más específicos, necesitamos definirlos un poco más claramente.
Nuestra cultura se cree que lo que mejor comprende es el eros o amor erótico. Pero la visión del sexo, maliciosa y orientada por el mercado, que domina nuestra cultura, tiene más que ver con la objetivación, la lujuria y la lascivia que con cualquiera de nuestras cuatro definiciones de amor. El eros o amor erótico alimenta y nutre el romance, pero difiere mucho de la visión del sexo de la cultura popular, que se centra mucho más en los cuerpos que en las personas. «Desire» (deseo) es la palabra que corresponde más de cerca a eros, pero la palabra eros tiende a ser un deseo que consume hacia una persona o una cosa. El eros es un amor con un objetivo definido y casi dominante. C. S. Lewis, el gran apologeta y escritor cristiano, usaba como modelo del amor erótico a dos personas de frente una a la otra, mirándose profundamente a los ojos y centradas por completo la una en la otra. Me parece que ese modelo es útil porque reconoce el interés totalmente absorbente que cada una de las partes implicadas en el amor erótico tiene por la otra parte.
Tres aspectos del amor erótico son importantes para nuestra discusión. En primer lugar, un egoísmo habitual caracteriza al amor erótico porque el deseo del eros se basa esencialmente en el yo de la persona que sufre la atracción erótica. Incluso si la persona que experimenta el amor erótico ha sometido a disciplina su corazón y puede mantener los sentimientos libres de un egoísmo consciente y reconocido, el eros, por su misma naturaleza, implica al menos un egoísmo subconsciente, psicológico. No puede haber otra interpretación esencial de la frase que es la quintaesencia del amor erótico: «Te quiero». En segundo lugar, el eros o amor erótico tiene menos que ver con la libertad y la decisión que los otros tipos de amores. Poca gente decide tener sentimientos eróticos hacia alguien, ni puede ser forzado a tenerlos. Como muchos amantes no correspondidos saben, muy a su pesar, los sentimientos de amor erótico y sus actitudes románticas asociadas tienden más a ser algo que nos pasa que algo que viene de nosotros, tanto si somos correspondidos por nuestro amado como si no. En tercer lugar, el poder y la inmediatez del eros pueden llevarnos fácilmente a olvidar que la persona que amamos de este modo sigue siendo una persona, un yo, a pesar de ser el objeto de nuestro interés erótico. No hay nada en el amor erótico que tenga el poder o la autoridad para transformar o eliminar la naturaleza independiente y el valor infinito de una persona humana. Cada persona que amamos eróticamente sigue siendo una persona creada a imagen y semejanza de Dios, y por ello posee un valor innato que va mucho más allá incluso de nuestros cálculos más amables.
Storge, el segundo de los términos para el amor corresponde más de cerca a la palabra
inglesa «affection» (afecto) y es, a la vez, el menos conocido de todos los términos, incluso entre los cristianos. Storge caracteriza los sentimientos de amor entre hermanos y otros
miembros de la familia, o los sentimientos que uno puede tener hacia un lugar especialmente favorecido o que es importante en su vida. La comprensión moderna de la palabra «afecto», sin embargo, no refleja suficientemente los más profundos significados de storge.
Las asociaciones de la palabra storge relacionadas con la familia le otorgan, en cierto modo, un cierto poder de familiaridad y humildad. Las mujeres que cuidan a sus hijos o los hijos ya adultos que cuidan de sus padres ancianos son ejemplos de storge. Hay en este amor una atención y una aceptación de las peculiaridades de la personalidad que nos permiten aceptarlas en esas personas, mientras que no las aceptaríamos en una persona extraña. Como las familias son los mejores ejemplos de los lugares en los que uno debe aceptar a las personas que le rodean, y no tanto elegirlas, storge se asocia a menudo a la vida de familia. Storge es el tipo de amor con el que uno se puede sentir tranquilo e incluso un poco avergonzado. Los amantes y los amigos, los recién casados e incluso los miembros de la familia están con frecuencia contentos de encargarse unos de otros, pero cuántos de nosotros podemos sentirnos extraños al confesar nuestro afecto por alguien dentro de nuestro entorno que nosotros sabemos que los demás consideran como «un pobre hombre».
Otra palabra excelente para usar junto a storge puede ser la ternura de un amor de madre. Es interesante ver que la aceptación de las otras realidades -peculiaridades, faltas, idiosincrasia, hábitos molestos- hace del storge un fuerte antídoto contra la lujuria. Es casi imposible objetivar con la lujuria a alguien si queremos mirar a esa persona y a los demás como las ven sus madres.
Finalmente, aunque todos los amores pueden coincidir en mayor o menor medida, el
storge da un matiz propio a los otros amores mientras que él no recibe los matices de los
demás. En particular, en las relaciones maduras sazonadas con los años, el storge puede proporcionar un pilar de apoyo al tipo principal de amor que la relación posee sin superarlo. De este modo, las amistades duraderas tienen un elemento de storge, pero este afecto no es lo esencial de la amistad. Igualmente, las parejas que llevan casadas mucho tiempo comparten mucho storge, pero el afecto no es la síntesis de su relación. De muchas maneras, el storge tiene que ver con el amor del día a día, de las cosas cotidianas, sin los fuegos de artificio del eros o el sentimiento de descubrimiento que puede caracterizar a una fuerte amistad. Sin embargo, el storge mantiene una de las características del eros: normalmente, el
storge no puede ser querido.
La philia ocupa una posición que es vista a menudo como la «más alta» de los términos naturales del amor. El término inglés más cercano a la philia es «friendship» (amistad), una palabra que, como el amor, ha sufrido cierta confusión y pérdida de fuerza durante los últimos años. La amistad, como muchos de nuestros contemporáneos la entienden, significa a menudo algo más cercano al mero hecho de ser conocidos que al de ser amigos. Philia, en cambio, tiende a tener un significado más grande. Algunas personas recordarán la película Stand By Me (Cuenta conmigo), de 1986, que detalla la aventura de unos chavales de doce años en busca de un cuerpo muerto y su descubrimiento de sí mismos y de su amistad durante el proceso. Stand By Me muestra, de un modo muy puro, la lealtad, la honestidad, la compasión y la ternura que son posibles en la philia. La philia combina el hacerse un pinchazo en la mano para formar una hermandad de sangre con las exigencias y promesas de unas vacaciones de verano y la confianza y la honestidad forjadas en el calor de un peligro compartido o de cualquier otra experiencia. Me acuerdo del comentario de un hombre sobre las amistades de su padre en los tiempos de la guerra. Esas amistades duraderas tenían tal importancia para su padre, recordaba este hombre, que si uno de estos amigos le telegrafiara desde la otra punta del país diciendo: «Ven, te necesito», su padre cogería el primer tren que saliera. De algún modo, los puntos fuertes de la philia han llevado a confundirla con el eros, pero hay una diferencia significativa. El modelo de C. S. Lewis para la
philia contrasta con su modelo del eros. En el modelo de la philia, los dos participantes están
centrados no el uno en el otro, sino en algo externo a cada uno de ellos. Son dos que persiguen juntos un objetivo común que es externo a ambos, mientras que, en el eros, las dos personas estaban centradas una en la otra.
los activistas gays y lesbianas por apuntar póstumamente en sus filas a figuras históricas basándose en sus escritos a otras personas de su época o en la descripción que otros hicieron de ellos. El ejemplo reciente más notable se refiere a la historia bíblica de David y Jonatán. Cuando Jonatán muere en la batalla, David lamenta su muerte en el primer capítulo del segundo libro de Samuel, diciendo: «Por ti (estoy) lleno de angustia, Jonatán, hermano mío, en extremo querido, más delicioso para mí tu amor que el amor de las mujeres» (1, 26). Los activistas aprovechan este versículo, reivindicando que este, y la historia general de David y Jonatán, prueban que el «amor homosexual» (por el cual, ellos entienden la variedad gay actual) estaba presente incluso en el ungido de Dios.
De ahí afirman que la Iglesia debería cambiar su postura sobre los actos homosexuales. Sin embargo, un examen atento de la historia muestra que esa fuerte relación se enraíza en la philia mucho más que en cualquier otro afecto guiado por un eros desordenado. Tanto David como Jonatán empiezan la historia más o menos a la misma edad. A pesar de provenir de orígenes muy diferentes, ambos tienen intereses similares y plantan cara a un enemigo común, Saúl, el padre de Jonatán y rey de Israel. Hay peligro, aventura, riesgo, lealtad y tragedia. Al final de la narración, David llora por Jonatán como quien llora por la pérdida de un buen amigo. Nada de esto está fuera de lo común ni puede dar lugar al error de caracterización que se ha mostrado corrientemente. La exaltación del eros ha llevado a la cultura contemporánea a sofocar y pasar por alto el poder que la verdadera philia posee. La afirmación de que David y Jonatán «deben haber sido» amantes secretos dice mucho más sobre nuestra comprensión empobrecida del amor que sobre las inclinaciones sexuales de los príncipes hebreos.
Hay que destacar ahora dos factores de la philia para nuestra discusión. El primero es que la philia es completamente un amor que nosotros elegimos o queremos. En cierto modo, hay un dicho popular que describe la philia con agudeza: ninguno de nosotros elige a su familia, pero todos elegimos a nuestros amigos. Este elemento de libertad en la philia la vincula al ágape, la transformación sobrenatural del amor, y así, le da un carácter y una profundidad diferentes. El segundo factor es que la philia puede (y debería) proporcionarnos mucho de lo que necesitamos de las demás personas como seres humanos: compasión, compañía, comprensión, compartir nuestras vidas y nuestro tiempo. La Escritura observa correctamente en el Génesis que «no es bueno que el hombre esté solo» y la philia proporciona la «amistad desinteresada» que el Catecismo cita como el apoyo que necesita para acercarse a la santidad quienes viven con atracción homosexual.
Aunque es algo irónico, el cuarto término específico que tenemos que tratar en nuestra discusión sobre el amor, es el ágape, que era para los griegos la definición menos específica de amor. Ágape significaba el amor en general, de forma genérica, y por ello no era, probablemente, muy usado en una cultura que apreciaba mucho la especificidad en el lenguaje. Pero, dado que ágape no tenía una definición específica, se adaptaba perfectamente a las necesidades de los primeros cristianos que intentaban hablar de un tipo de amor totalmente nuevo, un amor que el mundo nunca antes había visto de forma tan clara como lo hizo con Jesucristo. Hablando con precisión, el ágape es el amor de Dios en todas sus formas. Es el amor de Dios por nosotros y por toda su creación, nuestro amor de Dios en respuesta a su amor por nosotros, y nuestro amor puro por el vecino, que es el amor de Dios por nosotros que nosotros aceptamos y reflejamos frente a los individuos con los que nos encontramos cada día. Todo esto entra en la definición de ágape.
El papel del ágape en nuestra discusión es clave, pero es un tema demasiado amplio para tratar. ¡Se han escrito libros enteros simplemente sobre el amor de Dios! Sin embargo, el ágape tiene ciertas características que necesitan incluirse en nuestra discusión sobre el amor y la atracción homosexual.
El primero y más importante es que el ágape es completamente una elección, un acto de la voluntad. La decisión, no la emoción, es la que caracteriza al ágape. Nadie puede quererse a sí mismo con amor erótico, ni con el storge, ni incluso con la philia (que requiere un cierto grado de reciprocidad o de afiliación). En cambio, el testimonio de la Escritura, de los santos y de muchos cristianos contemporáneos es que el ágape puede existir y existe en la voluntad.
San Francisco quiso amar y abrazar al leproso a pesar de que la lepra le parecía repulsiva. San Martín de Porres quiso amar y ayudar a los esclavos de la colonia española del Perú aunque dicho amor suponía una amenaza para su propio estatus e incluso para su propia libertad. Las hermanas de la madre Teresa quieren amar por todo el mundo como algo normal a aquellos que el resto de la sociedad ha declarado no-amables o intocables. «El amor -como dice un letrero en el despacho de la madre Teresa- es una elección».
El segundo es que el verdadero ágape, el ágape sobrenatural, el de Dios, es completamente desinteresado. El amor de Dios se olvida a sí mismo, literalmente, y no pide reciprocidad. Ahora bien, si somos sabios y plenamente personas humanas, responderemos al amor de Dios, porque el amor se propaga a sí mismo entre la gente sana. Pero Dios no exigirá nuestro amor en respuesta al suyo. Él ha amado incluso durante las épocas de nuestra vida en las que hemos podido odiarle. En esto, el ágape es superior a la philia,