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2. El desarrollo teórico y empírico de un concepto: el poder

2.2. El ejercicio del poder: una aproximación a la extranjerización de tierras

2.2.3. Producción de saber

Sin duda alguna, la característica más prodigiosa y relevante del poder es la capacidad que presenta para la producción misma de sentido, dándoles a los actores sociales un marco cultural que antecede y conforma las decisiones, y sin el cual no podrían ser adoptadas (Múnera, 1998, Pp. 106). A raíz de esta producción de sentido, los actores construyen sus identificaciones sociales, igualmente divisan una serie de opciones que responden estrictamente al campo de saber edificado en el ámbito en el que se relacionan, y de estas deciden por las que más se acercan a sus necesidades, intereses y deseos. La relevancia de esta característica se encuentra en lo imperceptible pero altamente eficaz del empleo del poder, haciendo que los actores sociales asuman las limitaciones y habilitaciones que resultan de las prácticas del poder de otros actores como suyas propias y en función de ellas definan sus acciones (Múnera, 1998, p. 111).

La mejor manera de entender esta dimensión del poder es caracterizando a los actores sociales que hacen parte de la relación social y desenmascarar su accionar, para identificar si en este efectivamente se halla un ejercicio de poder por medio de la producción de sentido. Justamente en esta vía, encontramos en los organismos internacionales un proceder muy marcado donde se destaca la adopción de la clasificación entre países Desarrollados y países en Vía de desarrollo, que sustenta la consolidación de dependencias que responden a esta diferenciación y que formulan y sugieren una ruta para superar el subdesarrollo, hasta erigir en estos preceptos, mostrados como una ayuda intelectual y económica, un mandato incuestionable por los gobiernos que reciben la asistencia.

Específicamente en Colombia, se ubican dos momentos históricos que se ajustan cabalmente a la anterior descripción. El primero se puede identificar como la era

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proteccionista- la cual operó hasta finales de la década de 1980- y constaba básicamente de un modelo denominado Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), que tenía como objetivo impulsar un desarrollo productivo dirigido por el Estado como forma de fortalecer las economías latinoamericanas de cara a las vicisitudes del comercio internacional, provocadas principalmente por los escenarios de guerras en los que habían estado implicados países industrializados que proveían a la región de diversos bienes. Tal dirección se adoptó gracias al auge de las teorías del desarrollo – nombre que engloba varias tendencias—, las cuales sostienen que los países avanzan a través de fases cada vez más evolucionadas de desarrollo económico. En otras palabras, las naciones pasan de una economía netamente agraria, hasta llegar a una apoyada en la producción industrial y perfeccionamiento técnico y tecnológico.

Basados en este análisis, las Naciones Unidas crearon la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) con el fin de impulsar el tan anhelado desarrollo en estos países24. La salvedad en este punto es que este modelo no solo permeó la economía, sino que por medio de un Estado hiper-crecido, que debía encargarse de cada vez más tareas, se fue introduciendo el modelo en muchos ámbitos de la sociedad.

El segundo momento se refiriere precisamente al cambio de paradigma. La apertura económica, empieza a funcionar después de 1990, en el marco de los Tratados de Libre Comercio, los cuales a su vez responden a una política internacional tendiente a privilegiar la apertura de los mercados. A razón de esto el Estado colombiano ha venido aplicando una serie de políticas agrarias enfocadas a una ―especialización del agro‖ hacia productos tropicales para la agroexportación, asimismo se han gestado incentivos como el de Capitalización Rural, el cual va dirigido a impulsar proyectos de inversión con un alto nivel de modernización, adecuación de las unidades productivas y

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Es importante hacer claridad de que a raíz de una serie de problemas de carácter societal, una nueva corriente, sustentada en parte en la teoría de desarrollo, pero que a la vez le realizaba mordaces críticas por su análisis lineal y que no estudiaba las características propias de los países latinoamericanos, empezó a resonar en las administraciones públicas en la década de los 50; ésta, más allá de ser una serie de dictámenes, se constituyó como todo un paradigma de desarrollo económico. El modelo desarrollista basado en el diagnóstico que realiza la teoría de la dependencia —el cual plantea que el deterioro de los términos de intercambio en el comercio internacional, con un esquema centro-industrial/periferia-agrícola, reproduce el subdesarrollo y amplía la brecha entre países desarrollados y países subdesarrollados—, fórmula que para alcanzar un desarrollo industrial autónomo se requiere de un Estado activo que incentive el progreso en las sociedades pre industriales, para lo cual es imperativo transformar algunos elementos del Estado tradicional, oligárquico y populista.

Tal modelo estableció una relación más dinámica entre sociedad civil-Estado, en la que el Estado, siguiendo los planteamientos del desarrollismo se engrandeció como nunca antes, permitiendo su incidencia en varios aspectos de la vida en sociedad; por un lado los industriales se beneficiaron de un Estado que los protegía en el mercado interno de la competencia externa, mientras que los trabajadores vieron aumentar el poder de sus organizaciones sindicales. El Estado arbitraba la relación y los conflictos entre propietarios y trabajadores.

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desarrollo tecnológico, enfocado en cultivos de tardío rendimiento, pero de alto potencial exportador, como es el caso de la producción de agrocombustibles. Estos últimos destinados a la exportación, gozarán de exenciones tributarias a través de un régimen de zonas francas. (Álvarez, 2012b, p. 3). Pues bien, esta política de envergadura mundial aplicada en Colombia, ha respaldado la transformación del agro nacional, cotejado principalmente en el giro de las prioridades, llegando al casi exclusivo beneficio del sector empresarial, pero en desmedro de la mediana y pequeña producción agrícola.

No obstante, muchas de las consecuencias, principalmente con respecto a las inversiones nacionales y extranjeras en tierras empezaron a volverse incontenibles y es entonces cuando desde enero de 2010, instituciones como el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), entre otros organismos; promueven los Principios para una Inversión Agrícola Responsable (IAR) como una manera de mitigar el impacto negativo de la adquisición de enormes superficies de tierras agrícolas sobre los derechos y las formas de vida de los pueblos (Álvarez, 2012a, p. 9). Tal proceder deja en claro que estos organismos continúan funcionando en el mismo marco de conocimiento, produciendo a su vez más elementos que mantengan o modifiquen a conveniencia el sentido de la praxis de los demás actores. Es evidente entonces, cuando se habla de que el poder no tiene un simple papel de prohibición o reconducción, sino que desempeñan, allí en donde actúan, un papel directamente productor (Múnera, 1998, p. 86).

Como se ha visto, el poder sólo puede ser entendido en la interacción y en los efectos recíprocos que este conlleva. En este orden de ideas, este concepto nos revela su carácter multifacético, en donde su ejercicio se puede gestar desde innumerables lugares, ejercido por diversos actores, que despliegan un arsenal de prácticas, respondiendo a situaciones estratégicas con distintos niveles de dificultad. Por lo tanto, el presente análisis pretende ahondar sobre el poder en tres niveles: el primero entendido como una acción directa derivada de un proceso decisional, el segundo, referido al ámbito relacional concreto que define los límites de las decisiones y los recursos, reales o potenciales a disposición de los actores, y el tercero, en dirección a evidenciar la producción de saber que crea un marco de conocimiento, el cual antecede y conforma las decisiones, permitiendo su relativa fácil adopción.

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