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El último profeta de Dios es Hadrat-i Muhammad (s.)221, quien posee un libro y una Shari’ah y en quien los musulmanes han puesto su fe. El Profeta (s.) nació 53 años antes del comienzo del calendario de la Hégira222 en la Meca, en el Hiyaz, en medio de la familia de Banu Hashim de la tribu de Quraish, que era considerada la más honorable de las familias árabes.

219 Este versículo aparece en la forma de una obligación. Está claro que en este caso si hubieran

existido otros profetas distintos a los cinco mencionados aquí, trayendo una nueva Shari’ah, hubieran sido mencionados.

220 Otra vez una referencia a los profetas que trajeron nuevas Shari’ahs al mundo.

221 Nota del Editor: En persa y en otros idiomas de países musulmanes el nombre del Profeta (s.)

generalmente es precedido por el título honorífico Hadrat (sublime) y seguido por la fórmula «La

Paz y las Bendiciones sean con él» (sal-l Al-lahu ‘alaihi wa sal-lam) . Hadrat es también usado para otros profetas, para los Imames shiítas e incluso para algunas eminentes autoridades religiosas.

222 Nota del Editor: El calendario islámico comienza con la emigración del profeta de la Meca a

Medina y por eso es llamado calendario de la hégira, de la palabra árabe hy:rah que significa

Su padre se llamaba Abdallah y su madre Aminah. Perdió a sus padres al comienzo de su niñez y fue puesto bajo el cuidado de su abuelo paterno, Abd Al- Muttalib, quien también murió enseguida. En ese momento lo tomó a su cargo el tío del Profeta (s.), Abu Talib, llevándolo a su casa y convirtiéndose en su protector. El Profeta creció en la casa de su tío e incluso antes de alcanzar la adolescencia lo acompañaba comúnmente en sus viajes con la caravana.

El Profeta no había recibido ninguna enseñanza y por lo tanto no sabía leer ni escribir. No obstante, después de alcanzar la madurez se volvió conocido por su sabiduría, cortesía y fidelidad. Como consecuencia de su sagacidad y fidelidad, una de las mujeres de la tribu de Quraish, conocida por su riqueza, lo eligió como el custodio de sus posesiones y dejó en sus manos la tarea de conducir sus asuntos comerciales.

En una oportunidad viajó a Damasco con su mercancía y debido a la capacidad desplegada obtuvo brillantes beneficios. Poco tiempo después la mujer le pidió ser su esposa y él aceptó la propuesta. Después del casamiento, que sucedió cuando tenía 25 años, el Profeta (s.) comenzó a vivir de la administración de la fortuna de su mujer, hasta la edad de 40 años, obteniendo en tanto una amplia y difundida reputación por su sabiduría y fidelidad. Sin embargo, rechazó adorar ídolos, que era la práctica religiosa común de los árabes del Hiyaz. Y ocasionalmente hacía retiros espirituales (jalwah) en los que oraba y hablaba íntimamente con Dios.

A la edad de 40 años, en la cueva de Hira, en las montañas de la región de Tihamah cerca de La Meca, cuando estaba en un retiro espiritual, fue elegido por Dios para convertirse en Profeta y le fue dada la misión de propagar la nueva religión. En ese momento le fue revelado el primer capítulo del Sagrado Corán (la

Sangre Coagulada, [Surah-i ‘Alaq]). Ese mismo día volvió a su casa y en el camino encontró a su primo, Ali Ibn Abi Talib, (a.s.), quien después de escuchar el relato de lo que le había ocurrido declaró aceptar su fe. Después el Profeta (s.) entró en la casa y le contó a su mujer la revelación recibida, y ella también aceptó el Islam.

La primera vez que el Profeta (s.) invitó a la gente a aceptar su mensaje se vio enfrentado con una angustiante y dolorosa reacción. Se vio necesariamente forzado a propagarla en secreto de ahí en adelante y por algún tiempo, hasta que le fue ordenado de nuevo por Dios invitara a sus parientes más cercanos a aceptar el mensaje. Pero esta convocatoria también resultó improductiva y ninguno la atendió, excepto Ali Ibn Abi Talib (a.s.), quien de todos modos ya había aceptado la fe. (Pero de acuerdo con documentos transmitidos de la Casa del Profeta y poemas existentes compuestos por Abu Talib, los shiítas creen que éste también había abrazado el Islam. De todos modos, como era el único protector del Profeta (s.), ocultó su fe a la gente con el objeto de preservar el poder externo que el tenía con los Quraishitas).

Después de este período, de acuerdo a la instrucción divina, el Profeta (s.) comenzó a propagar su misión abiertamente. Con el comienzo de la propagación pública la gente de la Meca reaccionó más severamente y le infligió al Profeta (s.) y a la gente que se había convertido al Islam las aflicciones y torturas más dolorosas. El severo trato dado por los quraishitas alcanzó tal grado que un grupo de musulmanes dejaron sus casas y pertenencias y emigraron a Abisinia. El Profeta (s.) y su tío, Abu Talib, junto con sus familiares de Banu Hashim, se refugiaron durante tres años en el «paso montañoso de Abu Talib», una fortaleza en uno de los valles de La Meca. Nadie tenía tratos o transacciones con ellos y éstos no osaban dejar su lugar de refugio.

Los idólatras de La Meca, aunque al principio infligieron al Profeta (s.) todo tipo de presiones y torturas, como insultarle, ridiculizarle, difamarle, golpearle y herirle, ocasionalmente también mostraban amabilidad y cortesía hacia él, con el objeto de apartarlo de su misión. Le prometían grandes sumas de dinero, o el liderazgo y gobierno de la tribu. Pero para el Profeta (s.) sus promesas y amenazas producían solamente una intensificación de su voluntad y determinación para llevar a cabo su misión. En una oportunidad, cuando fueron donde el Profeta (s.) prometiéndole riqueza y poder, el Profeta les dijo, usando un lenguaje metafórico, que si le ponían el sol en la palma de la mano derecha y la luna en la palma de la mano izquierda, no se apartaría de obedecer a Dios Uno o se reprimiría de cumplir su misión.

Alrededor del décimo año de su profecía, cuando dejó el «paso montañoso de Abu Talib», su tío Abu Talib, que también era su único protector, murió, al igual que su devota esposa. De aquí en adelante no había nadie que protegiera su vida ni lugar alguno donde refugiarse. Por último, los idólatras de La Meca esbozaron un plan secreto para asesinarlo. A la noche rodearon su casa por todos lados con el objeto de obligarse ellos a entrar al final de la noche y despedazarlo en su cama. Pero Dios, Exaltado sea, le informó al Profeta (s.) de ese plan y le ordenó que partiera hacia Yazrib. El Profeta (s.) dejó a Ali (a.s.) en su lugar en la cama y a la noche abandonó la casa bajo protección divina, pasando en medio de sus enemigos, refugiándose en una cueva cerca de La Meca. Después de tres días y después que sus enemigos le hubieran buscado por todas partes, renunciando a la esperanza de capturarlo y volviendo a La Meca, el Profeta (s.) dejó la cueva y se encaminó a Yazrib.

El pueblo de Yazrib, cuyos líderes ya habían aceptado el Mensaje del Profeta (s.) prometiéndole obediencia, lo recibieron con los brazos abiertos y pusieron sus vidas y sus propiedades a su disposición. El Profeta (s.) formó en Yazrib por primera vez una pequeña comunidad islámica y firmó tratados con las tribus judías en la ciudad y alrededor de ella, como así también con las poderosas tribus árabes de la

región. Emprendió la tarea de propagar el mensaje islámico y Yazrib se volvió conocida como «Madinat al-rasul» (la ciudad del Profeta).

El Islam comenzó a crecer y a expandirse día a día. Los musulmanes que en La Meca quedaron atrapados en la red de la injusticia de Quraish, gradualmente dejaban las casas y propiedades y emigraban a Medina, moviéndose alrededor del Profeta (s.) como la mariposa alrededor de la lámpara. Ese grupo se hizo conocido como «los emigrados» (muhay:irun), así como quienes ayudaron al Profeta (s.) en Yazrib se ganaron el nombre de «auxiliares» (ansar).

El Islam estaba avanzando rápidamente pero al mismo tiempo los idólatras de Quraish, como así también las tribus judías del Hiyaz, hostigaban desenfrenadamente a los musulmanes. Con la ayuda de los hipócritas (munafiqun) de Meca, que estaban en medio de la comunidad musulmana y no eran conocidos por sus posiciones, creaban nuevos infortunios a los musulmanes todos los días, hasta que finalmente la cuestión condujo a la guerra. Tuvieron lugar muchas batallas entre los musulmanes y los árabes politeístas y judíos, en la mayoría de los cuales los creyentes salieron victoriosos. En total hubo más de 80 grandes y pequeñas batallas. En todos los conflictos más grandes, como las batallas de Badr, Uhud, Jandaq, Jaybar, Hunayn, etc. el Profeta (s.) estuvo presente personalmente en el campo de lucha. También en esos mismos conflictos y muchos otros menores la victoria se obtuvo especialmente por medio de los esfuerzos de Ali (a.s.). Fue la única persona que nunca se apartó de ninguna de las batallas. En todas las guerras ocurridas durante los diez años después de la emigración de La Meca a Medina murieron menos de 200 musulmanes y alrededor de mil infieles.

A consecuencia de la actividad del Profeta (s.) y los desinteresados esfuerzos de los muhayirun y ansar durante este período de diez años, el Islam se expandió a través de la península arábiga. También se escribieron cartas a reyes de otros territorios, como Persia, Bizancio y Abisinia, invitándolos a aceptar el Islam. Durante este tiempo el Profeta (s.) vivió en la pobreza y estaba orgulloso de ello223. Nunca pasó en vano un momento de su vida, más precisamente, dividió su tiempo en tres partes: una para Dios, en su adoración y recuerdo; otra en su casa y para sus necesidades domésticas, y otra para la gente. Durante esta parte de su tiempo se ocupaba de la sociedad islámica y combatiendo cualquier mal que existiera, proveyendo para las necesidades de los musulmanes, fortaleciendo los vínculos exteriores e interiores, y otras cosas parecidas.

223 En un conocido hadiz el Profeta (s.) dijo «La pobreza (faqr) es mi gloria». Respecto al material

de esta sección ver “Sirah” de Ibn Hisham, Cairo, 1355-56, “Sirah” de Halabi, Cairo, 1320;

Después de diez años de permanecer en Medina, el Profeta (s.) enfermó y murió pocos días después. De acuerdo a las tradiciones existentes las últimas palabras de sus labios fueron consejos respecto al personal de servicio y las mujeres.

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