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El problema de la identidad: redefiniendo la nación rusa:

Rusia y la definición de sus intereses nacionales: la búsqueda de una guía en

I. El problema de la identidad: redefiniendo la nación rusa:

Para la mayoría de las repúblicas pos-soviéticas la fragmentación de la URSS, significó tener que lidiar de manera súbita con complejos panoramas en cuanto a la homogeneidad/heterogeneidad étnica de la población heredada en sus límites territoriales. Además, implicó el afrontar la existencia de minorías nacionales propias que habitaban en otras repúblicas, y que se convertían en extranjeras. En el caso ruso,

esto se presentó como un problema novedoso dado que al desacoplarse territorialmente Rusia de las fronteras imperiales (soviéticas y zaristas) unos 25 millones de rusos pasaron a habitar en los nóveles estados pos-soviéticos. Sin duda este resultó un problema relevante que involucró definiciones concretas sobre su status jurídico: adopción de la nacionalidad del país, doble nacionalidad, uso del lenguaje nativo, derechos políticos activos y pasivos.

A la vez también volvió a incentivar los debates acerca de las líneas demarcatorias de la nacionalidad rusa. Esto problema puede parecer sencillo en una primera mirada, pero resulta más complejo si se lo vincula al mundo eslavo y en particular en las identidades rusa, ucraniana y bielorrusa.

Para abordar la pregunta respecto a qué se entiende por nación rusa, resulta conveniente partir de algunas definiciones conceptuales del término nación para posteriormente, en base a los elementos constitutivos de ese concepto, señalar en relación al caso ruso cuáles son los puntos cuestionados o imprecisos.

Smith (1976) entiende por nación, a un grupo considerable de seres humanos, que posee una integración vertical de la población en torno a un sistema común de trabajo, un territorio más que local con una movilidad horizontal dentro del mismo, pertenencia directa al grupo con iguales derechos de ciudadanía, al menos un signo de relativa disimilitud reconocida por el cual sus miembros puedan distinguirse de otros

grupos semejantes y tener una relación de alianza, competencia o conflicto con otros grupos, así como un elevado nivel de sentimiento de grupo. Las siete características ideales de nación son entonces según este concepto: el tamaño, la integración

económica, la movilidad territorial, una cultura distintiva, relaciones externas –basadas en la alianza, competencias o conflictos con otros grupos semejantes–, iguales derechos de ciudadanía y lealtad al grupo. Esta definición es de tipo etnicista, entendiendo el término étnico como equivalente del cultural1.

Cabe señalar aquí que la mayoría de los intelectuales rusos parten de un concepto de nación vinculado con el étnico en el ya mencionado sentido. En relación con ello, criticaron otros criterios a través de los cuales se procuró definir la nación, tales como nacionalidad mayoritaria, e incluso nacionalidad impuesta a los pueblos

vecinos por la Rusia Imperial (Mendras, 1992: 7).

Se puede contraponer al concepto de Smith, a la visión de Gellner (1991), que si bien reconoce la importancia de elementos como voluntad y cultura en la relación a la definición de nación, no los considera suficientemente explicativos. Gellner afirma la necesidad de partir del nacionalismo para arribar al concepto de nación, dado que el primero engendra a la segunda. “Las naciones, al igual que los estados, son una

contingencia, no una necesidad universal. Ni las naciones ni los estados existen en toda época y circunstancia” (Gellner, 1991: 19). Su pensamiento invierte el orden secuencial de los argumentos nacionalistas: naciones dadas –y aletargadas– y posteriormente el nacionalismo como reafirmación política de las mismas.

Para Gellner, sólo se puede vincular la idea de nación a la de cultura, si se considera que ésta ha sido estimulada por condiciones sociales generales – concretamente la industrialización que conduce al nacionalismo– por medio de la educación hasta convertirse en el único elemento –ahora estandarizado, homogéneo y centralizado– con el que los hombres se identifican voluntariamente. Sólo cuando – como actualmente– la cultura parece ser la depositaria natural de la legitimidad política, esta puede asimilarse a la nación. En relación al Estado, concepto sobre el que se volverá más adelante, Gellner (1991: 182) lo considera el caparazón propio sin el que

normalmente la nación-cultura no puede sobrevivir.

La concepción de Suny (1992: 96) aunque no vincula tan estrechamente industrialización-nacionalismo-naciones como Gellner, coincide con él en señalar la existencia de un proceso de formación de naciones. Dicho proceso está determinado por

desarrollos socio-económicos y políticos, concebidos y articulados dentro de un discurso nacional emergente. Dicha concepción sostiene que “cualesquiera que sean los lazos territoriales, culturales, lingüísticos, religiosos o sociales que unen a la gente, la nacionalidad2, se forma cuando se asume mediante la experiencia que esos lazos son los

más significativos a la hora de desarrollar y proteger a un pueblo”. Nación equivaldría a

comunidad imaginada que encuentra su expresión en símbolos, rituales, banderas,

canciones y acciones colectivas que se constituyen en la articulación y representación de sus aspiraciones que tradicionalmente se centraron en el reconocimiento político, la soberanía y la independencia.

Conviene destacar aquí que, a menos que se relativice el significado de estos últimos términos en relación a su alcance original –y aún al que se les daba hace algunas décadas–, éstos entran en contradicción con una realidad que muestra una creciente tendencia a la permeabilidad de las fronteras nacionales. Fenómenos de distinto tipo, y también sujetos a diferentes valoraciones, tales como la trasnacionalización económica, las comunicaciones, las organizaciones delictivas, los flujos migratorios –que se han transformado en un punto novedoso en la cuestión seguridad–, y los procesos de integración y cooperación económica apuntan tenazmente en aquel sentido.

Sin embargo, la identidad nacional no es constante ni inmutable, sino más bien constantemente definida, y en parte la política exterior contribuye a ello (Prizel, 1998: 33). La relación entre la identidad nacional y las experiencias de política exterior es altamente dialéctica. Por lo tanto dadas las transformaciones del sistema internacional, a la política exterior le cabe actuar en respuesta al enorme desafío de atenuar los impactos negativos –reales o percibidos– en términos de la identidad nacional, mientras que

conjuga acciones que en gran medida estrechan vínculos con el medio externo.

2 En la traducción de la revista Debats aparece el término nacionalidad como sinónimo de nación lo que no es infrecuente. También la obra de Helene Carrer D´Encausse, más adelante citada, cuyo título original es La gloire des nations ou la fin de l´Empire soviétique fue traducido al español como El triunfo de las nacionalidades. Sin embargo, el término nacionalidad alude a un vínculo de carácter jurídico internacional que se refiere a la pertenencia permanente de una persona a un Estado y que se adquiere originariamente según el ius sanguini o ius soli.

Si en el caso ruso se procura delimitar analíticamente a la nación, surgen

algunas cuestiones –esenciales en esta búsqueda o reconstrucción de su identidad– sobre las cuales se polemiza y se debate3. La delimitación de los miembros del grupo, plantea

uno de los problemas más críticos de la situación actual: la relación de los rusos que habitan Rusia tanto con los no rusos en términos étnicos que habitan en ella4, como con los rusos radicados en otras repúblicas de la ex URSS5.

A ello se suma la problemática planteada por la corriente eslavófila que en términos identitarios considera de modo inclusivo a ucranianos y bielorrusos. Esta corriente, uno de cuyos representantes más destacados es el escritor Alexander Solzhenitzyn, sostiene que no existirían prácticamente disimilitudes o elementos diferenciadores relevantes entre los tres grupos eslavos orientales: rusos, ucranianos y bielorrusos (o rusos blancos) que justificarían la secesión en distintos estados-nación. A una década y media de la fragmentación de la URSS, la consolidación de la estatalidad de Ucrania parece irreversible. En el caso de Belarus este proceso resulta más débil, dado que la existencia de un proyecto de Unión de Estados con Rusia, incentiva interrogantes acerca de las perspectivas de construcción plena de un Estado-nación en Belarus6.

Más allá de la evolución de los procesos políticos vinculados a esta cuestión, resulta relevante destacar la persistencia de una corriente de pensamiento que justifica la identidad eslava oriental enfatizando lazos históricos compartidos, tales como: un gobierno común, la administración unificada de la Iglesia Ortodoxa y el territorio de origen del imperio ruso en Kiev –actual capital de Ucrania– y también en los vínculos actuales entre millones de personas7.

Solzhenitzyn sostenía que estas tres etnias son “indivisibles aunque inmezclables”, y proponía la libre manifestación de cada cultura dentro de la unión, bajo el lema “No forzar la rusificación, pero tampoco forzar la ucranización” (Solzhenitzyn, 1992: 20). La idea subyacente apuntaba a preservar identidades colectivas emparentadas,

alejadas de la lucha política y de una eventual manipulación o utilización por parte de los sectores intervinientes en la misma. El desarrollo de esta visión constituye un enriquecedor ejemplo de la variedad de percepciones respecto a los elementos conceptuales ya mencionados tales como rasgo de disimilitud y las relaciones de alianza, competencia o conflicto con otros grupos8.

3 Se sigue el concepto de identidad de Touraine en cuanto ésta se define en términos de elección y no en función de sustancia, esencia o tradición, en cuanto implica capacidad para la acción y el cambio y no un llamamiento a una

forma de ser. Citado por Szporluk, Roman, “Dilemas del Nacionalismo Ruso”, Problemas Internacionales, julio – agosto 1989, p. 36.

4 Se debe destacar que Rusia cuenta con numerosas poblaciones no rusas en su seno de las cuales numéricamente las más importantes son: tártaros, chechenos, inguses, maris, chuvaches, osettios, bachkires, buriatos, tuvas, komis, udmortes y kalmuks.

5 En varias repúblicas constituyen entre el 20 y 30 por ciento de su población, los porcentajes menores se dan en la zona del Cáucaso.

6 Si bien pareciera existir consenso en las principales corrientes nacionalistas en cuanto a quienes considerar russki, existen diferencias a la hora de considerar “las disimilitudes entre los miembros de un grupo de otros semejantes”,

relevantes entre los tres grupos eslavos orientales (Rusos, Ucranianos y Bielorrusos o Rusos Blancos) que justificarían la secesión en distintos estados-nación.

7 En Ucrania viven aproximadamente entre 8 y 10 millones de rusos, en especial en la parte oriental. También existe una población caracterizada como identidad múltiple en el sentido que pueden identificarse con las dos identidades por ser descendientes de matrimonios mixtos ruso-ucranios e incluso algunos se sienten también soviéticos.

8 Por otra parte, existe otra corriente minoritaria que amplía los grupos aliados en base al grupo eslavo y a la fe ortodoxa, que refuerza los lazos culturales y a través de este elemento diferenciador define a los grupos rivales –el Occidente cristiano corrompido– con claras connotaciones schmittianas.

En el establishment político, la idea de lazos especiales entre los eslavos

orientales cuenta con gran popularidad. En mayo de 1997 Yeltsin apeló a la unidad eslava para justificar la firma de la carta de unión suscripta con Belarus. Más aún, en su libro Derzhava el líder del partido Comunista Guennai Ziuganov, incluyó sin equívocos

a ucranianos, y a bielorrusos en la nación rusa (Tolz, 1998).

Por cierto las relaciones entre ucranianos y rusos resultan complejas. En el plano de los vínculos político-diplomáticos entre ambos estados, éstas han oscilado entre la competencia, el conflicto y la cooperación. En la relación entre las sociedades de cada uno, no ha habido tal variación dado que la población ucraniana se diferencia tradicionalmente por la existencia en la zona oeste de una población nacionalista, católica y pro-occidental, mientras que en la zona centro-sur y oriental predomina una población más rusificada y con identidades múltiples. Por lo tanto, el contraste entre la

construcción imaginaria y el escenario real aparece claramente9.

Estas relaciones dependerán de si los sectores nacionalistas se consolidan en el

aparato estatal de los distintos países –y en ese caso cuál de las variantes del

nacionalismo ruso predominaría– para poder establecer qué tipo de lógica podría constituirse en dominante o permanente. La importancia del Estado para el nacionalismo, que será retomada más adelante, aparece clara en su caparazón protectora (Gellner, 1991: 15-17; Smith, 1976: 251).

Tan importante como definir si otras naciones eslavas constituyen el otro, resulta

determinar la relación con las minorías étnicas establecidas en Rusia como parte del

nosotros. En esa dirección Tolz remarca lo novedosa de la idea de una nación rusa

cívica (rossiiskaya) cuyos miembros sean todos los ciudadanos de la Federación de

Rusia (rossiianie), sin considerar sus orígenes étnicos o culturales (ruskii), unidos por la

lealtad a las nuevas instituciones políticas emergentes y a la Constitución. En los años 1991 y 1992 el gobierno de Yeltsin impulsó esta identidad cívica y esto se reflejó en la ley de ciudadanía de 1991. Como señala Miller numerosas políticas del Estado pueden influenciar la formación de identidad –nos detendremos particularmente después en la política exterior– pero sin duda la legislación sobre la ciudadanía es crucial. La categoría ciudadanía es la que marca los límites de la comunidad política, ya que define quien disfruta de los derechos y se somete a las obligaciones de ser miembro de un Estado. También es vista como un indicador de la comunidad nacional (Miller, 2002). La ley de 1991 otorgó la ciudadanía rusa a todos los que en aquel momento habitaban en la Federación sin exigencia de conocimiento del idioma ruso, o de residencia, ni ningún tipo de examen sobre la historia, la cultura o las leyes rusas. Además en su artículo 18 ofreció la ciudadanía rusa a cualquier ciudadano de la ex URSS residente en los estados que la integraron, con la única condición que no hayan tomado otra nacionalidad y exigiendo como único requisito el deber de registrarse. Sucesivos decretos presidenciales extendieron los plazos para cumplimentar el registro desde el 6 de febrero de 1995 hasta el 6 de febrero de 2000 y se eliminó el requisito del registro para aquellos ciudadanos de Rusia que hubieran regresado al país. La Constitución de

9 El mismo Solzhenitzyn reconoció más tarde la inviabilidad de este agrupamiento, al admitir el continuo rechazo del gobierno ucraniano de apoyar cualquier tipo de organización supranacional con Rusia, en el marco de la Comunidad

de Estados Independientes (CEI), que “Ucrania nos rechaza con odio miope” y “que la única formación real que

puede durar es la unión entre Rusia, Belarús y Kazajstán” (en “Falta un poder fuerte”, Diario Clarín, Buenos Aires, 4

1994 menciona a la nación cívica rusa como una comunidad de todos los ciudadanos de Rusia.

La ley de ciudadanía aprobada por la Duma en abril de 2002, en base a un proyecto presidencial, exige requisitos para adquirirla tales como la fluidez en el idioma ruso o tres años de matrimonio con un ciudadano o ciudadana rusa. La ley prohíbe la doble ciudadanía excepto en casos estipulados en acuerdos firmados con algunos países, principalmente las repúblicas ex soviéticas. En ellas Rusia ha promovido este status, con variada suerte10. En el caso de Ucrania, y en los tensos

momentos previos a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de noviembre de 2004, Putin pidió al parlamento ruso que acelere el tratamiento de la legislación que permita la doble ciudadanía ruso-ucraniana. Se estima que ésta podría ser otorgada a entre 4 y 6 millones de ucranios que viven temporal o permanentemente en Rusia11.

También ha habido declaraciones presidenciales en el sentido de reconocer la doble ciudadanía ruso-israelí y la sugerencia de considerar a los descendientes de la primera ola de inmigrantes a Francia con una doble ciudadanía12.

La nueva demarcación jurídica de la nación rusa debe además convivir con lo ya existente. La desintegración de la URSS no significó que Rusia heredara un Estado- nación, sino una amorfa y débil identidad nacional (Kuzio, 2001). Ello obedeció a que ni el régimen zarista ni el soviético promovieron la construcción de una nacionalidad o nación rusa. Entonces el territorio actual de la Federación de Rusia no es aceptado como su tierra natal por la mayoría de los rusos étnicos, solo lo hace el 41%. Kuzio recuerda que a la manera de los turcos en el imperio otomano, los rusos étnicos fueron subsumidos en las identidades zaristas y soviéticas. En su análisis para la mayoría de los rusos su tierra fue el imperio o la URSS, dado que fueron privilegiados como una

nación supranacional cuya migración fue promovida como un medio del poder ruso y soviéticos hacia la periferia no rusa. La tarea de construir una nación después de la fragmentación de un imperio no es frecuente, pero antes que Rusia, Turquía y Austria han atravesado procesos similares. De todos modos cabe resaltar que la complejidad de estos procesos resulta indudable. El Estado ruso tiene la doble tarea de construir la nación, y acotarla institucional y territorialmente.

Además la decisión política de impulsar este proceso no siempre es sostenida y muchas veces resulta selectiva en función de intereses económicos y estratégicos o de variaciones ideológicas. Estos aspectos son abordados en la segunda parte del trabajo al analizar las políticas imperialistas.

En el plano social la convivencia ha sido relativamente armónica y las diferencias aceptadas. No obstante, fenómenos como la xenofobia y el chauvinismo han resurgido en tiempos recientes aunque no pueda distinguirse si están destinados en mayor medida a grupos extranjeros o a minorías étnicas de la propia Rusia. Desde el nivel político, se ha puesto especial cuidado en resaltar el carácter multiétnico y multiconfesional de la Federación Rusa.

10 En 1993 Yeltsin propició la doble ciudadanía para los rusos étnicos en el extranjero cercano, pero al encontrar resistencia, en particular en Ucrania, fue atenuando sus demandas hasta abandonarlas.

11 RFE/RL Newsline, 1 de nov 2004, part I.

12 “The Citizenship Law: Russia is on the Edge of the Political Collapse”, Pravda, 07/03/2003. www.pravda.ru Consultado en noviembre de 2004.

Por otra parte, a medida que la identificación de los responsables de los ataques terroristas en el país se limitaba a los chechenos, el gobierno mientras apostaba a esta vinculación, también intentaba desacoplar el vínculo entre terrorismo e islamismo. Dado que entre el 10 y el 15 % de la población rusa profesa la fe islámica, el gobierno procuró mantener las buenas relaciones con los líderes religiosos e hizo gestos políticos para resaltar la tolerancia y libertad religiosa de una Rusia multiconfesional13.

Mientras en el análisis precedente se plantearon la dificultad para establecer las fronteras del nosotros (russkoye o eslavos orientales), la necesidad política de un Estado

que internamente estimule y fortalezca la inclusión de toda su población actual (rossianie), y en relación a la diáspora rusa (russkii) aplique una política cauta y de

cooperación en especial en las repúblicas pos-soviéticas, seguidamente se pondrá la atención en la relación con el otro. Allí la referencia es Occidente, entendido como una

entidad cultural que comprende a la civilización europeo-norteamericana, respecto a la cual Rusia mantiene un complejo vínculo. Este se aborda en su faz política en la tercera sección al analizar la política exterior, pero cabe previamente introducir algunas reflexiones. Occidente ha resultado tradicionalmente el otro para Rusia y ha constituido

un elemento relevante en la conformación de su identidad. Este proceso puede adoptar dos tipos de estrategias y prácticas: las afirmativas, que remarcan las características positivas y celebran lo comunitario, y las negativas, que enfatizan las diferencias y la exclusión. El empleo de estos mecanismos en la construcción identitaria cobran central relevancia a la hora de analizar las variantes del nacionalismo ruso en la segunda sección. A su vez esta construcción puede poner el énfasis en elementos orgánicos o culturales o en elementos inorgánicos o ideológicos, entre los cuales sobresale la