En un episodio de la adaptación estadounidense de la teleserie cómi- ca británica The Office, el director de la oficina Michael Scott des- cubre que su servil subalterno Dwight Schrute se ha reunido a escondidas con la alta dirección para convencerlos de que le dieran a él su puesto de trabajo. Para justificar su falta al trabajo, Dwight le dice a Michael que tiene que ir al dentista para que le implanten una corona y, cuando regresa a la oficina, el jefe se interesa por saber cómo le ha ido. Ignorante de que Michael está al tanto de su intento de golpe, Dwight trata de salvar la situación,
Michael: «Anda, creía que no se podía comer nada durante varias horas cuando te ponen un empaste»,
Dwight: [Masticando golosinas]. «Qué va, ahora hay empas- tes de secado rápido».
Michael: «Parece un buen dentista». Dwight: «Sí».
Michael: «¿Cómo se llama?».
Dwight: [Larga pausa]. «Doctor Crentista». Michael: «¿Tu dentista se llama Crentista?». Dwight: «Sí».
Michael: «Vaya, se parece mucho a 'dentista'». Dwight: «Tal vez por eso se hizo dentista».
Aunque la explicación de Dwight sobre la atracción de su doctor Crentista hacia la odontología suena ridicula, por no decir estúpida,
los nuevos estudios sostienen que esta teoría podría tener fundamen- to en la vida real. En el capítulo anterior analizamos cómo las per- sonas tienden a albergar sentimientos más positivos hacia quienes guardan algún tipo de similitud con ellas (y también están más pre- dispuestas a acceder a sus solicitudes), incluso tratándose de facto- res tan superficiales como un nombre fonéticamente parecido. ¿Pero es posible que el nombre propio pueda afectar a decisiones impor- tantes y tan fundamentales como el tipo de carrera profesional que decidimos emprender o dónde establecemos nuestra residencia?
Los estudios realizados por el científico conductual Brett Pelham y su equipo sugieren que sí, ya que la tendencia a favorecer las aso- ciaciones con nuestro propio nombre ejerce, en efecto, una influen- cia sutil pero poderosa en las grandes decisiones de la vida. Según los investigadores, existe una razón por la que Pablito se quiera dedicar a clavar clavitos o Enriqueta trabaje enroscando roscas rellenas de rabanitos rojos, y no al revés, y es que las personas se sienten atraídas hacia profesiones con nombres similares al suyo:
Para poner a prueba esta hipótesis, Pelham elaboró una lista de nombres de pila con parecido fonético a dentista, como Dennis, que en los datos del censo aparecía en la posición número 40 entre los nombres masculinos más frecuentes en la población estadounidense en aquella época, con los nombres de Jerry y Walter en el lugar 39 y 41, respectivamente. Con este dato en la mano, Pelham estudió el directorio nacional de la Asociación Americana de Odontólogos para calcular cuántos dentistas tenían alguno de esos tres nombres. Si el nombre de pila no afecta a la trayectoria personal de cada uno, sería de esperar que los núme- ros de personas con estos tres nombres que habían optado por la profesión dental fueran más o menos equivalentes.
Pero no fue eso lo que descubrieron, sino que el estudio de ámbi- to nacional desveló que había 257 dentistas de nombre Walter, 270 que se llamaban Jerry y 482 Dennis. En otras palabras, existe un 82% de probabilidades de que un dentista se llame Dennis, más de lo que sería de esperar si la similitud del nombre no tuviera efecto alguno sobre la opción profesional. Del mismo modo, las
personas cuyo nombre empieza por «geo» (George, Geoffrey) tienden de manera desproporcionada a dedicarse a la investiga- ción en las geociencias, como la geología. De hecho, hasta la ini- cial del nombre influye en la profesión. Por ejemplo, Pelham y su equipo descubrieron que los dueños de ferreterías tienen un 80% más de probabilidades de llevar un nombre que empiece por h [de
hardware store, ferretería en inglés] que por r, mientras que los
techadores tienen alrededor de un 70% más de probabilidades de que su nombre empiece por r [de roofer, techador en inglés] que por h. Por supuesto, si preguntáramos a mil techadores cuyo nom- bre empiece por r si su nombre ha desempeñado algún papel en la elección de su carrera, seguramente una mitad le tomaría por loco y la otra por estúpido. [Este dato lo comentó recientemente uno de los autores en una conferencia. Un asistente, interesado en resaltar un caso en el que no existía similitud entre el nombre de una persona y su carrera profesional, comentó: «Yo tengo un amigo que se llama Dennis y no es dentista». Cuando otro asis- tente le preguntó a qué se dedicaba Dennis, dio un gran suspiro y contestó: «En realidad, trabaja en demoliciones»].
Curiosamente, esta tendencia a favorecer situaciones que asociamos con nuestra persona también se aplica a otras áreas importantes de la vida, como por ejemplo nuestro lugar de residencia. Para citar sólo algunas de sus conclusiones, diremos que Pelham y su equipo han demostrado que, de una forma desproporcionada, las personas:
Se mudan a Estados de topónimo similar a su propio nombre. Por ejemplo, las mujeres que se llaman Florence son desproporcionada- mente más propensas a establecerse en Florida, y las Louise en Louisiana.
Se trasladan de forma definitiva a ciudades con números similares a su fecha de nacimiento. Por ejemplo, las ciudades con el número dos en su topónimo, como Two Harbors (Minnesota) poseen un número desproporcionado de habitantes nacidos el 2 de febrero (2/2), mien- tras que las ciudades con el número tres, como Three Forks (Montana) cuentan con un número también desproporcionado de residentes nacidos el 3 de marzo (3/3).
Prefieren calles con nombres parecidos al suyo. En otras palabras, alguien con el apellido Washington es más probable que viva en Washington Street que otra persona apellidada Jefferson.
Se casan con personas de nombre o apellido fonéticamente similar al suyo. Por ejemplo, en igualdad de condiciones si Eric, Erica, Charles y Charlotte se conocen por primera vez, hay más probabili- dades de que Erica se enamore de Eric que de Charles, lo contrario que le ocurriría a Charlotte.
Cuando se les pide que confíen en sus sentimientos e intuiciones, prefieren productos cuyas iniciales coincidan con las iniciales de su nombre, de manera que una mujer de nombre Arielle sería más pro- pensa a situar las chocolatinas Aero al principio de su lista de favo- ritos que alguien llamado Larry, que tendría más tendencia a hacer lo propio con el chocolate Lion.
Para las empresas involucradas en la elección de un nombre para nuevos productos destinados al mercado de masas, este estudio sugiere únicamente que eviten nombres que empiecen por letras inusuales, como z, x o q, aunque si está diseñando un programa, iniciativa o producto pensado para un cliente concreto, puede apro- vechar el poder de la tendencia natural de las personas a sentirse atraídas hacia cosas que les recuerden a ellas mismas cuando llegue el momento de ponerle un nombre. En concreto, sería conveniente basar el título en el nombre del cliente, o por lo menos en su inicial. Por ejemplo, si está considerando presentar una estrategia a Pepsi, tendrá más probabilidades de éxito si la bautiza como Propuesta Pepsi o incluso Plan Peterson y, siempre y cuando el programa esté verdaderamente pensado para un cliente particular, esta técnica no sólo debería ser fructuosa, sino también gratuita.
Igualmente, si le cuesta que su hijo se interese por la lectura, encon- trar un libro cuyo título tenga algo en común con él (a Harold o a Harriet les podría ofrecer Harry Potter) puede ser justo lo que esta- ba buscando para que se enganche a él. O si al pequeño Craig o Crystal les da pavor ir al dentista, busque en las Páginas Amarillas alguien con el apellido Crentist...