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LA PRUEBA POR LOS GRADOS DE LA ONTOLOGÍA: LAS VERDADES ETERNAS

La verdad se define como una conformidad entre la cosa y la inteligencia:

adaequatio rei et intellectus (de verit. I, 1).

Una primera reflexion sobre la experiencia permite descubrir dos aspectos de la verdad64.

La verdad se dice primeramente de la inteligencia conforme a la realidad: ej este sentido, hay adecuación de nuestro espíritu a las cosas que conoce (verdad

lógica).

En segundo lugar, la verdad se dice de la realidad en cuanto que es conforme a la inteligencia (verdad ontológica o trascendental): En este sentido los objetos de la experiencia son conocidos por el espíritu tal como son-no totalmente, sin duda, pero según la medida de las exigencias que de ellos tenemos-, y si no son conocidos actualmente, por lo menos son cognoscibles: la verdad ontológica es la inteligibilidad del ser.

Solamente nos fijamos en este segundo aspecto de la verdad.

La verdad ontológica es susceptible de grados; dicho de otro modo, las realidades son más o menos inteligibles, y esto no sólo porque nuestra inteligencia es más o menos capaz de penetrarlas, sino en sí misma.

Las realidades contingentes lo son en el mismo grado, mientras que lo necesario es lo más inteligible. Pensemos en el orden de las verdades que vamos a exponer; las ilustraremos con ejemplos de las verdades que vamos a exponer; las ilustraremos con ejemplos concretos, a fin de señalar que la prueba parte siempre de realidades existentes. En primer lugar las pruebas parten siempre de realidades existentes. En primer lugar las verdades que expresa encuentros fortuitos (esta hoja muerta ha sido empujada por el viento al interior de la casa; no hay ninguna correlación esencial), luego las verdades que son leyes de las esencias físicas (este corazón

comunica con una arteria aorta: correlación necesaria afectada de cierta contingencia, puesto que la circulación sanguínea hubiera podido ser de distinta manera); finalmente, las verdades que expresan una necesidad absoluta y son capaces de satisfacer plenamente la inteligencia: así estos dos grupos de dos y tres objetos forman un total de cinco (verdad matemática), este hecho no ha empezado sin causa (conforme a un principio metafísico, el de causalidad).

Ahora bien, si la realidad es más o menos inteligible, debe existir, en virtud de la prueba precedente, una realidad suprema, la cual, por una parte, sea perfectamente inteligible, y, por otra parte sea la causa de toda verdad.

Que Dios sea perfectamente inteligible en sí mismo, esto significa que lo sea para nosotros. Santo Tomas, siguiendo a Aristóteles, compara nuestro espíritu, ante las verdades más luminosas, con el ojo del búho ante el sol: sicut oculus noncluae ad

lucem solis (C.G. 3, 54). En el estado presente, nuestro conocimiento parte de lo

sensible; elaborada sobre esta base, nuestra idea de Dios es bastante imperfecta. En la visión beatifica seremos elevados sobrenaturalmente, por la <luz de la gloria>, para contemplar cara a cara la esencia divina; sin embargo, incluso entonces, nuestro espíritu no agotará la riqueza inteligible que posee Dios; sólo él puede conocerse plenamente: impossibile est... quod intellectus creatus videat divinam essentiam ita

perfecte sicut perfecte est visibilis (C.G. 3, 55).

Inteligible supremo, Dios es también el principio de toda inteligibilidad. Es la

causa de la verdad ontológica de los seres, de su aptitud para ser captados por los

espíritus creados. Pero entonces esta verdad trascendental de las cosas no aparece ya solamente como una realidad con la inteligencia humana que el objeto conforma consigo, es, con mayor profundidad, una realidad con la inteligibilidad divina de la que procede y que se identifica con la inteligencia perfecta. Si hay verdad en las cosas múltiples, es por referencia a la única verdad primera: licet plures sint essentiae, vel

formae rerum, tamen una est veritas divini intellecectus, secundum quam omnes res denominantur verae (I, 16, 6). Por consiguente, en nuestras inteligencia no hay ningun

juicio sobre la realidad que no alcance una semejanza de la verdad primera, y, por tanto, de manera implícita y velada, esta verdad misma que es Dios: omnia

cognoscentia cognoscut implicite deum in quolibet cognito. Sicut entim nihil habet rationem appetibilis nisi per similitudinem primae bonitatis, ita nihil est cognoscibile nisi per similitudihem primae veriatis (de verity. 22, 2 ad lum).

Ahora es possible precisar en donde reside la verdad. Está en la inteligencia

divina, puesto que, por una parte, se capta plenamente como inteligencia e inteligible

suprema, y por otra parte es la medida de todas las cosas: Dios es verdad primera. En

la inteligencia humana hay verdad: en efecto, medida por las cosas, las conoce tal

como son (verdad lógica). Finalmente, en las cosas mismas, la verdad ontológica es la vez conformidad con el pensamiento divino que las mide y aptitud para conformarse un pensamiento finito que es medido por el objeto.

De aquí se sigue, estrictamente habalndo, hay una sola verdad eterna que es Dios. En el hombre, la verdad empieza, desaparece y renace y la revelación enseña que los espiritus puros, creados también, han empezado como el universo mismo; además, aunque el mundo hubiera existido ab aeterno, los seres que lo componen no

hubieran tenido verdad eterna sino por referencia a la inteligencia eterna de Dios. Por tanto, sólo en él hay verdad eterna, y en el sentido más fuerte de este término, fuera de toda sucesión. Además, esta verdad es únicamente en Dios, pues ve su esencia absolutamente simple y en ella lo percibe todo; sus participaciones reales, que son múltiples y en ella lo percibe todo; sus participaciones reales, que son múltiples y en ella lo percibe todo; sus participaciones reales, que son múltiples y en ella lo percibe todo; sus participaciones reales, que son múltiples en el término de la acción divina, son vistas por él en el origen; la unidad de los seres, reintegrados en su fuente divina, unidad que recomponemos con esfuerzo, Dios la capta en el momento en que brota, con una sola mirada sobre el bien que difunde, y que es la única verdad eterna (de

verit. 1, 5).